miércoles, 3 de julio de 2013

ANECDOTARIO RINCONADEMUCENSE (y IV).


Relatos cortos –entre la anécdota y la historia- referidos al Rincón de Ademuz.




Notas acerca de la tía Felisa y sus familiares, los “Pinazo Martínez” de Torrebaja.
La tía Felisa –me refiero a la señora Felisa Pinazo Martínez (1896-1989)- fue una mujer muy particular, al menos a mí me lo parecía; de esas mujeres antiguas y sabias a las que la vida había enseñando muchas cosas. Pertenecía a una conocida familia de Torrebaja, los "Pinazo Martínez," y reunía la mayoría de las características de esta progenie, pues era corpulenta y de gran corazón, además de jovial y extrovertida. Fueron varios hermanos y hermanas, hijos de Santiago y de Petra -él de Castielfabib y ella de Torrebaja-: Francisco (1892-1944), Ramona (1893), Antonia (1895-1971), Felisa (1896-1989), Guillermo (1901-73), Adoración (1904-77), Santiago (1909-34), que falleció siendo joven, con 25 años y Petra (1911). Y Filomena, mujer de Antonio Gómez Pastor (1886-1940), alias el Randolo, con el que tuvo varias hijas y un hijo: Albina, Josefina, Pilar, Dora, Maruja y Antonio... Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941), hija de Gregorio y Josefina, que tiene una extraordinaria retentiva para las genealogías familiares, me explicaba:
  • <Sí, el tío Santiago Pinazo Corbalán es el padre de todos los Pinazo de Torrebaja, procedía de El Cuervo y era hermano de la tía Emerenciana, que estaba casada con el tío Mariano, al que llamaban Marianico. Emerenciana y Mariano fueron los padres de los Cuerveros: Albito, Braulio, Constantino, Elisa, José y Nemesio Asensio Pinazo –claro, éstos también eran Pinazo, pero de segundo apellido-. Te lo digo para que entiendas las relaciones familiares... El tío Santiago Pinazo vino a Torrebaja de pastor, a casa de la tía Petra, que era sola de familia, pues sus hermanas murieron... A una de las hermanas empezó a hinchársele el vientre y la gente pensaba, estará en cinta, pero la madre decía: ¡Ojalá, así a los nueve meses parirá...! -pero era un tumor o quiste lo que tenía, y cuando le reventó, la chica murió-. Parece que esta familia estaba bien, tenían tierras y ganado, y algo de carnicería... El caso es que Santiago enamoró a la Petra y se casó con ella. Luego hizo muchos intereses, porque parece que era espabilado, aunque le faltaba una pierna, y murió joven... –el 10 de marzo de 1921, a los 59 años-.>
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Detalle de la lápida del señor Santiago Pinazo Corbalán (1862-1921), padre de los "Pinazo Martínez" de Torrebaja, en el Cementerio Municipal de Torrebaja (Valencia).

Detalle de la lápida de la señora Petra Martínez Aspas (1869-1964), madre de los "Pinazo Martínez" de Torrebaja, en el Cementerio Municipal de Torrebaja (Valencia).
La señora Petra Martínez Aspas (1869-1964), con dos de sus nietas -Petra y Albina-, en Torrebaja (Valencia).

Líneas familiares de los hermanos Pinazo Martínez.
Nombre y apellidos
padres
Abuelos
Paternos
Maternos
Francisco, Antonia, Felisa, Guillermo, Adoración, Filomena y Santiago Pinazo Martínez
Santiago Pinazo Corbalán de Castielfabib (Valencia).
Petra Martínez Aspas de Torrebaja (Valencia).
Antonio Pinazo de Arcos de las Salinas (Teruel).
Ramona Corbalán de Arcos de las Salinas (Teruel).
Antonio Martínez de Castielfabib (Valencia).
Apolonia Aspas de Salvacañete (Cuenca).
Tomado de SÁNCHEZ GARZÓN (2009), pp. 505-506.


