martes, 1 de enero de 2013

ANECDOTARIO RINCONADEMUCENSE (I).


 Relatos cortos –entre la anécdota y la historia- referidos al Rincón de Ademuz.


“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”,
Marco Tulio Cicerón (106 a.JC-43 d.JC),
escritor, orador y político romano.



            Palabras previas.
            Siendo yo estudiante en Valencia –de esto hace ya algunos años, bastantes- encontré en una librería de lance de la calle Bonaire un libro de Josep PlaLo infinitamente pequeño (Barcelona, 1954)- que me compré por unas pocas pesetas. La calle Bonaire se hallaba, y se halla, entre la Universidad vieja y la plaza de Alfonso V el Magnánimo, frente al Cortes Inglés. Yo residía entonces en la calle del Bisbe, que está en esa misma zona y solía visitar con frecuencia aquellas librerías de viejo. Recuerdo todavía su olor a papel enmohecido, y la cantidad de libros almacenados. Por aquella época, hablo de los primeros setenta, había varios de estos establecimientos en la ciudad, la mayoría de los cuales estaban por el sector que digo, aunque hoy deben quedar muy pocos. Parece razonable pensar que si la gente no compra libros, todavía lee menos; con más razón dejará pues de comprar los viejos. Hoy día, para comprar un libro usado lo mejor es utilizar los portales de internet: hay muchos títulos en la red, las librerías de viejo están conectadas y te los sirven a buen precio desde cualquier parte del país o del extranjero. En todo caso, yo utilizo este sistema, y me va bien...

            “Lo infinitamente pequeño” es un libro delicioso, tapa dura forrado en tela azul y páginas pajizas; de esos que leemos muchas veces, porque -aunque trata de asuntos intranscendentes- lo hace de forma tan campechana y aguda que no te cansa. En todo caso es un texto que, además de gustarme, me relaja. Tengo muchos libros preferidos; además, ya estoy en esa edad en que más que leer, releo. El primer artículo de la obra de Pla da título al libro, el cual se basa en una serie de relatos cortos, a veces muy cortos y más o menos encadenados, escritos con el peculiar estilo del autor.

            No pretendo imitar su estilo pues, además de que no lo conseguiría sería absurdo. Su modo de escribir es a veces cachazudo y parsimonioso, habitualmente cínico, siempre claro, directo y mayormente inteligente –con una penetración sabia y liviana a la vez, dictada por la experiencia y el vivir; esto es, el ir de aquí para allá, tratar con mucha gente, observar y reflexionar-; en todo caso su contenido me parece delicioso. Es este libro, particularmente su primer artículo, el que me ha inspirado el presente texto, con la particularidad de que la temática expuesta es propia del Rincón de Ademuz, como no podía ser de otra manera.

Anecdotario rinconademucense, vista de un grupo de casas en Guerrero-Ademuz (Valencia), 2012.

            Anecdotario rinconademucense.
            Como es sabido, el Rincón de Ademuz es una comarca natural del poniente valenciano: un exclave, como se dice ahora, situado entre Cuenca y Teruel. Esto es, una zona rural y montañosa, formada por siete municipios y otras tantas aldeas o lugares que se reparten un territorio equivalente a unos 370 km2, más o menos. Como digo, se trata de una zona rural, aunque unos pueblos son más rurales que otros... Sucedió que un agricultor salió de su casa con una azada al hombro y un macho del ramal. Debía ir a trabajar al campo. Un vecino que se cruza con él, le dice: ¿Ande vas...? El interpelado responde: ¡Ahí en eso...! Por lo que sabemos -¡Ahí en eso!- no es una partida del término, podía ser cualquier zona, pero a lo que parece no hacía falta más explicación. En realidad se trataba de un saludo, pues ni el vecino quería saber dónde iba realmente ni el agricultor tenía el menor interés en decirlo. Esto ocurrió en Torrebaja, uno de los pueblos de la comarca, quizá el menos rural de ellos... Aquí la gente suele ser muy austera, incluso en el hablar, aunque hay excepciones. En todo caso no es como en otras partes, donde preguntas a alguien cómo está y te cuenta todo tipo de detalles sobre su salud y enfermedades... ¡Vaya fastidio!

