A un amigo de la infancia, con el que tantos recuerdos comparto.
«Todas las personas son respetable,
pero no todas las opiniones lo son»
-José Antonio Marina Torres (Toledo, 1939),
filósofo, ensayista y pedagogo español-.
«Todos los niños, las niñas, les niñes de este país,
tienen derecho, tienen derecho a conocer su propio cuerpo,
a sabe que ningún adulto puede tocar su cuerpo si ellos no quieren,
si ellos no quieren,
y que eso es una forma de violencia.
Tienen derecho a saber que pueden amar y
tener relaciones sexuales con quien les de la gana»
-Irene María Montero Gil (Madrid, 1988),
política y psicóloga española-.
**EL AUTOR DE ESTA WEB ES CONTRARIO AL USO DEL LENGUAJE INCLUSIVO**
Definición del subgénero epístola:
«Epístola es sinónimo de carta y hace referencia a un tipo de texto que busca establecer un canal de comunicación a través de la forma escrita, siendo el medio de notificación más usado en toda la historia de la humanidad. A menudo la carta es usada con la intención de expresar ideas, pensamientos, sentimientos, deseos, etc.»
Querido amigo,
a principios de septiembre recibí un paquete postal con un libro, gentileza de Régulo Algarra, de Landete (Cuenca). El libro en cuestión lleva un título deliberadamente provocador “La pederastia bendita por la gracia de Dios” (Cuenca, 2026).1 La portada contiene el título enmarcado en un galero rojo de cardenal, con quince borlas a cada lado. Amablemente, el autor me lo envía con una dedicatoria manuscrita: Para Alfredo, con perdón. Régulo. No sé que te parecerá, pero quizá intuye que el libro no va a ser de mi agrado -incluso que me va a incomodar-, de ahí la disculpa de antemano. En todo caso, la dedicatoria tiene su miga y puede esconder varias intenciones: Ironía amistosa: una especie de «te lo dedico, aunque no sé si te va a gustar». Pullita: «te lo dedico, pero esto contiene algo que puede resultarte incómodo». Desafío intelectual: «sé que vas a discrepar, pero precisamente por eso te lo dedico». Sarcasmo o desprecio velado: dado que existe enfrentamiento previo por un título anterior suyo,2 de ahí que puede equivaler a «te lo dedico a pesar de ti». Complicidad: entre personas con confianza, puede ser simplemente una broma privada. En todo caso, ante un regalo, aunque este no sea de nuestro particular agrado, cabe dar las gracias. Cuestión de educación.
| Portada del libro "La pederastia bendita por la gracia de Dios (Cuenca, 2026), obra de Régulo Algarra. |
El libro de Régulo Algarra contiene una dedicatoria general,
basada en una cita de Mateo, 18-6, de lo más acertada a mi entender, difícil encontrar otra más apropiada al tema que trata. Todo hay que reconocerlo. El Índice se basa en un Introito, siete Sermones y una Homilía final. Te diré algo, y lo hago en confianza, solo me he leído el Introito y la Homilía, no he tenido ánimo para leer más. De una parte, porque mi línea de lectura va por otra parte, y porque no es un tema que me interese personalmente. Como sabes, procuro elegir bien mis lecturas, porque nuestro tiempo es limitado y hay muchos buenos libros que merece la pena leer. Como te decía, el libro de Régulo resulta deliberadamente provocador y sugiere, de entrada, una obra de denuncia, investigación o crítica feroz. Ante semejante título cualquier lector probablemente esperaría algo así como una investigación sobre casos de abusos sexuales a menores cometidos por miembros de la Iglesia católica y, en particular, sobre cómo determinadas estructuras eclesiásticas pudieron encubrirlos o tolerarlos. Me refiero a un análisis sobre la responsabilidad de las jerarquías, más allá de la propia e individual de los sacerdotes que cometieron materialmente los abusos. Una crítica a la posible utilización de la autoridad religiosa, el silencio y la obediencia para proteger a los abusadores o evitar escándalos. El examen de la contradicción entre la doctrina cristiana de protección de los débiles y los abusos cometidos precisamente contra menores confiados a instituciones religiosas. Y, por supuesto, una pregunta especialmente incómoda: ¿cómo pudo el poder institucional imponerse durante tanto tiempo al sufrimiento de las víctimas? La pregunta no resulta fácil de formular, y menos de responder.