Conocí a cuatro de los hijos, a Antonia y Adoración, a Felisa y Guillermo, y guardo algunos recuerdos de ellos. Quizá porque siempre me han fascinado las familias numerosas, como fueron las de mis padres, y el complejo encaje de sus relaciones... Pero por la edad, no pude conocer a Francisco Pinazo Martínez (1892-1944), pues cuando él falleció yo todavía no había nacido. El vecino Armando León Valero (Vallanca, 1924), afincado en Torrebaja, me contaba del tío Francisco:
  • <Sucedió que el tío Francisco Pinazo, que vivía en la calle de san Roque, en la casa más arriba de la nuestra, quiso probar de frutero, en la compraventa de manzanas, y le compró las manzanas a mi padre. Y mi padre le alquiló nuestras cambras, le venía bien porque las casas estaban juntas. Pero para que no tuviera que andar arriba y abajo de nuestra casa, mi padre accedió a romper el tabique que separaba ambas casas por la parte alta, para servirse mejor... Como te digo, esto sucedió mucho antes de la guerra, pero cuando dejó el negocio de las manzanas el paso que abrieron entre ambas casas quedó sin tapiar, pues se tenían mucha confianza. Y así pasaron años..., y resulta que vino la guerra. Un día entraron a registrar en casa del tío Pinazo, buscando yo qué sé…, la escopeta de caza, imágenes de santos o lo que fuera, porque aquel hombre tenía un hermano cura –se refiere a don Guillermo Pinazo Martínez (1901-73)-, y registrando, registrando, al subir a la cambra vieron que ambas casas se comunicaban. Aquello les llamó la atención y aunque se les explicó el motivo parece que no se quedaron conformes…>[1]
            Sigue diciendo:
  • <Mis padres ya habían escondido los cuadros, imágenes y cosas religiosas que tuvieran: las escondieron en un pajar de las eras, entre la paja, por lo que pudiera pasar... Porque las cosas de iglesia estaban prohibidas y a los curas los perseguían. Antes de la guerra ya cantaban una canción que decía: Si los curas y monjas supieran/ la paliza que van a llevar,/ subirían al coro cantando:/ ¡Libertad, libertad, libertad...! Entonces estaban muy extremadas las cosas políticas, había cafés de derechas y de izquierdas, las barberías igual, y los bailes..., cada uno hacía el suyo. Pero un día vino a casa Crisanto, el hijo de la tía Joaquina la Patricia, que era hermano de Desiderio, de Teodoro, el de Amparo la Jesusa y esa familia, y le dijo a mi padre: ¡Tío Justo, he oído en el Comité que van a venir a buscarle a usted y al tío Pinazo para detenerles, así que márchense...! Crisanto era entonces un jovenzano y entraba y salía del Comité, pues andaba con la juventud... Yo también iba, aunque era más joven. Allí (en el Comité) nos doctrinaban en cosas de política, nos enseñaban La Internacional y otras canciones... El caso es que el tío Pinazo y mi padre debieron coger miedo, porque se marcharon. Se fueron por detrás de la casa, y tomaron el camino del monte, hacia el Carril. No podían ir por la carretera, (pues) a la entrada y salida de los pueblos pusieron controles>.[2]
            Y termina diciendo:
  • <Caminando por el monte llegaron a Vallanca, mi padre con preocupación, pero el tío Pinazo silbando, porque era muy tranquilo y campechano. En Vallanca se metieron en un pajar de mi abuelo José –se refiere al señor José León Eslava-, pues mi padre descendía de Vallanca. Allí estuvieron unos días, pero como no estaban seguros se marcharon al rento de Tóvedas, y allí estuvieron tiempo y tiempo... El tío Casto mandaba razón a casa, diciendo: ¡Que vengan, si sabéis dónde están..., que no les pasará nada...! Esto parece que les tranquilizó, porque pasado algún tiempo se volvieron, y aquí estuvieron. Claro, esto fue al comienzo de la guerra... Después se llevaron a mi padre, con un batallón de trabajo -porque ya era mayor, de la “quinta del saco” que llamaban- para hacer carreteras y demás. Claro, él tenía entonces casi 40 años, y estuvo por la parte de Bétera y esa zona de Valencia; debió pasarlo muy mal, porque cuando vino estaba muy delgado, despanado y consumido...>[3]

Cuando dice del “tío Casto” se refiere al señor Casto Licer Casinos (Ademuz, 1893-Valencia, 1937), dirigente socialista comarcal vinculado a varios episodios ocurridos durante la revolución y Guerra Civil en la zona.[4]

Detalle de la lápida del señor Francisco Pinazo Martínez (1892-1944), en el Cementerio Municipal de Torrebaja (Valencia).

