A un amigo de la infancia, con el que tantos recuerdos comparto.
«Si durante los primeros años de vida el niño aprende,
por una inclinación natural, que debe ser estimulada, a amar a su pueblo,
este sentimiento perdurará siempre como un rescoldo sagrado»
-Pablo Álvarez Rubiano (1910-78), en Torre Baja, mi pueblo (1953)-.
**EL AUTOR DE ESTA WEB ES CONTRARIO AL USO DEL LENGUAJE INCLUSIVO**
Definición del subgénero epístola:
«Epístola es sinónimo de carta y hace referencia a un tipo de texto que busca establecer un canal de comunicación a través de la forma escrita, siendo el medio de notificación más usado en toda la historia de la humanidad. A menudo la carta es usada con la intención de expresar ideas, pensamientos, sentimientos, deseos, etc.»
Querido amigo,
entrada ya la primavera, el mes de marzo hizo honor a su genio particular de engañador: un día malo y otro peor. Hubo días en que tuvimos viento frío y desagradable, con apenas 10ºC como temperatura máxima y una sensación térmica de -3ºC hasta media mañana. Aunque muchos árboles ya están floridos, el almendro, los ciruelos y pronto lo estarán los perales y cerezos tempranos. No sé cómo les irá, pues ya sabes lo que suele pasar con las heladas tardíos, que no dejan pastor ni ganado.” Mi refrán sobre marzo es el tradicional de toda la vida en la zona: Marzo ventoso y abril lluvioso hacen a mayo florido y hermoso. El refrán se ha cumplido este año a rajatabla, al menos en lo que hace al mes de marzo. El domingo día 29 fue extraordinariamente ventoso, dieron un bando de alerta desde el Ayuntamiento conminando a los vecinos a no salir de casa por el peligro del viento desatado. De hecho se tronchó uno de los pinos que hay bajo las casas consistoriales, frente al consultorio municipal: más exactamente donde estuvo el antiguo transformador. Sí, el lucero del pueblo, el tío Ricardo el Mosquito, al que recordarás porque desde allí daba la luz del alumbrado público cada día al atardecer. El tío Ricardo llevaba siempre un cigarrillo medio encendido medio apagado pendiente del labio. Con frecuencia recordamos a las personas por detalles nimios. Pero lo que te decía, el pino que ocupaba el solar del transformador se había hecho enorme, prácticamente monumental pese a no tener más de cuarenta años. Lo siento por el pino, porque era muy hermoso, y también por el daño que han causado las ramas desmochadas en la baranda que bordea el inicio de la calle Cantón.
| Paisaje festivo del Rincón de Ademuz: detalle de trapecista en las fallas de Torrebaja (2026). |
La baranda que bordea el Cantón,
entre la fuente de Los Pobres y la barbacana de La Replaceta se puso en los años noventa, exactamente en 1995, siendo yo alcalde de Torrebaja. Toda la vida había estado la calle Fuentecilla y la del Cantón libre de baranda, con el peligro consiguiente. Aunque no se recuerda que hubiera habido nunca ningún percance. El caso es que al final de la legislatura me llama un día el diputado de zona y me dice que había dos millones de pesetas a mis disposición en la Diputación de Valencia, entonces presidida por doña Clementina Ródenas (PSOE), que podía destinarlos donde quisiera, que hiciera un proyecto y lo presentara en Diputación. Se nos ocurrió lo de la baranda del Cantón, y pedí al técnico municipal que hiciera un proyecto, y así lo hizo, un proyecto para unos trescientos metros de baranda del mismo material que los quitamiedos de las carreteras. Desde entonces las calles Cantón y Fuentecilla tienen baranda, la misma que ha destrozado en varios metros el pino que quebró el viento. El viento hizo muchos males en otros lugares del término, tronchado y arrancando de cuajo árboles en las riberas, pinos en el monte, chopos en la huerta. Además de daños en casas particulares...