Pero hay algo importante en el propio título:
ese «bendita por la gracia de Dios» no describe simplemente la pederastia; utiliza deliberadamente el lenguaje religioso para producir una ironía brutal y corrosiva. Sugiere una acusación mucho más amplia que «hubo sacerdotes pederastas»: apunta hacia la posible existencia de una cultura institucional de encubrimiento o tolerancia. Por eso, si el libro pretende ser reflexivo y ecuánime, yo esperaría del autor que diferenciase cuidadosamente tres cosas: los abusadores, quienes los encubrieron y la Iglesia como institución. Porque no son lo mismo. Meterlos a todos en el mismo saco puede resultar efectista de cara a la galería izquierdista y anticlerical -y a su parroquia en particular-, pero debilitaría una investigación que quiera ser realmente demoledora. Y literariamente -hay que reconocerlo-, el título tiene algo muy potente: es imposible leerlo sin querer saber qué demonios puede haber detrás de semejante paradoja.
| Apolo, Jacinto y Cipariso. Aleksandr Ivánov (1834) [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia en la Antigua Grecia]. |
Mi posición ante el asunto,
la pederastia en general y la eclesiástica en particular me parece inaceptable y repugnante. No sé en qué círculo del infierno hubiera colocado Dante en su Comedia a los pederastas, imagino que junto con los violadores, en el noveno círculo, el más profundo y angustioso de los niveles. Como es sabido, el abuso sexual de menores es antiquísimo. Ha existido en sociedades y épocas muy diferentes, aunque no siempre se ha considerado delito ni se ha percibido moralmente como lo hacemos hoy. Que hoy conozcamos muchos más casos no significa necesariamente que en la actualidad haya más abusos que antiguamente. Una parte importante del aumento aparente se debe a que al presente se denuncian y registran conductas que antes permanecían ocultas. Un dato de interés, la OMS considera el abuso sexual infantil un problema mundial de salud pública y señala que una proporción muy importante de la población adulta declara haber sufrido abuso sexual durante la infancia. Yo mismo estuve a punto de padecerlo, o lo padecí fugazmente.
Ciertamente,
la pederastia no es patrimonio de una clase social determinada. Se encuentran agresores entre personas con escasa formación y personas cultas, entre pobres y ricos, y en profesiones ordinarias y profesiones de gran prestigio. Y esto tiene una consecuencia importante: el prestigio social no es un indicador fiable de inocencia. Esto es cosa sabida. De hecho, cuando el agresor ocupa una posición de autoridad —sacerdote, profesor, entrenador, familiar, médico, dirigente, etc.— puede disponer de algo que facilita enormemente el abuso: la confianza de la víctima y de su entorno. Las investigaciones sobre abuso institucional señalan la importancia de las estructuras de poder, las oportunidades para el abuso y la cultura organizativa, más allá de las características individuales del agresor. Pero no, la Iglesia Católica no posee la exclusividad en la práctica pederasta. Aunque la práctica en su seno resulta quizá más vergonzante que en cualquier otra institución. Pero el que la Iglesia haya sufrido especialmente esta lacra no quiere decir que sea propia del catolicismo ni mucho menos. Afirmar esto sería falso, además de una insensatez. Existe una enorme cantidad de documentación, investigaciones oficiales y estudios científicos sobre ello.
Se han documentado también abusos en iglesias protestantes,
anglicanas, ortodoxas, comunidades judías, organizaciones de Testigos de Jehová, instituciones islámicas y otras organizaciones religiosas, además de en instituciones completamente seculares. La investigación británica, por ejemplo, recibió testimonios relativos tanto a las Iglesias católica y anglicana como a otras confesiones cristianas, islam y judaísmo. Ahora bien, hay que hacer una precisión importante: que el fenómeno no sea exclusivo de la Iglesia católica no disminuye en absoluto la gravedad de lo ocurrido dentro de ella. En España, un estudio publicado en 2025 estimó que el 1,1 % de los encuestados había sufrido abuso sexual relacionado con un contexto religioso y el 0,6 % identificó como agresor a un clérigo católico.3 Tal cual, sin ambages ni paños calientes.
