sábado, 18 de agosto de 2012

LUCAS CARRIÓN-VÁZQUEZ, (a) LUCAS KARRVAZ (I).


 Una charla con el escultor, 
a propósito de su estancia en Torrebaja (Valencia).




"Un amigo mío arquitecto,
cuando le preguntan qué es la ciudad de las Ciencias de Valencia,
responde que son unos edificios muy bonitos que ha construido Calatrava
junto a las esculturas de Lucas Karrvaz..."
-del contenido de la entrevista-.



            Palabras previas.
         Desde hace tiempo venía pensando en entrevistar a José Lucas Carrión Vázquez (Torrebaja, 1951), escultor torrebajense más conocido por Lucas Karrvaz, su nombre artístico. Pero no resulta fácil, pues vivimos en lugares distintos y nuestras ocupaciones no favorecen la relación. Providencialmente, sin embargo, hace unos días nos encontramos en la plaza del Ayuntamiento de Torrebaja. Yo estaba aparcando mi vehículo, con la intención de ir a una reunión informativa convocada por la alcaldía, cuando me lo tropecé. Después de saludarnos me dijo que había venido para hablar con el alcalde -don Octavio Gómez Luis-, en relación con una propuesta que pretende hacerle el Consistorio. Yo le manifesté mi deseo de charlar con él, y así surgió esta entrevista, aprovechando un hueco entre el comienzo de la exposición de la alcaldía y el fin de la misma, en la que el escultor debía intervenir.
La conversación la mantuvimos en mi casa, sentados en torno a una mesa de la entrada. Le ofrecí a mí entrevistado algo de beber –cerveza, vino, un refresco...- pero a esas horas de la mañana él sólo quiso agua, agua fresca... En los prolegómenos de la charla me hizo saber que tenía la garganta algo delicada, en relación con una intervención de hombro que había sufrido, y de la que todavía se hallaba convaleciente: Sí, el tubo que me pusieron para la anestesia me dañó la faringe, y todavía voy a rehabilitación, por lo del hombro –me comenta-. Encuentro a José Lucas muy bien físicamente, prácticamente como la última vez que le vi, aunque de esto hace ya tiempo. La misma sonrisa, pues es persona sonriente, de los que miran la vida con cierta distancia, esto es, con agudeza e ironía. Algún cabello de menos, quizá algún kilo de más, pero el mismo de siempre, comunicativo y locuaz, expresivo y cordial hasta la afabilidad.

El escultor José Lucas Carrión Vázquez (Torrebaja, 1951), alias Lucas Karrvaz, durante la entrevista.

Conozco a José Lucas desde la infancia, pues somos de la misma generación e íbamos juntos a la escuela del pueblo. Para los niños del pueblo era simplemente Carrión, “un muchacho llorón y curioso, cuya personalidad denotaba ya entonces abundantes rasgos de genialidad”, al que denominábamos por el apellido paterno; su peculiaridad le evitó el apodo. Respecto a la presunta chifaldura o excentricidades de los artistas, dice: Sí, los artistas podemos permitirnos estar un poco locos, pero para un loco es demasiado lujo ser artista... Desde la infancia, sin embargo, no le volví a ver hasta hace unos años, en que nos hallamos en Torrebaja con motivo del I Encuentro en el Medio Rural celebrado en la localidad a mediados de octubre de 1998. De aquel encuentro dejé constancia en un artículo para Diario de Teruel, en la sección Desde el Rincón de Ademuz, que yo escribía en aquel periódico los jueves;[1] este mismo artículo formó parte de mi primer libro Desde el Rincón de Ademuz (2000).[2] En aquél suelto decía:
  • <[José Carrión] nació en Torrebaja [...], hijo de un guardia civil que vino al puesto el año anterior. Mi relación con él fue la de cualquier niño de la misma edad con sus compañeros de escuela y juegos; aunque yo le recuerdo siempre llorando a moco tendido, o corriendo –perseguido por algún otro niño que pretendía darle algún coscorrón- mientras (él) iba delante a prudente distancia, girándose y amenazando con ir a buscar la escopeta de su padre... [Pero] enseguida bajaba jugando tan tranquilo a la plaza, mordisqueando un bocadillo de dos palmos y olvidado de la pelea... José Carrión no era un niño común. Andaba siempre metido en algo, inventando cachivaches de dudosa utilidad que difícilmente funcionaban. Tenía un lugar secreto en la parte alta de un viejo transformador que había al pie de la carretera de Cuenca a Teruel, bajo la acequia de Castielfabib, donde parecía conseguir realizar sus sueños y fantasías; atendiendo al tiempo unos conejos que criaba>.[3]

