miércoles, 18 de febrero de 2015

DE TORREBAJA A PARÍS Y ÁMSTERDAM VÍA BRUSELAS: UN VIAJE DE IDA Y VUELTA (y II).

Evocación y reflexiones acerca de aquel viaje, agosto de 1971.






Decía que “Encontré rápidamente el albergue de la Juventud,/ gracias al metro, que es grandioso, moderno [...] y muy completo”. Respecto del hospedaje, escribí en mi diario: He dejado la mochila en el albergue de la juventud, que está en Laumière. Tengo que volver a inscribirme. Las camas y habitaciones son bastante miserables, pero por 5f la noche no se puede pedir más. El caso es tener un lugar donde dormir y descansar. Creo que estaré bien. Me he encontrado con dos españoles y me dicen que hay más. He comprado varios billetes de metro, un ticket de diez viajes que sirven también para el autobús; así salen más baratos. La dirección del “auberge de la jeunesse” de la avenida Jean Jaurès me la había proporcionado Javier –me refiero a Fco. Javier Varela Tortajada-, que veraneaba por entonces en Torrebaja; él era de Madrid, creo, pero su madre descendía del pueblo. Javier ya había estado en París, conocía lugares y asuntos de interés. Y su información me resultó extraordinariamente útil. Me recomendó también que fuera a la embajada española para solicitar un “laissez passer”, lo que me permitiría visitar los museos de la capital gratis, o casi; el pase me ahorró mucho dinero. Me insistió también que fuera a ver el “Musée Rodin”, para ver “Le penseur”, cosa que hice. Son consejos que cabe agradecer, pues probablemente me hubiera perdido aquellos lugares. Sirva el punto para decir que cuando alguien viaja a un lugar desconocido merece la pena informarse previamente de cómo es, de lo que allí puede verse, de sus costumbres, historia, tradiciones; de no hacerlo así correremos el riesgo de menospreciar lo esencial. 
De niño Javier Varela y una hermana suya venían a pasar el verano a Torrebaja, el pueblo de su madre. A los ojos de los demás chicos, Javier nos parecía algo estirado, distante y muy intelectual; quizá por ser de ciudad. Siempre llevaba un libro en la mano. Poseía ideas políticas avanzadas; muy de izquierdas, diríamos hoy. En aquella época los muchachos del pueblo nos sentíamos absolutamente alejados de aquellas inquietudes. El se reía de nosotros, probablemente con razón, éramos muy paletos. El último año que vino a veranear puso en venta una bici de carreras que tenía, yo se la compré. Parece que no pensaba volver por aquí. Pasaron años hasta que le volví a ver –esto fue en la boda de Joaquín Villanueva, el boticario de Torrebaja y su esposa Montse-; entonces él ya era profesor de Historia del Pensamiento en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Pasaron otros tantos años, y sin saber cómo ni por qué Javier volvió a caer por aquí: durante este periodo fue alcalde de Torrebaja por el Partido Popular (PP) durante dos legislaturas seguidas, 2003-2011. 
La distancia entre el discurso del "Varela juvenil" y el del "Varela maduro" era abismal; su viraje mostraba un giro de ciento ochenta grados. No es que sea obligatorio cambiar, pero sí evolucionar. Por el contrario, hay personas que conservan toda la vida idéntica ideología, los mismos pensamientos, influidos por la familia, el ambiente o lo que fuere, cosa bastante penosa a mi entender; ello indica un detenimiento en su evolución, a la vez que un pensamiento correoso, endurecido, embalsamado, si se puede decir así. El poeta y pintor inglés William Blake (1757-1827) lo decía mejor: El hombre cuya opinión nunca varía es semejante al agua estancada, y engendra reptiles en su mente... -donde dice opinión, léase ideología-. Esta forma de pensar, sin embargo, podría ser tan objetable como la contraria; ya que sólo las personas son dignas de respeto, en tanto las ideologías son todas cuestionables. Los demás alcaldes y concejales comarcanos le decían a Javier “el alcalde ilustrado”, supongo que con cierto retintín, aludiendo a su formación universitaria. La cuestión es de destacar, pues hay pocos pueblos en España que hayan tenido un profesor de Universidad como alcalde. Los intelectuales tiene su función, pero no son necesariamente los mejores gestores. Con todo, es bueno que los más cultos se vayan acercando al servicio de los pequeños municipios. La tercera vez que se presentó, sin embargo, perdió las elecciones...[1]

Detalle de "Laissez-Passer", del Ministerio de Estado, Asuntos Culturales, Dirección de los Museos de Francia, expedido a nombre de Mr. A. Sánchez, válido hasta el 15 de agosto de 1971.