            Un vecino iba con su hijo por una calle del pueblo, cuando se cruzaron con otro que iba en dirección contraria. Al trasponerse no se dirigieron la palabra. El hijo preguntó: Padre, ¿qué no te saludas con fulano? -Sí, claro, ¿por qué lo dices?Pues porque no le han dicho nada... -Bueno –responde el padre- tampoco él me ha mirado. Además, ya le he saludado esta mañana... El hecho de que dos vecinos no se hablen era y sigue siendo habitual en los pueblos, circunstancia esta –la de no dirigirse la palabra- más frecuente cuanto menor es el lugar. Dicha anécdota o lo que fuere, es tan cierta como todas las que se incluyen en esta serie de relatos, tan cierta como que me sucedió a mí, que iba con mi padre.

Anecdotario rinconademucense, vista parcial de Torrebaja (Valencia), 2010.

            Había un hombre en Ademuz al que llamaban el tío Bailarín, para el que no había día perdido: que llovía, a buscar caracoles; que hacía viento, a buscar nueces; que crecía el río, a sacar troncos con el gancho maderero...

            Hubo otro vecino en Ademuz al que llamaban José Antón (a) el Espoleta, de la familia de los Corbelleros... El hombre era albañil de profesión, como todos sus hermanos, además de un magnífico cantero: el panteón de los Eced Carreras que hay en el cementerio de la villa, conforme se entra a la derecha, es obra suya. Labraba las piedras en su casa y se pasaba la noche carpinteando, mientras todos dormían: no se sabe cuándo descansaba, pero dicen que tenía a los vecinos aburridos... Hay que reconocer que era un gran profesional, conocía todo lo que se podía saber del oficio. El señor José era padre de don Manuel Antón Blasco (1927-2000), el médico y hermano del tío Julio, padre de don Ángel Antón Andrés (1926-2011), que fue catedrático y fundador del Instituto Cultural y de Estudios del Rincón de Ademuz (ICERA), y de la revista Ababol. Y del padre de doña Felisa, la comadrona. Y del tío Andrés... Lo de “Espoleta” parece le venía del genio que tenía, pues a los aprendices que llevaba no los dejaba parar: En las obras, cuando no hay que hacer una cosa hay que hacer otra: y cuando no hay nada que hacer, hay que barrer o mover los ladrillos de un sitio a otro... –el caso era que hicieran algo, eso decía Francisco Blasco Aparicio (a) el Frando, que aprendió con él-.

Anecdotario rinconademucense, vista frontal del pantón de los Eced Carreras y González en el cementerio parroquial de Ademuz-Valencia (2012).


          Cuando yo le conocí, el señor Vidal Gómez Muñoz era un señor ya mayor que vivía con su hermana –la señora Dolores- en la calle del Rosario de Torrebaja, en una casa por encima de la de mis padres. Yo no me enteré que eran hermanos hasta que fui mayorcito, pues siempre pensé que formaban un matrimonio sin hijos. Sucede como con los matrimonios sin hijos, que acaban pareciendo hermanos. Por debajo de su casa pasaba una acequia –un ramal de la acequia vieja de Castiel, por donde se regaba la parte de La Porcal y Los Callejones. De vez en cuando la acequia se obstruía y el corral y la porquera se les llenaba de agua... El tío Vidal y su hermana eran muy peculiares, muy buena gente, pero siempre estaban discutiendo y se gritaban lo que querían. Siendo muchacho, al tal Vidal le mandaron a regar un huerto que tenían sus padres junto al cementerio viejo de “Santa Bárbara”. El chico se negaba a ir, porque le daba miedo, por lo del cementerio. El padre se empeñaba en que tenía que ir, pues era verano y la hortaliza necesitaba un riego. La madre apoyaba al chico, pero el padre insistía, por eso la madre clamaba: Si no quiere ir no le obligues, ¡a ver si le pasa algo al muchacho...! –eso decía la madre-. Pero finalmente tuvo que ir a regar, esto fue una tarde-noche. Estando el chico en la faena le pareció ver un bulto negro que saltaba la tapia del cementerio y enseguida comenzó a oír un ruido, como arañazos y gemidos... Total que el muchacho dejó la azada en el huerto y echó a correr carretera adelante, como alma que lleva el diablo, sin volver la vista atrás hasta llegar a la casa del Mingo, que entonces era la primera del pueblo. Cuando llegó a su casa, todo acalorado, agitado y muerto de miedo, contó lo sucedido y aunque pensaron que todo eran imaginaciones del chico, la madre, mirando al padre, le amenazó diciendo: ¡Como le pase algo al muchacho, te acuerdas...! Al chico no le pasó nada, sólo el susto. Pero poco después averiguaron que lo que había sucedido no eran imaginaciones de Vidal, pues hallaron un sepulcro del cementerio a medio desenterrar, ya casi aflorando el cajón: se trataba de la tumba de un vecino, cuya viuda había enloquecido y al anochecer acudía al cementerio a buscar al marido muerto... La trastornada mujer era la madre de la tía Julia Gimeno Luis (a) la Perica (1902-1985): esto es, la abuela de Carmen, Pilar y Rosa María Manzano Gimeno. El sucedido es cierto y todavía vive quien lo cuenta...