También existen mujeres pederastas,
la diferencia con los varones está en la proporción. Los agresores identificados son mayoritariamente hombres. El problema no parece estar ligado esencialmente a una determinada religión, clase social, nivel cultural o profesión. Lo que aparece una y otra vez son determinadas condiciones que facilitan el abuso: autoridad, acceso a menores, confianza, dependencia, ausencia de controles, posibilidad de ocultamiento, silencio de la institución. Y cuando una institución protege al agresor, desacredita al menor, traslada al agresor a otro lugar o intenta evitar el escándalo, el problema deja de ser solamente «un individuo que abusa de un niño» y pasa a convertirse en un problema institucional. Ahí está, en mi opinión, una de las cuestiones más importantes de todo este asunto: no basta con preguntarse quién abusó; hay que preguntar quién permitió que pudiera hacerlo, quién lo encubrió y por qué pudo continuar haciéndolo. Y esto permite entender también por qué la cuestión de la pederastia dentro de la Iglesia católica ha adquirido una dimensión histórica y moral tan enorme: no solamente por los abusos cometidos, sino por la contradicción entre esos abusos y la autoridad moral que la institución proclamaba ejercer.4
| Zeus y Ganimedes. Anton Raphael Mengs (1758-59) [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia en la Antigua Grecia]. |
Volviendo al libro del señor Algarra-y conste que mis comentarios no pretenden ser una crítica literaria formal-
el primer párrafo del Introito contiene un problema evidente de mezcla de planos. Empieza haciendo una afirmación moral razonable sobre la especial gravedad de los abusos contra menores -algo en lo que cualquier persona de bien y dos dedos de frente podría estar de acuerdo-, pero después introduce religión, responsabilidad del agresor y hasta la idea de «destruir a Dios» sin establecer las conexiones lógicas necesarias. El texto parece un decreto ómnibus, porque acumula en una misma frase juicio moral, protección de la infancia, pederastia, religión, responsabilidad teológica, daño psicológico y condena del agresor. El resultado es aparentemente sólido en lo retórico, pero bastante más débil de lo que parece en lo argumental. Por ejemplo, la frase «si se realizan en nombre de Dios» es especialmente problemática: habría que demostrar que realmente los actos de pederastia se realizaron en nombre de Dios, y no simplemente que el autor era sacerdote, creyente o utilizó su posición religiosa para esa práctica sexual. Son cosas muy distintas. En suma, el texto tiene más de decreto ómnibus moral que de razonamiento: empieza hablando de la pederastia, pasa por la indefensión de las víctimas, introduce a Dios como coprotagonista y termina condenando al agresor a la exclusión de toda conmiseración. Que un delincuente invoque a Dios para cometer un crimen no convierte a Dios en responsable del crimen; del mismo modo que un delincuente que invoque la patria no convierte a la patria en cómplice. La condena de la pederastia no necesita semejantes piruetas teológicas -ni retóricas-: basta con llamar al delito por su nombre, proteger a las víctimas y exigir responsabilidad a quienes lo cometen, lo encubren o lo facilitan.
La segunda parte del mismo párrafo permite afinar todavía más la crítica.
Aquí el problema ya no es solo que el autor mezcle conceptos: aparece una contradicción entre su defensa de la Justicia y una concepción casi absoluta de la venganza moral. Con todo lo que aquí se dice podría hacerse una sesuda tesis doctoral. Pero aquí no estamos para eso, amigo. El punto más interesante a mi entender podría ser cuando escribe: «Dios lo quiere». Aquí el texto da un giro casi literario: «Dios lo quiere, si Dios es justo». Hay que reconocerle al amigo señor Algarra su dosis de ilustración y cierto sentido del humor, por la utilización deliberadamente irónica de una fórmula histórica ya usada en tiempo de las Cruzadas, pero inmediatamente después el autor se dirige directamente a Dios para exigirle justicia. Y aquí aparece una paradoja monumental: si el autor sostiene que Dios es justo y omnipotente, pero simultáneamente le reprocha haber mostrado «una absoluta indiferencia» ante las víctimas, está planteando nada menos que el problema clásico del mal en el mundo: ¿cómo puede existir un Dios bueno y justo que permita atrocidades contra inocentes? Inocentes fueron las víctimas del Holocaustos nazi, las víctimas del comunismo histórico en la URSS y China, por ejemplo, en tiempo de Stalin y Mao, que se cuentan por millones. Eso sí es una cuestión filosófica seria. Pero el texto no la desarrolla -tendría que poner sobre la mesa la libertad que Dios concede al hombre para hacer el bien o el mal-: y la utiliza retóricamente para formular una grave acusación contra Dios.
Como te decía,
este segundo fragmento del primer párrafo es mucho más interesante que el primero, porque debajo de la retórica sobre la pederastia hay tres debates diferentes que podrían abrirse: El debate jurídico: qué pena corresponde a quien comete abusos contra menores. El debate institucional: qué responsabilidad tienen las organizaciones cuando sus miembros abusan o cuando existe encubrimiento. El debate teológico-filosófico: cómo conciliar la existencia de un Dios justo con la existencia del mal y del sufrimiento inocente. El problema es que el señor Algarra los mete todos en la misma coctelera y termina atribuyendo a Dios la responsabilidad por los actos de sus supuestos representantes. Y ahí está, a mi juicio, el punto más endeble del texto: si un sacerdote comete una atrocidad y utiliza a Dios como legitimación, el hecho demuestra, en primer término, la perversidad del sacerdote y, eventualmente, la responsabilidad de quienes lo encubrieron; no demuestra por sí mismo nada sobre Dios. En suma, el autor empieza reclamando Justicia y termina exigiendo una especie de justicia divina por encargo. Condena, con razón, que el pederasta utilice a Dios para revestir de autoridad su crimen, pero incurre en una operación simétrica al convertir a Dios en responsable de los crímenes de quienes dicen representarlo. Si un sacerdote utiliza a Dios para abusar de un niño, el culpable sigue siendo el sacerdote; si una institución lo encubre, la responsabilidad alcanza a quienes lo encubren. Pero atribuir el delito a Dios porque el delincuente se declare su ministro es aceptar precisamente la premisa del delincuente: que actúa realmente en nombre de Dios. El problema del mal en el mundo es otro asunto, mucho más antiguo y mucho más serio que esta pirueta retórica del señor Algarra.
