viernes, 20 de febrero de 2026

CARTAS DESDE MI RINCÓN (XIII).


A un amigo de la infancia, con el que tantos recuerdos comparto.


«Que los padres, pues, en lugar de riquezas,

leguen a sus hijos el espíritu de la piedad»

-Platón (ca.427-347 a.C.),

filósofo griego seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles-.



**EL AUTOR DE ESTA WEB ES CONTRARIO AL USO DEL LENGUAJE INCLUSIVO**


Definición del subgénero epístola:

«Epístola es sinónimo de carta y hace referencia a un tipo de texto que busca establecer un canal de comunicación a través de la forma escrita, siendo el medio de notificación más usado en toda la historia de la humanidad. A menudo la carta es usada con la intención de expresar ideas, pensamientos, sentimientos, deseos, etc.»


Querido amigo,

pasan los días, las semanas, los meses... y sin darnos cuenta estamos ya en febrero de un nuevo año. No te había escrito desde la última Fiesta de la Manzana Esperiega,1 y es hora de que me ponga al teclado para una nueva entrega de esta serie, que con esta alcanza la décimo tercera. Como te digo, lo que más me cuesta es ponerme y arrancar. Atrás han quedado las navidades, fiestas por las que tengo escasa querencia -cada año me gustan menos, no obstante ser consciente del profundo significado religioso que tiene para los cristianos-; pero tener la familia lejos y no poder reunirnos como hemos hecho siempre no incrementa precisamente mi simpatía por estas celebraciones; más bien me ponen de mal humor. A mediados de diciembre monseñor Luis Argüello publicó un post en X (antes Twitter) con el siguiente texto: «Jesús nació en un pesebre porque no había sitio en la posada. Hoy inmigrantes no son regularizados, pero si son desalojados en España y en USA con luces y sonidos navideños de fondo; familias viven en una habitación “con derecho a cocina”… Tampoco hoy “hay sitio en la posada”». No pude evitar responderlo con un comentario bajo el título de RETÓRICA SENTIMENTAL, NO ARGUMENTACIÓN:


No, señor Argüello. José y María no emigran. Se desplazan dentro de su propio país —Judea y Galilea— por un censo administrativo romano. Viajan a Belén, la ciudad de origen de José. No cruzan fronteras, no buscan asentarse en territorio ajeno, no huyen de persecución ni de una miseria estructural. No son “masivos”, no son “irregulares”, no son “extranjeros”. Son súbditos que cumplen una obligación censal, y llevan papeles o signos que les identifican. Presentar a Jesús como un “inmigrante” no es una licencia poética: es un anacronismo burdo. Una proyección ideológica contemporánea arrojada sobre un contexto histórico que no la admite sin romperlo. El texto evangélico dice que “no había sitio en la posada”. No dice que fueran rechazados por su estatus jurídico, ni que una ley les negara alojamiento, ni que fueran víctimas de una política pública de expulsión. Todo lo demás es relleno retórico añadido a posteriori. El pesebre no es una denuncia social en sentido moderno. Es un signo teológico: humildad, anonadamiento, Dios que entra en la historia sin poder, sin aparato, sin privilegios. Convertirlo en un alegato sobre regularizaciones administrativas es forzar el símbolo hasta vaciarlo de contenido. La trampa del discurso está en confundir deliberadamente dos planos que no son equivalentes: el deber moral de la caridad —personal, voluntaria, exigente— y la función política del Estado, que consiste en ordenar, regular y preservar la comunidad política, empezando por sus fronteras, su marco legal y su cohesión social. Regular la inmigración o ejecutar desalojos conforme a la ley NO equivale a “negarle posada a Jesús”. Esa equiparación no es cristiana ni racional: es culpabilización moral a granel para desactivar cualquier debate legítimo. En suma: Jesús no era inmigrante, el pesebre no era una denuncia de políticas públicas, y comparar ambas cosas sin matices es una analogía falsa envuelta en sentimentalismo navideño. Emociona, sí; razona, no. ¡Feliz NAVIDAD!


No sé si estuve bronco o descortés en mi respuesta, pero me salió así; quizá porque me molesta esa retórica sentimental que suele acompañar a la Navidad.