Recuerdo a Antonia Pinazo Martínez (1895-1971), que vivía en una casita alta y estrecha de la calle Fuente, esquina con La Replaceta, frente a la iglesia parroquial. Estaba casada con Cayetano Gómez Muñoz (1895-1975), carpintero, cuyo taller se hallaba en un bajo de la carretera, y era muy hábil en la construcción de escaleras. Antonia y Cayetano tuvieron varios hijos: Cayetanico, Petra, Cayetano, Enriqueta, Guillermo, Antonio (1936-2013) y Marina (1939-1986) –el primero murió de meses-. De Antonia se decía que era “muy de derechas”, en cuya idea se reafirmó después de la guerra, pues durante la contienda los del Comité le requisaron unas calderas, de esas grandes del frito, y ya no se las devolvieron. Además, tenía un hermano sacerdote y como los de izquierdas perseguían a la Iglesia y a los curas, pues ella no los podía ni ver. Por eso le decía a una vecina: ¡Dios te libre y te guarde de la pedrada de un zurdo, Josefina...! –refiriéndose a la gente de izquierdas-. No, no podía ver a los de izquierdas, pero ésa no era la única razón. Lo que más la ofendía de los de esta forma de pensar era que, en cierta ocasión, esto también durante la guerra, los del Comité repartieron en la plaza juguetes y otras cosas para los niños, y a los suyos, por ser ella de derechas, no les dieron ninguno. ¡No, eso no se lo perdonó nunca a los del Comité...!
Lo de la ideología política es una cosa curiosa, pues suele venir dictada por la tradición familiar y el sentimiento, antes que por la razón. Pocas personas he conocido que se hayan hecho de una u otra idea después de un sesudo razonamiento; aunque admito que las personas pueden cambiar de ideas, y no me refiero a “cambiar de chaqueta” por interés, sino por convicción. Pero en general uno es lo que es, en la mayoría de los casos por influjo ambiental o contra éste, y después va buscando argumentos que le refuercen la forma de pensar, apartando los que la contradicen; al menos esto es lo que yo he observado en la mayoría de los casos..., pero habrá excepciones. En cualquier caso, derechas o izquierdas son expresiones anacrónicas y caducas, muy parecidas en la práctica política, como para evitar posicionarse al lado de una idea y contra la otra. No en vano se ha dicho que “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil; ambas son formas de la hemiplejía moral” -José Ortega y Gasset, dixit-.[5] Obviamente, no ser una cosa no demuestra que seas lo contrario y, en última instancia, tan respetable es postular en una posición como en otra. Circunstancialmente, se conoce mejor a las personas por lo que hacen que por lo que dicen ser. Aunque, conjuntamente, somos lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos...
Según testimonios, la tía Antonia la Pinaza había sido una mujer de mundo y hablaba como una letrada, aunque apenas sabía leer y escribir, pues había estado sirviendo con gente importante, condes y marqueses: como primera camarera, estuvo con el hijo de la marquesa de Llanos, que había sido cónsul de España en Alemania. Sí, su hijo Antonio le decía: Madre, usted no ha de firmar con el dedo... –y la enseñó a escribir su nombre, pues no quería que signara con la huella digital-.

Grupo familiar "Pinazo Martínez" de Torrebaja (Valencia), entre los que destaca la matriarca, señora Petra Martínez Aspas (1869-1964) -tercera por la izquierda, junto a su hija Adoración-.

La tía Felisa Pinazo Martínez (1896-1989) vivía al final de la calle del Rosario, poco antes de que esta aboque a la carretera y el camino de la Hoya. La casa era amplia, de tres plantas y tenía un hermoso huerto por la parte de atrás, que daba sobre el camino de Los Callejones. Estaba casada con José Gómez Mínguez (1891-1962), hijo mayor del tío Tomás el Rito, nacido de su primera mujer, que fue la señora Joaquina Mínguez Lázaro (1871-1896). Tomás el Rito fue también un célebre personaje local, muy emprendedor y negociante, fundador del teatro y cine local y de El Pequeño Siglo, un comercio de larga tradición en la comarca.[6] El tío Tomás tuvo tres mujeres –Joaquina, María y Librada- y las tres le premurieron; entre todas le dieron un montón de hijos... Como decía, el mayor de ellos fue José, el marido de Felisa, un hombre bueno, sordomudo y zapatero de profesión: Su padre lo mandó fuera para que aprendiera un oficio y se enseñara a hablar... Felisa atendía a su familia, pues era ama de casa con cuatro hijos: Pepe (1922-2013), Carmen (1926-2003), Santiago (1927-2002) y Amparo Gómez Pinazo, que vive todavía. Además de las labores propias de su sexo, como se decía entonces, era partera: Sí, ayudaba a las madres a traer sus hijos al mundo... –yo mismo fui uno de ellos-. Entonces las mujeres parían en casa. El hospital general de Teruel lo inauguraron a principios de los cincuenta –en 1953-, pero hasta los primeros sesenta la mayoría de los niños de estos pueblos nacían en sus casas. La señora Felisa ejerció de matrona durante muchos años, haciendo de esta vocación una verdadera segunda profesión, hasta el punto que varias generaciones de torrebajenses tuvieron su primer llanto en sus brazos. Su hija menor, Amparo Gómez Pinazo (Torrebaja, 1936), me explicaba:
  • <Yo no sé cuándo empezaría mi madre a hacer de partera, sería en su juventud, pero puedo decirte que ya atendió a mi suegra, la tía Andrea, cuando nació mi marido –se refiere a Pepe Gracia Bertolín (a) el Molinero, nacido en 1929-. Mi abuela Petra –se refiere a Petra Martínez Aspas (1869-1964)- también había sido partera, debió coger la afición de ella, pues mi madre lo hacía por afición, porque le gustaba, no por ganancia. Mi abuela ya había atendido a mi madre cuando nací yo, que soy la última de cuatro hermanos: Sí, mi madre ya me tenía entre las piernas cuando la abuela llegó, pues en aquel momento estaba en Vallanca... Ya te digo que lo hacía porque le gustaba, para ayudar a las mujeres, pues cobraba la voluntad, unas veces le daban una hogaza de pan y otras veces otra cosa, dinero pocas... Mi padre le decía que no la compensaba estar tantas horas con la parturienta, generalmente de noche, pues muchos niños venían de noche o a la madrugada; pero ya te digo, ello lo hacía por ayudar a las mujeres en ese trance, que es muy duro... Cando el parto iba mal, mi madre avisaba al médico, pues ella tenía mucha experiencia y enseguida se daba cuenta si la cosa no iba bien... Una noche, atendiendo a una hija del tío Roches, resulta que se fue la luz, y el niño venía muerto, así que tuvo que sacárselo a trozos... También atendió a mi hermana Carmen cuando nació mi sobrino Teodoro: Sí, Carmen estuvo varios días de parto y al final la mandaron a Teruel, porque la cosa no iba buena. Ella no había estudiado nada de nada, se guiaba por la práctica y el sentido común, y también, imagino, por lo que había aprendido de mi abuela Petra...>

