domingo, 22 de febrero de 2015

EL CEREBRO, LA MEMORIA, LA CONCIENCIA Y EL ALMA.


Reflexiones y soliloquios de un rinconademucense en un día ventoso.



“A mí, personalmente,
me entretiene muchísimo leer memorias,
reminiscencias, recuerdos,
por muy humildes y vulgares que sean”
-Josep Pla (1897-1981)-.




Hoy domingo ha amanecido ventoso en el Rincón de Ademuz; mal día para los medievales en Teruel... El viento racheado y frío incrementa la sensación de destemplanza. El cielo aparece cubierto de nubes grises, sucias, de lluvia -pero no llueve-: el viento arrastra las masas nublosas sin contemplaciones, abriendo en el celaje grandes claros, por donde surgen rayos esplendentes cayendo sobre campos y montañas. Otra ráfaga trae de pronto otros nubarrones, ensombreciendo de nuevo el paisaje. Parece que Cierzo se aburre y juega con las nubes a llevarlas y traerlas. Las ramas desnudas de las acacias de la Plaza se agitan al compás del vendaval, que desciende huracanado por el cañón del Turia. ¡No, no apetece salir a pasear!


Detalle de una vieja sabina (Juniperus thurifera) junto a la carretera de Arroyo Cerezo-Castielfabib (Valencia) a Veguillas de la Sierra (Teruel), 2014.


Cuando hacía cierzo a mi padre le dolía la cabeza –esto es bastante común, le sucede a mucha gente-, mi madre se lo notaba enseguida, tal vez por la mirada y el semblante, no sé, ya que él no decía nada, era muy sufrido: Te duele la cabeza, verdad... –le preguntaba solícita-. Él asentía, entonces ella le preparaba una aspirina y se le pasaba; al menos eso decía. No cabe duda que la aspirina fue un gran invento: no sólo sirve para los dolores, tiene también otras utilidades, inclusive a pequeñas dosis. Parece que su único problema es que daña la mucosa del estómago, puede hacerla sangrar. Es por eso que hoy se utiliza poco como lenitivo, aunque los médicos han descubierto que a dosis menores que las calmantes hace más fluida la sangre... Pero ya digo, lo que le sucedía a mi padre con el cierzo le sucede a otras personas, que barruntan el cambio de tiempo cuando les duele un hombro, la columna o la cadera.

A los matrimonios y parejas que conviven durante mucho tiempo, y más todavía si comparten intimidad, les ocurre tener idénticos pensamientos en el mismo momento: uno de ellos nombra algo o a alguien, justo cuando la otra persona está pensando lo mismo. Los neurofisiólogos tratan de explicar este curioso fenómeno -telepático, de transferencia de pensamiento o lo que sea-, mediante el modelo de las “neuronas espejo”. Parece que la convivencia desarrolla caminos neuronales comunes, de ahí la coincidencia en las ideas. Además, la relación continuada, sincera e íntima entre individuos lleva al afecto, y el cariño puede impulsar circuitos neuronales inéditos. Curiosamente, este sistema de neuronas, localizadas en el área de Broca y corteza parietal del cerebro, está más desarrollado en las mujeres; además de mostrarse en ellas más activo. Puede que ello esté relacionado con el hecho de que el cerebro de las mujeres sea más intuitivo que el del hombre, entendiendo por intuición el pensamiento lógico inconsciente; así que, ¡cuidado con lo que pensamos!



Detalle de una vieja sabina (Juniperus thurifera) en el camino de Veguillas de la Sierra (Teruel) a La Cruz de los Tres Reinos en Arroyo Cerezo-Castielfabib (Valencia) 2014.


A propósito del cerebro y de los médicos, hace unos días recibí un correo electrónico de una amiga, conteniendo un enlace a una entrevista que la periodista Teresa Viejo hace en su programa radiofónico “La Observadora” a un médico-siquiatra español, don Joaquín Fuster Carulla.[1] El doctor Fuster es natural de Barcelona, allí nació hace ochenta y cuatro años, allí estudio el bachillerato y se licenció en medicina -el doctorado en Filosofía lo obtuvo en la Universidad de Granada-, pero la mitad de su vida la ha pasado en los Estados Unidos de América; actualmente está en Los Ángeles, California. Esto de los correos electrónicos es una peste, cabe pasar un mal rato todos los días viéndolos, eliminándolos; porque la mayoría no valen nada, son basura. En el mejor de los supuestos puede suceder también que no nos interesen en absoluto. El caso es que hoy la gente apenas escribe cartas, sólo se mensajea a través de los distintos medios existentes, de ahí que proliferen tanto estos envíos, porque cuesta poco remitirlos. De vez en cuando, sin embargo, encontramos alguno interesante, como me sucedió con el que comentaba, el que contenía el enlace a la entrevista del investigador español del cerebro...

Detalle de camino con chopos blancos (Populus alba) en la ribera del Turia en Torrebaja (Valencia), 2015.

El cerebro es algo increíble, misterioso en la medida que se sabe poco de él, una masa resbaladiza, poco consistente, blanda y rosada, con apariencia de semilla de nogal, protegida en una caja de hueso. Las protuberancias del cerebro tienen cierta semejanza con los gajos de nuez, incluso con el cuesco, hasta el punto de parecer el seso de un ser pequeñito. Será quizá por eso que atendiendo a la teoría de los signos de Charles Sanders Peirce (1839-1914), las nueces se han recomendado para reforzar el cerebro, por la similitud que uno y otro tienen, o por el contenido en ácido linolénico del fruto. De pequeño mi madre nos preparaba a mi hermano y a mí sesos de cordero rebozados o en tortilla, quizá con la idea de que “de lo que se come se cría”, no sé; en cualquier caso eran un bocado exquisito. La entrevistadora define el cerebro como “un entramado de conexiones donde atesorar la esencia de lo que somos [...], la red de lo que sentimos, nuestras ambiciones, los recuerdos, el proyecto de un futuro o la llave de un pasado”. La voz de la locutora denota gran personalidad, además de hablar con mucha propiedad. Físicamente tampoco está nada mal, quiero decir que para bien, es elegante, distinguida, con una figura envidiable, aunque demasiado estilizada tal vez.

Logotipo de "La Observadora", programa de Teresa Viejo en Radio Nacional de España (2015).

Dice el profesor Fuster al respecto del cerebro:
  • <[...] en los últimos cincuenta años hemos adelantado más sobre el conocimiento del cerebro que en toda la historia de la humanidad [...] La corteza cerebral es la última en desarrollarse en el curso de la evolución y también la última en desarrollarse en el individuo, en el niño, el adolescente, el adulto. Es la más apasionante, porque es la que en realidad nos hace humanos. En la corteza cerebral hay distintas partes, unas más importantes que otras. La más importante es la corteza prefrontal, la parte anterior del lóbulo frontal, la última en desarrollarse en la especie y en el individuo, y se caracteriza por una conectividad extraordinaria, hay muchas fibras que unen las células entre sí; ahí está el código relacional de todo, de la conducta, de la conciencia, etc. Esta parte de la corteza es la que nos ayuda en las funciones fundamentales de estructurar nuestro futuro: primero, el planeamiento, la capacidad de planificar el futuro, segundo, la atención, tercero, la memoria de trabajo, y cuarto, la toma de decisiones. Todas estas funciones están dirigidas al futuro, incluso la memoria de trabajo, que no es otra cosa que (la capacidad de) retener información para actuar. El pasado determina el futuro, es a través del pasado que estructuramos el futuro. Sin pasado no hay futuro. No hay nada comprensible en la conducta humana sin el conocimiento de la memoria del individuo y de la cultura en que ha vivido>.

Todo este conocimiento me parece de lo más interesante, curioso, atrayente. No en vano las personas somos organismos indagadores: a nuestro cerebro, cosa complejísima, le atrae la información, el conocimiento, y más el que hace a sí mismo, ya que comprender lo que somos es substancial para la propia pervivencia, y la de nuestra especie. Uno de los aspectos más inquietantes del cerebro es la memoria, porque sin memoria el individuo no es nada, se volatiliza, desaparece. Además, resulta bastante razonable pensar que sin saber de dónde venimos difícilmente sabremos adonde vamos...


El profesor Joaquín Fuster Carulla (Barcelona, 1930) [Fotografía tomada de Bernardo Díaz en El Mundo (2014)].

Respecto a la memoria, el profesor Fuster señala:
  • <Claro, hay una memoria de especie que yo llamo memoria filética... Es la memoria de la especie que se formó a través de millones de años de evolución (y que contiene) la manera en que comprendemos el mundo que nos rodea y la forma de adaptarnos a él. Es una memoria estructural, hecha de cosas, que son las redes neuronales... Hemos nacido con esa memora. Esta memoria es la infraestructura, la base sobre la que se forma la memoria del individuo. Es a través de esta memoria primaria, en contacto con el mundo –el mundo real, el mundo nuestro, el mundo que nos rodea, el mundo de nuestros congéneres- es la memoria sobre la que se basa la memoria individual (de cada uno). Y, además, todas las idiosincrasias de nuestra conducta. Es la estructura sobre el que se monta el edificio del yo –el andamiaje de lo que somos cada uno, sugiere la entrevistadora-. Uno de los ingredientes de la felicidad es olvidar los malos momentos de nuestra vida, con lo cual el futuro se hace más estable y aceptamos mejor a los demás, con más cariño y tolerancia>.


Siendo portadores de esa "memoria filética" de que dice el neurólogo hispano, cabe pensar que los individuos cuando nacemos  no somos cual "tablas rasas", porque ya traemos en los recovecos de nuestro cerebro recuerdos comunes de nuestra propia especie. Ello viene a demostrar que los filósofos andaban errados, cuando tesis epistemológicas afirmaban que el individuo viene al mundo con la mente vacía, y que todos los conocimientos que tenemos los humanos provienen de nuestra experiencia individual. A la luz del saber actual, el pensador inglés John Locke (1632-1704), considerado padre del "empirismo" y del "liberalismo" moderno, el que popularizó la locución tabula rasa, tendría hoy que revisar sus afirmaciones. Aunque parece que la expresión tiene orígenes más antiguos, remontándose a Tomas de Aquino y al mismo Aristóteles...