Veamos el segundo párrafo,
aquí el autor hace afirmaciones filosóficas mucho más discutibles y arriesgadas que en el primero. Y de ello puedo apercibirse uno con la simple intuición: presenta como hechos demostrados algunas tesis que son, en realidad, posiciones filosóficas muy concretas, especialmente cuando contrapone fe y razón. «Es imposible creer en aquello que se desconoce» -dice. Esta afirmación es problemática porque el autor confunde desconocimiento con imposibilidad de creencia. Precisamente la fe, por definición, no supone conocimiento demostrativo. Uno puede creer en algo que no conoce directamente, aunque naturalmente eso no significa que cualquier creencia sobre lo desconocido sea verdadera. Además, conocemos muchas cosas indirectamente: creemos en la existencia de acontecimientos históricos, partículas subatómicas o lugares que nunca hemos visto personalmente porque disponemos de testimonios, argumentos o evidencias. Por tanto, «no lo conozco» no implica «no puedo creer en ello». Lo que sí podría defenderse es algo más sencillo: «No podemos afirmar como conocimiento aquello que no podemos justificar mediante razones o evidencias suficientes». Esto entra ya dentro de la epistemología: me refiero a la teoría de los fundamentos y métodos del conocimiento científico . Pero es muy diferente de afirmar que resulta imposible creer.
El autor afirma que «Nadie sabe qué o quién es Dios».
La afirmación, aunque lícita y defendible, requiere de precisión. Que sepamos, nadie dispone de un conocimiento empírico de Dios comparable al que tenemos de un objeto físico analizable mediante el método científico. Pero de ahí no se deduce que «nadie sabe nada» acerca de Dios. La teología y la filosofía de la religión llevan siglos intentando precisamente responder a esa cuestión. La filosofía de la religión ha elaborado argumentos sobre la existencia, naturaleza, atributos y relación de Dios con el mundo. Claro, podemos considerar esos argumentos insuficientes, pero no es intelectualmente correcto -ni racionalmente admisible- despacharlos diciendo que son simples «ficciones basadas en no saber de la misa la media». A esto le llamamos descalificar el argumento antes de examinarlo.
Asimismo,
afirma que «Si Dios es amor e infinitamente poderoso, entonces [...] es muy mala persona». Aquí se plantea el eterno problema del mal en el mundo. Curiosamente, esta es con toda probabilidad la parte filosófica más sólida del párrafo, aunque la conclusión del autor no se sigue de forma automática. El razonamiento sería aproximadamente: Dios es infinitamente bueno. Dios es infinitamente poderoso. Existe un sufrimiento terrible e inmerecido. Entonces, ¿por qué Dios permite ese sufrimiento? Estamos ante una cuestión filosófica antiquísima y formidable. De ahí a decir que si «Existe el sufrimiento en el mundo es porque Dios es una mala persona» hay un mundo, mejor un universo. La afirmación requiere pasos intermedios que el el señor Algarra no proporciona. La teología cristiana ha ofrecido distintas respuestas: libertad humana, naturaleza contingente del mundo, posibilidad de bienes derivados del sufrimiento, limitaciones del conocimiento humano, etc. Se podrá o no considerar convincentes estas razones, pero hay que discutirlas, no simplemente ignorarlas.
| Escena erótica pederasta: fragmento de una copa ática de figuras negras (550 a.C.-525 a.C]. Museo del Louvre (París) [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia en la Antigua Grecia]. |
Otra afirmación del mismo párrafo:
«La única forma de creer en Él [Dios] es echando mano de la Fe». Obviamente, aquí vuelve a simplificar el autor. Como es conocido, en el cristianismo la fe no se ha concebido histórica ni necesariamente como creer sin ninguna razón. De hecho, una parte importantísima de la tradición cristiana ha intentado precisamente establecer una relación entre fe y razón.5 Como prueba cabría remitir al autor a personajes de sesudo intelecto como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino o Anselmo de Canterbury, entre otros muchos, que no entendieron la fe como una simple renuncia al pensamiento racional. Más bien todo lo contrario. Este es probablemente el error conceptual más importante del parágrafo.
Más adelante escribe:
«Nada hay más opuesto a la Razón que la Fe», una afirmación demasiado absoluta.
