viernes, 15 de junio de 2018

EL CRISTO CRUCIFICADO DE TORREBAJA, UNA OBRA DE RAMÓN GRANELL.



Una notable obra de imaginería de Ramón Granell Pascual.


“La desnudez del crucificado suscita la antigua piedad por la natura indefensa.
Sus manos no pueden taparla (porque las tiene clavadas),
sus piernas no pueden acogerla en su interior (porque tiene los pies clavados).
El suplicio de la posición del crucificado culmina en esa parte desnudada”
-De Erri de Luca en La Natura expuesta (2016)-.












Palabras previas, a modo de justificación.
Tengo una amiga a la que no conozco personalmente, sólo nos conocemos por carta. Buscando información sobre su padre, un oficial republicano que estuvo en Torrebaja y otros pueblos de la zona durante la guerra civil (1936-1939), leyó ciertos artículos en mi página web que le interesaron. Buscó mi correo electrónico y me escribió, presentándose y explicando el motivo de su interés.

Tras varios correos entablamos una relación epistolar de amistad. Ella se disculpa por escribir a máquina, preferiría la carta manuscrita, siempre más íntima y personal, pero opta por el teclado del ordenador. Teme que si me escribe a mano no entienda su letra, por la dificultad que tiene en escribir. Ella es historiadora, ha sido historiadora y trabajado en varias universidades catalanas. En la actualidad jubilada, no ha olvidado, sin embargo, sus habilidades como investigadora. De hecho está inmersa en una pesquisa familiar muy importante para ella. Últimamente me envió un paquete con algunos documentos originales de gran interés. Dos cartas manuscritas que su padre escribió a su esposa desde Torrebaja, fechadas en septiembre-octubre de 1936, y otras dos datadas en Villastar en enero de 1938. Junto a las cartas me hace llegar un escrito que justifica mi propiedad sobre los documentos. Una mujer previsora, sin duda. Algún día diré de estas cartas, cuyo contenido contribuye a humanizar aquellos dramáticos tiempos, a la vez que ilustra el momento histórico en nuestra zona.

Entre otras cosas, el paquete que me envió mi amiga contenía también un libro de Erri De Luca –La natura expuesta (2016)-, ambos desconocidos para mí. En una carta adjunta me indica que me lo quede si me gusta. Intuyo que a ella le gustó mucho, por eso me lo envía. Como si quisiera compartir conmigo la experiencia que tuvo al leerlo. El libro contiene en la primera página el nombre de mi amiga –Juana-, y una fecha (abril 2018). Se advierte que el libro ha sido leído porque tiene algunas hojas dobladas por las puntas; otros subrayan el texto o hacen anotaciones al margen, según usanzas de cada uno.

La obra de Erri De Luca constituye una “reflexión sobre lo sagrado y lo profano, sobre el lugar de la religión en nuestras sociedades y la instrumentalización del poder del cristianismo” –al menos eso dice un texto en la contraportada-. Respecto del argumento, anota:
  • <En una pequeña aldea al pie de la montaña, un hombre gran conocedor de las rutas que permiten cruzar la frontera, añade la actividad de pasador de clandestinos a su oficio de escultor. Cuando es descubierto, decide abandonar su tierra. En un pueblo junto al mar, encuentra trabajo como restaurador de una imagen sagrada: un crucifijo de mármol que deberá volver a su estado original>

De Luca es un escritor italiano de gran prestigio, un narrador de gran fuerza literaria que ha recibido muchos premios. La novela en cuestión está inspirada en un relato que le hizo un amigo suyo escultor (Lois Anvidalfarei). He leído “La natura expuesta” con gran interés, casi de una sentada. La lectura de esta novela me llevó de inmediato a la iglesia de Torrebaja (Santa Marina Virgen), para contemplar de cerca un Cristo crucificado que hay a la entrada de la capilla del Sagrario.


Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).