Postal con detalle de la fachada principal del Museo Rodin en el VII Distrito de París (Francia), ubicado en el antiguo Hotel Biron donde se halla la célebre escultura "Le Penseur", obra de Auguste Rodin.


El Museo Rodin, donde se halla la célebre escultura El pensador estaba en el distrito VII, en la confluencia del “Bulevard des Invalides” y la “Rue de Varenne”, próximo al “Museé de l`Armée”, allí está la tumba de Napoleón. El pase para los museos franceses se solicitaba en la embajada española, había que aportar un carné universitario o juvenil, y después ir al Museo del Louvre donde te lo sellaban. El Museo Rodin es un lugar muy hermoso, un edificio rodeado de parques con un césped verde muy cuidado y una fuente circular, con multitud de esculturas de hierro y bronce al aire libre. Una de ellas es el celebérrimo Pensador, un varón sedente, muy musculado y desnudo, al estilo heroico, con el brazo derecho apoyado en la pierna izquierda y la cabeza descansada en el dorso de la mano... Parece que es la escultura más conocida de este escultor, al menos había mucha gente visitándola. El personaje tiene el ceño fruncido, en actitud pensante... ¿Qué pensará? -me preguntaba yo-. Sea lo que fuera que pensase debía ser un pensamiento concienzudo, exacto, minucioso; en cualquier caso me parece que la actitud de la escultura es algo forzada; aunque, eso sí, transmite una imponente sensación de fuerza. El día que emerja lo que está pensando será algo sensacional. Según he leído, su nombre original fue El poeta y estaba destinado a representar a Dante ante las puertas del infierno. Pese a la fama de El Pensador (1880), me gustó más una escultura de mármol que había en el interior, El beso (1889), que encarna a una pareja, hombre y mujer, besándose. Aunque me dio la impresión de que la pasión del beso corría a cargo de la mujer; el varón se dejaba besar... Lo cual resulta normal, pues contra lo que pudiera pensarse son las mujeres las que más saben del amor y sus misterios, además de estar más dotadas. No resulta extraño que los neurobiólogos hayan descubierto que el amor abre nuevos caminos neuronales en el cerebro, caminos que las féminas llevan transitando desde hace siglos... Decía al principio del párrafo que el metro de París me llamó mucho la atención; yo ya estaba familiarizado con el metro de Barcelona, pero el de París era magnífico, incomparablemente mejor. Había en las estaciones unos grandes planos del subterráneo que te permitían buscar una dirección con un sistema de lucecitas que te la indicaban; muy curioso, me fue de gran utilidad. Ya que aunque me daba grandes caminatas por la ciudad, también usaba mucho el metro; me aconsejaron comprar abonos de diez viajes, con los que te ahorrabas un dinero.

Detalle de la escultura "Le Penseur" (1880), ubicada en el "Musée Rodin" de París (Francia), obra en bronce de Auguste Rodin (1840-1914).


El albergue de la avenida de Jean Jaurè estaba cerca de Laumière, allí conocí a varios españoles que estaban viajando por Europa: unas chicas catalanas que venían de Londres, otro que venía de Bélgica y Luxemburgo, otro que se iba para Holanda. De este momento escribí en mi diario: He hablado con las chicas catalanas, lástima que se marchen mañana, podríamos haber visitado París con ellas... La misma noche que arribé yo vino un español de Vitoria, un tal Manuel, que había estado en un Campo Internacional de Trabajo. Con este último hice algo más de amistad, era estudiante y en pocos días regresaba a España. Nuestro entendimiento nos llevó a recorrer juntos París. Manuel era estudiante de Preuniversitario, y le había quedado el francés. Aquel año de 1971 debió ser el último que se hizo “Preu” en España, pues en el curso siguiente 1971-72 yo ya hice el Curso de Orientación Universitaria (COU). El de Vitoria era un chaval muy espabilado, me enseñó muchas cosas respecto a la supervivencia, entre ellas a entrar en un supermercado y salir comido... No había otro remedio, el nuestro era un turismo de mochileros, de gente inquieta y sin medios que de otra forma no hubiera podido salir de España. Reflexionando en la distancia me pregunto qué habrá sido de todas aquellas personas que conocí entonces en París, nos cruzamos durante un momento de nuestra vida y ya nunca hemos vuelto a coincidir. Y si nos hemos cruzado no nos hemos reconocimos...

Postal con detalle de la fachada de la catedral de "Notre-Dam" en París (Francia), 1971.