Grupo familiar "Pinazo Martínez" de Torrebaja (Valencia), entre los que destaca la matriarca, señora Petra Martínez Aspas (1869-1964) -sexta por la izquierda, entre sus hijas, Felisa a su derecha y Adoración a su izquierda-.

El momento evolutivo de una sociedad podría clasificarse según el combustible utilizado en las casas para hacer fuego. Los de la generación de los cincuenta conocieron la leña, bien en fuego bajo o en cocina económica, a la que se podía añadir carbón. Después vino el petróleo, que se quemaba en unos peculiares hornillos con cuatro patas, y finalmente el butano y la cocina eléctrica en distintas versiones... Cuando vino el butano, la señora Felisa dicen que decía: Yo tengo toda la mañana el butano encendido con la llamita pequeña, así no tengo que gastar una cerilla para encenderlo al medio día... –yo no sé si esto será cierto, aunque así me lo contaron; pero puedo aseverar que la llegada del butano a las cocinas de las casas constituyó una gran novedad-. El único problema es que había que ir a buscar las botellas a casa del butanero, y pesaban mucho; además, no tenían más indicación del nivel del gas que el peso, y el ruido de líquido que hacían al moverlas. Aunque después de tantos trabajos para tener fuego en la casa, éste era un problema menor. En cualquier caso, la actuación de la señora Felisa tenía su origen en épocas pretéritas, tiempos de mucha necesidad: ¡Quien no ahorra en lo poco tampoco ahorra en lo mucho...! –pensaría ella-.

El célebre Padre Paúl, don Guillermo Pinazo Martínez (1901-73), durante una estancia en Torrebaja (Valencia).
Con todo, el más notable de los hermanos fue don Guillermo Pinazo Martínez (1901-73), más conocido como el Padre Pinazo, pues era sacerdote Paúl. Los paules son una congregación de sacerdotes misioneros, orden fundada por san Vicente de Paúl (1581-1660), dedicada a la formación del clero y al servicio de los pobres. Otro sacerdote de Torrebaja perteneciente a esta orden fue el Padre Julián Morales Martínez (1891-ca.1975).[7]
El Padre Pinazo recibió el subdiaconado el 6 de junio de 1925, en Madrid, y como el Padre Morales también marchó para América, aunque él fue a parar a Nueva York, en cuyo distrito del Bronx regentó una parroquia durante muchos años. Cuando se jubiló, allá por los finales cincuenta o primeros sesenta, regresó a Torrebaja, donde se construyó un chalecito en la carretera: su intención era pasar aquí, junto a los suyos, los últimos años. Durante algún tiempo estuvo de cura en Torrebaja, en Vallanca y Negrón. Además de sus funciones como clérigo, enseñó música a varios chicos de estos pueblos, pues la música era para él su gran pasión. Ramón Mañas de Los Santos,[8] Daniel Aparicio de Torrebaja[9] y Justiniano Hernández Rubio fueron alumnos suyos, Justiniano hizo de la música su profesión.
El Padre Pinazo estuvo en el Rincón de Ademuz varios años, pero finalmente regresó a su parroquia americana: unos dicen si le llamaron de allá, pero otros opinan que se marchó porque no se adaptaba a la forma de vida de aquí, tan distinta de la que había conocido en su juventud en América. Quizá fuera por ambas razones, el caso es que según decían aquí no encajaba: ¡Se baña en la Presa (del río Ebrón) con los mozos y mozas del pueblo...! –murmuraban las gentes de buena fe-. ¡Ver entonces un cura en bañador no dejaba de ser provocador, un escándalo, dirían algunos, pues ya lo era verles jugar al fútbol con la sotana arremangada a la cintura! En ciertos aspectos fueron tiempos de moral estrecha, pacata y miedosa...

Ermita de san Roque en Torrebaja (Valencia), con detalle de la caseta desde donde se disparaban los cohetes contra el pedrisco en los años sesenta (1962).