| Paisaje urbano del Rincón de Ademuz: detalle de daños por viento en Torrebaja (2026). |
Los hortelanos de Los Callejones,
y por extensión los del resto del término y comarca ya estamos preparando los huertos para la nueva temporada de cultivos. Los más impacientes ya pusieron habas en diciembre, y los más tradicionales los ajos y bisaltos en enero. Los hay también que ya tienen sembradas las patatas, lo habitual en estos lares es sembrarlas por san José, poco antes, poco después. Es lo que mandaba la tradición de antaño, pero hoy todo se ha trastocado un poco. Dicen que es por el cambio climático, aunque el clima lleva cambiando desde el principio de los tiempos. El caso es que ya se está viendo actividad en los huertos, remover la tierra, quemar las malas hierbas, limpiar las acequias y todo lo que lleva de consigo la actividad agrícola. La agricultura, hoy y como siempre, requiere de conocimientos y de experiencia. Ser agricultor es cosa seria, y más todavía si es practicada por un jubilado que nunca ha tocado una azada. Hoy, el jubilado que practica la horticultura, lo hace con la tranquilidad que conlleva tener “asegurada” la pensión del Estado: pongo lo de asegurada entre comillas porque no sé lo que puede durar este derecho. Vienen malos tiempos, la política está revuelta y la deuda disparada como nunca en la historia. Eso no presagia nada bueno. Pero lo que te quería decir es que el hortelano actual trabaja con las espaldas cubierta, casi por placer, por el contrario de lo que les sucedía a nuestros padres y abuelos, que vivían y sobrevivían de la agricultura y una mala cosecha, un pedrisco en el momento adecuado podía arruinar el cultivo, y la manutención.
Es más,
ser agricultor ha sido siempre una actividad menospreciada, cuando es tan digna como cualquier otra y su práctica requiere de conocimientos prácticos y aquilatada experiencia. No solo hay que saber cuando se plantan o siembra cada cosa, hay que saber cómo hacerlo, además de aplicar todos los cuidados particulares que cada cultivo requiere. Y no solo eso, hay que saber cómo se poda una viña, un peral, un manzano, un membrillero, una olivera… y cómo tratar las plagas que afectan a cada cultivo o frutal. Hay que regar, abonar… y un sin fin de cosas que solo se aprende con la práctica. Aunque hoy tenemos siempre a nuestra disposición un vídeo de YouTube que te ayuda en cualquiera de estas actividades, incluso en las conservas que hacemos en verano y otoño con los productos cosechados: tomate crudo, pepinos, tomates, olivas en salmuera, mermeladas, dulce de membrillo. Lo que te decía, ser agricultor u hortelano no es ninguna broma. Y el que lo dude que se ponga a ello.
| Paisaje rural del Rincón de Ademuz: detalle de almendro en flor en Los Planos de Ademuz (2026). |
Y hablando de hortelanos,
tengo que comunicarte el fallecimiento de Ramón Díaz, alias Ramoncico, que tenía huerto en Los Callejones, era por tanto compañero de huerto. Hasta prácticamente el final de su vida hizo huerto, siendo ya de edad avanzada. Aunque el huerto lo llevaba su cuñado Paco el de la Agustina, él subía casi a diario a dar una vuelta, atar algún tomate, escardar alguna hierba, dar un conejo. Lo había hecho toda la vida y se notaba que disfrutaba con ello. Además, tenía un sentido del humor muy peculiar, y muy positivo. En cierta ocasión recuerdo que le comenté que me habían fallado varias plantas de cebollino y ante mi queja contestó: No te preocupes, así las de al lado se harán más gordas… -las cosas del campo son así, no hay nada perfecto, cada año los cultivos van de una manera y no hay que hacerse mala sangre por ello.
Tengo la sensación de habértelo contado ya -disculpa si es así, pero ya sabes que las personas, a partir de cierta edad, solemos repetir las cosas-;
se trata del libro Torrebaja, mi pueblo (1953), que Vicente Badía Marín y José Alejandro Pérez Tarín compusieron a instancias del ayuntamiento de Torrebaja.1 El libro tiene su historia, más bien el encargo que el alcalde de entonces hizo al periodista y al historiador, y que le costó un buen rapapolvo por parte del Gobernador Civil de Valencia, pues lo hizo sin presupuesto. Conozco la historia porque no sin rubor me la contó mi padre, Alfredo Sánchez Esparza (1905-83), a la sazón alcalde de Torrebaja (1943-56). Sí, fue alcalde durante el franquismo, y no tengo motivo para avergonzarme por ello; más bien todo lo contrario.2 Respecto al libro, el ayuntamiento aceptó financiar su edición a instancias de lecturas geográfico-históricas con destino a la Escuelas Nacionales, y ello a propuesta del periodista valenciano Badía Marín, que era el Cronista Oficial de Torrebaja. Al consistorio le pareció buena idea la composición de aquel libro, seguramente el primero que se escribía en exclusiva sobre un pueblo de la comarca, y el periodista se puso a la labor en colaboración con el historiador Pérez Tarín. Se trata de un libro de tapa dura en cuya portada luce la fachada principal de la Ermita de San Roque, copatrón del pueblo, y en la contraportada el escudo municipal.