            Han transcurrido más de tres décadas desde entonces, y aquel niño llorón que conocía, compañero de juegos y fechorías, se ha convertido en un hombre maduro, de estatura media alta, más recio que flaco, con barba entrecana e incipiente calvicie; a la vez que en uno de los artistas valencianos más importantes que trabajan el hierro en España.

El autor del artículo-entrevista junto a "El Caminante", obra de Lucas Karrvaz, en la Feria Comarcal de Casasbajas (Valencia), otoño de 1999.


            Contenido de la entrevista.
        José Lucas, ¿qué recuerdas de tu infancia en Torrebaja, cuándo naciste, dime algo de tu familia?
  • Yo nací aquí en Torrebaja el día 4 de junio de 1951, a las siete de la tarde para ser exacto, en una casa de la calle Fuente que hace esquina con el callejón de la Talega, al menos eso es lo que me contaron mis padres. Sí, mi padre era guardia y estaba destinado en el puesto de aquí. Tengo un hermano, ocho años menor que yo, y que también nació aquí en Torrebaja. Bueno, en realidad nació en Teruel, porque entonces las madres ya iban a parir al hospital de Teruel, pero a la vida, esto es, en su corazón lleva marcado Torrebaja como su verdadero lugar de nacimiento... Él es biólogo, ha estado varios años -diez o doce- investigando en la Clínica Mayo (Rochester, Minnesota) y también como docente en la Universidad de Columbia (Nueva York), en Estados Unidos. Sí, su jefe fue propuesto para el Nóbel y se lo llevó con él... Después le surgió la oportunidad de volver y ahora está trabajando aquí en España, donde tiene su propio laboratorio; su nombre es Mariano, Mariano Carrión Vázquez.
           
            Se nombra aquí a Mariano Carrión Vázquez, del que su hermano  José Lucas habla con orgullo y pasión, responsable del Departamento de Neurobiología Molecular, Celular y del Desarrollo, del grupo de investigación Nanomecánica de Proteínas del Sistema Nervioso en el Instituto Cajal (CSIC).[4]-[5]

            Y continúa:
  • Como te digo, mi padre era guardia civil y le llamaban José Carrión Valiente, ya fallecido y mi madre Concepción Vázquez Sánchez, que falleció joven, a los 57 años. Mi madre puso una peluquería en la planta baja de aquel transformador que había en la carretera y que tú nombras; lo de los conejos estaba arriba, subiendo por una escalera, formada por peldaños de hierro clavados en la pared... Lo de los conejos surgió porque le regalaron a mi padre una pareja de animales y cuando nos dimos cuenta teníamos setenta u ochenta, y claro había que alimentarles: yo iba con una bicicleta y una corbella a segar alfalfe a un campo que él había concertado. Sí, entonces apareció una enfermedad que se les hinchaba la cabeza... Claro, yo fui a la escuela de aquí: primero a la que había en la plaza, donde el Ayuntamiento, con don Luis, y después nos bajamos a las Escuelas Nuevas: allí fuimos con don Eladio y también con don Lisinio, que fueron mis maestros en Torrebaja. Entonces se les tenía mucho respeto a los maestros, sabían mantener la autoridad, una autoridad que ahora han perdido. Sí, de entonces tengo muy buenos recuerdos y todavía mantengo contacto con algunos compañeros de entonces... Recuerdo que Torrebaja era entonces un pueblo muy tranquilo, donde los niños jugábamos a los juegos de entonces en la calle; en los recreos los mayores jugaban a la pelota en el frontón, a churro y al galope y los pequeños al tejo... Me acuerdo de las fiestas, de montar en bicicleta, de ir a nadar a la Presa... En Pascua íbamos toda la chiquillería a merendar a Tetuán, y también a la Presa, donde el río Ebrón; allí poníamos las sandías a refrescar. Íbamos a la fuente por agua y de vez en cuando rompíamos un botijo, después en casa nos arreaban con la alpargata... Estando ya en el cuartel, frente a la casa de don Manuel –se refiere al médico, don Manuel Fernández Arraiza-, recuerdo que en las noches de verano nos tumbábamos a ver pasar el satélite, que franqueaba el cielo como un puntito blanco intermitente... Y también cuando íbamos a buscar escarabajos, de esos que tienen un cuerno, o luciérnagas, o los sapos que cruzaban la carretera... Entonces había escasez de muchas cosas –al fin y al cabo fueron años marcados por una posguerra tardía-, pero yo creo que no nos dábamos cuenta de ello, porque realmente no necesitábamos tantas cosas como ahora... Sí, sabíamos ser felices con menos cosas: si no teníamos un juguete, lo hacíamos nosotros. Con una lata de sardinas construíamos un coche, con un trozo de madera o corteza de pino hacíamos una barca y formábamos carreras por la acequia... Recuerdo que en una entrevista un joven le comentaba a una persona mayor la cantidad de cosas de las que habían carecido en su infancia y juventud, pues entonces no había ninguno de estos aparatos modernos, y el viejo le contestó: Es verdad, entonces no teníamos nada de eso, por eso tuvimos que inventarlo...