Retrato de John Locke (1632-1704), pensador inglés, padre del Empirismo y del Liberalismo moderno [Tomado de Wikipedia, la enciclopedia libre].

A tenor del investigador, la "memoria filética" constituye a modo de armazón –andamio, estructura, esqueleto- sobre el que se va posando la experiencia individual, la que adquirimos los humanos a través de los sentidos y de la propia reflexión. Imagino que a los animales en general les ocurrirá algo similar, al menos a los mamíferos superiores, y por extensión a todos los seres vivos, que ya nacen con una memoria de especie. Sobre este saber congénito se va posando la experiencia personal, la que poco a poco vamos adquiriendo. Imagino que a todos nos ocurrió en su momento, que siendo niños nos dijeron los padres, no toques la estufa, que te quemarás. Pero los humamos somos curiosos y descreídos por naturaleza, porque la experiencia de los demás no suele tener el mismo peso que la propia. El caso es que nos acercamos a la estufa encendida y nos quemamos. El conocimiento adquirido de esa forma no lo olvidamos jamás... A los gatos les sucede lo mismo, cuando les han arrojado agua caliente, del agua fría huyen...

Propiamente, además, la experiencia individual va configurando nuestra forma de relacionarnos con el mundo, de la misma forma que la "memoria filética" nos enseña la forma de relacionarnos y de entender el mundo que nos rodea. Todo lo cual ayuda a conformar nuestro yo, lo que somos, nuestra identidad personal. Porque el cerebro es una entidad “plástica, (que) se hace a sí mismo”. Finalmente, el investigador aconseja olvidar las experiencias desagradables, “los malos momentos de nuestra vida” como sistema para ser felices. Pienso que es buen consejo, pero que no deja de ser una falacia llena de buenas intenciones. Más que olvidar lo que debemos hacer es apartar esos momentos malos de la vida, impedir que asuman el control de nuestra mente. Es la vida, el transcurso del tiempo lo que nos ayuda a mitigar el dolor de las grandes pérdidas, la desaparición de los seres queridos, un amor malogrado; experiencias que en los primeros momentos se hacen insoportables, pero que el tiempo aminora. Cuando el paso del tiempo no logra disminuir el dolor de una gran pérdida hablamos de “duelo patológico”, padecimiento que puede hacernos la vida insoportable, fastidiosa. Por otra parte, el duelo no deja de ser una adaptación emocional, no exclusivamente humana, pues hay otras especies, por ejemplo los elefantes y primates, que demuestran similares sentimientos ante la muerte de sus congéneres. Lo cual entronca, quizá, con la memoria heredada de cada especie, y de otras que le precedieron.

En relación a la conciencia, el profesor Fuster comenta:
  • <La conciencia es un compuesto de conocimientos morales, éticos, de relación con otros, que incluye la religión, la tradición religiosa... [...] la conciencia tiene un elemento de cultura indudable y un elemento de ética, que tiene que ver con la forma de comportarnos en el mundo en que vivimos, en el mundo de los demás... El alma no está localizada en ningún lugar concreto del cerebro, el alma es una parte de la conciencia –de la misma forma que la conciencia es parte de la consciencia-. [El alma] es la parte que contiene las creencias, los elementos culturales sobrenaturales que trascienden la naturaleza humana, que contiene la esperanza, las virtudes cardinales, la ética –no sólo la ética religiosa, también la ética social- y que se funda en ciertos principios que tienen también un origen evolutivo, como son la filiación, la confianza en el prójimo...-. El altruismo se ve incluso entre poblaciones de animales, que se ayudan uno a otros... Claro, también hay enemistades entre grupos de ellos... El altruismo es una función eminentemente adaptativa...>



Vista de Las virtudes cardinales, pintura de Rafael Sanzio (1483-1520), en las Estancias de Rafael en el Vaticano, Roma (Italia)  [Tomado de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Para el investigador, la conciencia se halla formada por variedad de elementos, “que incluye la religión, la tradición religiosa”, y que “tiene un elemento de cultura indudable y un elemento de ética”, lo cual se halla en relación “con la forma de comportarnos en el mundo en que vivimos”. Hasta el punto de que el individuo no puede comprenderse sin conocer su memoria –recuerdos, emociones, vivencias- y el medio cultural en que se ha desarrollado. Dice también del alma desde el punto de vista científico, como de “una parte de la conciencia”, siendo ésta la “que contiene las creencias, los elementos culturales sobrenaturales, las virtudes cardinales, la ética, y que se funda en ciertos principios que tienen también un origen evolutivo...”. Cabe decir que el alma (ánima) es un concepto inmaterial, además de invisible, propio de los seres vivos, cuya descripción, propiedades y características varía según las distintas escuelas y tradiciones filosóficas. Por alma entendemos esa “parte espiritual e inmortal del hombre, capaz de entender, querer y sentir, y que, junto con el cuerpo, constituye la esencia humana” (definición RAE). Aún así, hay quienes no creen en el alma, porque dicen no haberla visto; esto es como el que no cree en los urogallos, porque nunca los ha visto. Pero los urogallos existen, como existen las creencias, las nociones sobrenaturales, las virtudes cardinales, la ética..., todo lo cual se funda en principios evolutivos. Otra cosa es el asunto de la inmortalidad del alma, cuestión más delicada en la que no entraremos. Debe quedar claro, sin embargo, que el que creamos o no en algo no afecta a su existencia; de la misma forma que la falta de pruebas no es prueba de ausencia. Por otra parte, las virtudes cardinales ya fueron definidas desde la antigüedad por Platón (ca.427-347 a.JC), quien relacionaba la Prudencia con la razón, la Fortaleza con las emociones y el espíritu, la Templanza con los deseos y la Justicia con el ejercicio consensuado de las demás virtudes. Asimismo, también fueron compendiadas por Cicerón (106-46 a.JC) en De Officiis, y por el sabio emperador Marco Aurelio (121-180 d.JC) en sus Meditaciones. El Cristianismo las completó con las Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad –cualidades cuya práctica nos ayuda a ser más humanos, esto es, más confiados, esperanzados y compasivos-.


Detalle de La Prudencia, cuadro de Rafael Sanzio (1483-1520)  en las Estancias de Rafael en el Vaticano, Roma (Italia)  [Tomado de Wikipedia, la enciclopedia libre].


En suma: para cuidar esta "preciosa" estructura que es el cerebro, y la memoria en particular, el profesor Fuster indica que hay que tener en cuenta cuatro preceptos: uno, la actividad mental, porque el cerebro es como todo, o lo usas o lo pierdes. Dos, la actividad física, que no sólo refuerza la musculatura, también la actividad mental. Tres, la alimentación, nutrirse adecuadamente, atendiendo a la edad y actividad de cada cual, siguiendo una alimentación equilibrada y manteniendo el peso. Y cuarto, la actividad social, es importante relacionarse, tener amigos. El célebre filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626) lo dice con palabras precisas: La amistad duplica las alegrías y reduce las penas a la mitad... –hasta el punto que “no hay soledad más triste que la de un hombre sin amigos”-. Vale.







[1] Teresa Viejo, La Observadora, Radio Nacional de España, El amor y Joaquín Fuster, del sábado 14 de febrero de 2015. Joaquín Fuster ha publicado recientemente el libro Cerebro y libertad (2014).Vid: http://www.rtve.es/alacarta/audios/la-observadora/observadora-amor-joaquin-fuster-14-02-15/2998662/

miércoles, 18 de febrero de 2015

DE TORREBAJA A PARÍS Y ÁMSTERDAM VÍA BRUSELAS: UN VIAJE DE IDA Y VUELTA (y II).

Evocación y reflexiones acerca de aquel viaje, agosto de 1971.






Decía que “Encontré rápidamente el albergue de la Juventud,/ gracias al metro, que es grandioso, moderno [...] y muy completo”. Respecto del hospedaje, escribí en mi diario: He dejado la mochila en el albergue de la juventud, que está en Laumière. Tengo que volver a inscribirme. Las camas y habitaciones son bastante miserables, pero por 5f la noche no se puede pedir más. El caso es tener un lugar donde dormir y descansar. Creo que estaré bien. Me he encontrado con dos españoles y me dicen que hay más. He comprado varios billetes de metro, un ticket de diez viajes que sirven también para el autobús; así salen más baratos. La dirección del “auberge de la jeunesse” de la avenida Jean Jaurès me la había proporcionado Javier –me refiero a Fco. Javier Varela Tortajada-, que veraneaba por entonces en Torrebaja; él era de Madrid, creo, pero su madre descendía del pueblo. Javier ya había estado en París, conocía lugares y asuntos de interés. Y su información me resultó extraordinariamente útil. Me recomendó también que fuera a la embajada española para solicitar un “laissez passer”, lo que me permitiría visitar los museos de la capital gratis, o casi; el pase me ahorró mucho dinero. Me insistió también que fuera a ver el “Musée Rodin”, para ver “Le penseur”, cosa que hice. Son consejos que cabe agradecer, pues probablemente me hubiera perdido aquellos lugares. Sirva el punto para decir que cuando alguien viaja a un lugar desconocido merece la pena informarse previamente de cómo es, de lo que allí puede verse, de sus costumbres, historia, tradiciones; de no hacerlo así correremos el riesgo de menospreciar lo esencial. 
De niño Javier Varela y una hermana suya venían a pasar el verano a Torrebaja, el pueblo de su madre. A los ojos de los demás chicos, Javier nos parecía algo estirado, distante y muy intelectual; quizá por ser de ciudad. Siempre llevaba un libro en la mano. Poseía ideas políticas avanzadas; muy de izquierdas, diríamos hoy. En aquella época los muchachos del pueblo nos sentíamos absolutamente alejados de aquellas inquietudes. El se reía de nosotros, probablemente con razón, éramos muy paletos. El último año que vino a veranear puso en venta una bici de carreras que tenía, yo se la compré. Parece que no pensaba volver por aquí. Pasaron años hasta que le volví a ver –esto fue en la boda de Joaquín Villanueva, el boticario de Torrebaja y su esposa Montse-; entonces él ya era profesor de Historia del Pensamiento en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Pasaron otros tantos años, y sin saber cómo ni por qué Javier volvió a caer por aquí: durante este periodo fue alcalde de Torrebaja por el Partido Popular (PP) durante dos legislaturas seguidas, 2003-2011. 
La distancia entre el discurso del "Varela juvenil" y el del "Varela maduro" era abismal; su viraje mostraba un giro de ciento ochenta grados. No es que sea obligatorio cambiar, pero sí evolucionar. Por el contrario, hay personas que conservan toda la vida idéntica ideología, los mismos pensamientos, influidos por la familia, el ambiente o lo que fuere, cosa bastante penosa a mi entender; ello indica un detenimiento en su evolución, a la vez que un pensamiento correoso, endurecido, embalsamado, si se puede decir así. El poeta y pintor inglés William Blake (1757-1827) lo decía mejor: El hombre cuya opinión nunca varía es semejante al agua estancada, y engendra reptiles en su mente... -donde dice opinión, léase ideología-. Esta forma de pensar, sin embargo, podría ser tan objetable como la contraria; ya que sólo las personas son dignas de respeto, en tanto las ideologías son todas cuestionables. Los demás alcaldes y concejales comarcanos le decían a Javier “el alcalde ilustrado”, supongo que con cierto retintín, aludiendo a su formación universitaria. La cuestión es de destacar, pues hay pocos pueblos en España que hayan tenido un profesor de Universidad como alcalde. Los intelectuales tiene su función, pero no son necesariamente los mejores gestores. Con todo, es bueno que los más cultos se vayan acercando al servicio de los pequeños municipios. La tercera vez que se presentó, sin embargo, perdió las elecciones...[1]

