miércoles, 3 de julio de 2013

ANECDOTARIO RINCONADEMUCENSE (III).


Relatos cortos –entre la anécdota y la historia- referidos al Rincón de Ademuz.


“La prudencia se conoce en la seriedad,
que está más acreditada que el ingenio.
[...] Lo jovial debe tener su momento, y la seriedad, todo lo demás”.
Baltasar Gracián, El arte de la prudencia (1647).





Palabras previas.
            Por anécdota entendemos “todo relato breve de un suceso curioso, utilizado como ejemplo o entretenimiento”, y que suele encerrar alguna enseñanza. Las que aquí se cuentan poseen los tres elementos básicos de toda historia, el geográfico, el temporal y el personal. Respecto del personal, pudiera parecer inadecuado, y tal vez lo sea, evocar la memoria de una persona por un acontecimiento intranscendente de su vida... Pero debemos entender que si un espejo refleja la imagen virtual de alguien, los relatos de las anécdotas corresponden a los destellos que emitirían cada uno de los pequeños fragmentos de aquel espejo, si este se rompiera.
            Es por ello que nadie debe ofenderse por ello, toda vez que no se pretende pintar a las personas sólo por la parcialidad de uno de estos fragmentos. Pero es evidente que a lo largo de nuestra vida emitimos muchos reflejos, entrañables unas veces, brillantes o graciosos otros, cuando no lamentables. Si pudiéramos recoger el conjunto de los reverberos de cada uno obtendríamos una imagen aproximada de la realidad individual; de la misma forma que un grupo significativo de personas, hechos y sucesos de un momento histórico contienen la clave de la mentalidad de una época.
            Una lectora me comentaba: Me gustan estos relatos porque cuando le pregunto a mi padre, recuerda a esas personas y comparte sus historias conmigo... -lo cual resulta gratificante, porque se trata de historias reales, con personajes que fueron de carne y hueso-. Pero lo más significativo, con independencia de otras consideraciones, es que son nuestras historias, las de la gente de esta tierra y no de otra. Y no podemos ni debemos cambiarlas, ni ocultarlas, porque forman parte de nuestra idiosincrasia como pueblo. El ensayista e historiador valenciano Joan Fuster, en su conocido título Nosaltres, els valencians (1962), decía que uno no quiere a su pueblo porque sea grande, bonito, importante..., sino porque es el suyo. Lo cual resulta perfectamente razonable, pues el amor no viene determinado únicamente por el tamaño, la belleza o significancia del sujeto amado, acaso más bien por cuestiones intangibles.
Vista parcial de Torrebaja (Valencia), desde la partida de El Reguero (2013).

            Podría argumentarse que son historias intrascendentes, y tendrá razón quien así opine. Al fin y al cabo, “las perfecciones (o imperfecciones) no dependen de una sola opinión: los gustos son tantos como los rostros, e igualmente variados” –al menos eso decía Gracián, y yo lo comparto-.

La señora Rita Gómez Muñoz (1882-1960).
Relatos cortos, entre la anécdota y la historia.