            A principios del siglo XX hubo en Torrebaja un matrimonio que vivía en la calle Cantón... Dicha calle circunda la parte baja del pueblo y formaba parte del camino viejo de Ademuz a Teruel, constituyendo parte del Camino Real que comunicaba Valencia con Zaragoza. La casa donde vivía este matrimonio tenía una galería o solanar en la parte alta. El solanar, que suele estar encarado hacia el poniente, tenía también un tendedero que sobresalía de la barandilla. En cierta ocasión, la esposa se hallaba tendiendo ropa con una niña pequeña que tenía. No se sabe muy bien qué sucedió, pero la niña se cayó del solanar y se mató... Pudo ser un descuido de la madre, en todo caso fue un trágico accidente del que desconocemos las circunstancias. Dicen que para unos padres, la muerte de un hijo es lo peor que puede sucederles. No voy a discutir la razón de este argumento, pero sin duda que puede haber cosas peores. Prueba de ello es que todos los días a la hora de comer, el marido de aquella señora le ponía sobre la mesa la ropita ensangrentada de la niña muerta. La esposa dejó de comer y poco tiempo después murió...

Anecdotario rinconademucense, venta rejada en una casa de Guerrero-Ademuz (Valencia), 2012.


            Las Casas de Guerrero se hallan al norte del término de Ademuz, entre las huertas de la margen izquierda del Turia y la ladera del monte... En la parte alta del camino que conduce a Ademuz, frente a la Casa Grande, hay un pajar con corral y descubierto. El edificio lo construyeron entre Manuel el Seronero y el tío José, abuelo materno de José el Chavo: Manuel y José eran amigos y trabajaban en “yuguería”, ello significa que los trabajos de ambos los hacían juntos: unos días trabajaban para uno y los siguientes para el otro. Esta forma de trabajar fue común en otro tiempo, de forma que un vecino con un animal solo podía labrar al par juntándose con otro que estuviera en las mismas condiciones. Manuel el Seronero, además de agricultor entendía de albañilería, siendo esta la razón de que su amigo José le propusiera hacer un pajar en una finca que tenía en Guerrero. En cierto momento de la obra, cuando el pajar se hallaba prácticamente acabado, con las aguas fuera, decidieron echar el piso... Entonces se construía así, levantaban las paredes y colocaban los revoltones del piso, pero sin las cindrias. Cuando decidieron hacer el piso el cobertizo ya tenía su tejado... Para hacer el cindriado insertaban clavos de herrar u otro tipo en las vigas, para que el piso se trabara mejor. Después ponían el molde de la cindria, lo apuntalaban y por encima colocaban el yeso amasado con cascotes de teja, formando propiamente el suelo. Resulta que entre la viga principal del piso y la del tejado habían puesto un puntal, que les molestaba para continuar trabajando. Es por ello que Manuel le dijo a su compañero: José, quita el puntal de la lomera... José lo intentó pero estaba muy sujeto, por lo que le contestó: Está muy duro, Manuel... Y Manuel le respondió: Pues dale con la almádena... José agarró entonces el mazo y le sacudió varios golpes, pan, pan, pan..., hasta que por fin cedió el puntal. En ningún momento pensaron en colocar otro contrafuerte al lado, toda vez que éste sujetaba el tejado, razón por la que la cobertura se les vino abajo, arrasando de paso el suelo del piso, y a ellos mismos, que cayeron hasta el corral... ¡Habría que haber visto el espectáculo! De milagro no tuvo el accidente consecuencias trágicas, pues el tal José quedó colgado cabeza abajo del clavo de un revoltón y el socio medio enterrado entre los cascotes: les salvaron las tablas del tejado y las vigas, que hicieron de protección... Cuando se disipó el polvo y recuperaron el resuello, Manuel dijo al compañero: José, ¿cómo estás..., estás bien...? José le respondió: Sí Manuel, creo que sí..., pero estoy colgado de la albarca... Manuel volvió a decir: Bueno, no te preocupes, si estás bien ya volveremos a levantar el tejado... ¡Sin duda eran gente de ánimo! Y sucedió que a media tarde pasaron por allí José (a) el Juangrande y su padre, que regresaban de la parte de La Dehesa, por encima de la cuesta de La Palanca, donde habían pasado el día trabajando. Al ver el estado del pajar, el Juangrande indica a su padre: Padre, cuando hemos pasado esta mañana este pajar estaba entero y ahora está medio hundido, ¿cómo puede ser...? El padre le responde: ¡Calla, calla..., estaría ya así, hombre...! Y el muchacho insistió: ¡Que no padre, que estaba entero y ahora está hundido...! Y en esas continuaron hasta Ademuz. Pocos días después, Manuel el Seronero y su amigo José volvieron a levantar el pajar con su tejado, pues voluntad no les faltaba. Prueba de ello es que el edificio todavía se conserva, aunque ya en mal estado...