| Paisaje rural del Rincón de Ademuz: vista oriental de Torrebaja desde El Rento (2026). |
El prólogo del libro lo firma Pablo Álvarez Rubiano (1910-1978),
un destacado historiador español especializado en estudios americanos, modernismo y la historia de los Reyes Católicos.3 Me gustaría transcribir la totalidad del exordio, pero con ánimo de aliviar la lectura me limitaré a los párrafos que considero más sustanciosos:
Como firmante de este breve pórtico, me corresponden las primicias en el elogio de una obra escrita para los niños de Torre Baja y, por extensión, para todos los niños, bien persuadido de que viene a llenar con su ejemplo una faceta de la educación pedagógica que no ha sido cultivada entre nosotros con la asiduidad y el cariño que merece.
Llama la atención,
y es de agradecer, que el autor no emplee el lenguaje exclusivo, diciendo “para los niños de Torrebaja y, por extensión, para todos los niños”, y no para los niños, niñas y niñes, como algún mentecato presuntamente culto diría hoy. Y continúa:
Pero el libro todavía tiene mayor alcance. La idea del conocimiento de lo próximo, como raíz del amor está presente también en él. Los autores han comprendido que el mejor modo de hacer patria es inculcar en los escolares la afición a las cosas que les rodean, mostrándoles los valores afectivos que en cierran. La escuela, con sus ventanas abiertas al campo, es el primer punto de mira del niño para comprender el mundo circundante. La Iglesia, la casa, las calles familiares, en donde se desarrolla su vida, tienen forzosamente en la formación de su espíritu una importancia decisiva.
Dice aquí “del conocimiento de lo próximo, como raíz del amor”,
y del acierto de los autores al comprender que “el mejor modo de hacer patria es inculcar en los escolares la afición a las cosas que les rodean”, descubriéndoles “los valores afectivos que encierra”. La idea que encierran estas palabras resulta doblemente de agradecer, y más en estos tiempos en los que medra el pensamiento nacionalista excluyente. El nacionalismo imperante no deja de ser una idea centrífuga y disgregadora que interpreta torticeramente estas palabras. A ciertos representantes de la izquierda indefinida, divagante y extravagante, por emplear la terminología Gustavo Bueno -padre del materialismo filosófico-, se les puede oír decir de “catalanes”, “españoles”, “vascos”… como si no fuéramos todos españoles. No se puede enseñar a amar algo contra otros, porque como te decía, ello genera pensamientos excluyentes y disgregadores. Cuando dice de “la escuela, con sus ventanas abiertas al campo”, me recuerda las escuelas de nuestra infancia, las que hubo en las plantas altas de las Casas Consistoriales, que daban al Rento y a la vega del Turia, y a las del complejo escolar de la avenida de la Diputación, inauguradas al comienzo de los años sesenta del pasado siglo.4 Desde las ventanas de ambas escuelas podían verse los campos, las inmediaciones del pueblo, las calles y a sus vecinos trajinando con los animales arriba y abajo. Y sigue:
Si durante los primeros años de vida el niño aprende, por una inclinación natural, que debe ser estimulada, a amar a su pueblo, este sentimiento perdurará siempre como un rescoldo sagrado. La idea de ciudadanía tendrá con ello un origen espontáneo y cabal, que le impulsará naturalmente a la afirmación de los grandes ideales de patria, religión, cultura. Torre Baja es, además un pueblo pequeño. Yo creo que debería seguirse el ejemplo de Azorín, que debiéramos descubrir el encanto, la poesía de nuestro pequeños pueblos.