            Las proezas de la tía Josefa la Zafrillana y la familia del tío Morte.
            La señora Rita Gómez Muñoz (1882-1960) fue una vecina muy conocida de Torrebaja, esposa de Teodoro Arnalte Mañas (1878-1936) de Vallanca, con el que tuvo once de familia, entre hijos e hijas... Teodoro falleció al comienzo de la Guerra Civil (1936-39), como entonces los curas estaban perseguidos lo enterraron sin ningún oficio religioso. Una de las hijas de Rita y Teodoro fue Josefina, que casó con Gregorio Martínez y tuvieron dos hijos, Trinidad y Gregorio Martínez Arnalte, que falleció de niño. La señora Rita, mujer nacida a finales del siglo XIX, sabía muchas historias antiguas del pueblo, escuchemos una a través de su nieta, la señora Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941):
  • <Contaba mi abuela Rita de las proezas de la tía Josefa la Zafrillana, partera de afición y mujer muy decidida... Al parecer, la madre de una familia muy humilde de Torrebaja se quedó embarazada. Vivían en una casita de la calle Fuente, en la parte de casa del tío Avelino Esparza Gómez, la que tiene el balcón más alto, pues la de abajo era de la tía Dotora... Cuando le dijo lo del embarazo al marido, un hombre de malas maneras al que llamaban tío Morte, éste exclamó: ¿Hostia, otra vez preñada...? ¡Habías de tener un fenómeno...! Y así fue, pues la mujer parió un monstruo de ser, con dos cabezas, cuatro brazos, dos troncos, un abdomen y dos piernas... Lo sacó del vientre de su madre la tía Zafrillana, abuela de Julieta, que era mujer de mucha experiencia. Gracias a ella se salvó la madre, pues la matrona era muy cojonuda...>

          Cuando dice de la “tía Josefa la Zafrillana” se refiere a la vecina Josefa Corbalán Aspas, consorte de Manuel Olmo Royuela (1858-1930), natural de Zafrilla (Cuenca), que fueron los padres de José Olmo Corbalán (1886-1962) y de su hermano Roque (1887-1982), padre éste de Julieta Olmo Gabalda, la que se casó con José el Patricio de Torrealta. Continúa diciendo:
  • <Resulta que hace ya muchos años, siendo yo jovenzana, vino a Torrebaja una señora ya mayor, preguntando por alguien que hubiera conocido a su familia. Pues ella recordaba haber nacido en esta parte de la calle Fuente, por debajo de la iglesia... Y nombraba a una niña de su edad, de nombre Consuelo, hija de una familia pudiente del pueblo -se refería a Consuelo Gómez Sánchez (a) la Pita-, que era de la quinta de mi padre, nacido en 1895. Estaba también por allí mi madre y mi abuela Rita, y a mí se me ocurrió preguntar: ¿No será usted hija del tío Morte...? -porque yo había oído nombrar aquella historia-. Y resulta que sí, que era hija de los Morte... Entonces la mujer contó la historia de lo sucedido con el engendro, yo todavía lo recuerdo... Parece que a los padres, como eran gente muy pobre, les engolosinaron con la idea de embalsamar al fenómeno, para exponerlo por las ferias, en esos sitios donde muestran cosas raras... Total, que vendieron la casita que tenían y se marcharon a Valencia, pero los engañaron. Otros sí que sacaron dinero con aquello, pero sus padres no vieron una perra, y hasta que se situaron pasaron muchas penurias. La anciana mujer venía a rememorar, atraída por sus recuerdos de infancia...>

            El caso del “fenómeno” que se relata responde sin duda a un parto siamés, el único conocido y descrito en la zona, correspondiente a unos gemelos cuyos cuerpos permanecen unidos tras el nacimiento. Los siameses son poco frecuentes [1:200.000 nacimientos], naciendo muertos en la mitad de los casos, siendo tres veces más frecuentes los del género femenino y con una supervivencia inferior al 25%.[1]

            Sería lícito preguntarnos, ¿cómo es posible que aquella familia pudiera llevarse el producto de aquel parto siamés, en vez de enterrarlo, como hubiera sido lo procedente? No podemos responder a la pregunta, porque no lo sabemos. En cualquier caso, del testimonio se deduce que se lo llevaron y lo embalsamaron, probablemente para su exposición pública en algún espectáculo. Algo que sí podíamos hacer para intentar responder la cuestión es asomarnos a los libros de registro parroquiales, para ver si hay rastros de la familia Morte y completar la historia… Existe una Acta de Defunción de fecha 20 de abril de 1905, correspondiente a "Quiteria Morte Lacasa de setenta y cinco años de edad, hija de Pedro y Manuela, natural de Riodeva (Teruel), viuda de Ramón Cañizares", fallecida como consecuencia de Nefritis Parenquimatosa. Asimismo, exiten referencias a una vecina de nombre Rafaela Morte González, consorte de Eduardo Selfa Guillén, fallecido en Torrebaja el 21 de agosto de 1929, a los 69 años. Con independencia de otras consideraciones, vemos que ciertamente existen antecedentes del apellido "Morte" en la localidad, lo que apunta a favor de la historia narrada, aunque no de forma concluyente.