La señora Adoración Pinazo Martínez (1904-77) vivía en una casa del Rincón de la Iglesia, junto al templo... Estaba casada con Julián Tortajada Martínez (1900-97), al que todos conocían como el tío Julián “el del Rincón”, con el que tuvo varias hijas y un hijo: Dora, Carmencica, Carmen, Julián y Trini –la primera Carmen murió-. Resulta curioso observar la sinonimia que a veces se produce entre las personas y los lugares, como es el caso, pues el Rincón de la Iglesia, prolongación de la calle Arboleda, era más conocido como “el Rincón del tío Julián”. En la actualidad nombramos esta parte como plaza de la Iglesia... El tío Julián era un personaje bonachón, afable y sonriente, hermano de Roque el Manzanero (1890-1974) y de una tal Lucía. Tenía un huerto en Los Callejones, donde hacía la hortaliza. El huerto estaba debajo de otro que tenía mi padre –me refiero a Alfredo Sánchez Esparza (1905-84)-, razón por la que mantenían buena vecindad, además de la simpatía que pudiera unirles, pues les recuerdo a ambos sentados en el ribazo, fumando y charlando a la sombra de un cerezo que había en el margen...

Detalle de la caseta, frente a la ermita de san Roque en Torrebaja (Valencia), desde donde se disparaban los cohetes contra el pedrisco en los años sesenta (1962).


Sin embargo, los de mi generación le recordarán más como Julián “el de los cohetes”, pues era quien se encargaba de disparar los petardos con los que se pretendía disipar las tormentas. En cuanto aparecía un nublado, el tío Julián subía a la era de san Roque, entraba en una caseta que había frente a la ermita y se cerraba por dentro. El cubículo tenía la cubierta en forma de cúpula, tal la de un observatorio astronómico, con una puerta y tres estrechas ventanas, en cuya parte inferior poseían una rendija por donde prendía fuego a la mecha del cohete allí dispuesto, sujeto por una abrazadera de hierro. Los cohetes eran de buen tamaño y llevaban una larga caña, y al encenderlos salían disparados hacia el cielo, dejando una estela de humo: detonaban en lo alto, con un estruendo que resonaba en todo el valle. En cuanto los de Ademuz los oían, exclamaban: ¡Ya están los de Torrebaja con los cohetes...! -pensando que ahuyentaban las nubes hacia su término-. Según parece, los petardos se utilizaban con la intención de desviar el curso de las tormentas y evitar el granizo, pues cuando estallan la nube rompe en agua.[10]


Foto de juventud de la señora Adoración Pinazo Martínez (1904-77), en Barcelona, años veinte.

En su juventud, la tía Adoración estuvo en Barcelona, sirviendo en casa de una conocida familia de la alta burguesía barcelonesa. Entonces, años veinte y treinta del pasado siglo, fue muy común este tipo de emigración de las mozas del Rincón de Ademuz y pueblos del entorno comarcal de Cuenca y Teruel a la capital catalana. Entre aquellas se hallaba mi propia madre, que entró a trabajar con doña Trinidad Rius Fabra, viuda de don Jaime Nadal Camps y de Ballester, por intermedio de la señora Adoración, cuando ella dejó el servicio en aquella casa.[11]

El señor Julián Tortajada Martínez (1900-97) y su esposa, la señora Adoración Pinazo Martínez (1904-77).
Se cuenta que cuando la guerra, estando la tía Adoración en su casa, dando de mamar a su hija Carmen, por efecto del bombardeo se derrumbó media fachada de la vivienda... Sí, esto fue durante el bombardeo nacional que sufrió Torrebaja el 26 de noviembre de 1938.[12] El bombardeo tuvo lugar al comienzo de la tarde, hubo muchos muertos y cantidad de edificios derruidos. Uno de estos fue la casa de Carmen la Bernarda –esposa de Justo y madre de Pío, Jesús y Rogelio Calvo Martínez-, que estaba al fondo de la actual plaza de la Iglesia, junto a la de Adoración y Julián. Debió ser una tremenda experiencia para la madre, observar cómo la pared se desplomaba hacia la calle mientras daba el pecho a su bebé... Su hija Dora me contaba:
  • <Cuando empezó el bombardeo mi madre estaba dando el pecho a Carmen, pero enseguida nos cogió a las dos, abrazándonos, y no paraba de decir: ¡Ángel de la Guarda, protégenos! ¡Ángel de la Guarda, protégenos! -y debió protegernos, porque no nos pasó nada-. Nos quedamos en un rincón de cocina, pero la fachada y lo demás se cayó. Luego nos bajaron poniendo una puerta como pasadera, para que pudiéramos salir... Sí, la casa de la tía Carmen la Bernarda, que estaba junto a la nuestra también se cayó...>


Durante el mismo bombardeo se puso de parto la tía Pepica, esposa de José Marín Pérez (1906-1972), alias el Farriate, que vivía en la calle Fuente. Varias bombas cayeron en esa misma calle, muy cerca de la casa de Pepica, derruyendo otros tantos edificios en la zona, matando a Pilar Esparza Gómez, de 22 años, que festeaba con Ernesto Blasco el Practicante, y dejando sepultadas bajo los escombros a dos de las Serapias. Contaba después la Pepica que las paredes de su casa temblaban por los estampidos, pero su madre no la abandonó ni un momento... El parto acabó bien y nació su hija Pepita, que casó con Ramón Gimeno Martínez (a) el Isaías. Según la madre se salvó por intercesión de san Vicente Ferrer, cuya imagen figura en un plafón cerámico que hay en la fachada; aunque el icono estaba entonces encalado, pues los símbolos religiosos eran perseguidos... Pepita, la hija nacida en tan dramáticas circunstancias, me contaba: Después de la guerra, mi madre sufragó una misa con procesión… -sería en acción de gracias por la merced recibida del santo-.