Detalle de "Laissez-Passer", del Ministerio de Estado, Asuntos Culturales, Dirección de los Museos de Francia, expedido a nombre de Mr. A. Sánchez, válido hasta el 15 de agosto de 1971.


Postal con detalle de la fachada principal del Museo Rodin en el VII Distrito de París (Francia), ubicado en el antiguo Hotel Biron donde se halla la célebre escultura "Le Penseur", obra de Auguste Rodin.


El Museo Rodin, donde se halla la célebre escultura El pensador estaba en el distrito VII, en la confluencia del “Bulevard des Invalides” y la “Rue de Varenne”, próximo al “Museé de l`Armée”, allí está la tumba de Napoleón. El pase para los museos franceses se solicitaba en la embajada española, había que aportar un carné universitario o juvenil, y después ir al Museo del Louvre donde te lo sellaban. El Museo Rodin es un lugar muy hermoso, un edificio rodeado de parques con un césped verde muy cuidado y una fuente circular, con multitud de esculturas de hierro y bronce al aire libre. Una de ellas es el celebérrimo Pensador, un varón sedente, muy musculado y desnudo, al estilo heroico, con el brazo derecho apoyado en la pierna izquierda y la cabeza descansada en el dorso de la mano... Parece que es la escultura más conocida de este escultor, al menos había mucha gente visitándola. El personaje tiene el ceño fruncido, en actitud pensante... ¿Qué pensará? -me preguntaba yo-. Sea lo que fuera que pensase debía ser un pensamiento concienzudo, exacto, minucioso; en cualquier caso me parece que la actitud de la escultura es algo forzada; aunque, eso sí, transmite una imponente sensación de fuerza. El día que emerja lo que está pensando será algo sensacional. Según he leído, su nombre original fue El poeta y estaba destinado a representar a Dante ante las puertas del infierno. Pese a la fama de El Pensador (1880), me gustó más una escultura de mármol que había en el interior, El beso (1889), que encarna a una pareja, hombre y mujer, besándose. Aunque me dio la impresión de que la pasión del beso corría a cargo de la mujer; el varón se dejaba besar... Lo cual resulta normal, pues contra lo que pudiera pensarse son las mujeres las que más saben del amor y sus misterios, además de estar más dotadas. No resulta extraño que los neurobiólogos hayan descubierto que el amor abre nuevos caminos neuronales en el cerebro, caminos que las féminas llevan transitando desde hace siglos... Decía al principio del párrafo que el metro de París me llamó mucho la atención; yo ya estaba familiarizado con el metro de Barcelona, pero el de París era magnífico, incomparablemente mejor. Había en las estaciones unos grandes planos del subterráneo que te permitían buscar una dirección con un sistema de lucecitas que te la indicaban; muy curioso, me fue de gran utilidad. Ya que aunque me daba grandes caminatas por la ciudad, también usaba mucho el metro; me aconsejaron comprar abonos de diez viajes, con los que te ahorrabas un dinero.

Detalle de la escultura "Le Penseur" (1880), ubicada en el "Musée Rodin" de París (Francia), obra en bronce de Auguste Rodin (1840-1914).


El albergue de la avenida de Jean Jaurè estaba cerca de Laumière, allí conocí a varios españoles que estaban viajando por Europa: unas chicas catalanas que venían de Londres, otro que venía de Bélgica y Luxemburgo, otro que se iba para Holanda. De este momento escribí en mi diario: He hablado con las chicas catalanas, lástima que se marchen mañana, podríamos haber visitado París con ellas... La misma noche que arribé yo vino un español de Vitoria, un tal Manuel, que había estado en un Campo Internacional de Trabajo. Con este último hice algo más de amistad, era estudiante y en pocos días regresaba a España. Nuestro entendimiento nos llevó a recorrer juntos París. Manuel era estudiante de Preuniversitario, y le había quedado el francés. Aquel año de 1971 debió ser el último que se hizo “Preu” en España, pues en el curso siguiente 1971-72 yo ya hice el Curso de Orientación Universitaria (COU). El de Vitoria era un chaval muy espabilado, me enseñó muchas cosas respecto a la supervivencia, entre ellas a entrar en un supermercado y salir comido... No había otro remedio, el nuestro era un turismo de mochileros, de gente inquieta y sin medios que de otra forma no hubiera podido salir de España. Reflexionando en la distancia me pregunto qué habrá sido de todas aquellas personas que conocí entonces en París, nos cruzamos durante un momento de nuestra vida y ya nunca hemos vuelto a coincidir. Y si nos hemos cruzado no nos hemos reconocimos...

Postal con detalle de la fachada de la catedral de "Notre-Dam" en París (Francia), 1971.


De mi estancia en la Cathédrale de Notre-Dame digo en la carta que estuve “escuchado un oficio”, y califico en lugar como “grandioso”, sito en La Isla de la Cité, en medio del Sena. Al respecto, escribí en mi diario: Esta tarde he estado en “L`Ile de la Cité”. He escuchado la misa en Notre-Dame. Había una multitud inmensa de gente. Junto con otros me he sentado en el suelo, frente al altar. Un sacerdote se ha dirigido a nosotros en español, saludándonos. Ha sido muy emocionante escuchar palabras españolas en la catedral, no las esperaba. Cierto, a los oficios se asiste, aunque yo digo "he escuchado", y tal vez sea lo más correcto, pues me limitaría a escuchar. Además de muy grande recuerdo que la catedral era gótica, diáfana y hermosa, con una gran luminosidad interior. Manifiesto mi emoción al oír al predicador decir unas palabras en español; en cualquier caso el oficio constituyó una multitudinaria reunión de jóvenes. No recuerdo cómo fue, pero me veo allí sentado en el piso de la catedral junto con cientos, miles de jóvenes más. Menciono que había nueve mil personas, no sé de dónde sacaría la cifra, debí oírla; lo cierto es que había muchísima gente. Debió coincidir mi vista al templo con aquel oficio o celebración, y me senté junto a los demás. Estuve también en la basílica de “Le Sacré Coeur”, en Montmartre, lugar precioso con una gran escalinata en la fachada anterior, desde donde puede verse una estupenda vista de la ciudad. En el imaginario, el barrio se halla vinculado a los artistas y gente de vida bohemia, y tiene una gran personalidad. La basílica posee planta en cruz griega, y cuatro cúpulas en torno a un domo central, según diseño del arquitecto francés Paul Abadie (1812-84). Su estilo está inspirado en las construcciones romanas y bizantinas, y fue construida en homenaje a los fallecidos franceses durante la guerra franco-prusiana: la primera piedra se puso en 1873 y se terminó en 1914, pero su consagración no tuvo lugar hasta 1919. En la zona del ábside hay una torre cuadrangular con una célebre campana, la Savoyarde, con un diámetro de 3 metros y un peso de 18,5 toneladas. Su cripta es también digna de visitar. De entonces guardo un montón de tarjetas postales que compraba en los quioscos de los “bouquinistas” del Sena, frente a Notre-Dam. Envié muchas aquel verano, a mis padres, a mis tíos de Barcelona, a los amigos del pueblo, incluso a una amiga de la Argentina con la que me escribía entonces, Nora Sonselet, de Rosario Santa Fe. Creo recordar que su papá era farmacéutico. Muchas veces me ha acordado de Nora desde entonces, ¿qué habrá sido de ella, se casaría, tendría hijos, vivirá...? Pues un día dejó de escribir y nunca más supe...

Postal con vista nocturna de la fachada frontal de "Le Sacré-Coeur de Montmartre" en París (Francia), 1971.