Anecdotario rinconademucense, vista del pajar de marras, con corral y descubierto en Guerrero-Ademuz (Valencia), 2012.
Anecdotario rinconademucense, vista de un grupo de casas en Guerrero-Ademuz (Valencia), 2012.

            Don Blas Mañes Palomar (1869-1936) era natural de Alcublas (Valencia) y en 1936 llevaba treinta y tres años de cura en Ademuz, de cuya iglesia era arcipreste. Don Blas era una persona bondadosa y muy querida en Ademuz, en cuya localidad se había casado una sobrina suya que trajo con él. Cuando estalló la guerra y comenzó la persecución y el asesinato de los curas, unos le aconsejaron que se marchara de Ademuz y otros que se escondiera, que nada le pasaría. Finalmente tomó la decisión de marcharse. Lo hizo en dirección a Teruel, subiendo aguas arriba del Turia, pero fue detenido en Los Terreros, una zona de monte frente a Torrebaja. Tras su detención fue llevado a esta última localidad, donde estuvo retenido. Las autoridades locales avisaron al Comité de Ademuz para que subieran a buscarle para llevarle de nuevo a Ademuz. Entre los que fueron a buscarle a Torrebaja estaba el presidente del Comité, un tal José Pérez Luz (a) el Terolano. Una vez en Ademuz los del Comité lo entregaron a la familia de don Blas, que lo recogió en “el cerrado de don Jesús”, con una advertencia: A tu tío, meterlo en casa y que no salga, que nada le pasará... Sin embargo, don Blas fue detenido de nuevo y encerrado en el calabozo de la villa, sito en una edificio de la calle Empedrado, tras la Casa Consistorial, donde estuvo varios días. Sabemos esta circunstancia por el testimonio de una vecina de Ademuz, la señora Mercedes Hernández de San Félix (Ademuz, 1937), hija de Rufo y de Mercedes, y nieta de José Hernández Millán (1862-1937), el alguacil del Ayuntamiento de Ademuz cuando comenzó la guerra. Decía que don Blas estuvo varios días detenido en el calabozo de Ademuz, al cargo del alguacil y de su esposa: [...] a ratos lo hacían subir al piso donde vivían ellos; allí le daban de comer, seguramente lo que comieran ellos, y algo de conversación. El sacerdote estuvo encerrado en el calabozo varios días: [pero] una noche vinieron y se lo llevaron... Contaba el padre de la señora Mercedes que al sacarlo había por allí tres mujeres, y que al pasar los hombres con don Blas, preguntaron: Pero, ¿dónde lo lleváis...? Parece que ellos no contestaron, y añadieron: ¡No gastéis mucha gasolina..., terminarlo pronto...! Según el testimonio de la sobrina del sacerdote, la señora María Mañes Silvestre, su tío fue detenido el día 7 de agosto de 1936, por Antonio Antón Yuste y José Pérez Luz. Sin embargo, el asesinato se produjo el 14 del mismo mes y año, lo que permite decir que el tiempo transcurrido entre ambas fechas pudo ser el que estuvo encerrado en el calabozo de Ademuz. A don Blas se lo llevaron de Ademuz en un vehículo, presuntamente a Valencia: en el camión donde lo llevaban montó también uno de Ademuz que estaba de permiso, llamado Julián el Castillejo, aunque parece que éste se bajó en Salinas del Manzano (Cuenca). Al menos eso afirmaba él... Pero después de la guerra le acusaron de haber participado en el asunto, aunque parece que no había tenido nada que ver; en todo caso, figura entre los fusilados de Ademuz tras la guerra. Según el testimonio de su sobrina, a don Blas se lo llevaron y lo mataron... Entre los que se lo llevaron y asesinaron figura uno apodado “el Chileno”, del que se desconoce el nombre y apellidos: lo único que sabemos de este individuo es que “fue ejecutado por los rojos por ladrón”. El cuerpo muerto de don Blas lo encontró de madrugada un vecino de La Huérguina –Cayo Sausor Ortiz-, que iba con un carro de pértiga a acarrear... Según el testimonio de Domingo Aparicio Hernández (1922-2009): A don Blas lo mataron y lo enterraron por debajo de La Huérguina, a la derecha de la carretera, en dirección a Utiel. Cuando acabó la guerra, mucha gente de Ademuz fue con un camión a La Huérguina, desenterraron los restos del cura y se los trajeron para enterrarlos aquí… Fueron muchos, los que cabían en el camión; pero hubiera ido el pueblo entero; ya te digo que era una persona buena, pero mucho buena, y claro, la gente le apreciaba. Por eso después de la guerra el Ayuntamiento puso una placa con su nombre, dedicándole la plaza del Rabal, donde la iglesia”.[1] La placa de policía a que alude el testimonio fue retirada hace unos años; en su lugar figura otra con el nombre de Plaza de la Iglesia.