Grupo familiar: las hijas de la señora Filomena Pinazo Martínez y del señor Antonio Gómez Pastor (1886-1940), en Barcelona (2013).

Buenos y malos recuerdos de infancia.
El mejor de los recuerdos que la señora Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941) tiene data de su infancia en el pueblo, cuando se criaba junto con su hermano pequeño... Sin duda, ésa fue la época más feliz de su vida. Cuando su padre se iba de viaje, siempre venía cargado de regalos para ellos... Todavía guarda ella una muñeca con cara de porcelana que le trajo una vez. Sin embargo, el más triste de sus recuerdos se produjo también en esa época, cuando falleció su hermanito Gregorio:
  • <Estaba entonces de médico don Antonio el Grande, y se empeñó que lo de mi hermano eran fiebres, pero cada vez estaba peor... Y resulta que se encontró con don Manuel Gimillo, que había venido a ver a la novia, y mi padre le pidió que le viera al niño. Don Manuel le dijo: Cuánto lo siento, Gregorio, pero tiene la apéndice perforada... El hombre se ofreció para operarle allí en casa, pero le advirtió que sólo se salvaban uno de cada cien... Al enterarse, don Antonio trató a don Manuel de curandero y se opuso a que le operase, diciéndole al cirujano: ¿Qué le ves tú a este niño para decirle a su madre que ya lo tienen en la caja…? El caso es que mi hermano falleció al día siguiente, y por la tarde el médico vino a verle... Cuando subía las escaleras, preguntó: Pero, ¿qué me dices, que se ha muerto el chico...? Y mi madre le contestó: ¡Sí señor, y sin gravedad...! -eso fue el 29 de julio de 1949 y al día siguiente lo enterraron-. Don Antonio vio al niño muerto y se marchó de mi casa, sin decir palabra... Y luego aún se atrevió a mandar a Trinitario –se refiere al señor Trinitario Adalid Rodríguez, el alguacil que recaudaba las igualas- a cobrar la consulta. Pero mi padre le dijo: Dile a don Antonio que si quiere cobrar la consulta me la pida a mí... Al poco de enterrar a mi hermano, don Antonio se tropezó con mi padre al pie de la torre de la iglesia vieja, y allí mismo le dijo: ¡Oiga, Gregorio, a ver si me paga la consulta que me debe del niño...! -Y le amenazó con sacar al chico del cajón para hacerle la autopsia si no le pagaba-. Al oír eso, mi padre se puso malo, y empezó a salirle un sudor frío del cuerpo que no sabía qué le pasaba. El caso es que se metió la mano en el bolsillo, para sacar el pañuelo y secarse el sudor... Pero el médico debió interpretar se buscaba alguna arma, un cuchillo o lo que fuera, y escapó corriendo; y ya nunca más le volvió a pedir nada a mi padre>.
Grupo familiar: la señora Josefina Arnalte y sus hijos, Gregorio y Trinidad Martínez Arnalte en Torrebaja (Valencia)

            Cuando dice de “don Manuel Gimillo” se refiere al doctor don Manuel Gimillo Mínguez (1923-1966), médico cirujano, por entonces novio de la señora Alicia Asensio Sánchez de Torrebaja, hija de Braulio y Elisa. Y continúa:
  • <Después, conmigo, como siempre estaba yo mala de anginas, sí que se tomó interés, y gracias a él me operaron en Teruel... Luego no sé lo que pasó en el pueblo, pero don Antonio se puso a recoger firmas, como buscando el apoyo de la gente, pues parece que algunos querían echarle. Vino a mi casa a pedir la firma, y mi padre le dijo: Mire, don Antonio, yo no he hecho nada para echarle a usted del pueblo, aunque tendría motivos; no olvide que tengo un hijo enterrado por un error suyo, pero tampoco voy a firmarle para que se quede... -y no le firmó-. Pero cuando el médico le enseñó la lista de los que ya le habían firmado, vio con sorpresa que muchos de los que él sabía habían protestado para echarle, también le habían firmado...; porque has de saber que aquí hay mucho hipócrita>.

Los restos mortales del niño Gregorio Martínez Arnalte –fallecido en 1949, a la edad de 5 años-, descansan en el cementerio municipal de Torrebaja, junto a los de su madre, Josefina Arnalte Gómez (1905-1974).
La señora Josefina Arnalte y el señor Gregorio Martínez, con su hija Trinidad.