Como no podía ser de otra manera, en mi relato de los lugares que visité en París aparece la Torre Eiffel, una fantástica estructura de hierro construida para la Exposición Universal de 1889, a la que subí -porque uno no puede dejar de hacerlo estando en la ciudad-; vista inconmensurable la que se observa desde su altura, aunque no se llega hasta la cúspide, con el Campo de Marte a los pies. Otro lugar que conocí fueron los grandiosos Jardines de Luxemburgo, entre la “Rue D`Assas” y el “Boulevard Sant-Michel”, célebre vía que da sobre el Sena, a la altura de la Isla de la Ciudad. El fabuloso Arco del Triunfo en la “place de l`Étolie”, construido a principios del siglo XIX por Napoleón, para conmemorar la victoria francesa sobre rusos y austriacos en Austerliz. Sobre las paredes interiores del arco hay grabados más de quinientos nombres, correspondientes a generales franceses –los que murieron en combate están subrayados-. En los muros exteriores figuran los nombres de grandes revolucionarios franceses, y las batallas de Napoleón. También los nombres de ciudades españolas por donde en mala hora transitaron los ejércitos del Emperador: Zaragoza, Valls, Medellín... Napoleón me parece un “héroe” nefasto; no cabe duda que tenía grandes cualidades militares, y tal vez personales; pero llevó la muerte y la destrucción a toda Europa, España incluida. No, no me gusta nada este Bonaparte... Me di el gusto de recorrer los Campos Elíseos, desde “Étolie” hasta la plaza de la Concordia, donde se alza el mítico obelisco de Luxor. El obelisco fue regalado a Francia por el valí de Egipto en 1830 –no fue pues traído por Napoleón, como se dice en la carta-. El recorrido de la avenida de los Campos Elíseos supone una caminata de poco más de dos kilómetros, como de Los Santos a Torrebaja, pero en línea recta y rodeado de nobles edificios, amplias aceras y árboles de sombra a ambos lados de la calzada. La Diagonal en Barcelona, con ser una avenida notable se queda en calle grande comparada con la de los Elíseos de París. La de la Concordia es una plaza gigantesca, enorme. En este lugar se instaló una guillotina durante la Revolución Francesa, se descabezaron aquí más de mil personas, entre ellas el rey Luis XVI y su esposa, María Antonieta. Finalizada la época del Terror, la plaza se rebautizo con su actual nombre, Plaza de la Concordia, que suena muy bien en francés (Place de la Concorde). Una denominación apropiada tras tanta sangre vertida. Visité también el Barrio Latino (el célebre Quartier Latin), en la orilla izquierda del Sena, donde se halla La Sorbona, entre los Jardines de Luxemburgo y el Sena.

Detalle de la fachada principal de La Sorbona en París (Francia) [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Lo de latino procede de que aquí se hallaba la universidad medieval, centro de enseñanza donde la población de estudiantes utilizaban el latín como idioma académico. La Sorbona está en la parte alta del barrio, sobre la montañita de santa Genoveva: en este célebre barrio tuvieron lugar los acontecimientos de Mayo del 68 francés: recuerdo bien aquellos hechos por las fotos que publicaba La Vanguardia Española de Barcelona... Como no podía ser de otra manera, estuve también en “Pigalle”, cerca del “Sacré Coeur”: en “Pigalle" se hallaba el “Moulín Rouge”, los cines porno y las salas de strip-tease. Al célebre teatro de variedades no entré, pero sí a una película pornográfica. La experiencia no fue lo que imaginaba: cuando terminó la sesión y encendieron las luces sentí cierta vergüenza, en la sala apenas había una docena de espectadores, gente madura, triste, quizá insatisfecha: el más joven era yo, y salí pitando. Al salir del cine ocurrió que unos chicos de mi edad se metieron conmigo, porque llevaba una cruz al cuello. Se trataba de una cruz de bronce que me dio mi madre, con el compromiso de que la llevaría puesta durante el viaje. Imagino que ella buscaba que me protegiera; y debió protegerme, porque aunque tuvo contratiempos no padecí ningún desgracia. Otro día, Manuel y yo entramos a una sala de striptease, valía la entrada 2,50f; no me impresionó gran cosa, ya había visto antes mujeres desnudas, aunque no en vivo. Antes de finalizar la sesión nos echaron, pues no tomamos nada y la consumición era obligada. Lo cierto es que entramos por curiosidad, y también para poder decir que habíamos estado a una de estas salas. Tanto el dinero del cine porno como el del striptease fue el peor empleado de aquel viaje: pero estar en París y dejar de ver aquello no parecía de recibo... Todo queda ya muy lejano; y por suerte los gustos eróticos cambian con los tiempos. En cualquier caso me quedo con el desnudo de la Basinger en Nueve semanas y media... –además, la canción de Joe Cocker es estupenda-.

Detalle de la entrada a una sala de striptis en París (Francia), 1971.


Digo a mis padres en la carta que me apaño bien con el idioma, quiero decir que me hacía entender, o eso creía yo. No es que se me dieran mal los idiomas, pero distaba de hablarlo aceptablemente. Durante el bachillerato había estudiado latín como lengua muerta, y francés como idioma extranjero; pero con el sistema que se utilizaba entonces no se aprendía. Sólo nos enseñaban a traducir textos y mucho vocabulario. No sé de dónde saqué yo que “El francés más perfecto es el de París,/ y los parisinos lo hablan al igual que los/ andaluces el castellano” –debió ser una frase que oí, pues mi conocimiento sociológico y del idioma no me podían permitir hacer semejante aseveración-. Lo único cierto es que cuando hablaban muy rápido no les entendía nada; mas eso sucede con cualquier idioma. Me tomaba, no obstante, mucho interés en aprender, de ahí que practicara en el albergue, las tiendas y con el primero que se presentara. Me resultaba más fácil entenderme con los extranjeros que hablaban francés, quizá porque lo platicaban tan mal como yo... Pero sí, aprendí mucho francés aquella temporada, un tiempo más y hubiera entendido a Moliere sin problema. Por lo menos él enseñaba riendo, cosa que siempre ayuda...

Postal con vista nocturna de la fuente de la Plaza de la Concordia en París (Francia), con detalle del obelisco de Luxor al fondo (1971).


Cuento en el párrafo siguiente la facilidad que nos dieron en la embajada española al expedirnos el pase con el que visitar gratis muchos museos de París. El pase, sin embargo, tuve que sellarlo en el Museo del Louvre. La entrada del Louvre valía 3f, lo que no dejaba se ser un dinero, pues fui muchas veces. Hoy la entrada normal de un adulto sobrepasa los 10 euros, creo. El Louvre era un lugar precioso, tranquilo, agradable, se estaba muy bien allí. Si a esto añadimos la riqueza pictórica -escultórica, arqueológica...- de sus fondos, ¡no me extraña que sea uno de los museos más visitados del mundo! Recuerdo que al entrar, sobre un rellano de las escalinatas había una enorme figura femenina alada a la que faltaba la cabeza, La Victoria de Samotracia, escultura griega de la escuela rodia, periodo helenístico. Todo el mundo iba a ver La Gioconda, de Leonardo da Vinci, siglo XVI. La pintura renacentista estaba tras un grueso cristal, parece que alguien enloquecido había intentado atacarla, como sucedió en el Vaticano con La Piedad, de Miguel Ángel. Junto a la “Mona Lisa”, como también se conoce a la mujer de la misteriosa y apacible sonrisa, había también un guardia. Los visitantes acudían a verla en tropel, y la contemplaban con devoción, como si de una imagen sacrosanta se tratara, y probablemente lo sea, pues algo de sagrado tiene el arte. Impresiona ver de cerca el original de tan famosa pintura –de no ser por el cristal, hubiera podido tocarla-. 

Detalle de "La Gioconda", célebre obra del pintor renacentista Leonardo de Vinci (1451-1519) [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre]. 

Detalle de "La Gioconda" en el Museo del Louvre, en París (Francia), tras un cristal antibalas [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Durante mis visitas al Louvre, ya digo que fueron varias, pues había mucho que ver y hacia un estar agradable, estuve también en la sección de Egipto. Allí reviví mi afición por la egiptología y la lectura juvenil de Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Me encandilaban todos aquellos milenarios objetos expuestos en las vitrinas, las momias y cantidad de artilugios, esculturas, vasijas... De entre ellos recuerdo el Busto de Nefertiti, una mujer regia con gorro troncocónico invertido a la que faltaba por dibujar el ojo izquierdo: no sé si el autor la dejó incompleta o es que era tuerta. Pero aún sin ojo poseía un rostro bellísimo, uno de los más elaborados de la estatuaria egipcia, correspondiente al Imperio Nuevo, en tiempo del faraón Akenatón, XVIIIº Dinastía. Leo que dicha figura se halla en el Neues Museum, Berlín, Alemania –pero tengo el recuerdo de haberla visto en el Louvre: puede que sea imaginación mía o que cuando lo visité se exponía allí temporalmente, o que la que yo vi fuera una copia-. También recuerdo con afecto el Escriba sentado, una admirable figurita de mediano tamaño representando a un varón sentado y con las piernas cruzadas. Parece estar escuchando, observando algo que escribirá a continuación, su expresión es absolutamente realista, natural, viva, actual..., aunque corresponde al Imperio Antiguo de Egipto. Otra pieza de la antigüedad que vi en el Louvre fue el Código de Hammurabi, una estela en piedra oscura de basalto, de dos metros y medio de altura, que recopila las leyes sumerias, sintetizadas en la “ley del talión” y el “ojo por ojo”, aunque contiene otras leyes alejadas de estos conceptos. Las leyes grabadas en piedra eran inamovibles, ni los reyes podían cambiarlas. Me gustaron también aquellos aparatosos cuadros de Jacques-Louis David basados en motivos escultóricos y mitológicos, y otros de suave erotismo como La gran odalisca (1814), El baño turco (1862) de Dominique Ingres. Eran cuadros que había visto reproducidos en enciclopedias y libros de arte, y verlos en su original me emocionaba. Aunque allí había mucha pintura que admirar en todos los estilos, ¡propiamente dicen que es el museo más visto del mundo!