| Paisaje rural del Rincón de Ademuz: detalle de caminos en Las Ajuntas de Torrebaja (2026). |
El texto de Álvarez Rubiano plantea una idea poderosa y,
a la vez, delicada: la formación temprana del vínculo con la comunidad como base de la identidad cívica. Tiene elementos sugerentes, pero también algunos supuestos que conviene matizar. El núcleo del argumento es claro, el niño posee una “inclinación natural” a amar a su pueblo. Ese afecto, si se cultiva, se convierte en fundamento duradero de la ciudadanía. De ahí brotarían valores como cultura, patria, valores espirituales. La invocación a Azorín como modelo de una mirada que descubre la belleza de lo cercano, de lo pequeño. El último párrafo dice:
El fenómeno de la concentración urbana alcanza en los días que corremos proporciones incalculables. Las grandes ciudades crecen monstruosamente, produciendo graves peligros económicos y, sobre todo, un género de vida artificioso, que nos aleja insensiblemente de la naturaleza. Por esta causa me parece también adecuado el libro de Pérez Tarín y Badía. Nos seduce el modo con que pintan el pueblo, sencillamente, sin alardes pintorescos, tratando de despertar en los escolares el amor al lugar donde nacieron, que es en definitiva la raíz auténtica de la patria.
Como el resto del prólogo,
el párrafo no es inocuo; constituye un buen ejemplo de sensibilidad -y también de ideología, no hay por qué negarlo- que imbuía una parte del discurso cultural de la España de posguerra. En primer lugar, destaca una cierta visión claramente negativa de la ciudad, descrita como un organismo que “crece monstruosamente”, casi como si fuera una deformación antinatural. No hace solo un juicio económico (“peligros económicos”), también moral y antropológico: la vida urbana es “artificiosa” y nos aleja de la naturaleza. El concepto sobrepasa lo teórico, al menos así lo viví yo cuando una década después mis padres me enviaron a estudiar el bachillerato a Barcelona, con unos familiares. El contraste del pueblo a la ciudad fue para mí traumático, doloroso. La contraposición del campo a la ciudad que establece el texto es cualquier cosa menos inocente, y responde a una larga tradición conservadora: la ciudad vista como espacio de desarraigo, anonimato y potencial conflicto social. De la libertad del pueblo, en el que yo ejercía cierto liderazgo entre los niños de mi edad, a la soledad y el anonimato de la ciudad, y el potencial conflicto con los chicos del nuevo colegio y su círculo, en el que no resultaba fácil penetrar ni integrarse.
Asimismo,
el texto introduce una cierta idealización del mundo rural. Idealización que yo siempre arrastré, hasta el punto de volver al pueblo décadas después con mi familia: mujer e hijo. Y donde nació mi segundo hijo. Aquí el pueblo no se presenta como la realidad compleja que es, sino más bien como un espacio impoluto, casi puro, donde lo sencillo equivale a lo auténtico. Lo que no siempre, ni necesariamente es así. El autor rechaza el folclorismo superficial (“sin alardes pintorescos”), pero no la idealización de lo rural. La naturalización del mundo rural (lo verdadero) se contrapone a lo urbano (lo desviado). Lo cierto, sin embargo, es que ni lo rural es ideal ni lo urbano afectado. El núcleo más ideológico del párrafo aparece al final, cuando dice de la educación sentimental de los escolares, provocando ese “despertar el amor al lugar donde nacieron”, donde lo local se establece como base de lo nacional, y el arraigo como virtud cívica. La gente de mi generación que vivió el desarraigo de la emigración comprenderá mejor esa cadena afectiva: pueblo, pertenencia, nación. Los hijos de aquella generación ya no entendieron esa sensación de pertenencia heredada de padres y abuelos; de hecho, sus hijos y nietos arraigados en otro lugar -muchos de ellos- evitaron el desarraigo haciéndose nacionalistas. No sé si se entiende bien lo que pretendo decir, podría escenificarlo en una anécdota. Durante una subida a la Ermita de Santerón (Algarra) en uno de los últimos septenarios trabé conversación con un paisano; nos llamó la atención que una familia que iba en la romería con sus hijos, no paraba de hablarles a sus hijos pequeños en catalán. Su conversación, entre ellos y con sus hijos era en catalán. Solo y exclusivamente en catalán. En paisano al que aludía arriba se apercibió también del hecho y me acabó diciendo: El abuelo de estos niños era de Vallanca, y andaba por los caminos recogiendo boñigos de caballería para el huerto, y ahora sus hijos y nietos se comportan aquí como si fueran extranjeros… -la anécdota es verdadera, aún vive quien la cuenta-.
