domingo, 16 de agosto de 2026

CARTAS DESDE MI RINCÓN (XV).


A un amigo de la infancia, con el que tantos recuerdos comparto.


«Cada generación debería mejorar lo que ha recibido de la anterior,

y si no es capaz de mejorarlo, al menos de mantener lo que ha heredado.

Y no me refiero solo a la tradición, sino a las infraestructuras y servicios que sirvieron a la economía y forma de vida de nuestros ascendientes sobre este paisaje:

acequias, puentes, caminos, muros… porque la pérdida del patrimonio en general, y del constructivo y utilitario en general nos empobrece a todos.

Se dice que en un futuro inmediato la mayoría de la población mundial vivirá en grandes ciudades; si esta perspectiva se cumple, ¿qué será de los pequeños pueblos,

del inmenso y rico patrimonio material e inmaterial que estos contienen?».



**EL AUTOR DE ESTA WEB ES CONTRARIO AL USO DEL LENGUAJE INCLUSIVO**


Definición del subgénero epístola:

«Epístola es sinónimo de carta y hace referencia a un tipo de texto que busca establecer un canal de comunicación a través de la forma escrita, siendo el medio de notificación más usado en toda la historia de la humanidad. A menudo la carta es usada con la intención de expresar ideas, pensamientos, sentimientos, deseos, etc.»


Querido amigo,

en más de una ocasión has hecho referencia a mi gusto por la utilización de apodos para referirme a los vecinos de nuestros pueblos; y tienes razón, me gusta utilizarlos siempre que no sean acerados o demasiado caricaturescos. Con frecuencia, cuando mi mujer y yo regresamos de nuestros paseos al atardecer solemos encontrarnos en la plaza con algún vecino sentado en alguno de los bancos del fondo, aprovechando los últimos rayos del sol, esperando la cena. Yo suelo sentarme un rato a charlar con alguno de ellos, para comentar las incidencias del día. El otro día surgió hablar de gente antigua, de personas que fallecieron hace ya muchos años, y salió a relucir el tío Bocanegra, el tío Espantanubes, el tío Miracielos, el tío Susano… mi contertulio es persona mayor, y conoció a todos los citados, incluso recordaba dónde vivían, en qué barrio o calle del pueblo, pero no recordaba sus nombres. Mi evocación alcanza tan solo a recordar los apodos, pero no el aspecto de estas personas… aunque no resultará descabellado recordarlas con chaqueta de pana, faja, pantalones apedazados, boina calada, azada al hombro. Gente humilde que tenía un pequeño huerto en las proximidades del pueblo al que acudían a diario. Portar una azada o un saco al hombro es imagen común entre los hombres de cierta edad en otro tiempo.


Paisaje festivo del Rincón de Ademuz:
detalle de la Fiesta de las Flores en Torrebaja (Valencia), 2026.


En cierta ocasión fui al cementerio municipal de Torrebaja,

popularmente denominado de Los Llanos, por su ubicación en la partida de los Llanos de la Masadica,1 y al pasar por el cuartel superior derecha me indicó una tumba en tierra con una cruz en la cabecera, donde podía verse el retrato de un varón con boina o gorra calada. Mi acompañante, la vecina Trinidad Martínez Arnalte (1941-2026), me dijo: Mira, éste de ahí era el tío Bocanegra… -se refería al señor José Antón Hernández, fallecido el 13 de diciembre de 1959, a los 73 años-. Curioso apodo el de “Bocanegra”; ya me gustaría conocer de dónde le venía semejante sobrenombre; aunque será difícil averiguarlo. Respecto al “Bocanegra”, en una entrevista que hace años le hice a la señora Trinidad me contaba:

Y de esta casa, el hijo del tío Bocanegra -que vivía ahí donde vive ahora Vicente el Bolo-, cada noche, como el que va al circo, se llevaba una sillica… Sí, él estaba aquí, guisándoles a unos jefes, y cada noche se llevaba algo; entre unos y otros le dejaron todo vacío… Cuando antes de la guerra los había tenido aquí muchas veces de jornaleros… tanto al hijo como al padre. El hijo del Bocanegra jugaba muy bien a la pelota, y una vez vinieron los Borregueros de Teruel, que eran pelotaris y le echaron roncas de 200 pesetas, fíjate entonces, eso era mucho dinero… y el muchacho dijo que no. Pero dicen que era muy buen jugador… Eso se lo contaron a mi padre y le fastidió mucho, porque aquello era humillar al muchacho, que no podía apostar tanto dinero; y a mi padre no le gustaba que humillaran a nadie.2


