lunes, 2 de marzo de 2015

ENCUENTRO MEMORABLE EN NIMES Y MONTPELLIER (FRANCIA).

Evocaciones y remembranzas de un viaje de juventud por Europa: agosto de 1971.




A Gérard Jordan y Michel Nicolas,
amigos entrañables
residentes en Montpellier (Francia).






Palabras previas.

Han pasado más de cuarenta años de aquel viaje, lo que supone un tiempo considerable; sin embargo, muchas de las imágenes y experiencias de aquellas semanas persisten vívidas en mi memoria... No sé si le habrá ocurrido al lector, pero a un servidor le ha sucedido muchas veces tener la sensación de que algunos sucesos acontecidos hace mucho tiempo se hallan inconclusos, no han terminado, como si esperaran un epílogo final. El asunto que pretendo relatar es uno de esos acaecimientos...

A finales de agosto de 1971 me hallaba yo en Francia, de regreso a España tras un viaje en autostop y tren por el país galo, Bélgica y Holanda.[1] El punto más lejano al que llegué en aquel juvenil periplo europeo fue Ámsterdam. Decía en aquella entrada que durante el regreso pensaba pasar por Londres, en Gran Bretaña, pero estando en la cola de la estación de Oostende, para sacar el billete del ferry me di la vuelta y continué viaje en dirección a España. Debo reconocer que fue una decisión acertada, pues además de encontrarme ya algo cansado del viaje, me quedaba poco dinero, el tiempo apremiaba y el idioma inglés me imponía. En mi época los alumnos españoles de Bachillerato estudiábamos mayoritariamente el francés como lengua extranjera, y mal que bien en este idioma me hacía entender; al menos eso creía...

Detalle de sobre correspondiente a una carta enviada por mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montepellier (Francia), 1971.



De regreso a España.

Decía arriba que “muchas de las imágenes y experiencias de aquellas semanas persisten vívidas en mi memoria”, pero debo reconocer que muchas más se resisten a la evocación. Recuerdo, no obstante, que de Oostende, en la costa atlántica de Bélgica, me dirigí a Bruselas, desde donde fui a París. Esto lo sé seguro porque conservo un billete de “Trans Europ Express” de Bruselas-París. Desde París fue bajando hacia el sur, en dirección a Lyon - pero no sabría decir si fue vía Auxerre y Beaune o por Orleáns, Bourges y Clermont-Ferrand. Ciertamente han pasado muchos años y del viaje de regreso a España apenas escribí nada en mi diario. Debió ser por el cansancio, pues ya llevaba cerca de un mes viajando, y el viajar cansa enormemente -todavía más en las condiciones en las que yo andaba-. En la parte posterior de mi mochila, sin embargo, iba escribiendo el trayecto, señalando con un punto más o menos grueso la importancia de los lugares por donde pasaba. Puedo decir así que durante el regreso, entre París y Lyon no escribí ninguna ciudad. De ahí que no pueda nombrar con exactitud los lugares por donde pasé... Entendemos que la memoria es una señora muy caprichosa, de élla decía Goethe: La memoria llega hasta donde llegan nuestros intereses... -debe ser cierto, no vamos a cuestionar su autoridad-. En mi caso, sin embargo, por más que lo intento no logro recordar muchas de las cosas de aquel viaje; debe ser, pues, que por alguna oculta razón no me interesa evocarlas.

Detalle de un billete de tren -Trans Europ Express-, de Bruselas a París (1971).



Recuerdo, sin embargo, que en este recorrido estuve haciendo autostop durante un par de horas en una carretera que pasaba junto a un cementerio-memorial de la Segunda Guerra mundial. Debía ser un camposanto de este tipo, porque puedo evocar con absoluta nitidez un amplio recinto de césped verde bordeado de árboles y sembrado de cientos, miles de cruces blancas, perfectamente alineadas en todas direcciones... Yo conocía el cementerio de mi pueblo, incluso el de Montjuich en Barcelona, que es enorme, parece una ciudad –con calles y plazas-, y ciertamente lo es; pero aquel cementerio de guerra francés sobrepasaba mis expectativas, era un espacio enorme, ya digo que con centenares y miles de cruces blancas... Mas no logro localizar qué cementerio pudo ser el que yo vi; ya que la mayoría de estos memoriales se hallan en la zona de Normandía, al noroeste de París; en Charente Marítimo, al suroeste de Francia o en Alsacia, en el noreste del país –pero ninguno que yo sepa en la zona centro y sur-. Pudo ser, no obstante, el cementerio de Champigny-Saint-André, cerca de Dreux, que acoge 19.794 tumbas de soldados alemanes -aunque no puedo aseverarlo, pues en aquel del que conservo memoria las cruces eran latinas-.