Hay una diferencia fundamental entre: aceptar algo sin evidencia o contra la evidencia (fe), y la adhesión confiada a una verdad que se considera que no puede demostrarse enteramente mediante la razón (fe religiosa). Curiosamente, el autor parece utilizar la primera definición para atacar la segunda. Aquí cae en lo se denomina una petición de principio (petitio principii): define la fe de tal manera que necesariamente resulta irracional y después concluye que la fe es irracional. En retórica y lógica, una falacia informal. Pero el señor Algarra parece ignorar que existe una tradición intelectual completamente distinta que sostiene que razón y fe son facultades o vías de conocimiento diferentes, aunque relacionadas. Uno puede ser ateo y defender que la razón es suficiente; puede ser creyente y defender que la razón tiene límites; pero presentar la oposición «Razón versus Fe» como una verdad objetiva y definitiva es adoptar una posición filosófica concreta, y no demostrarla. En filosofía, como en ciencia, las afirmaciones hay que demostrarlas.
| Zeus (o Júpiter) en forma de águila secuestrando a Ganimedes: bajorrelieve romano del siglo I d.C. [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia]. |
La afirmación más contundente y,
paradójicamente, la menos demostrada la formula cuando escribe: «Creer en Dios es [...] una renuncia voluntaria a la realidad». Para que su aserto fuera cierto habría que demostrar que la creencia religiosa supone abandono de la razón, y por ende abandono de la realidad. Y ninguna de esas implicaciones es necesaria. Ha habido científicos, filósofos, matemáticos, escritores y pensadores extraordinariamente racionales que han sido creyentes. Las listas históricas de científicos cristianos incluyen precisamente a figuras como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Boyle, Faraday, Maxwell, Pasteur, Mendel y Lemaître… muchos de ellos clérigos, curas y frailes.6 Obviamente, eso no demuestra que Dios exista, naturalmente; pero sí basta para cuestionar la equivalencia: creyente = renuncia a la inteligencia. Aquí nos encontramos ante otra pirueta retórica del señor Algarra, que transforma una discrepancia epistemológica -otra vez la palabreja, me dirás- en un juicio sobre la capacidad intelectual del creyente. Aunque conociéndole, no debería sorprendernos.
Seguidamente observamos otra afirmación más que discutible:
«la inteligencia, la virtud humana por excelencia» Aquí el autor incurre nuevamente en una afirmación normativa presentada como si fuera objetiva. Pregunto: ¿Por qué la inteligencia es «la virtud humana por excelencia»? Obviamente, está en su derecho el defenderlo; faltaría más. Pero tendría que argumentarlo y demostrarlo. En los animales, incluso en las plantas, se han detectado signos de inteligencia. Además, si inteligencia fuera sinónimo de virtud, tendríamos que concluir que una persona muy inteligente es necesariamente moralmente buena o mejor que otra menos inteligente. La historia demuestra que inteligencia y virtud no son equivalentes. Porque una persona puede ser extraordinariamente inteligente y utilizar esa inteligencia para hacer el mal.
| El Diadúmeno, etimológicamente «el que se ciñe una cinta». Obra de Policleto (3.er cuarto del siglo V a.C). [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia en la Antigua Grecia]. |
Hay una ironía interesante en todo esto.
El autor acusa al creyente de renunciar a la inteligencia, pero su propia argumentación presenta varios saltos lógicos que no están justificados racionalmente: «No conocemos a Dios», luego «no podemos creer en Dios». «Existe sufrimiento», luego «Dios es mala persona». «La fe no es conocimiento racional demostrativo», luego «la fe es lo contrario de la razón». «Hay creyentes que aceptan cosas que no pueden demostrar», luego «creer en Dios es renunciar a la realidad». Racionalmente, sin embargo, ninguna de esas conclusiones se desprende necesariamente de sus premisas. !Vaya sarcasmo!
Pero hay algo todavía más interesante.
El texto del señor Algarra pretende ser un «sermón para adoctrinar» tanto a creyentes como a incrédulos. Y eso introduce una pequeña paradoja: el autor acusa a la religión de adoctrinar mientras él mismo anuncia explícitamente que pretende adoctrinar a la feligresía desde una posición atea o agnóstica. Él puede adoctrinas; los demás, no. Esto no invalida sus argumentos, por supuesto; pero subrepticiamente revela que no está haciendo únicamente una crítica de la religión: está defendiendo una determinada concepción filosófica del mundo y tratando de persuadir al lector de que la adopte. Está en su derecho, pero sustituir un adoctrinamiento por otro es de poca enjundia intelectual.