El tío Jesús el Borica.
El tío Jesús el Borica -me refiero al señor Jesús Muñoz León (1891-1971), hijo de Antonio y Josefa- era ya un hombre mayor cuando yo le conocí, vivía en una humilde casa de la calle del Rosario, esquina callejón de la Herrería. No podría dar razón de su fisonomía, ni sé si le reconocería de verle en una fotografía. Desconozco asimismo cómo sería en su juventud, pero en su ancianidad se había convertido en un hombre solitario, huraño y receloso, aunque ignoro si tenía razones para ello.
En cualquier caso, no cabe confundir con el tío Segundo el Borito –me refiero a Segundo Bea Muñoz (1900-1978)-, ya que nada tiene que ver el uno con el otro, excepto haber sido contemporáneos y tener un apodo parecido. Lo de los apodos es algo curioso, una costumbre milenaria, pues ya los romanos los usaban. El gran estilista y retórico Marco Tulio Cicerón (106-43 a JC) también lo tenía, “Cicerón”, era su apodo, palabra latina que proviene de “cicero”, con significado de garbanzo o guisante. Unos autores dicen si aludiendo a que la familia de Marco Tulio se dedicaba al cultivo de esta leguminosa, mientras que otros afirman que era debido a una verruga que el orador tenía en la cara. En los pueblos del Rincón de Ademuz los motes fueron comunes en otro tiempo, pocos se libraban de tenerlo. Los más célebres solían pasar de padres a hijos, hasta la enésima generación. Los ponían para distinguir a unos vecinos de otros, atendiendo a alguna característica del individuo, en ocasiones con un punto de maldad o condición negativa, pues en otro tiempo eran muy comunes los Antonios, Juanes, Jesuses, Josés, Ramones... -lo mismo sucedía con los nombres de mujer-. En la localidad de El Cuervo (Teruel) es donde he visto los nombres más raros e infrecuentes: Albito, Alina, Braulio, Celestina, Cinta, Diocleciano, Lauriano, Nemesio, Purpurina... -dicen si era para evitarles el apodo-. Hoy día vemos menos sobrenombres, a los niños les ponen Josua, Jonatan, Kevin..., con semejantes nombres no precisan de apodo, al menos por ahora. Y no digamos de los nombres de las niñas... Según testimonio de Trinidad Martínez Arnalte (Torrebaja, 1941):
  • <El tío Borica procedía del Val de la Sabina, aldea de Ademuz y era mozo viejo… Tenía una hermana viuda que vivía en el callejón de la Talega –frente a la casa de la tía Raimunda y el tío Eliso-, la mujer falleció en su casa, parece que de tensión: Las vecinas la llamaban y como no contestaba se asomaron por un ventanico que había en la fachada, y la vieron allí, tendida en el suelo de la entrada; cuando entraron ya estaba muerta. Avisaron a una hija que tenía en Valencia, a la que llamaban Jacinta la Polliciega, una chica muy guapa casada con un hijo del tío Fermín… Entonces las comunicaciones no eran como ahora, y cuando la hija llegó ya habían enterrado a la madre…>
El tío Borica vivía solo y era fácil verle asomado a la ventana o el balcón de su casa, hasta el punto que en cuanto oía hablar a alguien en la calle se asomaba para ver quién era, qué sucedía, lo que se comentaba. Todavía hay quien le evoca, con su gorra de visera, encorbado bajo un gran brazado de leña, que traía a su casa para guisar y calentare, recogida Dios sabe de dónde... En la fachada que daba al callejón de la Herrería tenía una pequeña ventana, tan pequeña que para asomar la cabeza debía hacer un giro con el cuello, pero el hombre era hábil en sacarla. Los mozos del pueblo lo sabían y cierta noche decidieron gastarle una broma... Cogieron un trapo, lo ataron al extremo de una caña y lo empaparon de mierda, con perdón. El que portaba el pestilente estandarte se colocó justo debajo de la ventanita del Borica, y los demás comenzaron a hacer bulla, gritando y cantando en el callejón. Al oír la jarana el hombre asomó la cabeza por el ventanuco, momento que el mozo de marras aprovechó para sacudir el trapo con la caña, frotando generosamente la cara del embromado... Entre la sorpresa, el susto y el asco, porque enseguida se apercibiría de la cualidad del embadurno, el pobre hombre no acertaba a introducir la cabeza por el ventanuco, pues ya dije que había que hacer una pequeña maniobra; finalmente la metió, pero con la cara llena de porquería...