Vidriera (Nacimiento).


Como te decía,

pasaron, a Dios gracias, las benditas navidades y también san Antonio Abad y sus hogueras, incluso la Candelaria y san Blas. Hoy día pocos hacen caso del santoral -quizá porque ha dejado de estar vinculado a la vida agraria, como lo estuvo antaño en el mundo rural-; aunque los mayores todavía lo practican como parte de la tradición, pero los jóvenes no saben ni siquiera qué es eso, más allá de que por san Antón se encienden hogueras y se asa carne y embutidos sobre las brasas, y patatas entre las cenizas. Aquí en Torrebaja existe una cofradía que el día del santo, tras la misa y procesión, reparte pan dormido a los feligreses. Al terminar la celebración, la familia encargada de hacer el pan y repartirlo ese año se pone a la puerta de la iglesia con canastas de mimbre forradas de tela y reparte el pan. Hasta hace unos años el propio feligrés cogía varios trozos de pan, ahora lo tienen embolsado, más práctico e higiénico.2 Mi mujer todavía conserva la tradición de llevar un rollo de pan dormido a la iglesia por san Blas, para bendecirlo. No sé si lo recordarás, pero en nuestra infancia se solían llevar panes, magdalenas, rosquillas… cualquier cosa de bollería para bendecirla durante la misa. La creencia era que comer esos alimentos protegían de los males de garganta. Incluso se daban de comer a los animales de corral -cerdos, gallinas, conejos, mulos...-, como protección contra accidentes y enfermedades. Si a una familia se le moría el cerdo o se le accidentaba un mulo, la desgracia era mayúscula. La economía familiar dependía de ellos: de las proteínas del cerdo y de la fuerza del animal. Las anginas, paperas, crups y otras dolencias eran muy frecuentes entonces, y a falta de otros remedios había que protegerse de alguna forma. Ya sé que algunos pensarán que estos son bobadas, pero si alguien cree en estas prácticas tampoco hace daño a nadie. Cuidar de los animales, tratarles con cariño, como si fueran de la familia, no deja de ser signo de civilización y cultura. A propósito, el día de la Candelaria (2 de febrero) trajo mi mujer un par de velitas -una roja, otra blanca- de las que se encienden en esta festividad. Ello me recordó que mi madre las guardaba para encenderlas cuando había tormenta, para ahuyentar el pedrisco. Otra práctica similar muy común en el mundo agrario. No, entonces no había seguros para los cultivos y una tormenta con granizada podía arruinar la cosecha del año. A los niños nos llamaba mucho la atención esta fiesta, sobre todo por las velitas de colores: en la tradición cristiana (especialmente católica) los colores de las velas condensan teología, simbolismo bíblico y piedad popular. De niños no nos explicaron esto, al menos yo no lo recuerdo. Lo aprendí después, leyendo, interesándome por su significado. Los cristianos conmemoran en la Candelaria la Presentación de Jesús en el Templo, y la Purificación de María. Hoy día a mucha gente esto le sabe a conocimiento esotérico, no saben a qué se refiere, como si le fuera ajeno, pese a ser el cristianismo uno de los pilares de la civilización europea occidental. En el programa de los Estudios de Bachillerato (plan de 1957), en segundo curso se estudiaba un libro (Jesús según los evangelios), que condensaba los principios religiosos y culturales de la fe cristiana. Como te digo, los bachilleres de hoy no tienen ni idea de todo esto, y así nos va.


Paisaje rural del Rincón de Ademuz:
detalle de rulo de alfalfa en la partida del Reguero de Torrebaja (Valencia),
con el puente de la carretera N-330 sobre la vega del Turia al fondo (2026).