Anecdotario rinconademucense, don Blas Mañes Palomar (1869-1936), sacerdote.

            Don Ramón Fos Adelantado (1891-1936) fue un sacerdote natural de Segorbe (Castellón), ecónomo de Corcolilla, parroquia próxima a Alpuente (Valencia). Don Ramón murió asesinado en el camino del rento de Barrachina a Casasbajas; esto fue el 16 de agosto de 1936... Según la información recogida, el sacerdote fue detenido en el rento de Benarruel por un grupo de gente armada, entre los que iban algunos de Ademuz. La detención fue propiciada merced a la denuncia de un pastor de Casasbajas. Los de Ademuz salieron de la Villa por el portal del Solano y se encaminaron a la cuesta de Moya por el barranco de Los Cuarentadales, en dirección al Pinar. Entre los que iban estaba un tal José (a) el Gil, quien al darse cuenta de lo que iban a hacer y sus consecuencias, cogió miedo y comenzó a rezagarse del grupo, haciendo como que se ataba la alpargata... Cuando los perdió de vista, se volvió para Ademuz. El disparo que mató al cura lo hizo un vecino de Ademuz, jefe del grupo miliciano que lo detuvo. Posteriormente, el abuelo del homicida le reprochó su mala acción, diciéndole: Esto que has hecho te costará la vida... Después de la guerra el homicida y varios de los que le acompañaban fueron detenidos, juzgados y sentenciados de muerte. Dicen que cuando el abuelo fue a verle a la cárcel de Valencia el nieto lloró amargamente, acordándose de la reconvención del anciano. La sentencia de muerte se ejecutó mediante fusilamiento; esto fue en Paterna (Valencia), el 26 de agosto de 1940. Con tal motivo detuvieron también al tal José (a) el Gil, que estuvo en la cárcel algún tiempo. Según parece, salió por intercesión del alcalde de Ademuz, el cual había recibido amenazas de la esposa del internado: Si matan a mi marido juró que te mato, a ti o alguno de tu familia... –dijo al alcalde-. Temeroso, el regidor haría gestiones ante la autoridad política, el caso es que el preso fue excarcelado, aunque con la obligación de presentarse cada semana en el cuartel de la Guardia Civil: donde no se libraba de una paliza cada vez. Hasta que cambiaron al cabo del puesto... En esa ocasión llegó algo tarde y el nuevo comandante le preguntó la causa, a lo que el encausado respondió: Si cada semana le dieran a usted una paliza, seguro que no tendría prisa en llegar... Desde ese momento se acabaron las tundas, y las presentaciones semanales fueron tranquilas. La historia narrada forma parte del anecdotario local y como tal la acogemos, pero los hechos centrales están documentados.[2]