Callejón de la Herrería en Torrebaja (Valencia), con detalle del hueco donde estuvo la casa del tío Jesús en Borica, a la derecha (2013).
La pesada broma fue muy comentada y el pobre tío Borica no perdonó la afrenta de los mozos, ni tampoco escarmentó, aunque se hizo más desconfiado. Tenía razón el ensayista y psicoterapeuta austriaco Alfred Adler (1870-1937), fundador de la sicología individual, cuando en su obra Conocimiento del hombre (1926) dice: Parece ser lo más difícil para un hombre el conocerse y reformarse... Ya que al poco colocó una fina tela metálica en el vano de la ventana, para no dar ocasión de sacar de nuevo la cabeza. Decía que no se disciplinó, pues al menor ruido o conversación que oía volvía a asomarse a la calle, solo que la tela metálica se lo impedía, razón por la que aquella, cual una careta, tenía marcada la forma de su rostro, debido a la fuerza que hacía por asomarse... El tío Borica fue uno de esos casos desgraciados que vemos en los pueblos y ciudades de hoy y de entonces, cuando un anciano se queda solo y abandonado. Un día los vecinos lo echaron de menos, entraron en la casa y lo encontraron encogido bajo la cama -tenía 80 años-; probablemente falleció de desidia, frío y soledad... -aunque en su Acta de Defunción figura la caquexia cancerosa como causa de la muerte-. Durante muchos años su casa estuvo deshabitada, deteriorándose por dentro y por fuera. Finalmente –esto ya en la legislatura 1991-95-, el Ayuntamiento se puso en contacto con los parientes, notificándoles la declaración de ruina del edificio, por el peligro que suponía para el vecindario. Aquellos cedieron la propiedad al municipio, a cambio de que la entidad municipal se hiciera cargo de la demolición de la casa y el descombro del solar...
Resulta penoso, pero el tío Borica constituye el paradigma de esas personas anónimas a las que nadie recuerda más que por el mote y una anécdota estúpida... Es por ello que me pregunto, ¿por qué episodio de nuestra vida nos recordarán a nosotros, si es que nos recuerdan? ¡Sin duda, no somos nadie, y de serlo valemos poca cosa...!

Calle del Rosario en Torrebaja (Valencia), con detalle del hueco donde estuvo la casa del tío Jesús el Borica, esquina callejón de la Herrería (2013).

Palabras finales.
Yo no sé si estas historietas, hechos y sucesos tendrán interés para alguien, ya que soy consciente de su insignificancia... Sin embargo, para mí tienen un valor considerable, en tanto dicen de la existencia de las gentes del Rincón de Ademuz en otra época, esto es, de la forma de percibir y vivir la realidad personal y social de antaño, lo que colabora a su comprensión. Al mismo tiempo, traen al primer plano a unos personajes de carne y hueso, humildes o notables, desconocidos u olvidados, aunque convertidos en primeros actores del drama de su biografía. Por lo demás, la variedad de tipos humanos observados nos indica la peculiaridad humana y la intensidad de vida que hubo en estos pueblos...
Tampoco aseveraría que estos relatos contengan cierta enseñanza; eso dependerá de la experiencia y sensibilidad de cada cual... En cualquier caso, no pretendo que el lector extraiga moraleja o lección alguna de estas semblanzas, sólo entretenerle y ayudarle a entender las circunstancias de cada protagonista, sus respuestas al sucedido y el tiempo en que vivieron, además de la compleja maraña de sus relaciones familiares. De lo que sí estoy convencido es de que los personajes bosquejados adquieren cuerpo, alma y fisonomía conforme uno se adentra y profundiza en los detalles de su devenir, hasta el punto de sentirse impelido a intimar con ellos: amarles, compadecerles o refutarles es cuestión nuestra.

En cualquier caso, no hay que confundir el acaecimiento -la obra, el hecho-, con el actor; pues se trata de fragmentos puntuales de la vida de vecinos que realmente existieron, a los que no podemos ni debemos calificar. Pues la vida, aunque no es tan compleja como nos parece, tampoco resulta tan sencilla como desearíamos... Vale.


 


[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. La Guerra Civil (1936-39), en el Rincón de Ademuz, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, p. 159.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Obituario rinconademucense (I), del lunes 7 de enero de 2013.
[5] ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas, Ediciones Orbis, S.A., Barcelona, 1983, capítulo IV, p. 26.
[6] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Luis Gómez Martínez, la persistencia de la memoria, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 201-207.
[7] El Padre Morales se marchó para América al comienzo de la Guerra Civil (1936-39) y después de andar por varios países recaló en México; siendo Visitador General de los PP construyó la iglesia de “Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa”, en la colonia Navarte de ciudad e México, D.F., obra diseñada por el arquitecto español Félix Candela Outiño (1910-97). Vid SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Reseña biográfica del Padre Julián Morales Martínez, Visitador General de los Paúles y rinconademucense universal, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 237-242.
[10] <Los primeros cohetes eran de caña, y el material explosivo, yoduro de plata, mezclado con una carga calorífica, se encontraba depositado en una bola de cristal que se calentaba fácilmente. [...] La carga de compuesto de yoduro de plata explota al alcanzar la altura máxima de lanzamiento del cohete y se transforma en varios billones de cristales. Cada uno de esos cristales llega arrastrado por las corrientes ascendentes de aire a las partes heladas de la nube, "frena" el desarrollo del pedrisco y "deshace" el granizo que alcanza el suelo en forma de lluvia. Vid BATALLA, Eva.Antigranizo” en vías de extinción, del domingo 5 de agosto de 2007.
[11] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Del Rincón de Ademuz..., luego español, del sábado 27 de octubre de 2012.
[12] ID. Acerca del bombardeo de Torrebaja del 26 de noviembre de 1938, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 17-33.

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