Detalle del cementerio alemán de la Segunda Guerra Mundial en Champigny-Saint-André, cerca de Dreux (Francia) [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].


Del trayecto por el centro de Francia apenas recuerdo nada, excepto extensos campos de cultivo con sembrados de colores, paisajes ondulados, pueblos muy arreglados... Me llamaban la atención los pueblos franceses, por lo cuidados que estaban, en absoluto contraste con los que yo conocía en España -particularmente los del Rincón de Ademuz, cuyas calles principales apenas habían comenzado a cementarse en la década anterior-. La práctica del autostop estaba entonces muy extendida, muchos jóvenes viajaban por este medio, chicos y chicas, solos o en parejas. En aquella época no había el temor de ahora, en que nadie parece hacer caso a nadie. Tampoco es muy frecuente ver hoy gente haciendo autostop; será porque los conductores ya no paran a los autostopistas, y esta singular forma de viajar ha dejado de estar de moda. Yo viajaba solo y me subí en variedad de vehículos, excepto en tractores, motos o bicicletas. Los que más frecuentemente me paraban eran varones jóvenes, alguna mujer de mediana edad y los camioneros de edad indeterminada. Los camioneros eran los grandes benefactores de los autostopistas... Por suerte, nunca tuve el menor problema con nadie. Sólo en cierta ocasión un individuo se me insinuó, poniéndome la mano en la rodilla; bastó decirle que no con la cabeza para que la retirara. La gente francesa era en general correcta, aunque no demasiado amable. Desconozco hasta qué punto su chovinismo está justificado, pero tienen muchas cosas que admirar. Por lo demás, los transeúntes, caminantes y gentes de paso siempre han despertado cierto recelo entre los lugareños -esto ya desde la Edad Media-; de ahí que no se les tenga mucha simpatía. Me viene a la mente aquella novela de Hermann Hess, Narciso y Goldmundo (1930); durante aquellas semanas yo podría haber sido el Goldmundo de turno, viajando solo y pernoctando donde la noche me cogía, dispuesto a la aventura, abierto al no siempre amable espectáculo de la vida...



En cierta ocasión me cogió la noche en un pequeño pueblo por el que pasaba la carretera general que yo seguía. Buscando un lugar donde dormir me desvié por un camino, hasta que encontré una casa de campo que me pareció idónea. La casa estaba a medio construir y se hallaba cercada por una verja, cuya puerta estaba en aquel momento abierta. Entré, busqué un lugar donde echarme y lo encontré en una habitación amplia en cuyo centro había un montón de arena. Cené algo de conserva con pan y fruta, extendí mi manta y me puse a dormir. Dormí plácidamente toda la noche, me desperté al amanecer, plegué la manta, cerré la bolsa y me dispuse a marchar. La sorpresa fue que en el interior había un coche que por la noche no estaba; además, la puerta se hallaba cerrada. Con cierto susto en el cuerpo recorrí toda la casa buscando una salida, hasta que encontré una ventana mal cerrada, por allí me descolgué y salí al patio exterior. Parece que durante mi sueño había venido el dueño, entrado su coche al garaje y cerrado la puerta, sin apercibirse de que yo estaba dentro, en un cuarto lateral. Por suerte para mí, la verja cerraba sólo con un alambre...

Detalle del río Saona a su paso por Lyon (Francia) [Tomada de Wikipedia, La enciclopedia libre].