| Paisaje rural del Rincón de Ademuz: vista parcial de la vega del Turia en Torrebaja (2026). |
Resulta evidente el propósito del autor,
que encaja su discurso en la lógica política de la época, fomentando el arraigo, la estabilidad, la uniformidad frente a cualquier dinámica que sugiera movilidad, cambio o cuestionamiento. Para el lugareño la ciudad, con su mezcla de dinamismo y diversidad, resulta sospechosa; mientras que el pueblo, expresión de continuidad y tradición, constituye modelo de estabilidad y perdurabilidad. En última instancia, el postrero párrafo del prólogo del profesor Álvarez Rubiano nos propone una forma de mirar el mundo, donde lo rural es esencia y lo urbano anomalía: plantea que la educación debe actuar como dique frente a esa deriva. No hay que estar necesariamente de acuerdo, es su opinión.
Hay que situar el libro en su tiempo y en su contexto:
ámbito rural, primeros años cincuenta. Pocos años después, los pueblos del Rincón de Ademuz sufrieron la feroz emigración que los vació demográficamente, sobre todo camino de Cataluña. Entre los años cincuenta y los setenta, la comarca perdió casi la mitad de la población. En la práctica, de cada tres casas, dos quedaron cerradas, y hasta hoy.
Evolución de la población censal municipal y comarcal (1950-1970).
Municipio |
1950 |
1960 |
1970 |
Ademuz |
3.373 |
2.827 |
2.195 |
Casas Altas |
680 |
512 |
264 |
Casas Bajas |
1.093 |
886 |
635 |
Castielfabib |
1.905 |
1.444 |
1.126 |
Puebla de San Miguel |
381 |
315 |
107 |
Torrebaja |
947 |
783 |
683 |
Vallanca |
933 |
786 |
463 |
Comarca |
9.312 |
7.553 |
5.473 |
Tomado de Carles Rodrigo Alfonso (1998:54).
Años atrás escribí una exitosa entrada en mi blog bajo el epígrafe El Rincón de Ademuz agoniza (2015) -digo exitosa porque tuvo más de diez mil visualizaciones-,
allí hacía un análisis demográfico de la comarca desde principios del siglo XX. El artículo incluye una adenda con la evolución de la población entre los años 2021 (2.221 hab.-2022 (2.189 hab.), evidenciando que en esos dos años la comarca había sufrido una pérdida de 32 habitantes.5 Obviamente, los datos no invitaban al optimismo. Sin embargo, como te comentaba en mi última carta, hoy empezamos a hablar de “nuevos pobladores”, gente que con o sin vinculación personal ni familiar con la zona se está estableciendo en nuestros pueblos: jubilados, familias jóvenes con hijos… personas con distintas profesiones procedentes de la ciudad que por razones variadas desean vivir una vida más tranquila, alejados de las grandes ciudades, cada vez más populosas, incómodas y caras. Tengo la impresión -solo la impresión, que no es poco- que esta tendencia va a incrementarse en el futuro, y que muchas más personas van a incrementar el censo comarcal en las próximas décadas. Y ello, no solo por las razones expuestas, también porque están aumentando los trabajos que podrán realizarse desde el domicilio particular -profesiones tecnológicas (las más demandadas), creativas y de contenido digital, marketing y negocio, administración y soporte remoto, educación y formación, idiomas y comunicación, consultoría y servicios profesionales, venta y negocios digitales, nuevas profesiones emergentes (muy futuro inmediato), freelance multidisciplinar... -, profesiones en las que importa más el conocimiento que la presencia física, bastando para ello un ordenador con una buena conexión a internet. Ya tenemos en nuestros pueblos la conexión por fibra óptica, tan importante en términos de comunicación como una carretera en condiciones.