"Aliados", obra de Lucas Karrvaz en los jardines de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias en Valencia (2001-2002).

            Se hace mención aquí de distintas personas –don Luis Perpiñán Aguilar, don Eladio Arnalte Vicente y don Lisinio Aliaga Gimeno-, maestros de primaria del entrevistado, durante su estancia en las Escuelas Nacionales de Torrebaja.[6]


            Entonces, aquí en Torrebaja pasaste la infancia, pero ¿cómo fue marcharte a Teruel?
  • Como recordarás, en la escuela de entonces se estaba hasta los 14 años, luego ya tenías que marcharte a otro sitio. Por esa época nos marchamos muchos chicos del pueblo, unos se incorporan al mundo laboral y otros fueron a estudiar... Yo me marché a Teruel, para estudiar Maestría Industrial en la especialidad de metal en la escuela de Santa Emerenciana, que está frente al Hospital General Obispo Polanco de Teruel, donde el campo de fútbol; nosotros jugábamos allí. Las clases las dábamos en Santa Emerenciana pero la vida la hacíamos en la Residencia Pizarro, que está un poco más lejos, pero en la misma zona. Al verano y durante las vacaciones bajaba a Torrebaja, esto durante un par de años; pero luego destinaron a mi padre a Rubielos de Mora y la familia se trasladó allí, entonces dejé de bajar a Torrebaja. Sí, tengo muy buen recuerdo de aquella época, porque yo siempre he sido muy polifacético y me adaptaba a lo que había... Estando en Santa Emerenciana me metí en el grupo de teatro, allí me encargaba de los decorados de las obras y eso... Sí, me iba eso de las tramoyas y los decorados, hacerlos, montarlos, quitarlos... Recuerdo que por las tardes iba donde los franciscanos a preparar los decorados para una obra que teníamos que hacer allí; me tenía que cruzar toda la ciudad andando... Con aquella actividad empezó a despertarse mi faceta artística, aunque la vocación me viene de cuando acompañaba a mi madre al horno a amasar pan, ya entonces me divertía haciendo figuritas con la masa. También hacía coches antiguos con la maquinaria de los despertadores, pues siempre he tenido mucha imaginación...

            ¿Qué más recuerdas de esta época turolense?
  • Me acuerdo también de don Avelino, se refiere a don Avelino Guillén Gea (Torrealta, 1920-2006)-, que fue mi profesor en Santa Emerenciana. Cuando hice la exposición de Torrebaja vino a verla y tuve ocasión de abrazarle, pues yo tenía buen recuerdo de él, ya que durante mi estancia en el colegio se portó muy bien conmigo. De aquella época tengo una anécdota que me sucedió... Resulta que yo siempre he tenido mucha habilidad para hacer cosas con las manos y en una ocasión, en unos ejercicios con los alicates, teníamos que hacer una figura. Yo terminé la mía y ayudé a varios a hacer la suya, con la particularidad que la que hice para uno de aquellos compañeros se llevó el premio... No, la mía no ganó, sino la que hice para otro. Claro, cuando le conté esto a don Avelino no reímos de buena gana los dos...