Anecdotario rinconademucense, cruz in memorian de don Ramón Fos Adelantado (1891-1936), sacerdote, colocada  en Los Aljezares de Casasbajas-Valencia, donde fue asesinado y tuvo su primera sepultura (2010).

De Esteban Muñoz Blasco, uno de los diez hijos que Mariano y Petra tuvieron en el rento de Barrachina se cuenta el siguiente lance, cuyo interés reside en ambientar el panorama social, económico y político de la época, correspondiente a los primeros años del siglo XX. El señor Esteban tenía un hijo muy avispado y ambos se dedicaban al pastoreo, cuidando ganados de don Felipe Navarro el Viejo -se refiere a don Felipe Navarro Artigot (+1922), médico de Ademuz-. Don Felipe era un personaje típico de la época: natural de Albarracín (Teruel), del que se decía que había llegado a Ademuz a finales del siglo XIX, recién terminada su carrera, sin más haberes que su flamante título, un traje nuevo y el maletín de médico que portaba. Al parecer era un hombre de temperamento, muy dispuesto y emprendedor, que con los años consiguió una respetable hacienda. Casó con una moza de la villa -se refiere a la señora Isabel Ruescas González (+1928)- de la que tuvo veintiún hijos. Don Felipe también anduvo metido en política, como jefe del partido conservador en Ademuz.[3] En cierta ocasión fue el señor médico a cobrar la parte de corderos que le correspondían de los nacidos ese año y el hijo del pastor no hacía más que mirar los borregos que se llevaba, con una mirada extraña, entre recelosa y sorprendida. Cuando don Felipe se marchó el padre le preguntó qué le pasaba, por qué esa mirada y el hijo le contestó: Padre, ese hombre nos engaña... -Pero hombre –objetó el padre- ¿cómo nos va a engañar don Felipe, si le cuidamos el ganado y encima nos da todos estos corderos...? Pero el hijo continuo: Padre, ese hombre nos engaña..., ¡se lleva más corderos de los que le pertenecen! Intuimos que el contrato entre amo y pastor estribaba en quedarse una parte de la cría anual de corderos, tal vez la mitad o el tercio. El caso es que el avispado muchacho, basándose en unos trocitos de paja, logró demostrar a su padre que las cuentas de don Felipe no eran correctas. De esta forma, llegado el tiempo, cuando el dueño fue por los corderos, Esteban le dijo: ¡Hasta aquí, don Felipe, que el resto son míos...! El amo puso el grito en el cielo, amenazador y furibundo, pero el pastor no se arredró, demostrándole con los palitos que sus cuentas eran correctas y que había estado engañándole durante años, pero que no iban a consentirlo más.

Anecdotario rinconademucense, vista del Pico Castro y vega del Turia, desde el cerro del Castillo de Ademuz-Valencia (2009).
Anecdotario rinconademucense, puerta de madera con ventana rejada en una casa de Ademuz-Valencia (2009).