La anécdota se desarrolla durante la guerra civil (1936-39), 

y tiene lugar en la casa del señor Gregorio Martínez Gómez (1895-1986), padre de la informante, sita en la calle Fuente (entonces, calle de Pedro Arnalte). Aquí se alude al hijo del tío Bocanegra, cuya familia vivía en la casa de Vicente el Bolo, esto es, en la calle Cantón. La casa del señor Gregorio estaba requisada y allí guisaba el hijo del Bocanegra para unos jefes civiles o militares. Y parece que el guisandero, “como el que va al circo” se llevaba cada noche algún objeto de la casa. La informante reprocha al cocinero su proceder, pues su padre les había llevado muchas veces de jornaleros. Cabe deducir que la familia de los Bocanegra eran gente humilde, como otros tantos del pueblo que tenían que vender su trabajo por un jornal. La anécdota se prolonga refiriendo que el hijo del Bocanegra era muy buen jugador de pelota, y que en cierta ocasión los Borregueros de Teruel le retaron a una partida con una apuesta que el torrebajero no pudo afrontar, con la humillación consiguiente. El juego de pelota fue una de las grandes aficiones deportivas locales, tanto antes como después de la guerra.


Poco más sabemos del tal José el Bocanegra

más allá de poder decir de él que había nacido mediado los años ochenta del siglo XIX. ¿Y qué decir del “Espantanubes” o del “Miracielos”? Del primero, Daniel Aparicio Sánchez (Torrebaja, 1941) me refería que era algo así como un “hombre del tiempo”, al que sus vecinos preguntaban sobre la meteorología, que se creía con capacidad de prever la climatología o de espantar las tormentas. Del “Miracielos” no recordaba nada; respecto del origen del apodo, interpreto que tal vez este vecino padecía algún problema de “ptosis palpebral”, lo que se conoce como “párpados caídos”,3 lo que le obligaba a levantar la cabeza para ver, y de ahí lo de “mirar al cielo” y “Miracielos”. Pero ve a saber el origen del apodo, que podría proceder de algo más insólito y desconcertante.



Paisaje humano del Rincón de Ademuz:
señalización mortuoria en el cementerio municipal de Torrebaja (Valencia),
correspondiente al vecino José Antón Hernández, alias el Bocanegra (2026).

Paisaje humano del Rincón de Ademuz:
detalle de lápida en el cementerio municipal de Torrebaja (Valencia), 2026.


Del tal “Susano” no sabría decirte si es nombre o sobrenombre.

Me contaba Daniel que era un vecino que tenía un carro de varas y se dedicaba a traer yeso de Villel, sí, de esa yesería que hay poco más arriba de la Masía de las Ritas, la misma que los de Villel conocen como “Viñuelas Altas”. Todavía existe el edificio de la antigua yesería en un recodo que hace la carretera, junto a la margen derecha del Turia. Como te decía, el hombre era transportista y casi todos los días subía y bajaba con su carga de yeso para abastecer a los albañiles y constructores de la zona. Por citarte uno de los lugares donde se utilizó el yeso que traía el tío Susano te nombraré la iglesia parroquial, siendo maestro de obras Constantino Aparicio Aparicio (1907-92), padre de Daniel. La primera piedra de la nueva iglesia parroquial de Torrebaja se puso el 20 de junio de 1954, luego estamos hablando del ecuador de los cincuenta en adelante.4


Semanas atrás me llamaron del Ayuntamiento para ver si podía enseñar los restos de la guerra civil que todavía quedan en Torrebaja a un grupo de personas de Valencia.