Detalle de "La gran odalisca" (1814), óleo sobre lienzo de Dominique Ingres en el Museo del Louvre en París (Francia) [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Debo decir que el viaje a París me resultó relativamente barato para lo mucho que vi. Bien es cierto, sin embargo, que me llevé algo de comida, embutido y algunas latas de conserva. Realmente no se si valió la pena portar aquella carga en la mochila, ya que la comida no era lo más caro. Además, aprendí a salir de los supermercados comido. No es que me sienta orgulloso de ello, tal si hubiera hecho una proeza; pero en honor a la verdad debo decirlo. Después estaban los puestos de fruta, alimento que siempre me ha encantado. Otra cosa que me grabó sobremanera la espalda fue un grueso diccionario de francés que portaba, que por cierto no llegué a consultar, y que en más de una ocasión estuve a punto de arrojar al Sena. Con las cartas y postales que escribí a mis padres pretendía, de una parte, dejar constancia del viaje, documentarlo, a la par que tranquilizarles. ¡Siempre he tenido mucho sentido histórico! Pues era consciente de la preocupación que tendrían al saberme lejos, en un país extranjero, en una ciudad tan grande. Aunque si he de ser sincero, no tuve plena conciencia de su preocupación hasta que mis propios hijos se marcharon a América el pasado año, para recorrer Argentina y otros países iberoamericanos. ¡Sólo entonces comprendí lo que pudieron sentir ellos al verme marchar!

Postal con detalle de la iglesia de la la Madeleine en París (Francia), en estilo neoclásico (1971).


Ciertamente, París es una ciudad hermosa, rica, limpia, cosmopolita, en la que se gozaba de una gran libertad individual -¡Oh lalá, la liberté de la France!-: “Hay gentes de todas las razas, colores y credos” –digo con ingenuidad-. Hoy hay gente de todo tipo y condición en cualquier parte, pero no era así en la España de entonces, de ahí mi sorpresa y gusto por la libertad de que disfruté en aquellas semanas. Con todo, “Lo que más siento estos días es que no puedan/ estar Vds., aquí junto a mí; los cuatro juntos” –un pensamiento que todavía me enternece, producto de la querencia familiar y de mi deseo de compartir aquellos intensos momentos con mis seres queridos-. Me llamaba la atención que a las diez de la noche hubiera tan poca gente en la calle, siendo verano. Esto es lo que sucede todavía en Teruel, por ejemplo, a esa misma hora en invierno. Por el contrario de los españoles, los franceses me parecieron más madrugadores. Termino la carta aludiendo a “cosas muy graciosas” que me ocurrieron, aunque hoy ya no recuerdo cuáles fueron aquellas cosas. La carta concluye con “Besos y abrazos de su hijo y hermano que les quiere”.



Palabras finales.
Hubo una segunda carta de fecha inmediatamente posterior a la primera, en la que cuento a mis padres y hermano lo que voy viendo, lo que hago, mis impresiones de la capital francesa, de la gente que iba conociendo, del albergue... Hago notar en este punto la importancia de conocer idiomas, al menos el inglés, para manejarse por el extranjero. ¡Pobres españoles, siempre tan cortos de idiomas, pese a haber gobernado el mundo! A muchos ciudadanos de habla inglesa, por ejemplo, les debe suceder hoy lo que a los españoles del siglo XVI-XVII, que no tienen necesidad de saber idiomas, pues el suyo es el del Imperio y somos los demás quienes nos vemos en la necesidad de aprender el de ellos.
De París me gustó su amplitud y luminosidad, sus edificios y monumentos, el Sena y la cantidad de zonas verdes de que dispone la ciudad, la libertad personal de que disfruté, el respeto de la gente, y muchas cosas más. Lamento no haber podido gozar de la comida francesa, pues por norma comía de bocadillo, ¡lástima!, ya que la comida y la bebida es lo primero que hay que probar en un lugar extranjero. En otro punto de esta segunda carta menciono que después de comer en un parque me fumé un cigarrillo “celtas”, lamentando que me quedaran ya pocos. Ello demuestra que por aquella época fumaba, feo vicio que por suerte dejé hace ya muchos años. Después del cigarrillo me eché una siesta sobre el césped, hasta que me despertó un guardia, diciéndome amablemente que no podía estar allí. No sé lo que diría el guardia para sus adentros, quizá lo que muchos hemos dicho alguna vez, ¡extranjero tenía que ser!

Postal con vista nocturna de "Les Champs Elyées et l`Arc de Triomphe" en París (Francia), 1971.

Los españoles con los que me relacionaba eran gente politizada, no sé si de la gauche divine proletaria o de algún lugar próximo; al menos parece que comulgaban con las ideas de izquierda y jugaban a la aventura de la clandestinidad. Estuve con ellos en la embajada de Cuba, allí nos dieron propaganda castrista, aunque lo que querían mis amigos eran “posters”, no se si del líder cubano –me refiero al dictador Fidel Castro-, del Che o de algún otro revolucionario. Otro día estuvimos en la embajada China, allí nos dieron a cada uno de los que íbamos un ejemplar del Libro Rojo de Mao (1964); además de estar en francés, pues no lo había en español, el librito era insufrible, definitivamente indigesto, pero todos los guardaron con fervor religioso. Pero ojo, ¡se trata del libro más editado de la historia, sólo por detrás de la Biblia!, un instrumento ideológico del tiempo de la Revolución Cultural, y de lectura obligada para los chinos de entonces. Es comprensible que un régimen edite su propaganda, pero obligar a sus ciudadanos a leerla es otra cosa. Creo recordar que en su momento regalaban el librito a todas las parejas de recién casados. ¡Valiente regalo de boda! Por lo visto, el comunismo chino era entonces lo máximo... Lo cierto, sin embargo, es que aquella gente que estaba contra la dictadura franquista -y por la libertad, lo cual está muy bien-, apostaban por el comunismo como ideología liberadora. Visto en la distancia me parece una broma de mal gusto, ya que poca liberación supone salir del fuego y caer en las brasas... Al respecto me pregunto, ¿cómo es posible que una ideología nefasta como el marxismo-leninismo, y el comunismo en general, haya despertado tantas adhesiones? Imagino que por las mismas razones que en su momento arrebató el fascismo...; sólo que éste fue vencido.

Mi estancia en París se limitó casi en exclusiva a la parte “noble” de la ciudad, esto es, al centro, una y otra margen del Sena. Digo casi, pues lo cierto es que también estuve “en el barrio negro”; no sé cuál sería, quizá alguno del extrarradio, sólo que me impresionó la cantidad de gente de piel oscura que había por allí. Durante mi estancia disfruté de un “tiempo espléndido” al decir de los autóctonos; aunque lo cierto es que la mayoría de los días estaba nublado, incluyo sufrí un fuerte chaparrón de verano. En cualquier caso, el clima de París no es el del Mediterráneo.


Vista de la "Grand Place" de Bruselas, uno de los espacios construidos por el hombre más bellos del mundo [Tomada de Wikipedia, La enciclopedia libre].


Estuve en París unos días más todavía, hasta el domingo 15 de agosto. Conocí a unos españoles que pretendían subir hasta Bélgica y Holanda, así que me marché con ellos, aunque por distinto medio. Ellos fueron en tren –parece que disponían de dinero-, yo en autostop. Previamente estuve en las Galerías Lafayette del boulevar Haussmann, allí me agencié un mapa de carreteras de Europa, que me fue de gran utilidad. De este momento escribí en mi diario: Este es mi último día en París. Si no me arrepiento esta noche, mañana lunes saldré en dirección a Bélgica. En Bruselas me esperan tres españoles, hemos quedado el martes a las 11:00 horas en el Museo de Bellas Artes. Si salgo temprano, creo que llegaré a la cita. Ellos van en tren y salen el lunes por la tarde. En un principio pensábamos ir sólo dos, y en autostop. Al compañero lo conocí en la cinemateca. Ahora se han añadido dos más, una chica y un chico, pero ellos tres irán en tren. Posiblemente llegue hasta Ámsterdam y pase a Londres. No estoy seguro. Si no nos encontramos en Bruselas hemos quedado en Ámsterdam el jueves 19, a las 11:00 horas, en el Rijksmuseum. Sea lo que fuere, el fin de semana próximo quiero estar ya de vuelta para España. No sé si está bien lo que voy a hacer... Al final del párrafo escribí: ¡¡Señor, no me abandones!! La expresión puede parecer fuera de lugar, pero no tanto como pudiera creerse, pues yo era y sigo siendo creyente. Ya saben, la creencia es algo muy complejo, difícil de elucidar y de explicar. La fe religiosa como cualquier otra creencia de este tipo se imbrica en lo que los estudiosos llaman “memoria filética”, esto es, la memoria heredada de los padres, de la especie humana, incluso de otras que nos precedieron. Dicha memoria es algo estructural, a modo de andamiaje sobre el que se asienta la memoria individual, personal. Algo que está profundamente arraigado en el ser humano, y universal, que nos comunica con lo que Rudolf Otto (1869-1937) denominaba mysterium tremendum et fascinans del hecho religioso, una fuerza más allá de la sabiduría, que nos impulsa a la búsqueda de la trascendencia, de lo absoluto... Por lo demás, tanto el texto como la doble admiración indican mi inseguridad y preocupación ante el paso que iba a dar. Durante este viaje hacia el norte salí de Francia por Lille, vía Amiens; aquí cumplí con su magnífica catedral, viéndola. De Lille a Bruselas fue en tren, pues el tiempo corría y los coches no me paraban. En Bruselas visité la Grand Place –sin duda una de las más bonitas del mundo, junto con la de San Marcos en Venecia-; y camino de Ámsterdam, pasé por Amberes, Breda y Róterdam. Antes de seguir debo decir que el centro de aquella gran plaza de la capital belga estaba cubierta de una enorme, gigantesca, preciosa, multicolor alfombra de flores, verdadera locura de tonalidades. Aquel año de 1971 era el primero que se realizaba; las flores las aportan los floricultores de Gante y su diseño cambia en cada edición. En Bruselas no me encontré con los españoles, así que continué mi camino. A la salida de la capital, en dirección a Amberes (Antwerpen), recuerdo haber pasado junto al Atomium -sito en el Boulevard du Centenaire, junto al Parc d`Osseghem-: la enorme estructura mide unos cien metros de altura y figura un cristal de hierro aumentado no sé cuantos millones de veces, representado por nueve esferas de acero de 18 metros de diámetro...