De mi estancia en la Cathédrale de Notre-Dame digo en la carta que estuve “escuchado un oficio”, y califico en lugar como “grandioso”, sito en La Isla de la Cité, en medio del Sena. Al respecto, escribí en mi diario: Esta tarde he estado en “L`Ile de la Cité”. He escuchado la misa en Notre-Dame. Había una multitud inmensa de gente. Junto con otros me he sentado en el suelo, frente al altar. Un sacerdote se ha dirigido a nosotros en español, saludándonos. Ha sido muy emocionante escuchar palabras españolas en la catedral, no las esperaba. Cierto, a los oficios se asiste, aunque yo digo "he escuchado", y tal vez sea lo más correcto, pues me limitaría a escuchar. Además de muy grande recuerdo que la catedral era gótica, diáfana y hermosa, con una gran luminosidad interior. Manifiesto mi emoción al oír al predicador decir unas palabras en español; en cualquier caso el oficio constituyó una multitudinaria reunión de jóvenes. No recuerdo cómo fue, pero me veo allí sentado en el piso de la catedral junto con cientos, miles de jóvenes más. Menciono que había nueve mil personas, no sé de dónde sacaría la cifra, debí oírla; lo cierto es que había muchísima gente. Debió coincidir mi vista al templo con aquel oficio o celebración, y me senté junto a los demás. Estuve también en la basílica de “Le Sacré Coeur”, en Montmartre, lugar precioso con una gran escalinata en la fachada anterior, desde donde puede verse una estupenda vista de la ciudad. En el imaginario, el barrio se halla vinculado a los artistas y gente de vida bohemia, y tiene una gran personalidad. La basílica posee planta en cruz griega, y cuatro cúpulas en torno a un domo central, según diseño del arquitecto francés Paul Abadie (1812-84). Su estilo está inspirado en las construcciones romanas y bizantinas, y fue construida en homenaje a los fallecidos franceses durante la guerra franco-prusiana: la primera piedra se puso en 1873 y se terminó en 1914, pero su consagración no tuvo lugar hasta 1919. En la zona del ábside hay una torre cuadrangular con una célebre campana, la Savoyarde, con un diámetro de 3 metros y un peso de 18,5 toneladas. Su cripta es también digna de visitar. De entonces guardo un montón de tarjetas postales que compraba en los quioscos de los “bouquinistas” del Sena, frente a Notre-Dam. Envié muchas aquel verano, a mis padres, a mis tíos de Barcelona, a los amigos del pueblo, incluso a una amiga de la Argentina con la que me escribía entonces, Nora Sonselet, de Rosario Santa Fe. Creo recordar que su papá era farmacéutico. Muchas veces me ha acordado de Nora desde entonces, ¿qué habrá sido de ella, se casaría, tendría hijos, vivirá...? Pues un día dejó de escribir y nunca más supe...

Postal con vista nocturna de la fachada frontal de "Le Sacré-Coeur de Montmartre" en París (Francia), 1971.


Como no podía ser de otra manera, en mi relato de los lugares que visité en París aparece la Torre Eiffel, una fantástica estructura de hierro construida para la Exposición Universal de 1889, a la que subí -porque uno no puede dejar de hacerlo estando en la ciudad-; vista inconmensurable la que se observa desde su altura, aunque no se llega hasta la cúspide, con el Campo de Marte a los pies. Otro lugar que conocí fueron los grandiosos Jardines de Luxemburgo, entre la “Rue D`Assas” y el “Boulevard Sant-Michel”, célebre vía que da sobre el Sena, a la altura de la Isla de la Ciudad. El fabuloso Arco del Triunfo en la “place de l`Étolie”, construido a principios del siglo XIX por Napoleón, para conmemorar la victoria francesa sobre rusos y austriacos en Austerliz. Sobre las paredes interiores del arco hay grabados más de quinientos nombres, correspondientes a generales franceses –los que murieron en combate están subrayados-. En los muros exteriores figuran los nombres de grandes revolucionarios franceses, y las batallas de Napoleón. También los nombres de ciudades españolas por donde en mala hora transitaron los ejércitos del Emperador: Zaragoza, Valls, Medellín... Napoleón me parece un “héroe” nefasto; no cabe duda que tenía grandes cualidades militares, y tal vez personales; pero llevó la muerte y la destrucción a toda Europa, España incluida. No, no me gusta nada este Bonaparte... Me di el gusto de recorrer los Campos Elíseos, desde “Étolie” hasta la plaza de la Concordia, donde se alza el mítico obelisco de Luxor. El obelisco fue regalado a Francia por el valí de Egipto en 1830 –no fue pues traído por Napoleón, como se dice en la carta-. El recorrido de la avenida de los Campos Elíseos supone una caminata de poco más de dos kilómetros, como de Los Santos a Torrebaja, pero en línea recta y rodeado de nobles edificios, amplias aceras y árboles de sombra a ambos lados de la calzada. La Diagonal en Barcelona, con ser una avenida notable se queda en calle grande comparada con la de los Elíseos de París. La de la Concordia es una plaza gigantesca, enorme. En este lugar se instaló una guillotina durante la Revolución Francesa, se descabezaron aquí más de mil personas, entre ellas el rey Luis XVI y su esposa, María Antonieta. Finalizada la época del Terror, la plaza se rebautizo con su actual nombre, Plaza de la Concordia, que suena muy bien en francés (Place de la Concorde). Una denominación apropiada tras tanta sangre vertida. Visité también el Barrio Latino (el célebre Quartier Latin), en la orilla izquierda del Sena, donde se halla La Sorbona, entre los Jardines de Luxemburgo y el Sena.