Lyon es una magnífica ciudad en la que se dan cita dos grandes ríos de Francia –La Saône y Le Rhône, el Saona y el Ródano-, y de la que apenas pude disfrutar. Arribado a Lyon me dirigí a la Grand Gare de Lyon-Perrache para coger el tren en dirección a Avignon, vía Vienne y Valence. A la salida de la ciudad el tren atraviesa el Ródano, un majestuoso río que nada tiene que ver con los españoles en amplitud y caudal. Debí bajarme en Valence y continuar viaje en autostop hasta Orange, pero no recuerdo haber estado en Avignon, la antigua ciudad medieval que fue residencia de los papas durante su exilio francés. Avignon queda en el centro de dos grandes rutas por carretera, cuyo vértice se halla en Orange. De Orange parte una vía hacia el sureste, en dirección a Salon-de-Provence y Marsella, y otra vía hacia en suroeste, en dirección a Nimes y Montpellier. Yo cogí esta última, pues mi intención era entrar en España por Gerona, vía Perpignan. 

Vista del río Ródano a su paso por Lyon (Francia) [Tomada de Wikipedia, La enciclopedia libre].


El moro de la chilaba.

A Nimes llegué al atardecer en un tren de cercanías; en el trayecto coincidí con un español que iba en el mismo departamento. El hombre iba algo bebido y fue dando la nota todo el trayecto. Hablaba sin parar y en voz alta, se reía sin mesura, llamando la atención de los viajeros. Me sentí avergonzado del compatriota, sin duda un pobre individuo, cuya historia no llegué a conocer. Quería que fuésemos juntos a no sé dónde, pero al bajar en la estación de Nimes le di esquinazo, me deshice de él. Con personas de este tipo no puedes encontrar más que problemas: Mejor sólo que mal acompañado –pensé-. Nimes ya era entonces una ciudad notable, muy apañada, tranquila, bonita, con amplias calles y casas bajas: en los años setenta la poblaban más de ciento veinte mil habitantes. Me interesaba ver “Les Arènes”, su pequeño coliseo, un magnífico anfiteatro romano construido en tiempos de Augusto. 

Postal con detalle de Las Arenas de Nimes (Francia), magnífico anfiteatro romano construido en tiempos del emperador Augusto (1971).


Sin embargo, como llegué al atardecer, no pude visitar el monumento de inmediato, así que me dediqué a buscar alojamiento, un lugar donde pasar la noche. Encontré albergue en un edificio en obras que había junto a la estación. Se trataba de un bloque de viviendas en el que ya estaba el cerramiento exterior y parte del repartimiento interior. Reflexionando sobre aquellos momentos me asombra mi propio atrevimiento, expresión sin duda de mi juventud y falta de experiencia. No me venía de nuevo pasar la noche en semejante lugar, pues lo llevaba haciendo -en parques, casas en construcción, estaciones de tren y de servicio- durante todo el mes, desde Ámsterdam, Bruselas y París. Subí hasta el primer o segundo piso, busqué un lugar resguardado y extendí mi manta de dormir. Aquella noche cené un bocadillo de embutido, fruta y agua para beber. Había dado yo los primeros bocados cuando percibí ruido de pasos y una luz de linterna que me alumbraba. No recuerdo haber sentido el menor temor, como un Juan sin miedo... La persona que llegó donde yo estaba seguramente tenía más recelo que yo mismo. Era un varón de cierta edad, aunque no muy mayor. Llevaba la barba corta y vestía una chilaba, era un moro magrebí. Al verme se tranquilizó, se me acercó y me hizo saber que era el vigilante de la obra. Hablaba un francés con acento marroquí, lo entendí bastante bien. Me dijo que no podía estar allí; le contesté que sólo quería pasar la noche. Accedió a que me quedara, con la condición de que me marchara por la mañana temprano, antes de la llegada de los obreros; así quedamos. Él se marchó; yo terminé de cenar y me puse a dormir. Pese a todos los condicionamientos a que estamos sujetos los humanos, físicos, morales, éticos, culturales, aquel hombre -pobre hombre y hombre pobre a la vez-, exponiéndose a la ira de sus jefes, a que le llamaran la atención, incluso a que lo echaran del trabajo, en unos segundos ejerció  de forma plena y rotunda su libertad, además de su humanidad. ¡Chapeau! -como probablemente diría un francés, no se me ocurre mejor palabra-.