            ¿Cómo fue encarrilarte por las esculturas de hierro?
  • Bueno, las esculturas de hierro vinieron después... Resulta que estando en Rubielos de Mora tuve la oportunidad de conocer a Pepe Gonzalvo, que era de allí, donde el maestro tenía su taller. Para mí Gonzalvo es uno de los mejores escultores que hemos tenido. Sí, tuve la suerte de conocer su obra y lo que él hacía, aunque fui muy pocas veces a su taller, pues no quería que al verle trabajar el subconsciente me traicionara y fuera influido por su trabajo; aunque admiraba su obra, porque su obra es de admirar. Claro, si él era de Rubielos de Mora y yo vivía allí, fácilmente podía convertirme en un artista de su escuela; y yo quería diferenciarme. Como vi que él se expresaba mediante volúmenes, yo pensé que debía hacerlo mediante los huecos..., un poco como hacía Gargallo... Sí, aquello fue una decisión meditada. Un día mi padre lo trajo a mi casa –se refiere a Gonzalvo-, para que le diera su opinión de algo que yo había hecho. No sé cómo valoraría mi obra, pero me dijo algo que nunca he olvidado: Lo que puedas decir con cinco hierros, no lo hagas con siete ni diez... –eso fue decisivo para mí, pues siempre he tratado de quitar hierro al asunto, esto es, a mis obras; y nunca mejor dicho-. Es como si a alguien que ha hecho un buen informe en diez folios le dicen que diga lo mismo en cinco, o en uno... Si lo consigue, ahí está la genialidad.

            Se menciona aquí al escultor aragonés José Gonzalvo Vives (Rubielos de Mora, 1929-Valencia, 2010),[7] con el que el entrevistado tuvo cierta relación. Y al escultor y pintor Pablo Gargallo (Maella, Zaragoza, 1881-Reus, Tarragona, 1934), uno de los artistas más geniales y significativos del siglo XX.[8] De hecho y salvando las distancias, la obra de Lucas Karrvaz se halla más próxima a la de Gargallo que a la de Gonzalvo, no hay más que ver, por ejemplo, la imponente escultura de El profeta (1933) en el museo Gargallo de Zaragoza.
"Trujalia, la vaca loca", obra de Lucas Karrvaz en Torrebaja (Valencia).
            Dime, ¿cómo va evolucionando tu formación técnica y artística?
  • En Rubielos de Mora tenía un estudio en la parte alta de la casa donde vivíamos, y como los medios de que disponía eran escasos, empecé a trabajar la piedra, que era un material barato y accesible. Sí, piedra arenisca que labraba con formones y cinceles pequeños... En la fábrica de lanas me daban unos usos de acero que venían con las piezas de lana, y yo los afilaba y preparaba para labrar las figuras. Lo que hacía entonces eran reproducciones de objetos arqueológicos –mayas, aztecas, egipcias...- que preparaba en forma de bajorrelieves. De este tiempo conservo una reproducción que hice de la Dama de Elche... Sin embargo, esto me sirvió para darme cuenta que la piedra no era mi camino. El artista siempre hace sus obras con los materiales que tiene más a mano, y el mío era entonces la piedra... Es como el que tiene un limón y quiere hacerse un refresco, pues se hace una limonada. Sí, hay que ser práctico... Estando en Rubielos, durante las vacaciones iba a Alcalá del Júcar en Albacete, el pueblo de mi padre, donde mis tíos regentaban una herrería; esta fue otra forma de familiarizarme con el hierro...