En suma,
el autor acierta al plantear el problema del mal en el mundo —la dificultad de conciliar un Dios infinitamente bueno y poderoso con la existencia de un sufrimiento inmenso e inmerecido—, pero convierte después una cuestión filosófica abierta en una cadena de afirmaciones rígidamente dogmáticas. Que Dios no pueda ser conocido empíricamente no demuestra que sea imposible creer racionalmente en su existencia; que la fe no constituya conocimiento científico no demuestra que sea lo contrario de la razón; y que una creencia no pueda demostrarse racionalmente no convierte a quien la sostiene en un renunciado a la inteligencia. La oposición absoluta entre Fe y Razón no es un hecho establecido por la razón, sino precisamente una tesis filosófica que el autor debería demostrar. Paradójicamente, mientras acusa a los creyentes de dogmatismo, presenta como verdades indiscutibles sus propias posiciones sobre Dios, la fe, la razón y la inteligencia. Criticar una creencia -cualquier religión- es perfectamente legítimo; convertir la propia refutación en otro dogma es algo bastante distinto, y poco ético.
| Erastes (amante) y Eromenos (amado) besándose. Interior de una copa ática de figuras rojas (ca.480 a.C). Museo del Louvre (París) [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia]. |
Comprendería que esta carta te estuviera resultando especialmente tediosa,
comparada con otras previas en las que trataba temas más amables. Y mira que lo siento, porque nada más alejando de mi intención que aburrirte. Pero hoy nos ha tocado este tema, que, no obstante su aridez, merece la pena tratar y conocer. Así que voy a seguir comentándote de forma crítica la introducción del libro de Régulo Algarra, atacando ahora el tercer párrafo, por otra parte tan interesante. Porque aquí el autor ya no se limita a criticar determinadas formas históricas de religión, sino que formula una tesis general y radical sobre la incompatibilidad entre fe y razón. Y ahí es donde aparecen varios problemas conceptuales insoslayables. El núcleo de la argumentación es la afirmación tajante de que «la Fe [...] son, por definición, enemigas de la Razón». Es una aseveración demasiado fuerte y, sobre todo, no demostrada. El autor confunde dos planos distintos: que la fe pueda contener elementos no demostrables racionalmente no significa que sea necesariamente contraria a la razón. La razón puede discutir los fundamentos de una creencia, sus consecuencias o su coherencia interna sin que de ello se siga que toda fe sea irracional. Valga el punto para decir que la religión cristiana, el Cristianismo, por el contrario de otras grandes religiones monoteístas, se deja criticar. Aunque no siempre fue así. La Ilustración y el nacimiento del pensamiento liberal contribuyeron decisivamente a quebrar el principio de autoridad que había sustentado durante siglos buena parte del orden político, social y religioso europeo, sustituyéndolo progresivamente por la razón crítica, la libertad de conciencia, los derechos individuales y la idea de que ninguna institución debía quedar completamente al margen del examen racional. En ese sentido, Voltaire es un buen ejemplo: fue ferozmente crítico con la Iglesia y con el fanatismo religioso, pero no era ateo; defendía una concepción deísta de Dios. Locke, por su parte, era profundamente religioso y consideraba compatibles la razón y la fe, aunque defendió la tolerancia religiosa. Incluso Kant, figura culminante de la Ilustración, no planteó simplemente la eliminación de la religión, sino su sometimiento al tribunal de la razón.
También resulta discutible presentar la razón como «el tesoro intelectual de la especie» y,
simultáneamente, atribuir a la religión una especie de proscripción sistemática de su uso. Históricamente, esa generalización es difícil de sostener: buena parte de la tradición intelectual occidental se desarrolló precisamente en diálogo entre fe y razón. Desde Agustín de Hipona y Tomás de Aquino hasta autores modernos, numerosos pensadores cristianos consideraron que razón y fe eran facultades diferentes, pero no necesariamente enemigas. Puede criticarse esa concepción, naturalmente, pero no despacharla mediante una definición. Hay además una evidente pretensión de ridiculizar al creyente cuando afirma que las personas «renuncian parcial y temporalmente» a la razón, especialmente «los domingos y fiestas de guardar», para vivir «la aventura ficticia» de creer en el más allá. Aquí el argumento deja de ser propiamente filosófico y adquiere un tono irónico y descalificador: presupone como falso aquello mismo que pretende demostrar. Llamar «ficticia» a la creencia en el más allá no constituye una refutación de ella; es simplemente asumir de entrada la conclusión.
| Sócrates y sus alumnos, de Johann Friedrich Greuter (grabado del siglo XVII) [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia en la antigua Grecia]. |
Más problemática aún es la equiparación de la religión con la superstición.