Reverso de la postal anterior, con un texto de mis amigos franceses Gérard y Michel de Montpellier (Francia),1971.


A la mañana siguiente, antes del amanecer el vigilante subió a buscarme, pidiéndome que le acompañara. Siguiéndole bajé hasta el sótano, donde él tenía su vivienda, un cuchitril con las paredes de ladrillo basto, sin enlucir, apenas iluminado por una bombilla colgada del techo. En un rincón de la estancia tenía un camastro, además de un par de sillas, una mesita baja y algunas prendas de ropa colgadas de clavos en las paredes. Tenía también un hornillo, algo de vajilla y cubiertos para comer, y tarros con alimentos. En un cazo de metal me calentó agua para hacer un te de bolsita, que bebí acompañado de unas galletas que me ofreció de un tarro. Me hizo sentar en una de las sillas para que desayunara tranquilo. Fue aquel uno de los encuentros humanos más extraordinarios que he tenido en la vida; sólo de recordarlo me emociono. Y no fue en los palacios de Versalles, ni bajo el Arco del Triunfo, ni en la catedral de Notre-Dam. Fue en un humildísimo lugar, en el cuartucho del vigilante de un edificio en construcción de Nimes. Además, mi benefactor era también extranjero, moro, africano. No llegué a saber su nombre, y si me lo dijo no lo recuerdo. Pero nunca olvidaré su gesto de acogida, la forma mísera en que vivía, su sincera cordialidad, su humanidad. Aquel día comprobé que los seres humanos somos realmente capaces de bondad. Por supuesto, yo ya sabía que la bondad existe -la había experimentado en mis padres y hermano, con otras personas de mi familia, incluso con vecinos y amigos-, pero aquella fue la constatación definitiva, porque provenía de alguien ajeno a mi entorno, de un desconocido. Aquel hombre estaba solo en Francia, su mujer e hijos estaban en Marruecos; pronto se jubilaría y se iría con ellos. Fueron unos mementos de gran emoción para mí. Al despedirnos me dio un plátano: Para el camino... –me dijo con timidez-. Podía haberme echado de allí a cajas destempladas, amenazarme con llamar a los gendarmes, cualquier cosa... Pero dejó que pasara allí la noche; y no satisfecho con ello me dio de desayunar, y fruta para el camino. Quizá se vio a sí mismo en mi desamparo o sencillamente sintió misericordia de mí; no lo sé ni lo sabré nunca. Pero cada vez que me acuerdo de aquel lance, no puedo por menos que encomendarle al Altísimo: Hombre de la chilaba, ¡que Dios sea contigo donde quiera que te encuentres...!



En Nimes visité Les Arènes (27 a.JC) y la Maison Carrée (16 a.JC), ambos son monumentos romanos muy bien conservados de la época de Augusto. “Las Arenas” es un antiguo anfiteatro, que evoca el Coliseo de Roma, aunque menor. Según me dijeron todavía se celebran allí corridas de toros al estilo español, pero sin muerte de los animales. Se trata de una plaza de toros con un coso muy particular, elíptico. En cualquier caso es un monumento notable, por no decir claramente impresionante, al igual que la “Casa Cuadrada”, otra construcción de la misma época erigida como templo para el culto imperial. Debo reconocer que desde siempre he tenido pasión por los edificios y monumentos de la antigüedad, admirándome que se hayan preservado durante tantos siglos. Se me ocurre pensar en los que los construyeron -imaginaron, diseñaron, mandaron construir, levantaron con sus manos...-; todos ellos desaparecieron hace una eternidad, nadie se acuerda de ellos en la mayoría de casos; sin embargo, el edificio continua en pie, aunque destinado a otros usos, y más o menos rescatado de su primitiva función. El hecho de que se hayan preservado -éstos y otros tantos edificios pretéritos- se debe a que desde fecha temprana fueron destinados a otros menesteres, como fortalezas, palacios, iglesias... En el caso de Las Arenas, parece que su recinto fue utilizado por los visigodos como lugar amurallado, después como palacio fortificado, incluso se desarrolló en su interior un barrio o comunidad de viviendas, incluyendo dos capillas. En cualquier caso, su belleza es notoria, además de elegante y proporcionada. Doy por sentado que pocos edificios actuales permanecerán en pie dentro de veinte siglos... -suponiendo que la humanidad exista para entonces-.