| Paisaje urbano del Rincón de Ademuz: detalle de almendro en flor en Torrebaja (2026). |
| Paisaje rural del Rincón de Ademuz: detalle de almendro en flor en Torrebaja (2026). |
Como sabes,
esa fue nuestra opción familiar hace casi cuarenta años. Vivir en el pueblo, en una casa grande, en la que nuestros hijos pudieran tener una vida sencilla en permanente contacto con la naturaleza. Poder tener un huerto y un corral con animales… aunque nuestras profesiones tuvimos que desarrollarlas en un centro de trabajo: hospital o centro de salud… además de que los ordenadores y la conexión a la red todavía estaban lejos. Pero hoy esa ya es una posibilidad más que real, inmediata y factible. Pero sí, para que mi hipótesis gane fuerza conviene afinar el enfoque: no digo tanto de un “retorno idílico al campo” como de una reconfiguración del mapa laboral y vital. No es nostalgia: es tecnología. El retorno al mundo rural es hoy una posibilidad real para más personas de las que puedas imaginar. Como sabes, durante décadas, el campo fue sinónimo de renuncia; esto es, de menos oportunidades, menos servicios, menos futuro. Te lo he comentado alguna vez, y se lo oí decir muchas veces a mi padre: Hijo, una mala carrera es mejor que una buena hacienda… la agricultura, lo último… -ello implicaba el abandono del pueblo y del mundo rural y marchar a la ciudad-. En contraposición al pueblo, la ciudad representaba el empleo, la educación -la formación- y por ende la prosperidad. Era una ecuación aparentemente irreversible. Pero esa ecuación ha empezado a romperse. Y ello ha sido posible merced a esa gran revolución tecnológica y digital que ha supuesto internet. No por romanticismo, ni por una súbita conversión bucólica de las nuevas generaciones, sino por algo mucho más prosaico y decisivo: me refiero a la posibilidad real de trabajar sin estar físicamente donde está el trabajo. El teletrabajo —impulsado primero por la digitalización y acelerado después por crisis recientes como la pandemia de la Covid— ha abierto una grieta en el modelo urbano-industrial que parecía inamovible. Por esa rendija empieza a filtrarse una idea que hace apenas dos décadas habría sonado utópica: vivir en un pueblo sin renunciar a una carrera profesional cualificada. Y no hablamos de excepciones.
Como te decía arriba,
estoy hablando de programadores, diseñadores, analistas de datos, profesores en línea, consultores, creadores de contenido, especialistas en marketing digital… profesiones que ya no necesitan oficina, ni polígono, ni siquiera ciudad. Basta con conexión, disciplina y mercado. Ahí es donde aparece ese fenómeno incipiente del que te hablaba, pero cada vez más visible: jóvenes —y no tan jóvenes— que empiezan a replantearse dónde quieren vivir, no solo dónde pueden trabajar.
El atractivo no es menor.
Una casa más grande donde vivir por menos dinero. Hijos que crecen en contacto con la naturaleza y no entre pantallas y asfalto. Ritmos más humanos. La posibilidad —casi olvidada— de un huerto, de algunos animales, y no me refiero a mascotas; de una vida en suma menos dependiente y más tangible. Pero tampoco conviene engañarse: el panorama no es una postal. El mundo rural sigue arrastrando carencias evidentes: servicios limitados, infraestructuras irregulares, conectividad desigual, menor oferta educativa o sanitaria en algunos casos. Y no todo el mundo sirve para ese cambio: requiere adaptación, cierta autosuficiencia y una renuncia parcial a la comodidad urbana. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, la balanza empieza a no estar completamente inclinada hacia la ciudad.
| Paisaje rural del Rincón de Ademuz: detalle de almendro en flor en Los Planos de Ademuz (2026). |
Y ahí reside lo verdaderamente interesante.
Porque si una masa crítica —aunque sea minoritaria— de profesionales digitales decide dar ese paso, el impacto puede ser profundo: pueblos que hoy languidecen podrían recuperar población, actividad económica y, sobre todo, vida. No sería un retorno al pasado, sino algo distinto: una ruralidad nueva, conectada globalmente pero arraigada localmente. Una paradoja fértil: trabajar para el mundo, vivir en el pueblo. Quizá no sea la solución definitiva al problema demográfico, ni un movimiento masivo e inmediato. Pero sí puede ser el inicio de algo que durante décadas parecía imposible: que el campo deje de ser el lugar del que se huye… para convertirse, de nuevo, en un lugar al que se elige ir. Todo esto entronca directamente con las ideas que exponía Álvarez Rubiano ya en 1953, al tiempo que una o varias vueltas de tuerca de lo que expone José Sánchez Jiménez en La vida rural en la España del siglo XX (1975). Un texto interesante e instructivo que analiza el mundo rural del que muchos provenimos, pero en el que “las formas de vida ciudadana (han dejado de ser) modelos por los que se juzga la vida del pueblo”.6 Habrá que volver en otra ocasión sobre este tema, cuyas posibilidades no han hecho más que empezar.