En el contexto de esta celebración -me refiero a la Candelaria-,

la vela representa a Cristo como “luz para alumbrar a las naciones” (Lc 2,32). Por eso se bendicen y se encienden: no es magia ni una forma de entretener a la parroquia y amenizar la misa, es símbolo de fe, de esperanza y de presencia de Dios en la vida cotidiana. En el pueblo, tras el toque horario de las 12:00 horas las campañas hacen otro toque, el del Ángelus: muchas veces, estando en el huerto lo oigo y me acuerdo del cuadro de Jean-François Millet (L`Angélus), y me resulta difícil no musitar la oración: El ángel del Señor anunció a María… -una devoción de tradición franciscana que quizá tiene su origen en la zona por los franciscanos del Convento de san Guillermo de Castielfabib-. El Ángelus, como las horas canónicas de los monasterios, nos recuerdan la presencia de Dios en la cotidianidad. En la tradición popular, apoyada en una simbología muy antigua (bíblica y litúrgica), los colores tienen un significado. Por ejemplo, las velas blancas representan pureza, verdad, protección espiritual. Es la más “universal” y la más litúrgica, y se asocia directamente a Cristo y a la Virgen. Las velas amarillas o doradas se asocian a la luz divina, esto es, a la prosperidad bien entendida, al trabajo, a la gratitud. No a la riqueza fácil, sino a la Providencia: cuidado que Dios tiene de la creación y de sus criaturas. La verde significa esperanza, salud, renovación, crecimiento espiritual y material. Ampliable a la vida biológica y a la confianza en el futuro. La roja se asocia al amor, a la fuerza, al sacrificio. Nos recuerda la sangre de Cristo y el amor llevado hasta las últimas consecuencias. La azul significa paz, serenidad, protección mariana, fidelidad. Un color, por cierto, asociado a la Virgen María. La morada es símbolo de penitencia, de conversión, de sanación interior. Incluye un componente más serio, ligado al examen de conciencia. Por cierto, el morado (púrpura/violeta) es mezcla de rojo y azul, el color identificativo internacional, especialmente en marchas del 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer).3


L`Angélus (1857-59), de Jean-François Millet (1814-1875).


Como sabes,

en el cristianismo el simbolismo litúrgico ha sido muy rico e importante, aunque en gran parte desapareció con el Concilio Vaticano II (1962–1965). Quiero decir que en su aplicación práctica en muchos países occidentales, la liturgia perdió densidad simbólica, estética y sagrada. Como te decía, las velas que me trajo mi esposa fueron dos: una blanca y otra roja. Tendré que atender a su significado y reflexionar sobre ello. Pero ojo, el color de las velas no es más que un símbolo, lo importante es la devoción y la fe con la que se encienden: cuando el color se usa como mera fórmula, la devoción se desliza hacia la superstición y la idolatría. En suma, las velitas de la Candelaria nos recuerdan que Cristo es la Luz, expresan peticiones humanas legítimas y enseñan que la fe también se comunica con símbolos, no solo con palabras. Una llamita pequeña, sí, pero cargada de profundo significado; un significado cada vez más alejado de la comprensión de las nuevas generaciones.


A propósito,

leí en un artículo de Juan Manuel de Prada, uno de los grandísimos escritores e intelectuales españoles de nuestro tiempo, además de un gran novelista, de esos que no se la cogen con papel de fumar a la hora de opinar y decir verdades algo que me interesó. Se refería al problema de la inmigración y sus posible soluciones:

A España la está destruyendo su indiferentismo religioso, su ensimismamiento en el disfrute de las migajillas cada vez más exiguas de bienestar material. La única solución digna, a la vez hospitalaria y disuasoria, al problema de la inmigración es la recuperación de un ethos religioso común; y esa misión sólo puede acometerla una juventud capaz de mandar al basurero de la Historia todas las bazofias ideológicas que incapacitaron a sus padres para las empresas fecundas.4