Vista fronto-lateral de la "Meson Carrée", Casa Cuadrada en español, un templo construido en honor de Augusto (16 a.JC), en Nimes (Francia) [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].


Encuentro inesperado, camino de Montpellier.

Salí de Nimes a media mañana, por la carretera que lleva a Montpellier, el pueblo natal de san Roque, copatrón de Torrebaja, mi pueblo... Aquel día tuve mucha suerte, pues enseguida me cogió un coche, creo recordar que era un “cuatro latas” amarillo, en el que iban dos chicos jóvenes entorno a la treintena; en cualquier caso me llevaban diez o quince años. Desde el primer momento hubo simpatía entre nosotros. Mi devoción por los franceses no llegaba muy lejos, me gustaba más su lengua; quizá porque no había tenido buenas experiencias con ellos, aunque tampoco malas. En realidad, al único francés que conocía era a mi vecino Julián Martínez Vialanait (Millau-Francia, 1931), alias el Francés,[2] y Astérix el Galo, el personaje de las historietas cómicas creada por René Goscinny y Albert Uderzo. Pero esto fue hasta aquel día, ya que desde entonces cambió mi impresión acerca de nuestros vecinos transpirenaicos. Me preguntaron por mi nombre, a qué me dedicaba, de dónde venía, adonde me dirigía... -lo que se suele preguntar en esos casos-. Yo les conté toda mi aventura, el viaje desde Ámsterdam. Ellos se presentaron como Gérard y Michel, uno de ellos trabajaba en la administración de la Universidad y el otro no recuerdo dónde. Debí caerles bien, pues cuando llegamos a Montpellier me invitaron a su casa. Por la forma de hablar y de comportarse supuse que eran pareja -aunque ya digo que esto fue sólo una impresión-; en todo caso, ni entonces ni ahora  me importó su condición sexual. Porque la homosexualidad no es ningún vicio, ninguna enfermedad, ni siquiera una opción sexual, sino una realidad biológica, sicosexual. En aquella época yo era un joven ingenuo e idealista -todavía lo soy, aunque en menor grado-; pues me hallo en ese segmento de la vida adulta, en que se apodera de uno el escepticismo. En ningún momento sospeché nada malo de ellos, más bien todo lo contrario. Entre nosotros debió funcionar lo que llamamos “intuición”, “corazonada”, esto es, el pensamiento racional inconsciente, informándonos de que nada debíamos temer uno de otros, ni viceversa. Debió ser por eso que me invitaron a su casa... Vivían en una casa preciosa del centro, en el casco antiguo de la ciudad. Una vivienda suele decir mucho de sus moradores, especialmente la cocina y el baño. El interior estaba decorado con mucho gusto, al menos eso me pareció. Enseguida me llevaron a mi habitación, un cuarto pulcro con una cama alta. Y me invitaron a ducharme, mejor dicho, a bañarme. Después de tantos días de viaje no debía tener yo muy buen aspecto, ni olería demasiado bien. La bañera era muy grande, exenta, idéntica a la que muchos años después vi en la casa de doña Visita Navarro en Torrebaja –una bañera señorial, por decirlo con una palabra-. Digo que debía oler mal porque incluso me ofrecieron sales de baño perfumadas, refinamiento al que yo no estaba acostumbrado.