Visita al Cristo crucificado.
Vivo en la plaza del Ayuntamiento, de mi casa al templo apenas hay unos minutos caminando. Cruzo la calle Arboleda, que da a la calle del Rosario, y me hallo frente a la iglesia. La iglesia es un edificio de nueva planta, la primera piedra se puso mediado el año 1954, siendo obispo de Segorbe don José Pont y Gol. En sus fachadas predomina el ladrillo cara vista, con lienzos de mampostería en los paneles laterales. Podría decirse que su estilo es funcional de posguerra, obra del arquitecto valenciano Luis Gay Ramos (1912-1996). Se diseñó para tener dos torres a los pies, aunque sólo se construyó una en el lado del evangelio. Orientada en sentido norte-sur, la fachada principal se remodeló hace unos años, dándole un aspecto neoclásico. En la parte superior hay una estructura triangular con la imagen de una Santa Cena en relieve. El pórtico muestra dos columnas romanas exentas, una a cada lado. En el frontis del atrio exterior lucen sendas imágenes: una de la titular (santa Marina Virgen, a la epístola) y otra del patrón del pueblo (san Roque, al evangelio).[1]

Entro en el templo por la puerta del evangelio del atrio interior, la iglesia está vacía de gente. La pileta del agua bendita llena, me persigno. El ambiente es tranquilo, la iluminación natural hace que haya momentos de mucha luz alternando con otros sombreados, efecto del paso de la nubes. Los grandes ventanales del pasillo superior están abiertos, pienso que para que se ventile. Muchos templos huelen a humedad, no el de Torrebaja. En el presbiterio, sobre el testero del templo luce la imagen de un gran Pantocrátor rodeado por los cuatro evangelistas manifiestos en sus representaciones simbólicas. Me gusta el rostro de Jesús, es amable y comprensivo, sus ojos te miran en cualquier lugar del templo en que te halles. Su cara posee tonos ocres, la barba partida al estilo rabínico, los pliegues de la túnica blancos, los pies desnudos muestran la herida de los clavos –envuelto en un diamante místico-: el Pantrocrátor es un Cristo en majestad (Maiestas Domini) que representa al Juez omnipotente y todopoderoso. Las pinturas del presbiterio las hizo un pintor cubano, Manuel A. Martínez Ojea (Las Tunas, Cuba, 1968), en 2007.[2]

Vista general de la nave de la iglesia parroquial Santa Marina Virgen (Torrebaja, Valencia), con detalle del Pantocrátor del presbiterio (2018).


En su conjunto, el interior del templo muestra aspecto basilical, con una sola planta, coro alto a los pies y capillas laterales. El techo luce un notable encasetonado simulando madera, aunque es de escayola pintada. Por el pasillo de la izquierda me dirijo directamente al lugar del Cristo crucificado, se halla en la primera capilla del evangelio, por donde se accede a la capilla del Sagrario. En la misma capilla del Cristo crucificado hay un Cristo yacente, una imagen en escayola coloreada que se utiliza para la procesión del Santo Entierro el Viernes Santo.

Delante de la capilla está la imagen de san Antonio de Padua sobre sus andas, con ofrenda de flores frescas a los pies. El santo portugués porta al Niño Jesús en brazos, como san Cristóbal, aunque éste lo hace sobre sus hombros. Ambos son “cristóforos”, portadores de Cristo. Recientemente se ha celebrado la onomástica del santo de Padua, por eso está sobre sus andas, todavía no lo han retirado a su capilla. Miro al Cristo en su cruz, colgado sobre la pared del fondo del oratorio. Paso directamente a la capilla del Sagrario, saludo al Señor con una genuflexión a modo de reverencia. ¡Qué menos podemos hacer ante el Hijo de Dios! Mal que bien, uno va madurando en su fe. Para los cristianos, católicos y ortodoxos, Jesús sacramentado se halla en la Hostia consagrada. En una homilía oí decir una vez que la santa misa es como el banquete de una boda, donde ningún invitado deja de comer. En otra ocasión oí que el que no se arrodilla durante la consagración de la misa es que no acaba de creerse lo que sucede en el altar: la trasmutación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Desde entonces me pongo de rodillas a la hora de la consagración y comulgo a la hora de la comunión. Esta es mi actitud, mis sentimientos y creencias, a nadie tengo que dar cuentas, más que a mi conciencia. Leí en una entrevista-conversación de Peter Seewal al Papa emérito -entonces Cardenal J. Ratzinguer-: “Hace sólo cien años, los hombres piadosos sólo iban a confesar y a comulgar tres o cuatro veces al año. Actualmente, la comunión diaria es frecuente” (La sal de la tierra, 1996). Los tiempos han cambiado, también las costumbres eclesiales y la liturgia.