No sé que te parecerá, pero a mi entender la frase condensa toda una tesis cultural, moral y política muy definida, articulada en tres movimientos: diagnóstico, propuesta y sujeto histórico llamado a ejecutarla. Afirmar que “a España la está destruyendo su indiferentismo religioso” no es cualquier cosa, porque no está hablando simplemente de secularización (un hecho meramente sociológico), sino de algo que considera más profundo: la pérdida de un marco moral compartido trascendente. Esa pérdida no es un mal menor, es una pérdida disgregadora, que desintegra y desmiembra. Cuando dice de “migajillas cada vez más exiguas” sugiere además que ese bienestar ni siquiera es sólido: es decreciente, frágil, precario. La cuestión es más que evidente cuando se observa y analiza la situación de muchos jóvenes que han terminado su formación o estudios universitarios y no logran independizarse de sus padres, porque no pueden conseguir un trabajo acorde a su formación y si lo consiguen el sueldo es precario. Hace dos décadas que los sueldos no aumentan adecuadamente en España, eso dice poco en favor de los gobiernos que ha tenido nuestro país, que aumentan el sueldo base sin aumentar la productividad. De Prada formula aquí una crítica clásica del pensamiento conservador y comunitarista: cuando una sociedad deja de apoyarse en convicciones morales fuertes, se fragmenta y se vuelve vulnerable. Además, señala un debate real sobre la cohesión cultural en sociedades secularizadas. El problema no es el pluralismo religioso o la neutralidad del Estado, es que el individuo, la sociedad civil ha perdido o dejado de compartir el sentido de trascendencia que la mantenía unida. Todas las civilizaciones han tenido a lo largo de su historia una inspiración o base religiosa, y cuando esta se debilita o se pierde, la civilización se tambalea. Tradicionalmente se ha relacionado “religión” con el verbo latino religare (“volver a unir”, “atar fuertemente”), pero la cuestión no es tan simple desde el punto de vista filológico. La etimología “religare” (volver a unir) es una interpretación defendida por autores cristianos como Lactancio, y más tarde por san Agustín. Según ellos, religio vendría de re-ligare: el ser humano “vuelve a ligarse” con Dios, restablece el vínculo roto. Entiendo que es una etimología teológica y simbólicamente muy potente, porque encaja perfectamente con la idea cristiana de reconciliación con lo divino. Sin embargo, muchos filólogos consideran que esta explicación es posterior y más interpretativa que histórica. Pero resulta perfectamente válida y aplicable al asunto que tratamos.


Captura de pantalla del encabezamiento del artículo de J.M. de Prada en ABC:
  La única solución para la inmigración (2025).


De Prada sostiene que el problema de la inmigración no se resuelve solo con leyes o controles -algo cabalmente comprensible-,

sino con la recuperación de un “ethos religioso” compartido que sea a la vez hospitalario (capaz de acoger al forastero) y a la vez disuasorio (capaz de marcarle límites).5 Desde el punto de vista filosófico, la idea resulta muy interesante: una comunidad fuerte en su identidad moral integra mejor y también pone condiciones claras. Pero plantea interrogantes importantes: ¿Es viable reconstruir hoy un “ethos religioso” común en una sociedad tan plural como la española o la europea? Y, ¿puede ese ethos ser inclusivo sin convertirse en excluyente? La idea de que el Estado deba promover una identidad religiosa determinada está hoy fuera de lugar. Porque se plantearía una tensión clásica en democracia liberal: la neutralidad del Estado frente a una identidad cultural sustantiva. Cuando dice de “una juventud capaz de mandar al basurero de la Historia todas las bazofias ideológicas…” está introduciendo la idea de una juventud regeneradora como sujeto de esa hazaña épica. Una idea regeneracionista recurrente en la historia del pensamiento político que requiere de un diagnóstico de decadencia, de la identificación de ideologías culpables, y de la llamada a una generación redentora: no me refiero a una nueva Covadonga ni a la Reconquista. Aunque retóricamente el concepto es potente, conceptualmente resulta arriesgado. Calificar como “bazofias” las ideologías que presuntamente nos han llevado al estado actual -las ideologías de los padres y las nuestras propias, junto al relativismo moral y cultural vigente- simplifica substancialmente la complejidad histórica. Asimismo, la idea de una juventud “purificadora” tiene resonancias bucólicas y románticas que pueden derivar en radicalismos. Sucedió con el comunismo a principios del siglo XX y con el fascismo en los años treinta.