Cuando digo “restos de la guerra civil” me refiero a las trincheras o más bien nidos de ametralladoras de la Loma del Montencillo restauradas en los últimos años. Al parecer, la persona que suele encargarse de estos menesteres no estaba disponible, razón por la que pensaron en mi, en tanto cronista local. Acepté acompañar al grupo, y quedamos en la Presa del Ebrón; y desde allí subimos por las laderas de La Loma donde se hallan estos vestigios de la guerra. Se trataba de un grupo de una veintena de personas con algunos niños; al parecer estaban hospedados en el albergue de Los Centenares, y les habían ofrecido esta excursión por intermedio del Ayuntamiento de Torrebaja. Lo cierto es que los denominados “restos de la guerra civil” en Torrebaja son más bien escasos. Apenas los denominados nidos de ametralladoras sitos en las laderas septentrionales de La Loma, la “casa de la Bomba”, una construcción del barrio de las Eras que tiene clavada en una esquina un carcasa de bomba, alguna estación del antiguo Vía Crucis que ascendía desde el pueblo hasta la Ermita de San Roque, y el refugio antiaéreo de bajo la Iglesia parroquial. Quiero decir que restos físicos de la guerra quedan pocos, aunque la historia de la contienda en Torrebaja es larga y compleja.


Antes de comenzar la excursión hice una pequeña introducción junto al puente de la Presa,

en la intersección con el camino de los Albares y desde allí iniciamos la ascensión a La Loma. El camino hasta el monte discurre por una acera cementada paralela al camino del Montecillo, después continúa por una senda que asciende por la ladera hasta el primer nido de ametralladoras, el mayor y mejor conservado de los tres restaurados. La vista desde el punto arqueológico ofrece una espectacular panorámica sobre el valle del Ebrón y montes circundantes, y que abarca desde Castielfabib y Los Santos (noroeste) hasta los puntales del Mediero El Cerrellar (noreste), un panorama de 180º con el caserío de Torrebaja en la la confluencia del Turia y el Ebrón. En la espectacularidad del paisaje colaboraba el lujurioso verde que suele pintar la zona a finales de abril. 


Paisaje festivo del Rincón de Ademuz:
detalle de la Fiesta de las Flores en Torrebaja (Valencia), 2026.


Para desarrollar mi relato me centré en dos puntos que considero esenciales para entender lo que supuso la guerra civil en Torrebaja:

primero, el establecimiento en la localidad del Estado Mayor del XIX Cuerpo de Ejército (bando republicano),5 correspondiente al Ejército de levante y el bombardeo de Torrebaja del 26 de noviembre de 1938: dos asuntos íntimamente ligados. Respecto del XIX Cuerpo de Ejército, les hice una somera reseña sobre su creación (agosto de 1937) y comandantes que lo mandaron: don Manuel Eixea Vilar y don Joaquín Vidal Munárriz,6 ambos del arma de Infantería, tuvieron un trágico final, ya que fueron fusilados después de la guerra: el primero en Paterna y el segundo en Bilbao. Para comprender mejor lo que significó para Torrebaja el establecimiento del alto mando del XIX Cuerpo de Ejército hay que saber que en los años treinta el Rincón de Ademuz lo poblaban unos 10.500 habitantes, de los que 952 censaban en Torrebaja. El mando de Cuerpo de Ejército lo componían el Estado Mayor, transmisiones, sanidad e intendencia y contaba con Unidades de apoyo, Artillería de cuerpo, Ingenieros (zapadores), Transmisiones y Servicios (sanidad, transporte, abastecimiento). Durante la batalla de Teruel, el XIX Cuerpo de Ejército estuvo formado por tres Divisiones (40ª, 41ª y 64ª), y cada una tenía una composición típica, basada en Brigadas Mixtas, grupo de artillería divisionaria y unidades de apoyo (ingenieros, transmisiones, etc.). Aproximadamente, cada División estaba formada por entre 8.000-12.000 hombres. Les conté todo esto a los de la excursión para que se hicieran una idea de la cantidad de soldados que llegó a haber en el Rincón de Ademuz y otros pueblos del entorno, porque no todos estaban en Torrebaja. Es decir, si cada División estaba compuesta por esos ocho-doce mil soldados y el Cuerpo de Ejército estaba compuesto por tres Divisiones, obtendremos la bonita cifra de entre 36.000 soldados. En Torrebaja sabemos que en muchas casas se alojaban varios soldados, aportando su ración diaria de comida, todos los pajares se llenaron de refugiados y muchas viviendas fueron requisadas como oficinas y viviendas del Alto Mando -comandante y oficiales del Estado Mayor, Alto Comisariado del Cuerpo de Ejército, etc.-, además de para el Hospital de Sangre.7