Vista parcial del Cementerio Municipal de Los Llanos en Torrebaja (Valencia), 2013.

Ramón Cañizares Arnalte, muerto de una pedrada.
            En el cementerio viejo de Santa Bárbara en Torrebaja (Valencia), había una lápida basada en cuatro ladrillos de cerámica con la siguiente inscripción:

Aquí murió de 23 años/ Ramón Cañizares Arnalte,
a consecuencia de una pedrada/ que le tiró Guillermo Cortés,/
estando en su finca, en 1917./
Recuerdo de su padre

            El antiguo cementerio se hallaba a la izquierda, del camino de La Presa, según se bajaba de la Carretera Nacional-420 al río Ebrón, y dejó de utilizarse en 1920, cuando se inauguró el nuevo de Los Llanos. Los niños de mi generación entrábamos de vez en cuando al viejo recinto, saltando la tapia y curioseando por el lugar. La puerta se hallaba en el muro de levante, y entrando a la izquierda había un pequeño panteón, donde yacían los restos de un sacerdote, don Antonio Valero Arnau.[2] Los chicos subíamos al muro y a través del tejado, que ya estaba medio derruido, podíamos ver el féretro... La lápida de Ramón Cañizares Arnalte se halla en la tapia occidental. Cuando la leí por primera vez que quedé profundamente impresionado; no lo comenté en mi casa, pues hubiera supuesto una buena regañina, ya que entrar en el viejo cementerio estaba prohibido... Años después, ya desaparecido el camposanto, encontré el texto de aquella lápida en un libro de Mª Ángeles Arazo -Gente del Rincón (Valencia, 1964)-. Pero fue muchos años después cuando me enteré de la historia de la pedrada que acabó con la vida del mozo, y fue merced al relato de mi vecina, la señora Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941):
  • <Había aquí una familia ya desaparecida, a la que llamaban “los Corteses”, entre los que se hallaba el tío Marino Cortés Cañizares. Este hombre, algo cargadito de espaldas, era de la quinta de mi padre; después de la guerra todavía coció pan en el horno viejo... Resulta que la madre del tío Marino, a la que llamaban Teresa, murió siendo él niño; y al enviudar el padre, al que llamaban Guillermo Cortés, se casó de segundas con una tal Leonor, hija de la tía Cuentas, que vivía en Las Eras. De este matrimonio nacieron varios hijos... Uno de ellos, el “que tenía los dientes muy salidos”, estaba cuidando algún animal, una oveja o lo que fuera, en esa parte de la huerta que llaman Los Escaños, y otro mozo que estaba trabajando en otra finca vecina parece que lo despachó de allí por alguna razón. Entonces el crío fue llorando a su casa, quejándose de que fulano lo había echado de malas maneras... La madre, tras escuchar las quejas del hijo, indicó al marido: ¡Si no vas y lo matas no eres hombre...!>
El señor Marino Cortés Cañizares (Torrebaja, 1893) y su esposa, la señora Isabel Romero Corbalán, junto a su casa en Las Eras -entonces aldea de Castielfabib (Valencia)-: el señor Marino era hijo de Guillermo Cortés Casino (1866-1940), el que lanzó la pedrada, y de su primera esposa, Teresa Cañizares de Torrebaja.