Es mediodía, pronto tocarán el Ángelus, una devoción de origen franciscano. A esta hora suele venir algún feligrés para la visita al sagrario; antaño acudían muchas personas, en cualquier caso más que ahora. En los tiempos que corren mucha gente ha dejado de creer, vive sin necesidad de Dios, ajena a la trascendencia. Las necesidades espirituales son incómodas, se ahogan en la materialidad, de ahí que muchos intenten apartarlas de su cotidianeidad. No cabe duda que en grandes sectores de la población europea cristiana actual -y española en particular- ha desaparecido la "fascinación por lo misterioso", el interés por la "manifestación del misterio absoluto" del hombre ante lo sagrado de que hablaba Rudolf Otto (1869-1937), en aras de la mundaneidad.


Detalle de la imagen de san Antonio de Padua sobre sus andas en la iglesia parroquial Santa Marina Virgen (Torrebaja, Valencia), con la capilla del Cristo crucificado al fondo (2018).


Preparo la cámara y el trípode para hacer unas fotos al Cristo crucificado, en la capilla hay poca luz. Conozco esta imagen desde hace muchos años; antes de la remodelación del templo estuvo en el presbiterio, sobre el testero. La regaló una familia local, en relación con una promesa, al comienzo de los años setenta (1971), siendo párroco don Gabriel Sancho Marín (1962-72). Los donantes fueron Jacinta Valero y su esposo, Pedro José Serrano Maestro (médico oftalmólogo en Teruel). Ambos fallecieron hace años, queda su ofrenda. En la parroquia, muchos hubieran querido que el Cristo permaneciera en el presbiterio, pero el artista que pintó el Pantocrátor no pudo o no supo integrarlo en la nueva pintura. Por eso lo colocaron donde  está, un lugar donde no luce lo que vale. La imagen del Cristo crucificado suele ponerse en el presbiterio durante la Semana Santa, su presencia llena toda la iglesia.


Detalle de la imagen de san Antonio de Padua sobre sus andas en la iglesia parroquial Santa Marina Virgen (Torrebaja, Valencia), con la capilla del Cristo crucificado al fondo (2018).

Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).


Tras la sesión fotográfica me acerco el Cristo crucificado, acaricio la calidez y textura de la imagen. El sentido de la vista no es suficiente para apreciar la obra en toda su dimensión. Siento como se me eriza el vello de los brazos. Los muertos recientes conservan algo de calor, la piel a veces sudorosa produce una sensación desagradable, de blandura inerte y pegajosa. La piel de Cristo muerto estaría llena de sudor y de sangre, por la flagelación y el esfuerzo de haber arrastrado el patibulum hasta el calvario, por la angustia de una muerte inminente. Su sufrimiento debió ser considerable.


Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).


No obstante haberla visto durante años, nunca me había percatado de la conmovedora hermosura de esta imagen. Se trata de una talla en tamaño natural, seguramente en madera de pino bermejo que representa a Jesús de Nazaret inmediatamente después de morir en la cruz. Sus últimas palabras fueron de perdón: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen –Jesús se refiere al pueblo judío en general y a los que le crucifican en particular. Por eso la cruz es el símbolo universal del perdón por excelencia. El rostro del Cristo crucificado de Torrebaja está sereno, relajado, incluso dulce, sin los espasmos esperables en un crucificado vivo. La crucifixión romana del tiempo de Jesús era algo perfectamente serio, el peor suplicio, una horrorosa forma de morir. Observando la imagen de cerca veo que en un lateral del stipes (palo vertical) hay un placa metálica:

RAMÓN GRANELL/ Calle Avellanas, 26 VALENCIA.