Del bombardeo de Torrebaja de 26 de noviembre de 1938 también les conté a los excursionistas las características del mismo,

y las graves consecuencias humanas y materiales que tuvo para la población: muertes y gran destrucción material. No, no voy a contarte lo que les dije, porque sé que has leído los libros y artículos que he escrito al respecto. Pero sí quiero hacerte una reflexión, y es que en nuestra comarca hacen falta guías, personas o entidades que puedan ofrecer de forma normalizada este tipo de informaciones, sobre historia, monumentos, paisajes… y que puestos en contacto con Ayuntamientos, casas rurales, albergues, pudieran vivir en la zona como emprendedores capaces de ofertar estos servicios. Me dirás que la idea es buena, pero que difícilmente podría vivir alguien exclusivamente de esta actividad. Y tal vez tengas razón, pero no me negarás que la idea es buena, y que haciéndola compatible con otras actividades podría ser un éxito. En cualquier caso, resulta necesario este tipo de puestos de trabajo, y que no necesariamente debe depender de las administraciones locales, Ayuntamientos o Mancomunidad. Esto es más bien cosa de emprendedores, de personas con mentalidad liberal alejada de lo funcionarial. De gente amante de la naturaleza y la vida rural que deseen vivir una vida independiente fuera de las grandes ciudades. El asunto resulta de interés, y merecería la pena tratarlo en otro momento.


Paisaje festivo del Rincón de Ademuz:
detalle de la Fiesta de las Flores en Torrebaja (Valencia), 2026.


A propósito,

un vecino emprendedor me comentaba hace poco sus preocupaciones sobre la comarca, se preguntaba si nuestra generación y la que nos sigue, la de nuestros hijos, ya con la treintena cumplida, estamos haciendo lo correcto -y lo necesario- para el futuro del Rincón de Ademuz. Cada generación debería mejorar lo que ha recibido de la anterior, y si no es capaz de mejorarlo, al menos mantener lo que ha heredado. Y no me refiero solo a la tradición, sino a las infraestructuras y servicios que sirvieron a la economía y forma de vida de nuestros ascendientes sobre este paisaje: acequias, puentes, caminos, muros… porque la pérdida del patrimonio en general, y del constructivo y utilitario en general nos empobrece a todos. Se dice que en un futuro inmediato la mayoría de la población mundial vivirá en grandes ciudades; si esta perspectiva se cumple, ¿qué será de los pequeños pueblos, del inmenso y rico patrimonio material e inmaterial que estos contienen?


La cuestión resulta de enorme transcendencia,

y creo encierra una de las grandes preguntas de cara al futuro: ¿podremos llegar a ser una sociedad extraordinariamente avanzada tecnológicamente y, al mismo tiempo, perder una parte irreemplazable de nuestra memoria histórica? La tendencia a la urbanización y la vida urbanita es real. Pero la cuestión no es solamente cuántas personas vivirán en ciudades, sino qué ocurrirá con los territorios que queden demográficamente debilitados, como pudiera ser el caso del Rincón de Ademuz. Los pequeños pueblos de nuestra comarca contienen algo que difícilmente puede trasladarse a una gran ciudad:

  • Patrimonio material: iglesias, ermitas, fuentes, lavaderos, molinos, acequias, puentes, caminos históricos, arquitectura popular, corrales, bancales, sistemas tradicionales de riego...

  • Patrimonio inmaterial: fiestas, música, danzas, tradiciones, gastronomía, refranes, leyendas, formas de cultivar, de construir y de relacionarse con el territorio.

  • Y quizá lo más importante: el paisaje cultural. Es decir, la relación secular entre una comunidad y el territorio que habita.