Detalle de la fachada principal de La Sorbona en París (Francia) [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Lo de latino procede de que aquí se hallaba la universidad medieval, centro de enseñanza donde la población de estudiantes utilizaban el latín como idioma académico. La Sorbona está en la parte alta del barrio, sobre la montañita de santa Genoveva: en este célebre barrio tuvieron lugar los acontecimientos de Mayo del 68 francés: recuerdo bien aquellos hechos por las fotos que publicaba La Vanguardia Española de Barcelona... Como no podía ser de otra manera, estuve también en “Pigalle”, cerca del “Sacré Coeur”: en “Pigalle" se hallaba el “Moulín Rouge”, los cines porno y las salas de strip-tease. Al célebre teatro de variedades no entré, pero sí a una película pornográfica. La experiencia no fue lo que imaginaba: cuando terminó la sesión y encendieron las luces sentí cierta vergüenza, en la sala apenas había una docena de espectadores, gente madura, triste, quizá insatisfecha: el más joven era yo, y salí pitando. Al salir del cine ocurrió que unos chicos de mi edad se metieron conmigo, porque llevaba una cruz al cuello. Se trataba de una cruz de bronce que me dio mi madre, con el compromiso de que la llevaría puesta durante el viaje. Imagino que ella buscaba que me protegiera; y debió protegerme, porque aunque tuvo contratiempos no padecí ningún desgracia. Otro día, Manuel y yo entramos a una sala de striptease, valía la entrada 2,50f; no me impresionó gran cosa, ya había visto antes mujeres desnudas, aunque no en vivo. Antes de finalizar la sesión nos echaron, pues no tomamos nada y la consumición era obligada. Lo cierto es que entramos por curiosidad, y también para poder decir que habíamos estado a una de estas salas. Tanto el dinero del cine porno como el del striptease fue el peor empleado de aquel viaje: pero estar en París y dejar de ver aquello no parecía de recibo... Todo queda ya muy lejano; y por suerte los gustos eróticos cambian con los tiempos. En cualquier caso me quedo con el desnudo de la Basinger en Nueve semanas y media... –además, la canción de Joe Cocker es estupenda-.

Detalle de la entrada a una sala de striptis en París (Francia), 1971.


Digo a mis padres en la carta que me apaño bien con el idioma, quiero decir que me hacía entender, o eso creía yo. No es que se me dieran mal los idiomas, pero distaba de hablarlo aceptablemente. Durante el bachillerato había estudiado latín como lengua muerta, y francés como idioma extranjero; pero con el sistema que se utilizaba entonces no se aprendía. Sólo nos enseñaban a traducir textos y mucho vocabulario. No sé de dónde saqué yo que “El francés más perfecto es el de París,/ y los parisinos lo hablan al igual que los/ andaluces el castellano” –debió ser una frase que oí, pues mi conocimiento sociológico y del idioma no me podían permitir hacer semejante aseveración-. Lo único cierto es que cuando hablaban muy rápido no les entendía nada; mas eso sucede con cualquier idioma. Me tomaba, no obstante, mucho interés en aprender, de ahí que practicara en el albergue, las tiendas y con el primero que se presentara. Me resultaba más fácil entenderme con los extranjeros que hablaban francés, quizá porque lo platicaban tan mal como yo... Pero sí, aprendí mucho francés aquella temporada, un tiempo más y hubiera entendido a Moliere sin problema. Por lo menos él enseñaba riendo, cosa que siempre ayuda...

Postal con vista nocturna de la fuente de la Plaza de la Concordia en París (Francia), con detalle del obelisco de Luxor al fondo (1971).