Se trata del escultor Ramón Granell Pascual (Masarrochos, 1916), considerado uno de los tallistas levantinos más destacados del pasado siglo XX. Según Bernat Montagut Piera –que le entrevistó en 1987, con motivo de la VII Exposición Provincial de Semana Santa-: el artista aprendió del escultor madrileño Francisco López Hernández (1932-2017) y del imaginero catalán José María Ponsoda Bravo (Barcelona, 1882-Valencia, 1963), asistiendo a sus talleres desde muy joven. En la posguerra inmediata compaginó el trabajo profesional en su obrador de escultura con la docencia, fue profesor en la Escuela de Artes y Oficios “San Carlos” de Valencia (1940-57). Usualmente, trabajaba por encargo, habiéndose especializado en temática religiosa: su obra escultórica (imaginería pasos, tronos...) se distribuye por muchas localidades de la Comunidad Valenciana, no obstante tener también obra en Murcia y Huesca, y países hispanoamericanos (Colombia, Puerto Rico), incluso asiáticos (India). Según el Archivo Metropolitano de Valencia, entre los años cuarenta y sesenta (1943-1966) labró un total de 44 obras, a las que cabe añadir tres tallas de 1971 y dos de 1978. Ramón Granell definía su estética como “realista”, recordando con nostalgia los talleres de otro tiempo, “en que se decoraba, modelaba y dibujaba”.[3]

Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).

Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).

Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).


Respecto a su estilo artístico, el Cristo crucificado podría calificarse de barroco, mejor neo-barroco. Aquí la figura humana se representa de forma realista, parecida al Cristo de Velásquez. Jesús está clavado al palo horizontal de la cruz (patibulum) por las palmas de las manos; los pies separados, apoyados sobre el posapies (suppedaneum) del palo vertical (stipes) para fijar los pies, atravesados cada uno por un clavo en el antepié. Los evangelios nada dicen del posapies, pero la cruz de Cristo bien pudo tenerlo. En esta crucifixión se han empleado cuatro clavos de hierro. La cabeza, cubierta por una corona de espinas sobrepuesta, aparece reclinada hacia el hombro derecho, los mechones de ese lado hacia delante, los de su izquierda detrás. La cara barbada, con la doble punta rabínica, los ojos cerrados. Se trata de un varón en la treintena larga, las cejas pobladas, los surcos nasogenianos muy marcados. En general, la musculatura propia del varón está muy destacada en la talla, aunque relajada, resultado de un buen estudio anatómico y una buena técnica. Muestra también las cinco llagas, en las palmas de las manos, en los pies y el costado. La herida del costado derecho corresponde a la lanzada que le dio el soldado romano: la sangre brotada parece recién coagulada. La tradición cristiana nombra al soldado como Longinos, el primero que le reconoce como divinidad: En verdad este era el Hijo de Dios –dice. Cuando lo lancean, Jesús está ya muerto. La sangre (y el agua) que sale del costado de Cristo muerto debe proceder de un hemotorax a presión, pues los cadáveres no sangran.


Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).

Según las convenciones de representación iconográfica, la talla del Cristo de Ramón Granell es un Christus patiens -distinto del Christus triumphans (triunfante: se representa vivo, los ojos abiertos) y del Christus dolens (doliente: se representa muerto, pero con rictus de dolor en la boca).