Pero veamos,

en el fondo del planteamiento, cabe entender que de Prada está defendiendo una tesis de tipo civilizatorio. Viene a decir que la ausencia de un fundamento religioso compartido lleva a un debilitamiento cultural. Y que la falta de una identidad fuerte nos incapacita para gestionar la inmigración de forma adecuada. Y que en última instancia, sin regeneración moral la sociedad está abocada a decadencia social y política. Visto en perspectiva, se trata de una visión coherente dentro de la tradición conservadora católica. Como puede verse, no estamos ante un argumento técnico -tampoco humanitario o sociológico sobre inmigración-, sino ante una reflexión cultural profunda sobre identidad y trascendencia. El Imperio Romano cayó por diversas circunstancias, entre ellas porque el paganismo ya no pudo resolver los problemas éticos y morales o dejó de dar respuestas a las cuestiones que se le planteaban a su sociedad. La antigua religión pagana fue progresivamente sustituida por otra nueva, el cristianismo -porque cuando una religión desaparece otra ocupa su lugar: el vacío nunca es posible-; y el cristianismo sentó las bases de una nueva sociedad, aunque con amplia base en los principios filosóficos y jurídicos de la anterior. Obviamente,  no hubo borrón y cuenta nueva.


Todo esto nos lleva a una cuestión decisiva donde la pregunta de fondo es,

¿puede una sociedad plural -como la española en particular y la europea en general- mantener su cohesión sin un fundamento religioso común? ¿O basta con un marco constitucional compartido, derechos y deberes civiles, y lealtad institucional? Mi impresión es que un ciudadano de origen marroquí, por ejemplo, aunque haya nacido en España se sentirá antes musulmán y marroquí que español. Esto no ocurriría con un hispanoamericano. Ahí está el verdadero núcleo del debate. De Prada opta por la primera respuesta. El constitucionalismo liberal clásico opta por la segunda. En definitiva, la frase no es un mero exabrupto o bufonada intelectual, sino un programa cultural condensado: crítica del secularismo, reivindicación de la identidad religiosa y apelación a un restablecimiento generacional. Te decía que el contenido es retóricamente potente, pero abre interrogantes prácticos y políticos de gran calado. El futuro dependerá de la forma en que se gestionen estas cuestiones, y de la perspectiva bajo la que se resuelva. Si el islam se hace mayoritario en Europa en las próximas décadas -algo perfectamente factible dada la deriva poblacional y demográfica- y adquiere suficiente poder político, resulta palmario que la sociedad y su orientación práctica cambiarán el sentido de la civilización cristiana occidental que conocemos.


No recuerdo dónde leí esta cita de Platón (ca.427-347 a.C.),

el filósofo griego seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles: «Que los padres, pues, en lugar de riquezas, leguen a sus hijos el espíritu de la piedad», pero me hizo pensar. Los padres, cuando llegamos al otoño de nuestra vida, empezamos a pensar en la muerte. Lo cierto, sin embargo, es que hasta que nació mi primer hijo yo no me había preocupado por la muerte; pero cuando nació comencé a hacerlo, lo que me apuraba era pensar qué sería de mi hijo si yo moría. Es una idea que muchos padres suelen tener: ¿quién les criará, cuidará... quién les educará y aconsejará? Es una pregunta inevitable; al menos yo me la planteé en más de una ocasión. Pero gracias a Dios sobreviví para ver a mis hijos mayores e independientes, y tengo un nieto. Tuve la suerte de poder amarlos cuidarlos, educarlos… de que adquirieran una formación con la que ganarse la vida y poder formar una familia; de madurar como personas y como profesionales. Aunque ahora no practican la profesión que estudiaron; la vida les llevó por otros derroteros, aunque la formación adquirida les ha servido, les servirá siempre. Al igual que los principios éticos y morales que su madre y yo les inculcamos. Al menos eso quiero creer. Pero de lo que yo pretendía hablarte es de lo que los padres dejamos en herencia a nuestros hijos. Bienes materiales, inmuebles, caudales… -las “riquezas” de las que dice Platón-, pero también de la formación moral y ética, del “espíritu de la piedad” que los padres deberían inculcar en sus hijos, que es por definición lo más importante.


Herma de Platón en el Museo CapitolinoRoma.