Cuento en el párrafo siguiente la facilidad que nos dieron en la embajada española al expedirnos el pase con el que visitar gratis muchos museos de París. El pase, sin embargo, tuve que sellarlo en el Museo del Louvre. La entrada del Louvre valía 3f, lo que no dejaba se ser un dinero, pues fui muchas veces. Hoy la entrada normal de un adulto sobrepasa los 10 euros, creo. El Louvre era un lugar precioso, tranquilo, agradable, se estaba muy bien allí. Si a esto añadimos la riqueza pictórica -escultórica, arqueológica...- de sus fondos, ¡no me extraña que sea uno de los museos más visitados del mundo! Recuerdo que al entrar, sobre un rellano de las escalinatas había una enorme figura femenina alada a la que faltaba la cabeza, La Victoria de Samotracia, escultura griega de la escuela rodia, periodo helenístico. Todo el mundo iba a ver La Gioconda, de Leonardo da Vinci, siglo XVI. La pintura renacentista estaba tras un grueso cristal, parece que alguien enloquecido había intentado atacarla, como sucedió en el Vaticano con La Piedad, de Miguel Ángel. Junto a la “Mona Lisa”, como también se conoce a la mujer de la misteriosa y apacible sonrisa, había también un guardia. Los visitantes acudían a verla en tropel, y la contemplaban con devoción, como si de una imagen sacrosanta se tratara, y probablemente lo sea, pues algo de sagrado tiene el arte. Impresiona ver de cerca el original de tan famosa pintura –de no ser por el cristal, hubiera podido tocarla-. 

Detalle de "La Gioconda", célebre obra del pintor renacentista Leonardo de Vinci (1451-1519) [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre]. 

Detalle de "La Gioconda" en el Museo del Louvre, en París (Francia), tras un cristal antibalas [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Durante mis visitas al Louvre, ya digo que fueron varias, pues había mucho que ver y hacia un estar agradable, estuve también en la sección de Egipto. Allí reviví mi afición por la egiptología y la lectura juvenil de Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Me encandilaban todos aquellos milenarios objetos expuestos en las vitrinas, las momias y cantidad de artilugios, esculturas, vasijas... De entre ellos recuerdo el Busto de Nefertiti, una mujer regia con gorro troncocónico invertido a la que faltaba por dibujar el ojo izquierdo: no sé si el autor la dejó incompleta o es que era tuerta. Pero aún sin ojo poseía un rostro bellísimo, uno de los más elaborados de la estatuaria egipcia, correspondiente al Imperio Nuevo, en tiempo del faraón Akenatón, XVIIIº Dinastía. Leo que dicha figura se halla en el Neues Museum, Berlín, Alemania –pero tengo el recuerdo de haberla visto en el Louvre: puede que sea imaginación mía o que cuando lo visité se exponía allí temporalmente, o que la que yo vi fuera una copia-. También recuerdo con afecto el Escriba sentado, una admirable figurita de mediano tamaño representando a un varón sentado y con las piernas cruzadas. Parece estar escuchando, observando algo que escribirá a continuación, su expresión es absolutamente realista, natural, viva, actual..., aunque corresponde al Imperio Antiguo de Egipto. Otra pieza de la antigüedad que vi en el Louvre fue el Código de Hammurabi, una estela en piedra oscura de basalto, de dos metros y medio de altura, que recopila las leyes sumerias, sintetizadas en la “ley del talión” y el “ojo por ojo”, aunque contiene otras leyes alejadas de estos conceptos. Las leyes grabadas en piedra eran inamovibles, ni los reyes podían cambiarlas. Me gustaron también aquellos aparatosos cuadros de Jacques-Louis David basados en motivos escultóricos y mitológicos, y otros de suave erotismo como La gran odalisca (1814), El baño turco (1862) de Dominique Ingres. Eran cuadros que había visto reproducidos en enciclopedias y libros de arte, y verlos en su original me emocionaba. Aunque allí había mucha pintura que admirar en todos los estilos, ¡propiamente dicen que es el museo más visto del mundo!


Detalle de "La gran odalisca" (1814), óleo sobre lienzo de Dominique Ingres en el Museo del Louvre en París (Francia) [Tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre].


Debo decir que el viaje a París me resultó relativamente barato para lo mucho que vi. Bien es cierto, sin embargo, que me llevé algo de comida, embutido y algunas latas de conserva. Realmente no se si valió la pena portar aquella carga en la mochila, ya que la comida no era lo más caro. Además, aprendí a salir de los supermercados comido. No es que me sienta orgulloso de ello, tal si hubiera hecho una proeza; pero en honor a la verdad debo decirlo. Después estaban los puestos de fruta, alimento que siempre me ha encantado. Otra cosa que me grabó sobremanera la espalda fue un grueso diccionario de francés que portaba, que por cierto no llegué a consultar, y que en más de una ocasión estuve a punto de arrojar al Sena. Con las cartas y postales que escribí a mis padres pretendía, de una parte, dejar constancia del viaje, documentarlo, a la par que tranquilizarles. ¡Siempre he tenido mucho sentido histórico! Pues era consciente de la preocupación que tendrían al saberme lejos, en un país extranjero, en una ciudad tan grande. Aunque si he de ser sincero, no tuve plena conciencia de su preocupación hasta que mis propios hijos se marcharon a América el pasado año, para recorrer Argentina y otros países iberoamericanos. ¡Sólo entonces comprendí lo que pudieron sentir ellos al verme marchar!