La frase da entender que probablemente ya existía alguna diferencia entre ambas familias. Sin embargo, sus palabras debieron ser sólo una forma de hablar, porque seguramente lo ocurrido con el hijo no era para tanto.
  • <El caso es que el tío Guillermo fue al sitio y después de algunas palabras con el otro se acaloró, cogió una piedra y se la tiró al mozo que había echado a su hijo, con tal mala fortuna que le arreó en la cabeza y lo mató... El mozo muerto se llamaba Ramón, tenía veinte y pocos años y era hermano de José el Zapatos>
Detalle de una procesión en Torrebaja (Valencia), durante las fiestas patronales de santa Marina y san Roque, con el señor José Cañizares Arnalte (1898-1973) -en primer plano, a la izquierda-, hermano del que murió de una pedrada.

Cuando dice de “José el Zapatos” se refiere al vecino José Cañizares Arnalte (1898-1973), hijo de Ramón y de Josefa, padre de Ramón (1919-2003), Daniel (1923-2007), José (1926-93) y Blas Cañizares González (1933-2009).

            Indagando en el Archivo Histórico Parroquial hallé la siguiente partida de defunción, correspondiente a Ramón Cañizares Arnalte, de 23 años:
  • <En el pueblo de Torrebaja, Provincia de Valencia, Dio-/ cesis de Segorbe a once de Diciembre del año mil nueve-/ cientos diez y siete: Yo D. Luis Tortajada, Pbro., Cura pro-/ pio del mismo di sepultura eclesiástica al cadáver de/ Ramon Cañizares Arnalte, soltero de veintitrés años/ de edad, hijo legítimo de Ramon y Josefa, que falleció/ el día anterior a las catorce a consecuencia de/ un absceso del cerebro y probable meningo-encefalitis aguda consecutiva/ habiendo recibido los St. Sacramentos. /Y para que/ así conste lo firmo. Luis Tortajada Pbro. Cura>.

            Uniendo los datos arriba expuestos con los del acta de defunción vemos se trata del mismo individuo -fallecido el 10 de diciembre de 1917-: El contenido textual de la lápida del desaparecido cementerio de Santa Bárbara parece indicar que el finado murió en la misma finca donde recibió la pedrada, pero el acta dice que falleció “a consecuencia de/ un absceso del cerebro y probable meningo-encefalitis aguda consecutiva”. Ello nos permite deducir que la pedrada debió recibirla en la cabeza, produciéndole una herida, probablemente abierta, la cual evolucionó hacia un absceso o infección que afectó las meninges y en encéfalo, esto es, las coberturas de la masa encefálica y el propio cerebro, siendo esta la causa inmediata de la muerte del joven, que tendría lugar días o semanas después de la pedrada.
            Sería lícito preguntarnos por el homicida, Guillermo Cortés Casino (1866-1940), y lo que sería de él… Nada sabemos al respecto, pero podemos suponer que fuera detenido y juzgado, y probablemente encarcelado durante un tiempo. Los libros parroquiales de Torrebaja recogen su defunción, que tuvo lugar en su domicilio del barrio de Los Pajares, entonces término de Castielfabib -el 30 de abril de 1940-: Falleció a consecuencia de una “hemorragia cerebral”, cuando contaba 74 años de edad. Era hijo de Guillermo Cortes y de Isabel Casino Esparza (1852-1919), y estaba casado con Leonor Martínez Romero, “hija de la tía Cuentas”. Cuando sucedieron los hechos -en 1917-, contaba 41 años…