Detalle del "Atomium", estructura de 102 metros de altura construida para la Exposición General de Bruselas en 1958  [Tomada de www.ojoscuriosos.com/]


Conforme ascendía hacia el septentrión el paisaje se hacía cada vez más extraño, también las gentes y el idioma. El mapa agenciado en los almacenes Lafayette de París estaba en castellano, ello me ocasionó algunos inconvenientes... Cuando hacía autostop solía escribir con letras grandes en un cartón el nombre de la localidad a la que me dirigía, el letrero me lo colgaba de la mochilla si iba caminando o lo enseñaba a los conductores cuando estaba parado. A la salida de Bruselas escribí en el nombre de "Amberes", pero nadie me paraba, hasta que me di cuenta de que en aquellas latitudes Amberes se escribía "Antwerpen".  De Rótterdam a Ámsterdam tuve que coger de nuevo el tren. En Ámsterdam estuve varios días, alguna noche dormí al aire libre en Vondel Park, con cientos de jóvenes variopintos; era verano y el tiempo lo permitía. Cerca del parque estaba el Rijksmuseum. Por el día visitaba la ciudad, sus calles y puentes; había muchas paradas de fruta en las calles -me llamaba la atención el que la gente comprara la fruta por piezas, no por kilos como en España-, y puestos de flores junto a los canales, y muchísima gente de todas las edades en bicicleta. Ámsterdam es una ciudad muy particular, rodeada de multitud de pasos de agua que forman círculo en torno a la plaza Dam -similar a Venecia, pero con distinta arquitectura-: los nombres de las calles son impronunciables para la gente latina. De mi estancia en Ámsterdam, escribí en mi diario: Ya está hecho: estoy en Ámsterdam. Esta ciudad es algo acojonante, jamás había visto cosa igual. Esto es el paraíso de los hippies, vagabundos y gente melenuda, una verdadera locura. Esta noche he dormido en Vonder Park. He estado con unos chicos franceses, chico y chica, y una suiza. Estuvimos despiertos, cantando y tocando la guitarra hasta la madrugada, entonces nos retiramos a dormir sobre el césped, bajo los árboles. Los franceses me dejaron un saco de dormir, así no he pasado frío, pues al amanecer hay mucha humedad. Me he despertado a media mañana, los franceses todavía duermen, hay gente joven por todos lados, sentados sobre el césped, hablando, fumando, durmiendo. Esto es un paraíso... Cuando digo “fumando” me refiero a fumando porros, claro. Es de imaginar que muchos de aquellos jóvenes porreros serán hoy honorables padres de familia y reputados profesionales. Algunos se quedarían por el camino; aunque la mayoría volverían al sendero trillado, el más cómodo y fácil de transitar. Dormí también en unos antros que llamaban "sleep-ins", había varios de estos lugares: en Rozengracht 180, en Rozenstraat 91 (este último lo regentaban unos venezolanos muy enrollados), en Hartemmer Houttienen 217, en Mensa Academia-Damstraat 3 (cerca de Central Station).

Postal con detalle de "Autorretrato" (París, 1887) de Vincent van Gogh (1853-1890) en el Rijksmuseum de Ámsterdam (Holanda).

El último día de mi estancia en Ámsterdam me encontré con los españoles, estando allí decidimos pasar a Gran Bretaña: quedamos bajo la torre del Big-Ben del Parlamento, en Londres, dos días después, a la misma hora que en las anteriores ocasiones. Ellos fueron por sus medios, yo es autostop. Pero ya digo que el autostop no siempre funcionaba: de Ámsterdam a Rótterdam tuve que utilizar de nuevo “le chemin de fer”, ya que el tiempo apremiaba. Mi intención era llegar a Oostende vía Brujas, para coger el ferri que me había de llevar a Dover, ya las Islas Británicas, pero no me atreví a cruzar el canal. Estando en la cola de la estación para sacar el billete, me di la vuelta. Me quedaba poco dinero, iba justo de tiempo y me imponía el idioma. A los amigos españoles ya no les volví a ver, ni he sabido nunca más de ellos. Desde este punto comencé el regreso hacia España; pero esta es otra historia, cuyo relato dejo para mejor ocasión... Vale.







[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. La caja de Pandora: Acerca del vuelco electoral enTorrebaja (Valencia), del lunes 17 de octubre de 2011.

DE TORREBAJA A PARÍS Y ÁMSTERDAM VÍA BRUSELAS: UN VIAJE DE IDA Y VUELTA (I).

Evocación y reflexiones acerca de aquel viaje, agosto de 1971.




“La vaguedad nunca ha producido nada.
Es lo concreto lo productivo.
[...] No se dejen impresionar por el qué dirán. Opinen.
Defiendan su libertad de gustos y de juicios.
Piensen en la diferencia entre una rosa y una m...”
-Josep Pla (1897-1981)-.






Palabras previas.


Todos o casi todos tenemos nuestro particular Cuaderno gris –me refiero, lógicamente, al célebre dietario de Josep Plá, el payés universal-; bien es cierto, sin embargo, que la mayoría de los mortales no llegamos a escribirlo –cabría agregar, “por suerte”, ya que probablemente sería demasiado tedioso-.


A este tipo de escritos, en los que el autor escribe sobre sí mismo, sobre lo que siente, recuerda u observa, se les ha llamado “literatura del Yo”. La expresión parece venturosa, y seguramente lo es; aunque no todo el mundo aprecia este tipo de textos, artículos, entradas o lo que sea que fueren. Al respecto, en un suelto de Andrés Trapiello (El País, 2007) se mencionan los Ensayos de Montaigne, obra que por cierto no he leído, en cuyo prólogo el escritor francés dice textualmente, “Yo soy la materia de mi libro". Como digo, desconozco el contenido del libro, pero creo entender lo que quiere decir. Porque en cualquier libro su autor no habla de otra cosa que de él, escriba de lo que escriba. Es más, soy de los que piensan que cualquier escritor suele escribir siempre sobre lo mismo, hasta el punto que su obra completa es el mismo libro ampliado, retocado, mejor o peor escrito, bajo uno u otro disfraz estilístico, pero siempre el mismo y diciendo de lo mismo, bajo cualquier pretexto. Esta es mi opinión, pero como el tema puede ser objeto de polémica, que cada cual apechugue con la suya...


Días atrás, buscando en un arcón que tengo en la cambra, encontré una carpetita con algunos documentos, cartas, postales, mapas, planos... Entre las cartas había algunas con el formato típico de las utilizadas para la “vía aérea” de hace años, quiero decir con el borde enmarcado por unas figuras geométricas rojas y azules. No sé cómo serán hoy las cartas que se envían por avión, porque hace años que no envío epístolas por este medio. Algunas de aquellas tenían matasello francés, y estaban dirigidas a mi nombre. En el remitente, sin embargo también figuraba mi nombre... Mi picó la curiosidad y abrí una de ellas, entonces lo comprendí. Se trataba de cartas escritas por mí, desde París, a mi padre en Torrebaja, Valencia, España. Mi padre y yo compartimos el nombre; y el primer apellido, claro. Y correspondían a un viaje que hice por varios países de Europa en agosto de 1971.


La lectura de aquella carta me provocó un sinfín de emociones y recuerdos, en un instante se agolparon en mi memoria infinitud de imágenes aparentemente olvidadas de aquel asombroso verano por Francia, Bélgica, y Holanda..., viajando en autostop y en tren. Cuando transitamos por el camino de la madurez, recordar la juventud puede resultar emotivo, a la vez que patético. Si se me diera la oportunidad, no estoy seguro de que quisiera volver a aquellos años de plenitud, conociendo lo que vino después. Porque la dulce juventud no viene sola, conlleva también momentos amargos, de esfuerzo, pérdidas y dolor. Quiero decir que si volver atrás en el tiempo implicara revivir los momentos de sufrimiento por la muerte de mis padres, por ejemplo, creo que diría que no. Dejemos, pues, que la vida continúe su curso...

 
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Vista del camino de las Escuelas al puente del Ebrón en Torrebaja (Valencia), actual Paseo de la Diputación (ca.1965).

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Vista del actual paseo de la Diputación en Torrebaja (Valencia), con el puente sobre el Ebrón en primer plano (2015).


Antecedentes de mi viaje por Europa.


El curso 1970-71 fue para mí prodigioso, estupendo, fenomenal... Fue el primer año que estuve fuera de la casa de mis padres, en Valencia, sin la protección y el amparo que había tenido en Barcelona viviendo con mis tíos. Aquel curso lo viví de forma intensa y plena, libre y responsablemente. Procedía yo de Barcelona, donde había estado cursando el Bachillerato Elemental, y el comienzo del Superior. En vista de que no progresaba mis padres decidieron mi traslado a la capital del Turia, allí me matricularon en la Escuela de Enfermería, Facultad de Medicina, para estudiar lo que entonces se denominaba Ayudante Técnico Sanitario (ATS), y después Diplomado en Enfermería (DuE). A la vez me matriculé como alumno oficial nocturno en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Luis Vives”, de dos asignatura de 5º que me quedaban y de 6º curso completo.[1]