Y aquí aparece el verdadero peligro -deberíamos ser conscientes de ello-:

un edificio puede restaurarse; una tradición puede documentarse y reconstruirse; pero una comunidad humana desaparecida es muchísimo más difícil de rehacer. Una acequia histórica, como por ejemplo la de Castielfabib en Torrebaja, está documentada desde principios del siglo XVII; no es simplemente una infraestructura hidráulica antigua. Es el resultado de siglos de conocimiento acumulado: por dónde conducir el agua, cómo repartirla mediante partidores (el del Carlas, el del Poncio, el del Bruno), cuándo limpiar el cauce, qué derechos correspondían a cada usuario, qué árboles plantar junto a ella, márgenes que le corresponden, qué tierras regar... Si desaparecen las personas que conocen ese sistema, podemos conservar físicamente la acequia y, sin embargo, haber perdido buena parte de su significado. Pero si se pierde físicamente la acequia, tanto peor; porque una parte significativa del paisaje cambiará irremediablemente: la tierra que regaba se convertiría en un erial.


Paisaje festivo del Rincón de Ademuz:
detalle de la Fiesta de las Flores en Torrebaja (Valencia), 2026.


Si lo piensas bien,

de una u otra manera, la pregunta es la misma: ¿significa esto que los pueblos están condenados a desaparecer? No necesariamente. Y aquí creo que hay una cuestión muy interesante para reflexionar. El futuro podría producir dos procesos simultáneos: concentración de población en grandes áreas urbanas y, al mismo tiempo, una revalorización de determinados espacios rurales. Ambos procesos no son incompatible. Tengo la impresión de que ya hemos hablado de esto en ocasiones anteriores. El teletrabajo, la conectividad, la comunicaciones, el turismo cultural, la búsqueda de una mayor calidad de vida, la agricultura especializada, las energías renovables, los servicios para personas mayores o incluso el interés creciente por el estudio y la divulgación del patrimonio local podrían generar nuevas oportunidades. De hecho ya las están generando en otros lugares. Pero para que eso ocurra hay una condición fundamental: el pueblo no puede convertirse simplemente en un decorado turístico. No es nuestro caso, porque la mayoría de los vecinos que han vivido la mayor parte de su vida en el siglo XX son conscientes de que nuestros pueblos nunca han tenido mejores servicios ni han estado más limpios y bellos que en la actualidad. Nada que ver con un decorado de cartón piedra. Aunque falta mucho por hacer, por organizar y regularizar. Tenemos Plan General de Urbanismo, pero carecemos de normas subsidiarias que regulen los accesos, por ejemplo. La cuestión no es baladí, porque genera problemas y tensiones entre el ayuntamiento, los propietarios y usuarios.


Es cierto que un pueblo vivo necesita niños,

agricultores, comerciantes, artesanos, profesionales, asociaciones, fiestas, escuela, servicios y, sobre todo, personas que tengan allí su vida cotidiana, no solo gente de paso, temporera o estacional que desconoce o no se interesa por la historia, las tradiciones o la idiosincrasia del pueblo. De lo contrario podemos acabar conservando magníficamente una iglesia mientras desaparece la comunidad que durante siglos acudió a ella; restaurando una fuente mientras nadie recuerda el origen de su nombre ni para qué servía; declarando una acequia patrimonio cultural mientras ya nadie sabe, puede ni quiere mantenerla. Eso sería una especie de "musealización" del territorio.


Paisaje festivo del Rincón de Ademuz:
detalle de la Fiesta de las Flores en Torrebaja (Valencia), 2026.


Hay además una dimensión que me parece todavía más trascendente.

Durante siglos, los pueblos fueron auténticos archivos humanos. En ellos se conservaba una memoria que no estaba escrita en los libros: quién construyó aquel puente, dónde estaba el antiguo molino, por qué una determinada partida del término tiene ese nombre, qué camino utilizaban los pastores, dónde comenzaba o terminaba el término de un municipio, cómo se distribuía el agua de una acequia, qué ocurrió durante una riada… qué anécdotas contaba el tío fulano que estuvo en la guerra de Cuba, lo que sucedió durante la guerra civil española, o la peripecia del tío mengano que estuvo en la División Azul…