Las partes pudendas de Jesús aparecen cubiertas por un paño anudado delante (perizonium) que las oculta de la vista. El Cristo de la obra de Erri De Luca fue labrado con la natura circundada expuesta, un señor obispo mandó cubrir sus partes con un drapeado que el escultor de la novela debe retirar para mostrar la imagen en su estado original. Hay pocas imágenes de Cristo crucificado con la natura expuesta. Conozco el Crucifijo de la capilla Gondi de Santa María Novella (Florencia, Italia), de Filippo Brunelleschi (1377-1446), labrado en madera, en respuesta al de la capilla de Bardi Vernio de Santa Croche (Florencia), de Donatello (1386-1466). El de Donatello aparece cubierto con un paño, mientras que el de Brunelleschi está totalmente desnudo, la natura expuesta. Y el Crucifijo de la Basílica del Santo Spirito (1492) en Florencia (Italia), una obra de juventud que Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) labró para el convento que le acogió tras la muerte de su mecenas. Se trata de una obra en madera policromada, el cuerpo desnudo corresponde al de un adolescente, con la musculatura poco marcada, mientras que la cabeza es la de un adulto. Otra imagen de Cristo crucificado desnudo es la de Benvenuto Cellini (1500-1571), conservada en la Basílica de El Escorial (Madrid, España); en esta delicada imagen de mármol blanco de Carrara el perizonium puede retirarse, mostrando la natura de Cristo.


Respecto al desnudo en el arte sacro, Miguel Ángel afirmaba que fuera del cuerpo humano no había belleza. No obstante la admiración del florentino por el arte clásico, su visión del desnudo era distinta. Con razón se ha dicho que “el desnudo griego tiene belleza, pero no alma”; los desnudos de Miguel Ángel, sin embargo, tienen a veces más alma que belleza. En la visión griega, el cuerpo humano desnudo constituye un canto a la belleza física, mientras que en el pintor renacentista es “un grito del espíritu”. Es sabido que en su Juicio Final de la Capilla Sixtina Miguel Ángel pintó cuerpos desnudos, ante las críticas contestaba que “en el Último Día se juzgan las almas, y las almas están desnudas”. Los cuerpos, pues, representan las almas. Las pinturas del Juicio Final, “la más ciclópea y portentosa pintura de la tierra” estuvo a punto de ser destruida por Paulo IV (1555-1559), aunque finalmente el pontífice se contentó con mandar poner unos “paños de pureza” sobre las partes pudendas de algunos desnudos. El encargado de pintar aquellos paños a modo de bragas fue Danielle da Volterra (1509-1566), lo que le valió ser conocido para la posteridad como il Braguettone.[4] ¡Triste apodo para aquel escultor y pintor manierista, amigo y discípulo de Buonarroti!

Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).

El Cristo crucificado es quizá la imagen más representada del cristianismo (junto con la de María, su madre), y ha variado enormemente a la largo del tiempo. La historia del arte lo demuestra. Hay que pensar que las imágenes devocionales deben invitar a la piedad, mientras que las representaciones realistas invitarían al horror, al miedo y la angustia. Desde una óptica historiográfica una crucifixión era algo terrible, absolutamente terrorífico. Los ajusticiados debían cargar con el palo horizontal (patibulum) hasta el lugar de la ejecución. Allí se les desnudaba y se les ataba o clavaba subiéndolos después con cuerdas al palo vertical (stipes); así se les dejaba hasta morir. La desnudez del reo añadía vergüenza y humillación a la crucifixión. A veces les rompían las piernas para que no pudieran sujetarse sobre el suppedaneum y acelerar la muerte por asfixia, al quedar suspendidos sólo por los brazos. La rotura de las piernas podría producir también una embolia grasa. Se les clavaba con clavos de hierro al madero, por el extremo distal del antebrazo, entre el cúbito y el radio, no por las manos, que no hubieran soportado el peso de un cuerpo. De clavarse por las manos habría que haberles atado también los brazos, para evitar el desgarro y que cayeran a tierra. Los pies se clavaban juntos, por los lados, atravesando los calcáneos. De ello hay evidencias arqueológicas. 