No logro recordar cómo sucedió, pero por entonces yo estaba entusiasmado con viajar, quizá efecto de mis lecturas juveniles, no sé. De los años previos recuerdo una serie de artículos publicados en La Vanguardia Española de Barcelona, en los que se relataba la aventura de un viaje en el Transiberiano, de Moscú a Vladivostok, ciudad del lejano oriente ruso; aquella serie me encantaba, decía de la gente, de sus costumbres, de lugares y paisajes. Fue quizá de este tipo de narraciones de donde provino mi afición a los viajes, a este que contaré y a otros muchos que hice después. El caso es que les propuse a mis padre un acuerdo, si aprobaba todo me dejarían hacer un viaje a París. Ellos aceptaron de inmediato, no pusieron objeción; conociendo mi currículo académico pensaron que no se habrían de ver en el aprieto de cumplir su palabra y dejarme marchar. Porque lo cierto es que yo siempre he sido mal estudiante, aprobando a trancas y barrancas... Aunque no crean, le ponía voluntad al estudio, pero me distraía mucho, en especial con la lectura y los juegos. Mas la libertad me sentó bien, aproveché mucho el tiempo, le cogí gusto a los libros de texto, incluso a las matemática y la química –cosa impensable en mí, a quien siempre han mareado los números-. Puesto a ser sincero diré que todavía cuento con los dedos... En algún momento esto me acomplejó, hasta que entendí que la inteligencia no es algo monolítico, compacto, de una pieza. Quiero decir que alguien que calcule rápido y bien no es más inteligente que otro que tenga que utilizar los dedos o la calculadora. Hoy se habla de la inteligencia emocional, porque la inteligencia es algo complejo, que abarca aspectos muy distintos del individuo. De hecho he conocido personas muy dotadas intelectualmente que han resultado un desastre en sus relaciones sociales o amorosas. ¡Seguro que ustedes también las han conocido! Porque esto, saber desenvolverse en la vida y tener éxito en los afectos, también es inteligencia... Propiamente, el más inteligente es el que consigue armonizar mejor todos los aspectos de la persona, cuyo fin último es o debería ser la felicidad. Ya lo decía no sé quién, pero fuera quien fuera lo suscribo: La vida es una lucha, la felicidad una conquista... La inteligencia puede ayudarnos en el trance, mas no garantiza el triunfo.


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Detalle de la carta remitida al autor por la Oficina de Viajes de la Delegación de la Juventud de Valencia, relativa a la obtención del Carnet Internacional de Albergues (1971).

Volviendo al hilo de lo que decía, todo fue que pese a haber sido hasta entonces mal estudiante, aquel curso aprobé. En ello debió contribuir la situación de libertad personal en la que me encontraba, la ilusión y la madurez personal. Sea como fuere, constituyó una gran alegría para todos, para mí y para mi familia; para mis padres supuso además cumplir su compromiso de dejarme marchar a París... Antes de marcharse debía resolver la cuestión económica, pues dinero no tenía. La intendencia es importante en cualquier actividad, no basta con la ilusión y la buena voluntad. Por aquella época estaban construyendo en Torrebaja el camino de las Escuelas al puente del río Ebrón, lo que después sería el Paseo de la Diputación; y me ofrecí como peón. El maestro de obras era Constantino Aparicio, que a falta de otro obrero mejor me cogió. Era aquel un trabajo pesado, encofrando, acarreando grava, amasando cemento..., todo el día bajo el sol. Y el tío Constantino encima, que no te dejaba parar... Después trabajé con Ramón Blasco, en el jardín de la plaza del Ayuntamiento, que se estaba remodelando por entonces. Con Blasco el trabajo era más llevadero, aunque tampoco paraba. El desempeño de aquellos trabajos me proporcionó unos miles de pesetas, que me vinieron muy bien para mi viaje...


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Detalle de "La Tour Eiffel" (1889), cuadro al óleo de George Pierre Seurat (1859-1891), fundador del Neoimpresionismo [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].



Mi propósito era marcharme en autostop, de facto ya tenía alguna experiencia en ello, pues había venido alguna vez por este medio desde Barcelona. En cierta ocasión vine con José Manuel Pinazo, un compañero que luego emigró a México, y que falleció joven. ¡Descansa en paz, amigo! Parece, sin embargo, que aquel iba a ser mi año de suerte, pues hablando mi madre con Tonica la Tata resultó que ella, su marido y su hijo Joaquín se marchaban por entonces a Holanda, donde trabajaba Antonio. Como les cogía de paso, no tuvieron inconveniente en llevarme en su coche hasta París...


Apenas recuerdo nada del viaje de ida, quizá porque la mayor parte del trayecto fue de noche, sólo que yo me dejaron en Versalles... Sin embargo, en las notas de mi diario leo: “Franco Assasin” –estas son las primeras palabras que leo en francés al atravesar la frontera-. El texto refleja el ambiente social y político de aquellos años previos a la transición. Yo llevaba una pesada mochilla con mis cosas y un pequeño macuto en bandolera. Aquella noche dormí en el garaje de una estación de ESSO que encontré abierto, en un rincón entre dos coches, sobre una manta tendida en el suelo; a la mañana siguiente, lo primero que vi al salir fue la silueta de la torre Eiffel a lo lejos, envuelta en una densa bruma. ¡Ahora si que estoy en París! -me dije-. Ese fue el comienzo de aquel episodio: un viaje es como la vida, una aventura que no sabemos cómo terminará...


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Detalle de postal con una "Puesta de sol sobre Notre-Dam y la isla de la Ciudad" en París (Francia), 1971.

Antes de continuar, veamos lo que dice aquella carta escrita a mis padres desde París:


  • <Queridos papás y hermanito:/ ¿Qué tal? Yo por ahora, estoy estupendamente. Supongo ya habrán recibido la postal que les mandé./ Llegué a París el Sábado. Los de Holanda/ me dejaron en Versailles, que es un pueblo, por/ cierto precioso, distante unos 10 kilómetros de París./ Este Versailles está lleno de jardines y palacios. Encontré rápidamente el albergue de la Juventud,/ gracias al metro, que es grandioso, moderno [...] y muy completo./ Aquí en el albergue encontré, como les dije,/ a cinco españoles. Tres eran chicas catalanas y/ hablé en catalán con ellas. Un chico era también catalán y venía de Bélgica y Luxemburgo./ Las chicas venían de Londres. El otro español se marchaba para España [...]./ Dos días antes había estado otro español/ que se había marchado para Holanda./ La misma noche que yo vino otro español de Vitoria, Manuel, que había estado en un campo/ internacional de trabajo. Enseguida hicimos amistad y visitamos París juntos. Es estudiante/ de “Preu” letras, y le han tumbado el francés./ He visto muchísimas cosas. Estuve el otro día en la catedral de Notre-Dame escuchando un oficio. Es algo grandioso. Un sacerdote habló unas palabras en español. Yo me emocioné. Habíamos más de 9.000 personas// en la catedral./ Como sabrán, Notre-Dame está en “L`ille de la Cité”, que es una isla del Sena./ Hoy he estado en “Le Sacré Coeur de Montmartre”, algo divino. Es una iglesia fabulosa. Ya la verán por postales./ Los postales son baratas, 1F 4 tarjetas. Las compro en las tiendecillas de la ribera del Sena. Es algo muy típico./ He visto la torre Eiffel, fantástica. La Cine-/mateca francesa. Los jardines de Versailles/ y Luxemburgo. El arco del Triunfo que está en la place de l`Etoile. En la place de la Concorde, el/ obelisco que Napoleón trajo de Egipto./ He visitado el barrio Latino y el boulevard St Michel. El erótico barrio de Pigalle con sus sales de strip-tease, etc./ En fin, tantas y tan buenas cosas he visto que no sé que más contar./ Con el idioma de defiendo bastante/ bien. El francés más perfecto es el de París,/ y los parisinos lo hablan al igual que los/ andaluces el castellano, por lo que resulta bastante difícil de entenderlos y más si hablan rápido./ Por el día practico francés con la gente,/ en las tiendas y con el primero que se presenta./ Por la noche con los del albergue. Aujourd´hui he hecho amistad con un señor mayor, es árabe, pero habla muy bien français.// Ayer fuimos a la embajada y nos dieron un/ pase para todos los museos, nos lo cuña-/ron en la oficina de “Musée du Louvre”, que/ es donde está el director de los mu-/seos franceses. Con él hemos entrado en el/ Louvre, que vale 3f. Necesitaremos para verlo/ 3 ó 4 días, pues es más grande que todo/ Torre-Baja. Hemos visto un poco de pintura, “la Monna Lissa” de Leonardo/ de Vinci. Había cola para verla, y un guar-/dia al lado. Su sonrisa es fascinante./ También vimos algo de escultura, grabados/ y pintura egipcia, preciosa y exótica. Todo reliquias del país de los faraones. Momias y demás./ Me quedan alrededor de 250F.He gastado/ muy poco y he visto mucho. Me ha salva-/do la comida que me traje, y aún me que-/da bastante. Cada día bebemos 1,5 litros de leche/ cada uno. Compramos 1 botella de leche para/ cada comida. Desayuno, comida y cena./ Alguna vez nos llevamos la leche sin pagar./ Quisiera que estuvieran tranquilos, yo estoy muy bien./ Ya me conozco bastante la ciudad y no me/ pierdo; además, llevábamos un plano./ Le he mandado una postal a cada una de las/ tías y también a la Argentina. Igualmente a mis amigos./ Les estoy escribiendo desde las escalinatas que/ dan a la Cinemateca francesa, pues quiero ir a ver/ una película. Para los estudiantes sólo cuesta tres/ francos. Este edificio está frente a la Torre Eiffel./ Desde aquí se ve grandiosa en toda su altura. A sus/ pies los jardines con el césped y los árboles todos/ verdes y muchas flores, hay también mucha/ gente. Esto es fabuloso, muy bonito. París es una/ de las ciudades más cosmopolitas del mundo./ Hay gentes de todas las razas, colores y credos./ Otra cosa que me gusta mucho es la libertad/ que se tiene para todas las cosas; aquí nadie te dice nada hagas lo que hagas, digas/ lo que digas o creas lo que creas. Esto es muy lindo./ Lo que más siento estos días es que no puedan/ estar Vds., aquí junto a mí; los cuatro juntos./ Los horarios por aquí son muy diferentes; a las/ 10 de la noche no se ve un alma por la calle,/ todo e mundo está en su casa. Por la mañana a/ las 6 ya está arriba./ Estoy contento y lo paso muy bien. Iré pronto./ Les ruego estén tranquilos. Me han ocurrido/ cosas muy graciosas que ya les contaré y se/ reirán. Besos y abrazos de su hijo y hermano que les quiere. Alfredo. París, a 11-VIII-71>

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Postal con detalle de "Les Bouquinistes del Quai de la Tournelle" en París (Francia), 1971.