            El tío Plácido era muy ocurrente, y dado a componer poesías.
            El tío Plácido y su hija Águeda, –me refiero al señor Plácido Luis Giménez (1878-1965) y a la señora Águeda Luis Gómez (1910-92)- fueron en su tiempo unos vecinos de Torrebaja muy celebres, pues eran personas muy ocurrentes, que de cualquier cosa hacía broma y chascarrillo... Resulta que en tiempos del rey Alfonso III, cuando la Dictadura de Primo de Rivera (1923-30), pasó por el Rincón de Ademuz el general –venía de Madrid, vía Cuenca y se dirigía a Teruel-; y aquí en Torrebaja le dieron un gran recibimiento, con arcos de triunfo plantados en la carretera y una banda de música de guitarras y violines, dirigida por Antonio Gómez Pastor (a) el Randolo... –la gente mayor del pueblo todavía lo recuerda, aunque ya quedan pocos de aquella época-. Y como sea que el tío Plácido era muy dado a componer poesías, le hizo una al general, pues la ocasión lo requería. Y allí mismo en la carretera, delante de todo el pueblo, del general y su comitiva, su hija Aguedita, que entonces contaría catorce o quince años, leyó el poema.[3]
Lápida en el Cementerio Municipal de Torrebaja (Valencia), correspondiente al señor Plácido Luis Giménez (1878-1965) y a su hija,  la señora Águeda Luis Gómez (1910-92).
           Pero resulta que después de la Guerra Civil (1936-39), al tío Plácido, que era más bien de izquierdas y había sido Guardia de Seguridad cuando la República, le quitaron la paga. ¡Podemos imaginar el desespero del pobre hombre y de su familia, pues una paga fija entonces, por escasa que fuera, significaba mucho! Como decía, algunos torrebajenses conocen la historia del general Primo de Rivera y su paso por Torrebaja, pero pocos saben lo que sucedió con la paga del tío Plácido. Yo tampoco conocía esta parte de la anécdota, hasta que me la contó mi vecina, la señora Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941), a quien se la contó su padre:
  • <Sí, al tío Placido le quitaron la paga después de la guerra, pero mi padre –se refiere al señor Gregorio Martínez Gómez (1895-1986)- le escribió una carta a doña Pilar Primo de Rivera, la hija del General, contándole lo que ocurría y lo del recibimiento que le habían dado a su padre en Torrebaja, dándole pelos y señales del hecho..., y que el tío Plácido había compuesto unos versos de recibimiento en honor del general..., que si tal y cual. Y todo fue que al poco tiempo el tío Plácido tenía la paga de nuevo...>

            Se hace aquí mención a doña Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (1907-1991), hija del dictador español de los años veinte, hermana de José Antonio, el fundador de Falange Española, y líder de la Sección Femenina.[4]


            La tía Nicanora de Torrebaja, su hermano Manuel y un tal Eliseo.
            La misma señora Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941), me contaba que hace años vino al pueblo una señora forastera y su familia preguntando por alguien que hubiera conocido a su madre, una tal Nicanora, natural de Torrebaja. Pero nadie supo darle razón. Aquella gente venía a conocer el pueblo, pues siempre le habían oído decir a su pariente que ella había nacido aquí en Torrebaja, de donde se habían marchado años antes de la guerra. Preguntando se encontraron con Isabel la Maganta –me refiero a la señora Isabel Luis Díaz (1910-84)-, una mujer mayor que estaba sentada en la esquina de su casa. Al nombrarle a la tal Nicanora, la tía Isabel refirió que la recordaba, pues habían sido vecinas de calle y conocía a la familia. Vivían en una casa que ahora es solar, junto a la de Melchorín –me refiero a Melchor Pérez Sánchez (Riodeva, 1921)-, esto es, bajando por la calle Fuente hacia la del Cantón, a la izquierda. La señora Trini también la recordaba de nombre, pues aunque ella no la conoció, cuando ella y su padre pasaban frente a aquella casa siempre le nombraba a la Nicanora, cuya familia tenía un perro muy ladrador... Contaba su padre, el señor Gregorio Martínez Gómez (1895-1986), que en cierta ocasión, siendo él un chaval, pasó con el macho por allí, cuando salió el perro ladrando... Todo fue que la caballería se espantó, y el muchacho cayó al suelo, de tal forma que se hizo una herida en el mentón. Y allí mismo le cosieron la herida, de la que guardaba una cicatriz como recuerdo...