De ahí que las representaciones devocionales de la crucifixión de Cristo resulten “dulces”, atenuadas si se las compara con las que tenían lugar en la realidad, unas imágenes verdaderamente pavorosas. La realidad historiográfica señala que las crucifixiones podían ser también en árboles bajos (olivos), y en diferentes posturas. Al menos eso dice el historiador Flavio Josefo (37-101), refiriéndose a las crucifixiones de los rebeldes judíos arrestados por los romanos tras la revuelta del año 70: “los soldados enfurecidos, clavaban a las cruces a los que eran capturados a unos en una posición y a otros en otra” (Guerra de los judíos, Libro 5, cap. 11). No hay muchas evidencias arqueológicas de clavos de crucifixión, ello se explica porque eran estimados como objetos de colección, por sus presuntas propiedades curativas.

Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).

Jesús pudo ser crucificado en una crux commissa, modificada para colocar un letrero sobre su cabeza. La cruz commissa imita una T (tau o cruz de san Antonio), en la que el travesaño horizontal se sujetaba al vertical (stipes) mediante una ranura o una tuerca. La de Jesús pudo ser modificada para poner encima el cartel que mando escribir Pilato. Pero la más común en la iconografía cristiana es la crux immissa, con el travesaño (patibulum) rebajado, para poner (encima y arriba) el titulus. La cruz en la que se ha colocado la imagen del Cristo crucificado de Torrebaja es una cruz latina, en la parte del stipes que sobresale del patibulum hay un cartel (titulus) con las siglas INRI: Iesus Nazarenus Rex Iudeorum (Jesús Nazareno Rey de los Judíos). El titulus se puso en tres lenguas (arameno, griego y latín), para que todos pudieran leerlo...


Detalle de Cristo crucificado en la parroquial de Torrebaja (Valencia), obra del tallista valenciano Ramón Granell Pascual (2018).


Fuera cual fuere la cruz en la que clavaron a Cristo, hemos de suponer que no sería una madera pulida ni barnizada. Sería un burdo madero apenas descortezado. Jesús, carpintero, hijo de carpintero, estaría familiarizado con los tipos de maderas. Es posible que incluso fabricara patibulum para las crucifixiones romanas, al menos eso deja entender Mel Gibson en la Pasión de Cristo (2004). En cualquier caso, la terrible muerte de Jesús en la cruz tiene sentido para los cristianos porque es salvífica, redentora gracias a la resurrección. La religión ha sido una constante a lo largo de las civilizaciones -un totum continuum en la Historia-: existen precedentes de dioses crucificados en los cultos mistéricos del orfismo (véase el Orpheos Bakkikos) entre los griegos. De la misma forma que en los cartuchos jeroglíficos egipcios ya se dice de las obras de misericordia: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, enterrar a los muertos... -al menos eso me decía mi amiga Juana, máster en egiptología por el Museo Egipcio de Barcelona. Estos preceptos tan familiares a los cristianos ya se practicaban entre los egipcios hace 5.000 años: eran obras imprescindibles para conseguir la transformación interior necesaria para acceder a la eternidad. Pasaron los egipcios, pasaron los griegos y los romanos, y pasaremos nosotros... pero mientras el hombre sea hombre tendrá dentro el sentimiento de la trascendencia y de lo divino. Porque el hecho religioso es universal. Otra cosa es la forma en que lo manifieste.


Palabra finales, a modo de conclusión.
Entiendo a los que no creen, a los alejados, a los ateos, agnósticos e indiferentes. Yo soy creyente, aunque tengo mis dudas. Es humano dudar y equivocarse.  Creo porque quiero creer, porque en la creencia hay también mucho de voluntad. El creyente no precisa de pruebas científicas de la existencia de Dios, le basta la creencia. Si pudiera obtenerse una prueba científica de la existencia de Dios no haría falta la fe; además, ello cosificaría a Dios, que es espíritu, no materia. En la búsqueda de Dios la razón es un instrumento necesario, pero no suficiente. En cualquier caso, creer es razonable -así lo demuestra la fenomenología y la filosofía de la religión.[5] Además, creer ayuda a vivir, sirve de guía en el comportamiento y proporciona esperanza sin perjudicar a nadie.