La carta está datada en París, el miércoles 11 de agosto de 1971; tenía yo 19 años recién cumplidos... Debí sentirme como todo joven a esa edad, con la sensación de tener toda la vida por delante y el mundo a los pies. Después he comprobado que esto nunca es así, que es uno el que al final se pone a los pies de la vida, y que la vida no es ninguna broma, aunque hay que tomársela con humor. En mi caso lo que tenía a mis pies eran los “Jardins du Trocadéro”. Al otro lado del Sena estaba la “Tour Eiffel” y el Campo de Marte, ya que me hallaba sentado en la escalinata de la “Cinémathèque Français”, entonces ubicada en el “Palais de Chaillot”. Se me enternece el ánimo al ver el comienzo del texto, “Queridos papás y hermanito”. Haciendo cálculos veo que mi padre tenía entonces 66 años, mi madre 57 y mi hermano 15 años; se hallaban pues en plena juventud. Digo esto porque yo también me siento joven, con una edad intermedia entre la de mi padre y la de mi madre entonces. No recuerdo, sin embargo, llamar a mis padres “papas”, mas resulta evidente que por lo menos hasta entonces así les llamaba. Otra cosa que debió cambiar por entonces entre nosotros fue el tratamiento, ya que cuando digo “Supongo ya habrán recibido la postal que les mandé” les estoy tratando de usted. Pero en nuestra vida adulta, tanto mi hermano como yo siempre tratamos a nuestros padres de tú. El cambio debe verse como un signo de los tiempos, pues nosotros siempre les oímos a ellos tratar a sus padres de usted... Alude el texto a una postal que les había enviado; lo cierto es que aquella fue la primera de las muchas que les escribí en aquel viaje, como forma de tranquilizarles, para que supieran más o menos donde me encontraba en cada momento. ¡No obstante los años, todavía conservo aquellas postales!


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Postal con "La Conciergerie et la Flèche de la Sainte Chapelle" al fondo en París: el también llamado "Palais de la Cité" fue la antigua residencia de los reyes franceses (1971).

Indico que “Llegué a París el Sábado”, que era 7 de agosto. Cuando nombro a “Los de Holanda” me refiero a Antonio, Tonica y su hijo Joaquín, familia de Torrebaja que iba camino de aquel país, donde el padre trabajaba en una multinacional. Tonica era hija de Antonia y Román, (a) los Tatas, unos vecinos de mis padres con los que siempre mantuvieron excelentes relaciones. Años después, hablando de aquel momento, cuando “me dejaron en Versailles”, Tonica me dijo que ellos se marcharon angustiados, pensando qué sería de mí. Yo me quedé tan pancho, sin la menor inquietud. Lo único que sentí es no haberles pedido su dirección, pues en aquel mismo viaje acabé llegando hasta Ámsterdam. Pero esto es adelantar la historia... Pasé el resto de la tarde visitando Versalles, algo más que un pueblo, y ciertamente precioso, con inmensos palacios y jardines como no había visto en la vida. Escribí en mi diario: Anoche, cuando me dejaron Antonio y Tonica, caminé desde Versalles hasta París, pasando por Sevres. De noche los palacios y jardines de Versalles me parecieron magníficos, rebosantes de historia y realeza. Caminé con un cartel colgado en la mochila, indicando “París”. No me paró nadie. Cuando me cansé de caminar entre en el garaje de una estación de ESSO que estaba abierto, para pasar allí la noche. Entré, tendí la manta en un rincón entre dos coches y me dormí. Allí he amanecido esta mañana. Al salir a la calle lo primero que he visto es la silueta de la Tour Eiffel a lo lejos, envuelta en una densa niebla. Acabo de salir del lavabo y me encuentro muy bien, tranquilo. Estoy escribiendo en las escaleras del “Parc de St Cluod” en Sevres, frente al Centre Intenational d`Etudes Pedagogiques, son las 7:55 horas. El tejado del edificio es de pizarra, el parque muy grande, con césped y muchas flores, bonito de verdad; pero no tiene una triste fuente donde beber y asearme. Es cierto que nací en una pequeña localidad, pero conocía la ciudad –Barcelona y Valencia-, donde había vivido varios años; sin embargo, seguía siendo un chico de pueblo. No resulta extraño, pues, que me impresionaran aquellos versallescos edificios.

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Cartel oficial de la película "El acorazado Potenkin", de S.M. Eisentein (1925) [Tomado de www.filmaffinity.com].


Desde niño me ha gustado el cine, y todavía me apasiona. Mis películas preferidas en la infancia fueron las del oeste. Nunca olvidaré la primera vez que vi Los siete magníficos, película de John Sturges (1960), con Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, James Coburn, Horst Buchholz, Robert Vaughn, Eli Wallach y Brad Dexter en el “Cine Resman” de Torrebaja. La película es ciertamente estupenda, tiene argumento, acción, buena realización y mejor dirección. Lo que más me gusta de ella, sin embargo, es el final, cuando el chico joven regresa al pueblucho para quedarse con su chica. Triunfa el amor por encima de todo lo demás, y el pistolero cambia su vida de violencia por la más pacífica de granjero o cultivador, sólo por amor. La chica, en verdad, lo merecía. Mi problema ahora es encontrar una película que sea de mi agrado. A una película le pido lo que a un libro o una obra de teatro, que me divierta, que me distraiga, que me ilustre, que me emocione al fin. Pero ya digo, cada día me resulta difícil encontrar una que me satisfaga... Aquel verano en París descubrí la cinemateca francesa, yo no sabía ni remotamente de su existencia. Me la descubrieron los españoles con los que me relacionaba, algunos del albergue de la juventud donde dormía y otros que conocí visitando la ciudad. La cinemateca francesa se fundó a mediados de los años treinta y tiene como objetivo coleccionar, restaurar y conservar el patrimonio cinematográfico mundial, no sólo francés. Mi primera película en la cinemateca fue Le Cuirassé Potenkin, de S.M. Eisentein (1925), una cinta muda, emblema de la filmografía rusa, paradigma de la propaganda revolucionaria y una de las mejores películas de todos los tiempos. Sin duda por el lenguaje que utiliza y las potencia de las imágenes, que narra el motín del acorazado Potenkin de 1905 contra los oficiales zaristas. Esto fue el martes 10 de agosto, en la proyección de las 18:30 horas. Aquella experiencia me resultó impresionante, pues yo no dejaba de ser un joven de Torrebaja, en el Rincón de Ademuz, esto es, un chico poco formado y con mentalidad rural. 



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Cartel oficial de la película "Viridiana" de Luis Buñuel (1961) [Tomado de www.filmaffinity.com].

Otro día fuimos a ver Viridina, de Luis Buñuel (1961), película como la anterior prohibida entonces en España. Esto fue el viernes 13 de agosto, en la proyección de las 20:30 horas. No, no es que yo tenga una memoria prodigiosa para las fechas, es que lo estoy leyendo en un programa que conservo en recuerdo de aquella aventura. Pero bien hubiera podido acordarme incluso de la fecha y hora de la sesión, pues ambas películas me impactaron... Yo era un cinéfilo en ciernes, pero aquello no lo había visto nunca: ni en Torrebaja, ni en Barcelona ni en Valencia se veía aquel tipo de cine. Me chocó mucho también escuchar la película en español, con subtítulos en francés, pues en el cine “Xerea” de Valencia, una sala considerada entonces de Arte y Ensayo que yo frecuentaba, lo habitual era ver películas en algún idioma extranjero con carteles castellanos; algunas de aquellas cintas eran verdaderos tostones, pero como queríamos ser modernos y no desentonar las veíamos con recogimiento, especulando sobre lo que querían o no decir. ¡Estuvo bien la experiencia con Viridiana, por una vez me sentí diferente, esto es, superior, orgulloso de mi idioma! Muchos de los asistentes a aquella proyección éramos españoles, y en ciertos momentos algunos de ellos aplaudían. Yo tenía bastante con mirar y escuchar... Después he visto varias veces más aquella película, pero la impresión de aquella primera vez fue anonadante. La sala de proyección de la cinemateca era más bien pequeña y estaba muy solicitada. La tarde que vi Viridina por poco me toca pasar la noche “á la belle étoile”, pues el albergue donde dormía estaba lejos del centro, en la avenida de Jean Jaurés, y cerraban a las 22:00 horas.

Fragmento del programa de la "Cinémathèque Français" durante el verano de 1971 en París (Francia), cuando se hallaba en el "Palais de Chaillot".

El domingo 15 de agosto volvimos a la cineteca para ver un film “avant-garde” (vanguardista), titulado Dada et Surréalisme: Viking Eggeling, H. Richter, M. Ray, F. Léger, Picabia, R. Clair, A. Artaud, Hugnet, S. Dalí, L. Buñuel. La cinta era muda muy extraña, más bien me pareció una broma, pero debía ser muy buena, pues la gente de la sala la seguía con unción. No, yo no comprendí nada, si es que había algo que entender. Poco o nada sabía yo entonces de Dadaísmo ni de Surrealismo; tras ver la película seguí sin saber. Después he sabido que el primero era un movimiento artístico y cultural de principios de siglo, cuyo mayor exponente fue un rumano de nombre Tristán Tzara (1896-1963). Si no entiendo mal, el dadaísmo se opone al convencionalismo del arte burgués, y en lo profundo al racionalismo positivista. El dadaísmo se expresa a través del arte, de la pintura, de la escultura, de la poesía, del cine, incluso de la música. Esencialmente, sin embargo, lo que pretende el provocar, ¡que no es poco!, estando su origen en la apatía, falta de interés y desencanto de los artistas de entreguerras. En cualquier caso, las imágenes de aquella película no te dejaban indiferente.



© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.





[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Anecdotario rinconademucense (VII y VIII), del lunes 9 de febrero de 2015.