Sección de la calle Fuente que baja hacia la del Cantón, donde vivía la familia de la señora Nicanora Gimeno Luz (Torrebaja, 1900), que se cita en este relato (2013).

            Decía que la familia de Nicanora se marchó de aquí antes de la guerra, y nunca más volvió; pero la historieta continúa... Cuando los nacionales entraron en Cataluña, miles de españoles huyeron a Francia por los Pirineos, y los franceses metieron a muchos en campos de concentración levantados en las mismas playas y otros lugares del interior. Entre ellos estaba un tal Eliseo, suegro de Amalio Muñoz Gómez... Estando allí, el tal Eliseo vio a lo lejos a uno, cuya fisonomía le recordó a Manuel Gimeno Luz, un vecino de la calle donde él se había criado, y le llamó: ¡Manuel, Manuel...! -cátate que éste se volvió, porque era él, un hermano de la tía Nicanora de Torrebaja-. Ambos se reconocieron y se abrazaron, contando cada uno su aventura... Eliseo era hermano de la tía Evarista Gómez Martínez (1889-1968), la mujer del tío Jesús Muñoz Manzano (a) el Romualdo, y del tío Bienvenido, padre de Trini la Abadeja. De joven, Eliseo había estado trabajando “por las barcelonas...”, como se decía entonces. Pero como Cataluña era zona roja, cuando ya se vio claro que los nacionales iban a entrar en la ciudad, por miedo de lo que pudiera ocurrir, cruzó la frontera hacia Francia... No, él no era hombre de ideas políticas, y parece que volvió enseguida a España, reclamado por el patrón para el que había trabajado anteriormente, “sin pasar por la cárcel ni nada, porque estaba limpio”. El caso es que mientras estuvo en el campo de concentración el tal Manuel –que había emigrado a Francia años antes- se portó muy bien con él, le llevaba comida y lo que podía, “porque los concentrados en aquellos campos estaban mal, pero que muy mal...” –basta leer los comentarios de Zugazagoitia en “Guerra y vicisitudes de los españoles” (Barcelona, 2001)-.[5] Según mi informante, el tío Eliseo contaba después las miserias que pasó en el campo de concentración, y la previa huida hacia Francia, con los que se marchaban, portando a cuestas los pocos enseres que podían llevar, y de los trabajos que pasaron... Vio morir a gente por los caminos, ancianos y niños agotados por la enfermedad y el frío, a los que dejaban en las cunetas, medio enterrados bajo cuatro piedras... El capítulo El exilio de los vencidos en el libro “Años de hierro” de Pío Moa resulta revelador al respecto.[6]

            En el Archivo Histórico Parroquial de Torrebaja figura una partida de Bautismo a nombre de Nicanora Gimeno Luz -nacida el 9 de junio de 1900-: hija legítima de Francisco Gimeno y Antonia Luz. Abuelos paternos: Francisco Gimeno y Rosa Blasco. Abuelos maternos: Joaquín Luz y Manuela Lorente. Fueron sus padrinos: Tomás Gimeno Muñoz, carpintero y Julia Pérez, todos de esta vecindad.


Durante una borrachera, accidentalmente, lo mató.
Conversando con la señora Trini Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941), me refirió la siguiente historieta:
  • <Contaba mi padre –se refiere al señor Gregorio Martínez Gómez (1895-1986)-, que el tío Peperrojo, abuelo materno de la tía Jesusa y Carmen la Estanquera, era amigo íntimo del padre del tío José el Royo; y sucedió que un día, durante una borrachera, accidentalmente, lo mató... Después, el pobre hombre, que era muy buena gente, toda la vida vivió afrentado por lo que había ocurrido, pues, aunque de forma involuntaria, no se perdonó nunca haber matado a su mejor amigo>.