Postal con detalle de la iglesia de la la Madeleine en París (Francia), en estilo neoclásico (1971).


Ciertamente, París es una ciudad hermosa, rica, limpia, cosmopolita, en la que se gozaba de una gran libertad individual -¡Oh lalá, la liberté de la France!-: “Hay gentes de todas las razas, colores y credos” –digo con ingenuidad-. Hoy hay gente de todo tipo y condición en cualquier parte, pero no era así en la España de entonces, de ahí mi sorpresa y gusto por la libertad de que disfruté en aquellas semanas. Con todo, “Lo que más siento estos días es que no puedan/ estar Vds., aquí junto a mí; los cuatro juntos” –un pensamiento que todavía me enternece, producto de la querencia familiar y de mi deseo de compartir aquellos intensos momentos con mis seres queridos-. Me llamaba la atención que a las diez de la noche hubiera tan poca gente en la calle, siendo verano. Esto es lo que sucede todavía en Teruel, por ejemplo, a esa misma hora en invierno. Por el contrario de los españoles, los franceses me parecieron más madrugadores. Termino la carta aludiendo a “cosas muy graciosas” que me ocurrieron, aunque hoy ya no recuerdo cuáles fueron aquellas cosas. La carta concluye con “Besos y abrazos de su hijo y hermano que les quiere”.



Palabras finales.
Hubo una segunda carta de fecha inmediatamente posterior a la primera, en la que cuento a mis padres y hermano lo que voy viendo, lo que hago, mis impresiones de la capital francesa, de la gente que iba conociendo, del albergue... Hago notar en este punto la importancia de conocer idiomas, al menos el inglés, para manejarse por el extranjero. ¡Pobres españoles, siempre tan cortos de idiomas, pese a haber gobernado el mundo! A muchos ciudadanos de habla inglesa, por ejemplo, les debe suceder hoy lo que a los españoles del siglo XVI-XVII, que no tienen necesidad de saber idiomas, pues el suyo es el del Imperio y somos los demás quienes nos vemos en la necesidad de aprender el de ellos.
De París me gustó su amplitud y luminosidad, sus edificios y monumentos, el Sena y la cantidad de zonas verdes de que dispone la ciudad, la libertad personal de que disfruté, el respeto de la gente, y muchas cosas más. Lamento no haber podido gozar de la comida francesa, pues por norma comía de bocadillo, ¡lástima!, ya que la comida y la bebida es lo primero que hay que probar en un lugar extranjero. En otro punto de esta segunda carta menciono que después de comer en un parque me fumé un cigarrillo “celtas”, lamentando que me quedaran ya pocos. Ello demuestra que por aquella época fumaba, feo vicio que por suerte dejé hace ya muchos años. Después del cigarrillo me eché una siesta sobre el césped, hasta que me despertó un guardia, diciéndome amablemente que no podía estar allí. No sé lo que diría el guardia para sus adentros, quizá lo que muchos hemos dicho alguna vez, ¡extranjero tenía que ser!

Postal con vista nocturna de "Les Champs Elyées et l`Arc de Triomphe" en París (Francia), 1971.

Los españoles con los que me relacionaba eran gente politizada, no sé si de la gauche divine proletaria o de algún lugar próximo; al menos parece que comulgaban con las ideas de izquierda y jugaban a la aventura de la clandestinidad. Estuve con ellos en la embajada de Cuba, allí nos dieron propaganda castrista, aunque lo que querían mis amigos eran “posters”, no se si del líder cubano –me refiero al dictador Fidel Castro-, del Che o de algún otro revolucionario. Otro día estuvimos en la embajada China, allí nos dieron a cada uno de los que íbamos un ejemplar del Libro Rojo de Mao (1964); además de estar en francés, pues no lo había en español, el librito era insufrible, definitivamente indigesto, pero todos los guardaron con fervor religioso. Pero ojo, ¡se trata del libro más editado de la historia, sólo por detrás de la Biblia!, un instrumento ideológico del tiempo de la Revolución Cultural, y de lectura obligada para los chinos de entonces. Es comprensible que un régimen edite su propaganda, pero obligar a sus ciudadanos a leerla es otra cosa. Creo recordar que en su momento regalaban el librito a todas las parejas de recién casados. ¡Valiente regalo de boda! Por lo visto, el comunismo chino era entonces lo máximo... Lo cierto, sin embargo, es que aquella gente que estaba contra la dictadura franquista -y por la libertad, lo cual está muy bien-, apostaban por el comunismo como ideología liberadora. Visto en la distancia me parece una broma de mal gusto, ya que poca liberación supone salir del fuego y caer en las brasas... Al respecto me pregunto, ¿cómo es posible que una ideología nefasta como el marxismo-leninismo, y el comunismo en general, haya despertado tantas adhesiones? Imagino que por las mismas razones que en su momento arrebató el fascismo...; sólo que éste fue vencido.