Platón apunta aquí -me refiero a la cita arriba expuesta-,

a una jerarquía de valores que hoy resulta casi subversiva, porque lo que suele importar, incluso a los hijos, son los bienes materiales -que sin duda también son importantes-. Al pedir que los padres leguen a sus hijos “piedad” en lugar de riquezas, el filósofo no está despreciando lo material ni mucho menos, sino advirtiendo de algo más profundo: el dinero se hereda, pero no educa; se posee, pero no orienta; se usa, pero no se ama. La piedad —entendida en sentido clásico, no beato— es respeto por el orden moral, conciencia del límite, reconocimiento de que no todo está a nuestra disposición. En la Grecia de Platón, piedad (eusebeia) significaba lealtad a lo justo, a las leyes, a los dioses y a la comunidad. Roger Scruton añadiría seguramente amor a la verdad, al bien, a la tradición, a la belleza. Era una forma de arraigo moral. Sin ella, la riqueza no solo es inútil: es peligrosa. Un rico sin conciencia moral puede resultar peligroso. Y lo mismo podría decirse de un político deshonesto con poder. Lo vemos todos los días en los noticiarios y redes sociales. Esto es, un hijo rico sin piedad es un poderoso sin freno; uno pobre con piedad, en cambio, conserva una brújula interior que le permite orientarse incluso en la adversidad. El discurso entronca con el popular “pobre pero honrado” de toda la vida. La frase de Platón también encierra una crítica indirecta a los padres que confunden el amor con la herencia material. Dejar dinero es fácil -basta un notario para transmitir legalmente los bienes, un testamento; formar el carácter, por el contrario, es arduo y lleva tiempo. Lo primero puede garantizar comodidad física; lo segundo, dignidad del individuo. Y cuando falta esta última, la riqueza se convierte en herencia envenenada. Leída hoy, la advertencia platónica suena incómoda: hemos sustituido la transmisión de virtudes por la de patrimonio, y luego nos sorprendemos de que sobren derechos y falte responsabilidad. Platón lo vio claro hace veinticuatro siglos: sin piedad, la herencia más cuantiosa no construye ciudadanos, solo consumidores con recursos. Uno no puede dejar de pensar si habrá acertado en la educación de sus hijos, si les habrá inculcado los valores y principios necesarios para ser buenos ciudadanos: solidarios, tolerantes, liberales, compasivos, civilizados. Cualidades que Josep Pla veía también en Pío Baroja -dos grandes escritores españoles a los que admiro profundamente, aunque abiertamente enfrentados en la forma de entender la prosa de la vida y sus afanes.


En los pueblos pequeños todos nos conocemos,

más o menos. Además de conocernos, es bueno llevarse bien. Resulta obvio que con todos los vecinos no tenemos el mismo grado de conocimiento; tampoco de simpatía ni de amistad. Pero llevarse bien, además de adecuado resulta siempre conveniente. Porque todos podemos necesitarnos en un momento u otro. A mí ya me conoces, soy de los saludadores. Y por los cargos o funciones que he desempeñado, todos me conocen. Nuestra comunidad vecinal es pequeña y más que menos estamos todos encasillados. Nada nuevo. Pero por encima de la querencia o el rechazo por la ideología y el gobierno de turno está el sentimiento de vecindad y el civismo. Bien es cierto que con algunos vecinos, cuando te los encuentras por la calle te paras a charlar con ellos; con otros solo media un saludo con sonrisa. También los hay a los que solo saludas al paso, sin sonrisa; y a otros -los menos- preferirías no encontrártelos. Hay que reconocer que hay vecinos que se llevan mal, que se han negado el saludo durante décadas, por no decir durante generaciones. El odio se transmite como una enfermedad adquirida. En la posguerra hubo muchos odios y resentimientos por asuntos sucedidos durante la contienda. Mi padre, que fue alcalde del pueblo durante muchos años (1943-56), sabía de estos odios y sus consecuencias. En cierta ocasión iba yo con él por una calle del pueblo y nos cruzamos con un vecino, y me llamó la atención que ninguno de ellos se saludara, como es lo habitual. Por eso le pregunté si no se hablaba con aquel vecino, y me dijo: Sí que nos hablamos, pero ya le ha saludado esta mañana… -me hizo gracia la respuesta; después supe que ciertamente no se hablaban: el motivo estaba en lo sucedido entres ambas familias durante la guerra. Porque lo cierto es que sucedieron cosas, muchas de ellas malas, y los vecinos tuvieron después que convivir -vencedores con vencidos, vencidos con vencedores- como si no hubiera pasado nada.


Paisaje urbano del Rincón de Ademuz:
Torre-campanario de la iglesia parroquial de Torrebaja (Valencia),
en una noche de luna llena (2026).