Se trata de una historia conmovedora, una tragicomedia con final de muerte... Cuando me puse a investigar el suceso, lo primero fue buscar las referencias relativas a “la tía Jesusa y Carmen la Estanquera”, averiguando se trata de Amparo Arnalte Gimeno (1906-1989), alias la Jesusa y de su hermana Carmen Arnalte Gimeno (1909-1961), alias la Estanquera. Amparo vivía en una casa de la carretera y estuvo casada con Teodoro Giménez Martínez (1902-1967), padres de Alicia y Teodoro. Carmen vivía en la calle del Rosario y regentaba un comercio que había sido estanco, casada con Francisco Tortajada Gea (1905-1991), alias el Cirujano, padres de Tonica y Paco. Indagando en la genealogía familiar averigüé que ambas fueron hijas de Jesús Arnalte Gómez y de Antonia Gimeno Gimillo (1880-1911), siendo él hijo de Francisco Arnalte y María Gómez (a) los Sebastianos; y ella hija de Ramón Gimeno Gómez (1855-1928)  y de Carmen Gimillo (a) los Peperrojos.

Gente de Torrebaja (Valencia), de izquierda a derecha: desconocido; José Esparza Gómez (a) el Royo; Alfredo Sánchez Esparza (1905-84) y Ricardo Esparza Gómez (1869-1963).

Respecto a la víctima, cabe decir que era padre de José el Royo y de su hermana Asunción la Roya, mujer de Evaristo Gómez Aliaga (a) el Marianazo –hermanastro del tío Pachicho-: José el Royo estaba casado con Otilia Luis Pérez (1890-1968), con la que tuvo tres hijas: Marina, Berta y Pilar Esparza Luis. Marina era la mayor, y casó con Paquito Verbena Arnalte; la segunda era Berta, y casó con Enrique, un hijo de Evaristo el Roso y de Teresa; y Pilar, la pequeña, casó con uno de los Mosquitos… Fue así, investigando en los archivos y consultando a vecinos y familiares, como supe que el apelativo de “José el Royo” correspondía al señor José Esparza Gómez, hijo de José Esparza Esparza (1851-1907) y de Andrea Gómez. El Acta de Defunción del finado, dice (la negrita es mía):
  • <En el Pueblo de Torrebaja, Provincia de Valencia, Dió-/ cesis de Segorbe a veintidos de Octubre del año mil/ novecientos siete: Yo D. Luis Tortajada Pbro. Cura/ propio de esta parroquia di sepultura eclesiástica/ al cadaver de José Esparza Esparza de cincuenta y/ seis años de edad, actual esposo de Andrea Gómez, hijo/ legítimo de Bernardo y Teresa, que falleció el día/ anterior a las diez y nueve, á consecuencia de una Embolla septica según informe facultativo, remiti-/ do de la Autopsia practicada en su cadaver. Recibió/ los St. Sacramentos. Y para que así pueda constar/ lo firmo. Luis Tortajada, Pbro., cura>
Todo lo cual demuestra que la anécdota relativa a la muerte accidental del padre de José el Royo tiene su fundamento, pues aunque el diagnóstico de la muerte -"Embolla septica", esto es, una "embolia séptica"- no permita deducir de entrada la causa primera, el hecho de que al cadaver se le practicara una autopsia puede indicarnos que la muerte no fue por causas naturales.






[1] Siameses. (2013, 20 de junio). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 17:26, junio 25, 2013.
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. El cementerio viejo de “Santa Bárbara” en Torrebaja (Valencia), del lunes 7 de noviembre de 2011.
[3] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Don Miguel Primo de Rivera, de paso por el Rincón de Ademuz, del jueves 1 de marzo de 2012.
[4] Pilar Primo de Rivera. (2013, 25 de abril). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 07:20, junio 25, 2013.
[5] ZUGAZAGOITIA, J., Guerra y vicisitudes de los españoles, Barcelona, 2001, p. 536.
[6] MOA, P., El exilio de los vencidos, en: Años de Hierro. España en la posguerra (1939-1945), La Esfera de los libros, Cuarta edición, Madrid, 2008, pp. 39-51.

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