Son conceptos relacionados históricamente, pero no sinónimos. Puede sostenerse que determinadas prácticas religiosas son supersticiosas, o que determinadas religiones contienen elementos supersticiosos; pero afirmar categóricamente que la «médula» de la religión es supersticiosa requiere una argumentación que aquí tampoco aparece. Comparar el cristianismo con la superstición de que pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro trae mala suerte es ridículo. Y hay una contradicción interesante que merece la pena destacar: el autor reconoce que existen otras formas de «religión» —de la Ciencia, del Arte, de la Belleza, de la Naturaleza o del Amor— que también pueden adquirir una enorme fuerza de adhesión colectiva. Pero entonces introduce una distinción bastante arbitraria entre esas «religiones» y la religión propiamente dicha, reservando para esta última los atributos negativos de gregarismo, superstición y sometimiento. Si la ciencia, el arte o el amor pueden convertirse también en objetos de adhesión casi religiosa, habría que explicar por qué el mecanismo de adhesión es legítimo en unos casos y patológico en otro. Porque todos podrían ser alienantes en un determinado momento. Finalmente, hay un problema de método: el párrafo comienza con una definición universal («la Fe y la Religión son enemigas de la Razón») y termina con otra definición igualmente universal («la médula [de la religión es] supersticiosa»), pero entre ambas no se ofrece una demostración. Aquí el razonamiento funciona más como declaración de principios que como argumentación filosófica.
En última instancia,
el autor convierte una determinada concepción de la religión —la religión entendida como dogma, superstición y sometimiento— en la definición de toda religión, y después utiliza esa definición para concluir que la religión es irracional; es, por tanto, un razonamiento circular acompañado de una considerable caricaturización del creyente. Hay algo más de fondo que merece la pena señalar en nuestro análisis: la cuestión verdaderamente interesante no es si la fe y la razón pueden entrar en conflicto —evidentemente pueden—, sino si son necesariamente incompatibles. Esa segunda proposición es muchísimo más difícil de defender, y el párrafo no aporta argumentos suficientes para hacerlo.
| Pan enseñando a Dafnis a tocar la flauta. Mármol de Helidoro (100 a.C), encontrado en Pompeya. [Tomado de Wikipedia, voz Pederastia en la antigua Grecia]. |
El último párrafo del Introito del libro de Régulo Algarra es probablemente uno de los más reveladores,
porque aquí el autor deja bastante claro cuál es su verdadera tesis y cuál será el enfoque de la obra escrita. El problema es que mezcla una cuestión legítima —la responsabilidad institucional ante los abusos— con afirmaciones generales y descalificaciones que necesitan mucha más demostración. No basta con decir las cosas, han de fundamentarse. El párrafo comienza con una precisión razonable: el señor Algarra dice que no pretende hacer una mera recopilación de casos de pederastia clerical, sino estudiar los mecanismos de ocultación, encubrimiento y permisividad institucional. Ese enfoque puede ser perfectamente legítimo y, de hecho, mucho más interesante que una simple sucesión o compilación de casos. La responsabilidad de quienes conocieron abusos, los ocultaron, trasladaron a los agresores o dificultaron la actuación de la Justicia merece ser analizada independientemente de la responsabilidad penal individual.
El problema aparece cuando convierte esa hipótesis de investigación en una afirmación general ya dada por demostrada:
habla de una «poliarquía pastoral secretista, hermética» y de una estructura «inmune e impune», «favorecida y organizada». Son acusaciones extraordinariamente graves. Como tu dirías, de juzgado de guardia. Para sostenerlas no basta con demostrar que existieron casos de encubrimiento; habría que acreditar hasta qué punto fueron sistemáticos, quién los organizó, qué mecanismos los hicieron posibles y cuál fue su extensión real. De lo contrario, se corre el riesgo de pasar de la constatación de hechos graves a una teoría general de conspiración institucional. También es discutible la caracterización de los agresores como «individuos mentalmente desahuciados, irrecuperables». El autor pretende probablemente expresar su lícita repulsa, pero desde el punto de vista analítico introduce una afirmación psicológica y clínica que no demuestra. La pederastia es un delito en nuestro entorno social y político, pero también una enfermedad o trastorno que tiene tratamiento.7 Además, mezcla innecesariamente tres cuestiones diferentes: la responsabilidad penal del agresor, su posible condición psicológica y la responsabilidad de la institución que lo encubrió. Un delincuente sexual puede ser perfectamente responsable de sus actos sin necesidad de considerarlo «mentalmente desahuciado».
| Nafea Faa Ipoipo, 1892 (¿Cuándo te casarás conmigo?), Paul Gauguin. |
Especialmente interesante es la frase según la cual serían «irrecuperables por más que se les condene a rezar simplezas estériles».
Aquí vuelve a aparecer el argumento que ya encontrábamos en los párrafos anteriores: la crítica a determinadas prácticas religiosas se convierte en una descalificación global de la religión. El autor no demuestra que la oración sea inútil para todos los fines que pueda perseguir la religión; simplemente presupone que lo es y utiliza esa presunción para ridiculizar la respuesta eclesial. Hay después una propuesta que, en sí misma, resulta razonable: que las Iglesias, y especialmente la Iglesia Católica, orienten buena parte de su actividad hacia la asistencia a pobres y desheredados. Pero inmediatamente vuelve a introducir una valoración polémica al hablar de su «divino y pretencioso cometido» y de la necesidad de evitar que el sacerdocio se utilice para «someter» las conciencias. Es decir, una propuesta de reforma institucional queda mezclada con una determinada concepción ideológica de la religión, que el autor da por válida sin argumentarla.