Al respecto,

recuerdo una historieta que me contó, sobre ciertos vecinos que se le habían quejado porque en la secretaría del ayuntamiento no se sentían bien tratado. Esto sucedía con frecuencia entonces, me refiero a cierta discriminación o reproche por el lado en el que había militado cada cual en la guerra. Mi padre habló con el secretario en estos términos: Detrás de esta ventanilla no hay rojos ni azules, todos los vecinos son iguales y debes tratarles con respeto y atenderles adecuadamente… -eso me dijo, y tras esta conversación sucedió que no hubo más quejas. Hoy día parece que haber sido alcalde del franquismo es una vergüenza, algo que hay que esconder. Nada mas lejos. Hay gente con adjetivo ligero, que juzga sin conocer, apresuradamente. Muchos de los antifranquistas de hoy se nutrieron con glotonería de las ubres del franquismo. Los hijos de aquellos franquistas de antaño hacen hoy gala de izquierdistas. En mi familia hubo de todo: los abuelos maternos fueron más de izquierdas mientras que los paternos lo fueron de derechas, votantes de la CEDA de Gil Robles. Por cierto, la CEDA fue uno de los partidos más respetuosos con la legalidad republicana. No pueden decir lo mismo los anarquistas, comunistas, socialistas, separatistas... Mis abuelos fueron todos ellos gente trabajadora, sin estridencias ideológicas ni fanatismos religiosos. Mi abuelo José, por ejemplo, pese a su querencia izquierdista tenía gran simpatía por Alfonso XIII: parecerá una contradicción, pero durante su estancia en Madrid, a principios del siglo XX, había trabajado como podador en los jardines del Palacio Real y conoció al joven rey, que en ocasiones almorzaba con los trabajadores.6


Lápida de José Garzón Casino (1876-1959)
en el cementerio municipal de El Cuervo (Teruel), 2026.


Volviendo al hijo de lo que te decía,

los años del primer franquismo fueron duros para la mayoría de españoles, y muchos alcaldes pudieron ayudar a sus vecinos como no lo hicieron otros que también hubieran podido hacerlo. Mi padre estaba orgulloso de haber socorrido a muchos de sus convecinos. Me refiero a haberles podido atender en problemas y cuestiones de toda índole: administrativos, políticos, sociales, de salud, económicos... Pocos se lo agradecieron después, sin embargo. Te contaré otra anécdota, durante su largo mandato al frente del municipio mis padres fueron muy amigos del secretario del ayuntamiento y su familia: uña y carne, siempre juntos a todas partes. Todo fue dejar la alcaldía, y la amistad entre ambas familias se quebró. No, no es que sucediera nada entre ellos, ni siquiera se enfadaron, solo que dejaron de tratarse. Aparentemente, la amistad del secretario cuajó con el nuevo alcalde. A mi familia no le sentó bien aquello, pero nunca se lo reprochó al funcionario. Sencillamente, dejaron de tratarse y la vida continuó. Curiosa amistad, ¿no te parece? No es cuestión de hablar mal de personas de entonces -aunque podría hacerlo, material no me falta-, porque ya no queda nadie de aquella época para afirmarlo o desmentirlo.


Me has preguntado varias veces por las obras del aparcamiento de Ademuz;

bueno, pues he de decirte que van a buen ritmo; la estructura del aparcamiento ya está levantada, imagino que faltan los repartos y detalles interiores y exteriores. Hace poco fui a Ademuz y estaban terminando la calle, quiero decir la avenida de Valencia frente al aparcamiento, entre el Pellejero y la gasolinera. La última planta del aparcamiento queda al nivel de la calle y forma un amplio mirador sobre el río y la vega del Turia. Quedará una estructura espectacular y será muy beneficiosa para la villa y los vecinos de pueblos comarcanos que ineludiblemente debemos ir con frecuencia a Ademuz por unas u otras razones. Esperemos que para el verano esté la obra concluida y podamos aparcar en la zona sin problemas.


Paisaje urbano del Rincón de Ademuz:
obras del aparcamiento en la Avenida de Valencia en Ademuz (Valencia), 2026.