Un año más,
la Asociación de Mujeres de Torrebaja hizo sus fallas, teniendo en esta edición como motivo central el circo: la carpa y sus principales personajes: el presentador, el domador, el león, el mono, el elefante, el malabarista, el hombre cañón, forzudo... incluida la trapecista en la parte alta de la carpa. Las artistas falleras -porque son verdaderas artistas o artesanas estas mujeres- se suelen encargar de la confección de cada muñeco o "ninot", buscando entre ellas la solución a los problemas que suelen presentarse. La falla tiene sus colaboradores, para hacer el armazón o la estructura, y diversos colaboradores que participan en otras partes del conjunto artístico. La composición de una falla requiere tiempo, paciencia, experiencia... e ilusión, mucha ilusión. La plantada (plantá), la quema (cremá) de la falla constituye un acto festivo, acompañado de un "castillo" de fuegos artificiales, y de una comida comunitaria -suele ser una paella para varios cientos de personas-, y una merienda a base de chocolate y buñuelos, que este año fueron de manzana. Torrebaja es el único pueblo del Rincón de Ademuz en el que se hacen fallas, suelen estar muy concurridas por los lugareños, además de los visitantes de otros pueblos comarcanos. Durante la cremá, los bomberos hacen acto de presencia controlando el fuego, como en Valencia. Pero no, en nuestra infancia no se hacían fallas; nuestras "fallas" eran las hogueras de san Antón. Ambas celebraciones carecen de una relación histórica directa en su origen; sin embargo, beben de un mismo sustrato cultural mucho más antiguo. Su elemento común es el fuego, símbolo de purificación por excelencia. El fuego quema lo viejo, lo negativo, lo impuro. En el caso de san Antón, protege frente a enfermedades a personas y animales, y representa un deseo de renovación, marcando un paso hacia un nuevo ciclo. Todo ello conecta con los antiguos rituales europeos precristianos ligados al calendario agrícola y al paso de las estaciones.
| Paisaje festivo del Rincón de Ademuz: detalle de trapecista en las fallas de Torrebaja (2026). |
| Paisaje festivo del Rincón de Ademuz: detalle de trapecista en las fallas de Torrebaja (2026). |
| Paisaje festivo del Rincón de Ademuz: detalle de la cremá en las fallas de Torrebaja (2026). |
Las hogueras de san Antón y las fallas no son la misma tradición,
pero hablan y se expresan en el mismo lenguaje simbólico: el del fuego como herramienta para enfrentarse al paso del tiempo, al miedo ante lo nuevo, y al cambio. Cambia el momento y el sentido del fuego: san Antón se celebra en pleno invierno, y el sentido de su fuego es de protección y purificación; las fallas, sin embargo, se celebran al final del invierno (más cerca del equinoccio de primavera), y el sentido de su fuego es de catarsis colectiva, de destrucción y renacimiento a la vez. Dicho con otras palabras, el fuego de san Antón es defensivo, casi mágico; por el contrario, el de las fallas es creativo y liberador: destruye y al mismo tiempo abre paso a lo nuevo. En lo profundo de ambas celebraciones está la necesidad humana de ordenar el tiempo mediante símbolos.