            Entonces, ¿tú ya habías terminado los estudios de Maestría en Santa Emerenciana?
  • No, yo continuaba en Santa Emerenciana... Tampoco es que fuera una lumbrera, pero fue por entonces cuando comencé a aprender los rudimentos técnicos de mi arte. En aquella escuela, la especialidad de forja y soldadura se destinaba a los que no podían hacer otras cosas, quiero decir que la gente prefería hacer otra casa, electricidad, carpintería, fontanería, torno, fresa... Yo era un alumno bastante adelantado, aunque ya te digo que no era una lumbrera, pero me dieron a elegir de los primeros. Por eso los profesores y mis propios compañeros se sorprendieron tanto cuando elegí forja y soldadura, porque estas especialidades eran para los que no podían optar a otra cosa...

            Y continúa:
  • Por aquella época empecé a construir algunas esculturas por mi cuenta, en los recreos y en algunos ratos que me quedaba en el taller... Y también durante el horario lectivo, porque la faena se me acumulaba. Entonces mis compañeros vigilaban para que no me pillara don Severiano, que era el jefe de taller. Yo, entonces, me ponía a soldar detrás de la cortina de las cabinas que se utilizaban para esa técnica... De entonces data una moto sin guardabarros que hice... Un día don Severiano me llama a su despacho y me dice: ¿Por qué no me enseñas la moto...? –a mí se me cayó el mundo encima, pensando que me iban a expulsar del colegio, que perdería la beca y todo lo peor-. Claro, alguien le había hablado de la moto y por eso quería verla... Voy  por la moto y se la enseño. Él la mira y me pregunta: ¿Esto, lo has hecho tú...? –claro, le dije-. Y cuándo la has hecho: Pues en los ratos libres –le contesté-. Y cuál no sería mi sorpresa cuando añadió: Pues a partir de ahora tienes mi permiso para hacer lo que quieras, con la cortina abierta y encima de la mesa... –claro, porque le gustó mucho la pieza-. Entonces me dijo: Mira, te voy a enseñar un perro, en el que llevó años trabajando, pero no acabo de encontrar la forma de hacerle la cabeza y el collar –y me enseñó la figura y el dibujo en que se basaba-. Ese día se fueron todos al recreo y yo me quedé a trabajar en el perro, de forma que lo acabé y se lo dejé encima de la mesa. Enseguida me llamó y me echó una bronca de miedo, porque lo había hecho sin estar él presente. Sí, le gustó la solución que le presenté, y él hubiera querido ver cómo la hacía... Claro, porque la característica del artista es que puede hacer en un momento lo que otros no harían nunca... Pero la condición de un artista no es algo que le viene dado, antes tiene que trabajar mucho; en estas condiciones puede surgir la chispa de la genialidad, en la solución de un problema artístico concreto.
 
Estamos conformes, porque detrás o debajo de una obra artística genial siempre hay mucho trabajo y esfuerzo, y una gran dosis de ocurrencia y creatividad. En todo caso, como decía Giorgio Vassari (1511-1573), entendemos que la función del escultor es sacar lo superfluo y reducir el material con el que trabaja a la forma que existe dentro de su mente.[9]

"El Espantapájaros", obra de Lucas Karrvaz en los jardines de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias en Valencia (2001-2002).


¿Qué otros recuerdos tienes de esa época en Teruel?
  • Por aquella época se celebraba en Madrid la Feria Internacional del Campo –la Primera Edición se celebró en 1954-, donde cada provincia llevaba algo representativo... Entonces, el director de Santa Emerenciana –don Antonio Bea Casinos- me propuso hacer un escudo para la Organización Sindical, y yo acepté, siempre que me mostrara algún dibujo o idea de lo que quería y me proporcionara el material. Hice el escudo, y fue el emblema de Teruel en la Feria; esto sería en la VI edición, año 1965... Sí, llevaba algo relacionado con el mundo del trabajo: un martillo, un yunque, una hoja de laurel, una espiga y cosas de estas... No, no tengo ninguna foto del escudo y nunca más lo he vuelto a ver, pero recuerdo la obra.