Mientras yo me bañaba ellos pusieron una lavadora, con toda mi ropa sucia. Una vez limpio y aseado –afeitado y perfumado- me llevaron a cenar a un restaurante. Me aconsejaron pedir un "entrecot" de ternera –me sirvieron un filete de dos dedos de grueso, mi primera comida caliente en lo que iba de mes-; ellos pidieron lo mismo, pero “saignan”, poco hecho... Fue una cena estupenda, en la terraza de un buen local; yo estaba sorprendido, encantado... Después de cenar me preguntaron si me apetecía ver una película, y como dijera que sí me llevaron al cine. Vimos una cinta italiana cuyo título no se me ha olvidado Sacco y Vanzetti, de Giuliano Montaldo (1971). La película era en francés, así que sólo me enteré de la mitad, si bien lo suficiente para comprender la trama. Trataba del juicio y ejecución mediante electrocución (silla eléctrica) de dos inmigrantes italianos anarquistas en Massachusets, Estados Unidos, en 1920, acusados de robo y asesinato de dos personas. Muy bien realizada, interpretada y fotografiada, con música de Ennnio Morricone, la película me pareció admirable, con mucha fuerza argumental e interpretativa. El tema está basado en hechos reales, y parece que nunca llegó a probarse de forma fehaciente la culpabilidad de los ajusticiados. Denuncia ciertas prácticas de la justicia y de la policía, los intereses de los poderes fácticos, la injusticia social. En España no se estreno hasta 1976, ya iniciada la transición a la democracia...


Cartel de la película Sacco e Vanzetti, obra de Giuliano Montaldo (1971) [Tomado de Filmaffinity.com].


Aquella noche en casa de mis benefactores franceses dormí como no había dormido en varias semanas, cama blanda, sábanas limpias... Me desperté a media mañana, Gérard y Michel ya me tenían preparado el desayuno, café con leche, zumo y tostadas con mantequilla y mermelada, al más puro estilo francés. A la hora de despedirnos me dieron una bolsita con algo de comida, un par de bocadillos, fruta y un botellín de cerveza, abridor incluido. ¡Un abridor que todavía conservo! En su coche me llevaron a la salida de la ciudad, camino de Perpignan. No recuerdo si nos despedimos con un abrazo, pero yo no les he olvidado, ni les olvidaré mientras viva y conserve la memoria: sus nombres eran Michel Nicolas y Gérard Jourdan, vivían en Plan du Palais, Montpellier, Francia. Prueba de la importancia que para mí tuvo aquel encuentro es que, no obstante el tiempo pasado, todavía conservo sus cartas y postales...


Postal con detalle de un mural de Josep Maria Sert i Badia (1874-1945) en la Sala de Consejos del Palacio de las Naciones de Ginebra (Suiza), 1971.
Reverso de la postal anterior, con una nota de mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montpellier (Francia)-, 1971.



De Montpellier a España por Le Perthus.

El trayecto desde Montpellier hasta España fue rápido y sin percances, al menos no recuerdo que los hubiera. Crucé la frontera por Le Perthus en el coche de un chico alemán, sin contratiempos. Una vez en España respiré tranquilo. Con razón decía mi padre que lo mejor de los viajes es el regreso a casa, y en España yo ya me sentía en mi casa. En las oficinas de “Change” entregué los pocos francos que me quedaban, unas quinientas pesetas al cambio. El joven alemán con el que crucé la frontera había acabado sus estudios de odontología, y antes de comenzar a trabajar pensaba tomarse un año sabático. Si todavía vive debe estar ya jubilado. El coche que llevaba y su aspecto denotaban que pertenecía a una familia acomodada. Iba a España, donde había quedado con unos amigos. A mí me dejó en Gerona. Del viaje de Gerona a Barcelona no recuerdo nada, ningún detalle de interés. Una vez en Barcelona, ciudad que yo conocía bien, no en vano había vivido allí varios años -entre 1964 y 1970-, fui a casa de mis tíos, Juan a Amelia, cuyo domicilio estaba en la calle Córcega, esquina con Cerdeña. Se llevaron una inmensa sorpresa, no sé tanto si una alegría. Cuando les conté mi aventura por Europa no se lo creían, pensarían como siempre que mis padres eran unos consentidores, y tal vez lo fueran. Estuve con ellos un par de días, lo justo para asearme y descansar. Enseguida emprendí el camino de Valencia; el hecho de que no recuerde nada del trayecto me hace pensar que no me sucedió nada digno de reseñar. En Valencia cogí la “Chelvana” para dirigirme a Torrebaja, Valencia, adonde llegué ya de noche. 