Mi estancia en París se limitó casi en exclusiva a la parte “noble” de la ciudad, esto es, al centro, una y otra margen del Sena. Digo casi, pues lo cierto es que también estuve “en el barrio negro”; no sé cuál sería, quizá alguno del extrarradio, sólo que me impresionó la cantidad de gente de piel oscura que había por allí. Durante mi estancia disfruté de un “tiempo espléndido” al decir de los autóctonos; aunque lo cierto es que la mayoría de los días estaba nublado, incluyo sufrí un fuerte chaparrón de verano. En cualquier caso, el clima de París no es el del Mediterráneo.


Vista de la "Grand Place" de Bruselas, uno de los espacios construidos por el hombre más bellos del mundo [Tomada de Wikipedia, La enciclopedia libre].


Estuve en París unos días más todavía, hasta el domingo 15 de agosto. Conocí a unos españoles que pretendían subir hasta Bélgica y Holanda, así que me marché con ellos, aunque por distinto medio. Ellos fueron en tren –parece que disponían de dinero-, yo en autostop. Previamente estuve en las Galerías Lafayette del boulevar Haussmann, allí me agencié un mapa de carreteras de Europa, que me fue de gran utilidad. De este momento escribí en mi diario: Este es mi último día en París. Si no me arrepiento esta noche, mañana lunes saldré en dirección a Bélgica. En Bruselas me esperan tres españoles, hemos quedado el martes a las 11:00 horas en el Museo de Bellas Artes. Si salgo temprano, creo que llegaré a la cita. Ellos van en tren y salen el lunes por la tarde. En un principio pensábamos ir sólo dos, y en autostop. Al compañero lo conocí en la cinemateca. Ahora se han añadido dos más, una chica y un chico, pero ellos tres irán en tren. Posiblemente llegue hasta Ámsterdam y pase a Londres. No estoy seguro. Si no nos encontramos en Bruselas hemos quedado en Ámsterdam el jueves 19, a las 11:00 horas, en el Rijksmuseum. Sea lo que fuere, el fin de semana próximo quiero estar ya de vuelta para España. No sé si está bien lo que voy a hacer... Al final del párrafo escribí: ¡¡Señor, no me abandones!! La expresión puede parecer fuera de lugar, pero no tanto como pudiera creerse, pues yo era y sigo siendo creyente. Ya saben, la creencia es algo muy complejo, difícil de elucidar y de explicar. La fe religiosa como cualquier otra creencia de este tipo se imbrica en lo que los estudiosos llaman “memoria filética”, esto es, la memoria heredada de los padres, de la especie humana, incluso de otras que nos precedieron. Dicha memoria es algo estructural, a modo de andamiaje sobre el que se asienta la memoria individual, personal. Algo que está profundamente arraigado en el ser humano, y universal, que nos comunica con lo que Rudolf Otto (1869-1937) denominaba mysterium tremendum et fascinans del hecho religioso, una fuerza más allá de la sabiduría, que nos impulsa a la búsqueda de la trascendencia, de lo absoluto... Por lo demás, tanto el texto como la doble admiración indican mi inseguridad y preocupación ante el paso que iba a dar. Durante este viaje hacia el norte salí de Francia por Lille, vía Amiens; aquí cumplí con su magnífica catedral, viéndola. De Lille a Bruselas fue en tren, pues el tiempo corría y los coches no me paraban. En Bruselas visité la Grand Place –sin duda una de las más bonitas del mundo, junto con la de San Marcos en Venecia-; y camino de Ámsterdam, pasé por Amberes, Breda y Róterdam. Antes de seguir debo decir que el centro de aquella gran plaza de la capital belga estaba cubierta de una enorme, gigantesca, preciosa, multicolor alfombra de flores, verdadera locura de tonalidades. Aquel año de 1971 era el primero que se realizaba; las flores las aportan los floricultores de Gante y su diseño cambia en cada edición. En Bruselas no me encontré con los españoles, así que continué mi camino. A la salida de la capital, en dirección a Amberes (Antwerpen), recuerdo haber pasado junto al Atomium -sito en el Boulevard du Centenaire, junto al Parc d`Osseghem-: la enorme estructura mide unos cien metros de altura y figura un cristal de hierro aumentado no sé cuantos millones de veces, representado por nueve esferas de acero de 18 metros de diámetro...