Cuando desaparece la última generación que conoce esas cosas,

desaparece una biblioteca que no estaba en ningún archivo. Por eso creo que la despoblación no debería contemplarse únicamente como un problema económico o demográfico. También es un problema de conservación de la memoria colectiva. Y quizá haya que cambiar la pregunta. No deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo conseguimos que los pueblos tengan más habitantes? Sino también: ¿Cómo conseguiremos que, aunque tengan menos habitantes, sigan siendo territorios vivos y capaces de transmitir su patrimonio a las generaciones futuras? Ahí entran la digitalización de archivos, los testimonios orales, la protección jurídica del patrimonio, el mantenimiento de caminos y sistemas tradicionales de riego, la recuperación de arquitectura popular y, sobre todo, la transmisión intergeneracional del conocimiento. Porque el patrimonio rural no consiste solamente en piedras. El patrimonio son el cómputo de las piedras, el paisaje, la memoria, los conocimientos, las personas que saben qué significan.


Quiero señalarte una última paradoja que quizá merezca la pena tener muy presente:

si algún día la humanidad vive mayoritariamente en enormes ciudades -como parece ser la tendencia-, los territorios rurales podrían convertirse precisamente en uno de los bienes más escasos y valiosos del futuro. No solamente por su belleza, sino porque conservarán algo que las grandes ciudades no pueden fabricar: la huella física de cómo vivieron nuestros antepasados durante siglos, la posibilidad de una casa grande, de cultivar un huerto, de criar unas gallinas… y de que los hijos se críen en un ambiente en contacto con la naturaleza. La verdadera pregunta, por tanto, quizá no sea si los pequeños pueblos del Rincón de Ademuz sobrevivirán. Es qué parte de ellos estamos dispuestos a perder antes de darnos cuenta de que ya no podemos recuperarla.


Paisaje festivo del Rincón de Ademuz:
detalle de la Fiesta de las Flores en Torrebaja (Valencia), 2026.


San Isidro, el regañado y la municipalización de la tradición.

A mediados de mayo celebramos la festividad de San Isidro Labrador, en atención —se nos dice— a nuestro pasado agrario. Y no está mal. Al contrario: recuperar y mantener las tradiciones que explican quiénes fuimos y de dónde venimos constituye una saludable forma de memoria colectiva. La cuestión, sin embargo, no es tanto qué celebramos, sino quién lo celebra, quién lo organiza y, sobre todo, quién lo paga. Con tal motivo, el Ayuntamiento sufraga un aperitivo para los vecinos en el que no suele faltar un sabroso regañado. Nada que objetar al regañado, por supuesto; sería mezquino discutir con una tradición gastronómica tan respetable. Pero sí cabe preguntarse por la naturaleza de un gasto que se carga sobre las arcas municipales cuando la festividad procede directamente del mundo campesino y de las estructuras comunitarias que durante generaciones lo representaron.


Porque san Isidro no nació en un salón de plenos,

ni fue concebido por una corporación municipal con especial vocación. Su origen está en el campo, en los agricultores y, en nuestro ámbito, en las comunidades que históricamente organizaron la vida agrícola y el aprovechamiento colectivo del agua y de los pastos. Antaño, además, su promoción correspondía a la Hermandad de Agricultores y Ganaderos. Es decir, existía una relación bastante más lógica entre la celebración y la comunidad que la sustentaba. Por eso resulta inevitable formular una pregunta incómoda: si el Ayuntamiento considera que debe financiar una celebración de naturaleza agraria porque forma parte de nuestras tradiciones, ¿por qué no asume también otras celebraciones vinculadas a nuestro santoral, nuestras costumbres o nuestra historia colectiva?


La pregunta parece retórica,

pero en realidad apunta a algo bastante más profundo: la progresiva municipalización de la tradición. Porque cuando una institución pública comienza a hacerse cargo de determinadas celebraciones populares, no solo está pagando un aperitivo. Está asumiendo, de manera más o menos explícita, la función de custodiar, organizar y financiar manifestaciones que en otro tiempo pertenecían a la propia sociedad civil. Y eso plantea una cuestión interesante: ¿estamos conservando la tradición o estamos convirtiéndola en una actividad municipal convenientemente subvencionada?