Antes de concluir,
no quiero dejar de comentarte sobre aquella tradición de nuestra infancia en el pueblo -me refiero a la plantada del chopo-, que todavía conservan en Casas Altas y Castielfabib. En Torrebaja también se practicaba, la llevaban a cabo los mozos que cada año entraban en quintas: el ayuntamiento les concedía un álamo alto y recto de la ribera o del coto escolar, y los quintos lo talaban, pelaban y subían a hombros o arrastras hasta la plaza del pueblo. Una vez allí se plantaba en medio de la plaza con ayuda de cuerdas y caballetes, tirando de un lado y otro hasta lograr hincarlo en un hoyo del suelo, afianzándolo con cuñas de madera, piedras y tierra. La parte alta del chopo se desmochaba, colocando en su lugar una rama de pino. En otra época se colocaba también un pollo o un conejo en lo alto, y los mozos más arriesgados trepaban por la caña del árbol para intentar coger los premios. Muchos lo intentaban, aunque solo alguno lo lograba. En los trabajos de la talla, pelado, arrastre e izado colaboraba toda la muchachada del pueblo, dirigidos por algún adulto experto. No sé si lo recordarás, pero yo recuerdo al guarda jurado de la huerta, Tomás el Garroso le llamaban,7 que vivía en una casa que hacía esquina entre la calle de la Iglesia y la calle Fuente, entonces nombrada como de Pedro Arnalte…
| Paisaje festivo del Rincón de Ademuz: detalle de chopos de Pascua en Castielfabib (2026). |
| Paisaje festivo del Rincón de Ademuz: plafón cerámico en la Fuente del Tornajo representando el transporte del chopo en Casas Altas (1995). |
La tradición de “plantar el chopo” es de las más hermosas y multitudinarias que recuerdo del pueblo,
entiendo que representaba el esfuerzo colectivo en medio de un bullicioso aire festivo. Su origen se remonta probablemente a antiguos ritos paganos (prerromanos, celtas, germánicos…) , vinculados asimismo al ciclo natural de las estaciones. En el fondo no es más que una celebración de la fertilidad, de renovación natural, de abundancia. El mundo rural aparejado al ciclo de las estaciones y al santoral. Una forma de culto alegórico al árbol como eje de vida, al “árbol cósmico” de los antropólogos. Curiosamente, con la llegada del cristianismo estas costumbres no desaparecieron, sino que se reinterpretaron y se integraron en el calendario festivo, en nuestro ámbito coincidiendo con la Pascua Florida. Podría decirse que su simbolismo más gráfico y potente está en su analogía con la primavera: vida que renace, fin del invierno, fuerza de la naturaleza que vuelve a brotar incontenible. El hecho de que la tradición se relacione con los jóvenes -mozos en quintas de cada año-, no es casual, pues dice de la vitalidad masculina (falo: tronco alto y recto), representado también un rito de iniciación y el paso de la adolescencia a la edad adulta. En el sentir popular: Los mozos de antaño no eran verdaderos hombres hasta que volvían de la mili -se decía.
Pero no solo eso,
el hecho de ser un acto colectivo servía para reforzar la identidad comunitaria, la pertenencia y cohesión del pueblo, en tanto implicaba cooperación, esfuerzo, celebración conjunta. Las botas con vino colaboraban en la alegría del festejo. En el caso de los pueblos de la comarca, la celebración se relacionaba con la Pascua de Resurrección, cuyo simbolismo encaja perfectamente con la resurrección de Cristo, superpuesta a la resurrección de la naturaleza. Quizá sea esta la forma más palpable de mostrar como el cristianismo absorbió con naturalidad los antiguos ritos estacionales paganos.
Me despido aquí con la evocación de estos recuerdos compartidos,
y la pregunta de por qué esta hermosa y emblemática tradición de Plantar del Chopo se ha conservado en Casas Altas y Castielfabib, y la hemos perdido en Torrebaja. Vale.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).
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1 Cf. Wikipedia, voz Vicente Badía Marín. https://es.wikipedia.org/wiki/Vicente_Bad%C3%ADa_Mar%C3%ADn
2 SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Las fuerzas vivas de Torrebaja (Valencia), mediado el siglo XX (1953), en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del viernes 10 de junio de 2016.
3«Trayectoria académica: Se licenció en Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Valencia, obteniendo posteriormente el doctorado en la Universidad Central de Madrid. Fue catedrático de Historia Moderna y Contemporánea en diversas universidades, finalizando su carrera en la Universidad Complutense de Madrid. Obras y reconocimientos: Obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su obra sobre Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro, y publicó textos fundamentales como La lección política de los Reyes Católicos (1953) y La historia y el problema de España (1962). Vida política y profesional: Colaboró con el Instituto Jerónimo Zurita del CSIC y la revista Hispania. Durante el franquismo, estuvo vinculado a la Falange como delegado provincial de Educación y Cultura y fue colaborador del Ministerio de Información y Turismo». Cf. Persona - Álvarez Rubiano, Pablo (1910-1978), en PARES, Portal de Archivos Españoles, Ministerio de Cultura, Gobierno de España.
4 SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. De las escuelas y maestros del Rincón de Ademuz en otro tiempo (I y II), en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del miércoles 15 de febrero de 2012.
5 SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. El Rincón de Ademuz agoniza, en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del martes, 15 de diciembre de 2015.
6 SÁNCHEZ JIMÉNEZ, José (1975). La vida rural en la España del siglo XX, Editorial Planeta, Barcelona, p. 156.
7 ID. Delitos menores cometidos en la huerta de Torrebaja (1953-54), en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del viernes, 25 de noviembre de 2011.