La afirmación más problemática probablemente sea la de «derogar, desmentir, toda justificación divina de la secta, de todas las sectas».
Aquí se produce un salto lógico considerable: de denunciar delitos y posibles mecanismos de encubrimiento se pasa a negar la legitimidad religiosa de las instituciones. Pero la existencia de abusos cometidos por miembros de una religión no demuestra la falsedad de sus creencias ni invalida necesariamente su fundamento teológico. Puede demostrar corrupción, hipocresía, abuso de poder o fracaso institucional; no demuestra por sí misma que Dios no exista ni que una religión sea falsa. Además, el término «secta», aplicado indistintamente a «todas las sectas» y particularmente a la Iglesia Católica, no es aquí una categoría analítica sino fundamentalmente un término descalificador. Si se pretende hacer una crítica seria, sería preferible definir qué características hacen que una organización pueda ser considerada sectaria y demostrar que las reúne.
| ‘Los ancestros de Tehemana’ (Merahi metua no Tehamana), de Paul Gauguin. |
Finalmente,
el cierre —«si Dios no me fulmina en el intento»— tiene un evidente componente irónico y literario muy propio del autor. No te voy a negar que sea eficaz como remate del Introito, porque recupera el tono irreverente anunciado al principio, pero también revela algo importante: el autor no está escribiendo desde una posición neutral. Su propósito no es únicamente investigar la pederastia clerical, sino realizar una impugnación mucho más amplia de la religión institucional y, particularmente, del cristianismo católico.
En suma:
El autor parte de una cuestión legítima y grave —la posible ocultación y encubrimiento institucional de abusos sexuales—, pero convierte rápidamente esa investigación en una acusación general contra la Iglesia -contra la que parece tener una particular y malévola inquina: sus motivos tendrá-, presentando como demostrada la existencia de una estructura organizada de ocultación y como inherentemente sectaria y supersticiosa la institución religiosa. La denuncia de delitos concretos puede exigir responsabilidades concretas; no permite, sin más, deducir la falsedad de una religión ni atribuir a toda su estructura una estrategia criminal organizada.
Y hay una cuestión metodológica que me parece especialmente importante para nuestro análisis del Introito: el autor parece haber establecido ya la conclusión antes de comenzar la investigación. Ya ha decidido que existe una «poliarquía secretista», que la Iglesia es una «secta», que su justificación divina debe ser «derogada» y que la religión es esencialmente superstición. Todo ello debería incluirse en las conclusiones (Homilía final), después de haberlo demostrado. Por tanto, la pregunta que queda para el resto del libro es si los siete sermones posteriores a la introducción demuestran esas tesis o simplemente seleccionan y ordenan los hechos para confirmarlas.
Esa sería, a mi juicio, una de las claves críticas más interesantes para seguir leyendo el texto.
En mi modesta opinión,
hay que estar particularmente motivado para leer una obra de este tipo, y sobre un tema tan inquietante y escabroso como la pederastia en la Iglesia Católica. Y la pederastia en general. En principio debo decirte que yo he leído solo el Introito y la Homilía final. Me reservo el derecho de opinar sobre el conjunto de la obra, porque como digo no la he leído, pero tal vez lo haga sobre la Homilía, si viene al caso. Y lo dicho, siento que esta carta me haya salido tan extensa y seria -digamos, sesuda-, pero pienso que el asunto lo merecía. Vale.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).
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1 Impreso en Gráficas Llogodi, S.L., Utiel, Valencia. Volumen de 15x21 cm., rústica, 166 páginas.
2 SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Una cierta visión de la posguerra en Landete y Moya (Cuenca), I y II, en el sitio web Desde el Rincón de Ademuz, del miércoles 6 de junio de 2021.
3 PEREDA, Noemí et al (2025). The Scope of Religious Related Child Sexual Abuse in Spain: A Prevalence Study, en National Library of Medicine.
4 Abuso sexual infantil en la Iglesia católica: una revisión exploratoria de características, prevalencia y factores explicativos.
5 ESCUDERO TORRES, Esteban (2002). Creer es razonable. Fenomenología y filosofía de la religión, Valencia; KELLER, Timothy (2017). ¿Es razonable creer en Dios? Convicción, en tiempos de escepticismo.
6 NICOLAU POUS, Francesc (2003). La Iglesia y la Ciencia a lo largo de la historia, Ediciones SCIRE, S.L. Barcelona.
7 «En la actualidad se han realizado investigaciones en las que se plantea la eficacia de los tratamientos que se utilizan a nivel nacional e internacional para la cura de la pederastia». Riberas Gutiérrez, María (2018). ¿La pederastia se cura? Revisión de tratamientos y eficacia.
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