Detalle de postal con imagen de una calle de Montpellier (Francia), 1972.

Reverso de la postal anterior, con un texto de mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montpellier (Francia)-, 1972.


A modo de epílogo.

Han pasado más de cuatro décadas de aquel fabuloso viaje por Europa, entonces era yo un joven confiado e inexperto -hoy ya no soy tan joven, y sólo un poco más experimentado-. La evocación de aquella aventura se basa en mis recuerdos, apoyados en algunos documentos que conservo. El relato es auténtico, verídico en todos sus detalles. Lo que cuento es lo que viví o recuerdo haber vivido...

Aquella extraordinaria marcha constituyó para mí un viaje iniciático, en el más puro sentido antropológico del término, mi paso de la vida adolescente y juvenil a la vida adulta. Resultaría inexacto decir que no corrí ningún riesgo; pues corrí muchos, aunque no siempre fui consciente de ellos. Me sentía protegido, sin embargo, no por la cruz cristiana que llevaba colgada del cuello con un hilo, que también, sino por mi confianza en mí mismo y en la bondad del mundo.

Con más intuición que racionalidad, pensaba yo que alguien que anda por la vida con la afabilidad pintada en el rostro no puede provocar animadversión en los demás. Después he visto que la bondad no siempre es respondida con el bien, ya que hay mucha gente desquiciada, enferma, y espíritus desalmados. Pero yo actuaba con la naturalidad y sencillez que me caracteriza -dicho sea con perdón-. Caminaba sin temor, aunque no totalmente desprevenido. Confiaba además en la cordialidad de la gente, prueba de ello es que la mayoría de las personas con las que me encontré fueron amables conmigo. Bien es cierto, sin embargo, que los encuentros de Nimes y Montpellier fueron absolutamente extraordinarios, demostración de que la bondad existe y podemos encontrarla en el lugar más inesperado.

Detalle de postal navideña enviada por mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montpellier (Francia)-, 1972.


Detalle del reverso de la postal anterior, con un texto de mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montpellier (Francia)-, 1972.



Del hombre de la chilaba nunca más volví a saber, aunque muchas veces me he acordado de él al evocar mi viaje, y sin venir a cuento; su recuerdo será para mí imperecedero. Por el contrario del marroquí, con los franceses de Montpellier –Gérard y Michel- me carteé durante varios años. Yo les escribía en mi pobre francés –con ayuda del diccionario que varias veces estuve a punto de arrojar al Sena en París-; ellos me respondían en francés y castellano, pues Gérard se manejaba bien en español. Me felicitaban las fiestas por Navidad y Pascua, y me enviaban postales de sus viajes; yo era para ellos “su pequeño valenciano” –así me llamaban cariñosamente-. En alguna carta me manifestaban su intención de venir a España a visitarme, pero nunca vinieron. Yo les hubiera recibido encantado. Sin motivo aparente, un día dejamos de escribirnos. No sé quién dejó de responder a las misivas del otro, eso es lo de menos, pero el carteo acabó. También es posible que su relación terminara, lo que suponía la desaparición de nuestra entidad. Imagino que continuarían su vida y yo la mía, pero siempre he guardado de ellos el mejor recuerdo, por su amistosa acogida, bonhomía y generosidad.
 
Detalle de la última nota recibida de mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montpellier (Francia)-, 1973.
Detalle de la última nota recibida de mis amigos franceses -Gérard y Michel de Montpellier (Francia)-, 1973.

  

En suma: más allá del color de la piel de cada cual -de las creencias, costumbres, nacionalidad, estatus social…- están las personas. Acoger a los demás, ser amables y compasivos con ellos es la mejor prueba de humanidad. Todo lo demás son prejuicios, estupidez, incluso maldad –porque el mal existe-. Sirvan estas palabras como recuerdo de aquel viaje de juventud por Europa, y en agradecimiento a los que me favorecieron. Vale.










[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. De Torrebaja a París y Ámsterdam, vía Bruselas: un viaje de ida y vuelta, del miércoles 18 de febrero de 2015.
[2] ID. Julián Martínez Vialanait (a) el Francés, del domingo 25 de diciembre de 2011.

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