El asunto se entiende mejor si observamos otra costumbre: la cena de la vaca”, celebrada el último día de las fiestas patronales de santa Marina y san Roque en Torrebaja. Aparentemente estamos ante dos acontecimientos diferentes. En realidad, su significado social es extraordinariamente parecido. En ambos casos existe un elemento fundamental: la comida compartida como instrumento de cohesión comunitaria. San Isidro reúne a los vecinos alrededor de un almuerzo; la cena de la vaca los reúne alrededor de una comida colectiva. Cambian el contexto, el calendario y el menú, pero permanece la misma función: reforzar los vínculos entre quienes forman parte de una comunidad.



Paisaje rural del Rincón de Ademuz:
detalle de ganado pastando en el Rento de Torrebaja (Valencia), 2026.


Y aquí aparece otra paradoja,

que quizá merezca más atención de la que habitualmente le prestamos. Las sociedades tradicionales no necesitaban que el Ayuntamiento les explicara que compartir comida era una forma de hacer comunidad. Lo sabían perfectamente. De hecho, la propia palabra “convivencia” procede del latín convivere: vivir juntos, y rizando el significado compartir los víveres. Y pocas cosas expresan mejor ese “vivir juntos” que sentarse alrededor de una mesa y compartir lo que hay. El problema surge cuando aquello que nació espontáneamente de la comunidad termina convertido en una prestación municipal: la Administración organiza, la Administración paga y los ciudadanos asisten. La tradición permanece en apariencia, pero su naturaleza puede haber cambiado radicalmente. Ha cambiado. Quizá convendría preguntarnos si queremos simplemente mantener el decorado de nuestras tradiciones —el santo, el regañado, la música, la comida, la fotografía, el discurso institucional— o si queremos conservar también aquello que les daba sentido: la participación de la propia comunidad y su capacidad para organizar colectivamente su vida social. Porque, al final, quizá la cuestión no sea quién paga el regañado. La cuestión es quién conserva la tradición cuando la tradición -lo que hemos heredado- deja de pertenecernos. Si hiciéramos una encuesta entre los adolescentes de nuestro pueblo, los de la Generación Z, por ejemplo -que actualmente tienen entre 17 y 19 años-, preguntándoles qué saben de nuestros santos patronos (santa Marina y san Roque), sobre su vida y el tiempo en que vivieron, es probable que la mayoría no supiera qué responder. Y quien dice santa Marina y san Roque dice de cualquiera de los patrones de cualquiera de los municipios del Rincón de Ademuz. Aunque los jóvenes tampoco son los más beneficiados, porque el propio tipo de fiesta que anualmente se celebra en torno a los patrones, en parte basado en ruido y borrachera, dice muchos de los fiesteros y de quién la organiza. Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.

De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).



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1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo (2008). El cementerio municipal de Los Llanos en Torrebaja, a propósito de su ampliación y remodelación (2007), en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, vol. II, pp. 305-307.

2] ID (2009). Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941), la persistencia de la memoria, en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, vol. III, pp. 266-267 (257-283).

3«La ptosis palpebral, más conocida como párpados caídos, es una patología que se manifiesta cuando uno o ambos párpados superiores se sitúan en una posición más baja de lo normal. Esta condición puede afectar tanto a la apariencia facial como al funcionamiento del ojo, llegando incluso a comprometer el campo visual si el párpado cubre parte de la pupila. Aunque puede darse a cualquier edad, es más común en adultos mayores debido a factores asociados al envejecimiento. La ptosis puede tener distintas causas, que van desde factores congénitos hasta enfermedades adquiridas. Otras causas incluyen trastornos neurológicos como la miastenia gravis, lesiones en los nervios, traumatismos o enfermedades que afectan al funcionamiento muscular»

4] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. La torre-campanario de Torrebaja (I y II), en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del lunes 14 de mayo de 2012. 

6] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Don Joaquín Vidal Munárriz (1882-1939), un coronel republicano en Torrebaja (I y II), en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del miércoles 14 de diciembre de 2011. 

7] ID (2009). El Hospital de Sangre de Torrebaja durante la Guerra Civil española (1936-39), en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, vol. III, pp. 85-94.