Detalle del "Atomium", estructura de 102 metros de altura construida para la Exposición General de Bruselas en 1958  [Tomada de www.ojoscuriosos.com/]


Conforme ascendía hacia el septentrión el paisaje se hacía cada vez más extraño, también las gentes y el idioma. El mapa agenciado en los almacenes Lafayette de París estaba en castellano, ello me ocasionó algunos inconvenientes... Cuando hacía autostop solía escribir con letras grandes en un cartón el nombre de la localidad a la que me dirigía, el letrero me lo colgaba de la mochilla si iba caminando o lo enseñaba a los conductores cuando estaba parado. A la salida de Bruselas escribí en el nombre de "Amberes", pero nadie me paraba, hasta que me di cuenta de que en aquellas latitudes Amberes se escribía "Antwerpen".  De Rótterdam a Ámsterdam tuve que coger de nuevo el tren. En Ámsterdam estuve varios días, alguna noche dormí al aire libre en Vondel Park, con cientos de jóvenes variopintos; era verano y el tiempo lo permitía. Cerca del parque estaba el Rijksmuseum. Por el día visitaba la ciudad, sus calles y puentes; había muchas paradas de fruta en las calles -me llamaba la atención el que la gente comprara la fruta por piezas, no por kilos como en España-, y puestos de flores junto a los canales, y muchísima gente de todas las edades en bicicleta. Ámsterdam es una ciudad muy particular, rodeada de multitud de pasos de agua que forman círculo en torno a la plaza Dam -similar a Venecia, pero con distinta arquitectura-: los nombres de las calles son impronunciables para la gente latina. De mi estancia en Ámsterdam, escribí en mi diario: Ya está hecho: estoy en Ámsterdam. Esta ciudad es algo acojonante, jamás había visto cosa igual. Esto es el paraíso de los hippies, vagabundos y gente melenuda, una verdadera locura. Esta noche he dormido en Vonder Park. He estado con unos chicos franceses, chico y chica, y una suiza. Estuvimos despiertos, cantando y tocando la guitarra hasta la madrugada, entonces nos retiramos a dormir sobre el césped, bajo los árboles. Los franceses me dejaron un saco de dormir, así no he pasado frío, pues al amanecer hay mucha humedad. Me he despertado a media mañana, los franceses todavía duermen, hay gente joven por todos lados, sentados sobre el césped, hablando, fumando, durmiendo. Esto es un paraíso... Cuando digo “fumando” me refiero a fumando porros, claro. Es de imaginar que muchos de aquellos jóvenes porreros serán hoy honorables padres de familia y reputados profesionales. Algunos se quedarían por el camino; aunque la mayoría volverían al sendero trillado, el más cómodo y fácil de transitar. Dormí también en unos antros que llamaban "sleep-ins", había varios de estos lugares: en Rozengracht 180, en Rozenstraat 91 (este último lo regentaban unos venezolanos muy enrollados), en Hartemmer Houttienen 217, en Mensa Academia-Damstraat 3 (cerca de Central Station).

Postal con detalle de "Autorretrato" (París, 1887) de Vincent van Gogh (1853-1890) en el Rijksmuseum de Ámsterdam (Holanda).

El último día de mi estancia en Ámsterdam me encontré con los españoles, estando allí decidimos pasar a Gran Bretaña: quedamos bajo la torre del Big-Ben del Parlamento, en Londres, dos días después, a la misma hora que en las anteriores ocasiones. Ellos fueron por sus medios, yo es autostop. Pero ya digo que el autostop no siempre funcionaba: de Ámsterdam a Rótterdam tuve que utilizar de nuevo “le chemin de fer”, ya que el tiempo apremiaba. Mi intención era llegar a Oostende vía Brujas, para coger el ferri que me había de llevar a Dover, ya las Islas Británicas, pero no me atreví a cruzar el canal. Estando en la cola de la estación para sacar el billete, me di la vuelta. Me quedaba poco dinero, iba justo de tiempo y me imponía el idioma. A los amigos españoles ya no les volví a ver, ni he sabido nunca más de ellos. Desde este punto comencé el regreso hacia España; pero esta es otra historia, cuyo relato dejo para mejor ocasión... Vale.







[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. La caja de Pandora: Acerca del vuelco electoral enTorrebaja (Valencia), del lunes 17 de octubre de 2011.

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