            ¿Cómo fueron tus primeros pasos en el mundo laboral, profesional?
  • Pues resulta que el responsable de la restauración del Monasterio del Puig fichó para los trabajos de forja a mis tíos, los herreros de Alcalá del Júcar en Albacete; ellos tenían que hacer los forjados, los rosetones de las puertas, una gran lámpara que debía tener los escudos de todas las provincias de España, con unas cadenas enormes... Aprovechando esta circunstancia nos trasladamos al Puig, para estar cerca de Valencia y que nosotros -mi hermano y yo- pudiéramos tener más posibilidades, tanto para el estudio como para la vida laboral. Sí, mi padre ya estaba jubilado por entonces... Así fue como me puse a trabajar en la restauración del monasterio del Puig; allí hice mosaico bizantino, cortando y poniendo las piezas que forman los dibujos, un trabajo muy laborioso: había que mojar las piedras para ver el color exacto que tenían para hacer las caras, los vestidos y formas de los personajes. Era muy costoso, después de trabajar una semana veías que apenas habías avanzado un palmo..., pero eso me ayudó a buscar y encontrar las soluciones a pequeños problemas técnicos y artísticos, es como la búsqueda de uno mismo, donde incluso los traspiés te ayudan en ocasiones a avanzar más rápido... Allí conocí a Scals, el maestro de maestros del socarrat, una técnica cerámica medieval... Hice una escultura de hierro y restauré otras de piedra. Había que tener mucha imaginación, porque a veces te encontrabas una a la que faltaba un brazo y había que buscar la solución, pensar en la posición, en si llevaría algo en la mano, el tipo de ropaje, la forma del peinado, para lo que tenía que consultar libros con imágenes de la época, etc. Claro, había que reconstruir lo que le faltaba, eso significaba tener que investigar y experimentar con resinas y demás. Date cuenta que si la hora de salida eran las seis, pues yo salía a las once de la noche, porque me quedaba allí horas y horas por mi cuenta, y disfrutaba mucho...


Cuando el entrevistado dice “Allí conocí a Scals, el maestro de maestros del socarrat, una técnica cerámica medieval...”, se está refiriendo al célebre ceramista alicantino Jaume de Scals Aracil (1913-78), al que conoció durante los trabajos de restauración del Monasterio del Puig.[10]





[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Lucas Karrvaz: el arte de la chatarra, en: Diario de Teruel, jueves 5 de noviembre de 1998, p. 20.
[2] ID. Lucas Karrvaz, el arte de la chatarra, en: Desde el Rincón de Ademuz, Valencia, 2000, pp. 25-26.
[3] Ibídem, p. 25.
[4] Instituto Cajal: Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): Grupo: Nanomecánica de Proteínas del Sistema Nervioso: Departamento: Responsable:  Mariano Carrión Vázquez, del martes 12 de julio de 2016.
[5] Mariano Carrion-Vazquez. Fernández Lab
[6] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. De las escuelas y maestros del Rincón de Ademuzen otro tiempo (I y II), del miércoles 15 de febrero de 2012.
[7] José Gonzalvo Vives. (2012, 12 de julio). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 15:49, agosto 16, 2012.
[8] Pablo Gargallo. (2012, 25 de julio). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 16:00, agosto 16, 2012.
[9] Escultura. (2012, 4 de agosto). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 18:26, agosto 19, 2012.
[10] [Scals trabajó en el Museo de Cerámica “González Martí” de Valencia, fue profesor de dibujo en la Escuela de Arquitectura, en la Universidad Politécnica y en el instituto de enseñanza media de Algemesí; estaba especializado en cerámica antigua valenciana y “socarrats”, tipo de azulejos usados en los artesonados medievales. Su obra se halla esparcida por diversos lugares públicos de Valencia, en especial retablos de cerámica o paneles de azulejos –muro exterior de la Catedral de Valencia y de la iglesia de San Esteban; placa rotuladora de la plaza de la Virgen y “carrer Pouet de Sant Vicent", Capilla del Fossar en la iglesia de San Nicolás de Bari...-]. Vid Jaume de Scals Aracil. Retablo cerámico y Personajes valencianos.

- GALERÍA FOTOGRÁFICA -

"El Fuego", obra de Lucas Karrvaz en los jardines de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias en Valencia (2001-2002).
"El Llanto", obra de Lucas Karrvaz en los jardines de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias en Valencia (2001-2002).
"La Siesta", obra de Lucas Karrvaz en los jardines de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias en Valencia (2001-2002).