La siguiente anécdota se halla también relacionada con el acreditado don Felipe Navarro el Viejo, sucedida por entonces, años diez o veinte del pasado siglo XX, cuando el médico ya se había convertido en el típico cacique, entendiendo por tal a una persona de gran influencia social y política en el mundo rural ademucense. El señor Juan Amado (a) Juangrande era un vecino de Ademuz, de oficio binador, persona de mucho coraje y elevada estatura, de ahí el apodo. Se cuenta que en cierta ocasión estaba haciendo su carga de aliagas, antes del amanecer, momento en que tenía que ponerse a trabajar la viña del tal don Felipe. Al parecer se topó con el amo, quien, de malos modos, le dijo: ¿Cómo es que no estás en la viña? ¡Venga, a trabajar...! A lo que el señor Juan contestó: Estoy haciendo una carga de aliagas para casa y mi contrato es que debo trabajar de sol a sol, así que cuando amanezca allí estaré... Pero el dueño, acostumbrado a tratar con autoridad, se encorajinó con la respuesta del asalariado y sacó una pistola que llevaba, amenazando al trabajador: pero éste no se acobardó y le dijo: Apunte usted bien, don Felipe, porque si no acierta a la primera con esta azada le abro la cabeza y lo entierro aquí mismo en su viña. Ante semejante actitud el amo se achicó, guardó la pistola y se marchó mascullando para sus adentros. Ese mismo día o más adelante, el señor Juan estaba trabajando en la viña cuando vio venir a dos mocetones, criados del amo, armados con sendos garrotes. Cuando se acercaron lo suficiente les preguntó: Qué, ¿os manda don Felipe para que me deis una paliza...? -momento que aprovechó para lanzarle una piedra a uno de ellos, pedrada que le alcanzó en el pecho, dejándole desfallecido por el impacto-. El otro, temeroso de que le ocurriera lo mismo, indicó: ¡Para, para...! –a la vez que cogía a su compañero y se lo cargaba al hombro-. Esa misma noche, o más adelante, se presentó don Felipe en casa del jornalero, que vivía en El Vallao, portando un muleto del ronzal. Al verle le expuso: Juan, que te traigo este muleto, el mejor de mi cuadra, te lo regalo... -Yo no quiero ni necesito nada de usted don Felipe –contestó circunspecto el jornalero-. Pero finalmente le convenció y se quedo con el mulo. Nunca supo si el obsequio fue como expresión de su arrepentimiento, por lo que le había dicho de injurias y amenazas, o receloso de que un día lo acechara en una esquina y le rompiera la crisma con un astil. Quizá fue por ambas razones, un poco por miedo y otro tanto por contrición... Resultó, sin embargo, que Juan Amado (a) Juangrande recrió al muleto, pero, sin saber muy bien cómo ni por qué, el animal acabó de nuevo en la cuadra de don Felipe...






[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Don Blas Mañes Palomar, cura y arcipreste de Ademuz, asesinado, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2008, vol. II, pp. 41-60. ID. Anexo a la investigación relativa a don Blas Mañes Palomar, cura párroco y arcipreste de Ademuz, en: Del paisaje,..., Valencia, 2009, vol. III, pp. 41-48. ID. Don Blas Mañes Palomar (1869-1936), cura párroco y arcipreste de Ademuz en la Causa General, en: Del paisaje,..., Valencia, 2011, vol. IV, pp. 83-90. Blas Mañes Palomar. (2012, 28 de diciembre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 17:10, diciembre 30, 2012.
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Don Ramón Fos Adelantado, cura párroco de Corcolilla de Alpuente, en la Causa General, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2011, vol. IV, pp. 105-124. Ramón Fos Adelantado. (2012, 13 de abril). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 10:38, diciembre 29, 2012.
[3] Don Felipe Navarro Artigot era médico de profesión y patriarca de una extensa familia, entre los que se hallaban don Pedro Navarro Ruescas y su hermano don Felipe el Joven (1888-1970); el padre y ambos hijos ejercieron como médicos en Ademuz. El doctor Navarro Artigot fue jefe del partido conservador en el Rincón de Ademuz, en tiempos de don Antonio Maura y Montaner (1853-1925), jefe de la mayoría conservadora y cinco veces presidente de Gobierno (1903-22). Coetáneo de don Álvaro de Figueroa y Torres (1863-1950), conde de Romanones: del partido liberal de Sagasta y Canalejas, tres veces presidente del Consejo de Ministros, prototipo de político “palaciego, maniobrero, de escasos escrúpulos y titular o valedor de poderosos intereses económicos (...), que extendió su cacicazgo en Guadalajara por varios lustros”. Don Felipe (a) el Viejo dirigió la política conservadora en el Rincón de Ademuz durante poco tiempo. De Ademuz marchó a Valencia, donde poseía dos fábricas de serrar y tornear madera. Vid DOMÍNGUEZ HERRERO, M., Un septenario trágico: 1921, en: Costumbres, Oficios, Fiestas y Juegos de antaño, Ababol 16 (1998) 15-16.

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