Paisaje urbano del Rincón de Ademuz:
obras del aparcamiento en la Avenida de Valencia en Ademuz (Valencia), 2026.


Me preguntabas también por los últimos fallecidos,

pues en lo que va de año llevamos ya unos cuantos. En el último entierro un vecino me decía “no salimos del cementerio”, y no le faltaba razón. De los que tú has conocido, imagino que recordarás a Julián Martínez, alias el Francés, persona entrañable a la que muchos vecinos evocarán con simpatía por su bonhomía .7 Ya te digo, son varios los fallecidos en lo que va de año, pero junto a estos están los nuevos pobladores. Gente forastera que se está afincando en el municipio, sin aparente vinculación con la zona. Curiosamente, la mayoría son mujeres, de las que poco puedo decirte, porque no sé nada de ellas. También hay algún matrimonio jubilado, además de los inmigrantes rumanos y marroquíes. Veremos cómo se desarrolla su estancia en la zona, si cuaja y cómo se tercia la convivencia. Torrebaja ha sido siempre un pueblo acogedor al tiempo que muy liberal. Ya sabes, si saludas, te saludan. Y si prefieres ir a tu aire, la gente te deja en paz.


Hace unos días estuvimos en Teruel -solemos ir cada quince días-,

haciendo gestiones y comprando. Al salir del supermercado, todavía en el aparcamiento, presencié una escena que me enterneció. Iba un señor mayor delante, con un andador y detrás su esposa, también mayor, empujando el carro de la compra. Al lado iba una chica joven, y le dijo al hombre: Papá, a la derecha… a la derecha, papa… -y el hombre giró el carrito con dificultad. Pero la hija lo dijo tan tiernamente, con tanto cariño que me emocionó. ¿Podrán mis hijos atenderme si llega la ocasión o me pasará como a aquella señora de Teruel que te contaba, que tenía dos hijos pero era como sino tuviera ninguno? Hay escenas de la vida cotidiana que te alegran el día, y te hacen pensar. Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.

De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).


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1 SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Cartas desde mi rincón (XII), en la web Desde el Rincón de Ademuz, del jueves 20 de noviembre de 2025. 

2 ID. El cerdito, el pan dormido y las hogueras de san Antón, en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del lunes 16 de enero de 2012. 

3 Nota del autor: Uno de los hitos clave de las sufragistas británicas fue la adopción del violeta por parte de la Women's Social and Political Union (WSPU), fundada en 1903 en el Reino Unido por Emmeline Pankhurst. En 1908 establecieron oficialmente tres colores para su causa: el Violeta (purple): dignidad, el Blanco: pureza y el Verde: esperanza. El violeta quedó asociado a la dignidad y la lucha por derechos políticos, y esa simbología se difundió internacionalmente con el movimiento sufragista.

4 DE PRADA, Juan Manuel. La única solución para la inmigración, en diario ABC, del sábado 25 de octubre de 2025.

5 ETHOS religioso: Conjunto de rasgos y modos de comportamiento (en este caso religiosos) que conforman el carácter o la identidad religiosa de una persona o una comunidad.

6 Nota del autor: Mi abuelo José Garzón Casino (1876-1959) emigró a Madrid con su familia a principios del siglo XX -mi madre nació en la capital en 1914-; de Madrid marcharon a Teruel, y posteriormente, ya en la Dictadura de Primo de Rivera, a Barcelona. El abuelo José perteneció al Cuerpo de Seguridad y Vigilancia (policía urbana y política), pero estando en Madrid participó también en una cuadrilla de podadores de Castielfabib y El Cuervo que trabajaban de forma estacional en el Palacio Real de Madrid y otros lugares. El cuerpo policial urbano al que pertenecía mi abuelo José dependía del Ministerio de la Gobernación y fue el antecedente directo de la policía gubernativa posterior. Durante la República continuo en el Cuerpo de Seguridad, encargado de funciones policiales ordinarias, hasta que se jubiló anticipadamente por enfermedad. Durante la guerra civil (1936-39) residió en El Cuervo (Teruel), hasta su fallecimiento en 1959.

7 SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Julián Martínez Vialanait (1931-2026), alias el Francés, en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del domingo 25 de diciembre de 2011. 

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