Según la fe cristiana, Dios manda a su Hijo para que se haga Hombre entre los hombres y salvarlos (redimirlos). Una idea magnífica, demasiado sublime para ser falsa. Digamos que existe el agua porque existe la sed, de la misma forma que existe la creencia porque hay Dios. No tendría sentido que la Naturaleza hubiera puesto en los seres vivos la sed en un mundo sin agua, ni el sentimiento de Dios (y la trascendencia), si Dios y la vida más allá de la muerte no existieran. Es cierto, sin embargo, que las cosas no existen únicamente porque sean buenas o necesarias. La batalla entre el ateo y el creyente debe dirimirse en el campo de la ontología, no en el de la psicología. En este sentido, el filósofo alemán Edouard von Kartmann (1842-1906) afirmó: "De que los dioses sean seres deseados no se sigue nada a favor de su existencia o de su no existencia... Es muy cierto que una cosa no existe por el mero hecho de que se la desee; pero no es exacto que una cosa no pueda existir porque se la desea. Toda crítica de la religión de Feuerbach y todas las pruebas de su ateísmo, sin embargo, se basan en esta única argumentación, es decir, en un sofisma lógico".[6]


Vista general de la nave de la iglesia parroquial Santa Marina Virgen (Torrebaja, Valencia), con detalle del coro y atrio interior (2018).

Digo del humanismo cristiano, los seres humanos (hombres y mujeres), capaces de todo lo mejor y de todo lo peor (la historia lo demuestra), son dignificados con la llegada de un Dios que se hace hombre entre los hombres. La salvación requiere, sin embargo, del sacrificio del hombre-Dios. Un sacrificio de muerte, pero no cualquier muerte (decapitación, horca, lapidación...), era precisa la peor forma de morir: la crucifixión –una muerte de cruz. Podría decirse que la humanidad de Dios resucitado diviniza al hombre. Por eso para el cristianismo la vida del ser humano es sagrada, porque posee una dignidad que le emparienta con Dios. Sea como fuere podríamos decir con los italianos: Si non è vero è ven trovato... -a falta de algo mejor nos quedamos con lo que tenemos. 

A partir de ahora veré al Cristo crucificado de Torrebaja –al magnífico Cristo de Ramón Granell- con otra luz, bajo distinta perspectiva. Me despido del Cristo besando sus pies ensangrentados. El beso me sabe húmedo, metálico, a sangre salada. Vale.




Véase también:



[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo (2007). Rutilante fachada en la parroquial de Torrebaja, en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, vol. I, pp. 389-394. ISBN: 84-931563-4-5
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo (2007). Representación y análisis del mural del presbiterio de la iglesia parroquial “Santa Marina Virgen” en Torrebaja, en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, vol. I, pp. 383-388.
[3] MONTAGUT PIERA, Bernat. Imágenes de la Pasión: Ejecución de la sentencia, Cofradía Crucifixión de Jesús en la cruz, en El Seis Doble, Diario Digital de Alzira, del viernes 8 de abril de 2011.
[4] AZCÁRRAGA, Adolfo de (1976). Viaje por Italia, Ediciones Marí-Montañana, Segunda edición, Valencia, pp. 193-195. ISBN: 84-400-1493-7
[5] ESCUDERO TORRES, Esteban (2002). Creer es razonable. Fenomenología y Filosofía de la religión, Edita Siquem, Ediciones Catequéticas y Litúrgicas, Valencia. ISBN: 84-95385-31-7
[6] HARTMANN, Edouard von, citado por Küng, Hans (1979). ¿Existe Dios?, Ediciones Cristiandad, Madrid, Segunda edición, p. 295. ISBN: 84-7057-255-5 Citado por Escudero Torres, 2000: 127-128.

No hay comentarios: