viernes, 21 de octubre de 2011

LAS PIEDRAS DEL CONVENTO DE SAN GUILLERMO EN CASTIELFABIB (VALENCIA).

 Proyecto para la consolidación de las ruinas de la fachada y otros elementos de la iglesia conventual


Hace unas semanas recibí en mi “muro” de facebook un enlace referido al Convento de san Guillermo de Castielfabib, solicitando ayuda para la restauración y consolidación del ruinoso monumento. Dicho enlace contenía una serie de fotografías del lugar, la conexión a varios artículos de prensa y un blog: no voy a entrar en las consideraciones históricas sobre el contenido de los artículos, porque no es éste el objetivo del presente texto y me llevaría mucho espacio, aunque merecería la pena deshacer varios de los errores allí contenidos, separando historia y leyenda, y dejando claro lo que fehacientemente sabemos por los documentos.

Mi conocimiento del convento se remonta a mi infancia..., pues mis abuelos maternos procedían de El Cuervo (Teruel), y muchas veces subía con mi familia desde Torrebaja para verles o pasar temporadas con ellos. Recuerdo haber subido alguna vez en verano, con un carro de varas que mi padre preparaba con sillas atadas en su interior, y muchas veces más con el coche de línea que hacía el recorrido hasta Teruel. Al arribar a Castielfabib siempre oía historias del convento, cuyas ruinas quedaban frente a la Villa, al otro lado del Ebrón. Contaba mi madre que los frailes que habitaron el convento tomaban el agua directamente del río –y me les imaginaba vestidos de sayal con un cubo en la mano, arrodillándose apenas sobre el cauce- mientras que ahora su lecho se había hundido en las profundidades... Otras veces me refería letrillas locales, entre las que recuerdo una que dice: -Si te casas en Castiel no te faltarán tormentos, subir y bajar las cuestas y dar vueltas al convento..., aludiendo al encosteramiento de la villa y a la importancia que históricamente tuvo el recinto conventual para los castielfabienses.

Una vez enfilábamos el túnel de La Solana las ruinas del convento desaparecían de nuestra vista, pero yo seguía maravillándome al entrar en aquel misterioso paso rocoso, en especial cuando el conductor del autobús hacía sonar estrepitosamente la bocina, pues a la salida del primer túnel había una curva muy pronunciada; luego venía un trecho con un horrible precipicio a la derecha, y poco más adelante el túnel de La Umbría, a cuya salida ya se divisaba el magnífico valle el Ebrón, con el caserío de El Cuervo al fondo... Camino de la villa turolense había que circundar el cementerio municipal, donde decía mi padre que estaban enterrados sus ascendientes maternos, pues mi abuela paterna procedía de Castielfabib. Quiero decir con esto que mi vínculo con la zona se relaciona con la sangre de mis ancestros, y que mi pasión por la historia local viene de lejos...

Ya en la edad adulta comencé a interesarme por la Historia y uno de mis primeros trabajos fue un libro de aproximación a la historia del convento de Castielfabib y el Hospital de la Villa (2001),[1] libro en el que estoy de nuevo trabajando, con la pretensión de hacer en un futuro próximo una segunda edición, revisada y ampliada con la documentación aparecida en los últimos años. Pues, como me decía Paco Cervera –me refiero a Francisco Cervera Arias, arquitecto y restaurador valenciano- respecto a la iglesia-fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles, para mí el convento de San Guillermo es como la niña de mis ojos.

Durante la preparación del libro visité muchas veces el lugar..., dejaba el coche a la entrada de la villa y bajaba hasta el Ebrón, cruzándolo por el puente de La Ruidera y ascendiendo después por la vertiente hasta las ruinas del convento, siguiendo el camino del Hituelo. Otras veces me encaminaba al lugar vía Los Santos..., dejaba el vehículo junto a “La Central” eléctrica, para ascender después por las trochas que bordean las altas riberas del río frente a Peña Rubia y la de La Raja... Fueron tardes memorables, visitando la cueva del santo, la nevera, la cisterna y lavadero y las propias ruinas de la iglesia conventual: muchas veces me quedaba por allí, sentado junto a las ruinas hasta el ocaso, disfrutando del silencio y de la apacible quietud del lugar. Estando allí me gustaba imaginar cómo habría sido la llegada del padre Manrique, provincial de los franciscanos a Castielfabib, y en la procesión que se formó hasta el monasterio el día de la Ascensión del Señor de 1577, para tomar posesión del convento; asimismo, disfrutaba pensando en la vida conventual de sus moradores, regida por las horas canónicas (laudes, prima, tercia, nona, vísperas y completas); en los oficios divinos que cada día celebraban, en las misas testamentarias, pues tenían altar privilegiado para celebrar dichas misas; en los legos que cuidaban de los huertos o lavaban la ropa, en los días destinados a pedir limosna por el pueblo, en las eras y durante la vendimia... Lo que más me impresionaba, sin embargo, era pensar que los frailes de este convento fueron eximidos del rezo de maitines (a media noche), desde noviembre hasta finales de febrero, por el frío reinante... (1660). Aquellos humildes frailes, además de rezar y laborar, ayudaban a los clérigos de las parroquias locales, auxiliando y confortando a los aldeanos y lugareños de los rentos y masías más alejados... No en vano habían abrazado la “vía estrecha”, buscando exclusivamente el crecimiento interior y la santidad, a través de la renuncia de sí mismos y el servicio a los demás.

De aquella época en que iba con frecuencia a las ruinas conservo varias fotos que hoy son ya historia, como la que puse en la portada del libro: allí se ven tres arcadas de la iglesia, parte de la epístola (derecha), vistas desde la cabecera (presbiterio), con variedad de molduras y relieves de motivos vegetales bajo la cornisa... La foto está tomada con luz de poniente, lo que produce un singular efecto por su cálido colorido. Dicha foto no podrá volver a tomarse jamás, pues dichas arcadas se hundieron durante una tormenta... Se conserva, sin embargo, la última arcada de ese lado, correspondiente a una de las capillas: sobre el arco de medio punto en ladrillo cocido, hechura barroca procedente de una remodelación del templo con ese estilo (XVII-XVIII), puede verse un arco de piedra apuntado, en estilo gótico, que sería el originario del pequeño templo conventual. Asimismo, sobre las pilastras barrocas pueden verse aún franjas verticales en negro, que proceden de los esgrafiados que adornaban su interior, junto con las molduras de motivos vegetales arriba mencionados. Es muy probable que desde alguna de estas capillas del lado de la epístola se accediera al cementerio del convento, que podría estar adosado a la fachada noreste del templo. Asimismo, queda la caja de arranque de la torre-campanario, situada a los pies, lado del evangelio (izquierda); parte de una estancia a la cabecera, junto al presbiterio, que pudo corresponder a la sacristía, y la fachada principal, cuya portada se halla enmarcada por unas sencillas pilastras coronadas con distintos adornos y un arco recto cuya clave está a punto de desmoronarse: encima del arco luce una hornacina con cúpula labrada en forma de venera. Dicha portada en sencillo barroco posee un singular parecido con el de la fachada principal de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles la parroquial de Vallanca (Valencia).

Con motivo de la Desamortización -hubo varias desamortizaciones en el siglo XIX, todas nefastas e inútiles: porque no cumplieron sus objetivos económicos ni sociales y favorecieron la destrucción de un rico patrimonio-, los frailes de Castielfabib fueron exclaustrados y los edificios desmantelados: una parte de su contenido pasaría a la parroquial, pero otros elementos fueron vendidos, como el retablo de la iglesia conventual, que fue adquirido por los vecinos de Casasbajas con limosnas del común para su templo (San Salvador). Y en situación de abandonado permaneció hasta principios del siglo XX, momento en que la familia Torán de Teruel, propietaria de la banca de su nombre, aprovechando sus contactos con el primer conde de Romanones [don Álvaro de Figueroa y Torres] adquirió tierras en Castielfabib con el propósito de “construir una fábrica para la producción de energía eléctrica, aprovechando un salto de agua del río Ebrón”. Éste fue el comienzo de la “Teledinámica Turolense, S.A.”, más conocida como “La Central”, que tuvo su sede social en Madrid: las obras se iniciaron en julio de 1913, merced a la iniciativa de don José Torán de la Rad, entonces un joven ingeniero de Caminos.[2]

Consta la demolición de la iglesia conventual y otras construcciones, cuya piedra fue utilizada para la fábrica de bóvedas y puentes de conducción del agua del Ebrón, destinada a la central hidroeléctrica que se construyó en sus inmediaciones. Durante los trabajos de demolición y descombro fallecieron dos trabajadores de Castielfabib –José Domingo Tortajada, de 42 años, casado, con cinco hijos y Florentino Díaz Martínez, de 20 años, soltero-, ambos domiciliados en la aldea de Los Santos (1914).[3]

El lugar de las ruinas constituye un punto estratégico para contemplar una espectacular vista de la villa de Castielfabib, desde El Torrejón hasta el castillo y la iglesial-fortaleza, cuyo campanario y cúpulas asoman por detrás de la pétrea mole donde asienta la fortificación: el caserío se descorre por la vertiente de La Solana, hasta la carretera y el túnel de este nombre. A los pies de la plazoleta del convento, que hasta hace pocos años era un bancal de cultivo donde se criaban frondosos maíces, manzanos y perales, asoman las profundas hoyas del Ebrón, desde donde emerge un sordo rumor de agua.

A propósito del objetivo conservacionista que se pretende, quiero recordar las palabras que ya escribí en su momento (2009):
  • En la actualidad sólo quedan las ruinas, muy perdidas, de la iglesia conventual –arcadas y capillas de la parte de la epístola y evangelio-, restos de la torre-campanario y parte de la frontera, que luce un sencillo pórtico barroco; aunque, según se evidencia por los arcos de las capillas laterales, la iglesia fue originalmente gótica. Asimismo, restan la cisterna, con su brocal y lavadero, todo en piedra labrada, conjunto ubicado al sureste del convento, donde probablemente se hallaba la zona de huertos y corrales del monasterio. La recuperación del complejo conventual resulta imposible, pero bien valdría la pena realizar obras de consolidación para mantener la fachada, con su sencillo pórtico, escombrar el interior y consolidar las arcadas laterales. Bien llevado, dicho proyecto podría servir como lugar de visita, recobrando una memoria histórica que fue de gran trascendencia para la villa de Castielfabib y la comarca del Rincón de Ademuz –influyendo en la mentalidad, devoción y costumbres de sus pobladores-, pues sus orígenes se remontan a la Baja Edad Media.[4]

Es por ello que quiero felicitar efusivamente a los promotores de tan magnifica iniciativa de restauración y consolidación, porque ciertamente merece la pena intentar salvar los restos de la iglesia conventual, singularmente la fachada y alguna arcada lateral, además de descombrar el lugar para su visita. Porque el lugar, además de emblemático es muy hermoso: a propósito, quiero recordar a los que se acerquen hasta las ruinas que el mejor visitante es el que pasa sin dejar rastro... Según se lee en los enlacen digitales arriba mencionados se trata de recaudar fondos “mediante el apadrinamiento de sillares del edificio” con el objetivo de evitar la desaparición definitiva de estas significativas ruinas de nuestro menguado patrimonio arquitectónico, comenzando así “un proceso que a largo plazo permita la puesta en valor de la edificación”. Dicha propuesta se inspira en la seguida por otros lugares –Burbáguena (Teruel), Berlín (Alemania)-, donde parece que la proposición ha tenido éxito. La aportación mínima es de 10 euros, equivalente a un ladrillo de las ruinas; los sillares del arco de la fachada valen 50 euros y el resto de piedras de la portada principal 25 euros. La idea partió de un estudiante de arquitectura relacionado con la villa -Álvaro Vázquez Esparza- y ha sido organizada desde la Comisión de Fiestas de la población, y cuenta con el apoyo incondicional del Ayuntamiento y vecindario. Admitiendo que son malos tiempos para la mística, sería bueno que el Consistorio diera prioridad al proyecto y buscara la financiación necesaria para ejecutarlo. Porque conviene recordar que la voluntad popular es entusiasta y solidaria, pero en la práctica suele ser perezosa... Vale.


© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).


 
Adéndum: Para los que tenemos escasa confianza en las iniciativas populares –y en el ser humano en general- resulta emocionante y conmovedor comprobar hasta qué punto la convocatoria ha sido efectiva en este caso; pues una idea buena y bien planteada ante personas sensibles ha permitido la consolidación de las ruinas de la portada del Convento de San Guillermo, cuando de una a otra visita esperábamos no volver a verla en pie... Vid: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com/2012/01/las-ruinas-de-la-iglesia-de-san.html, del jueves 12 de enero de 2012.

 
NOTAS:
[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Aproximación a la Historia del convento de San Guillermo en Castielfabib y noticia del Hospital de la Villa, Edita Ayuntamiento de Castielfabib, Valencia, 2001.
[2] CARRASQUER ZAMORA, José. Los comienzos de la electricidad en Teruel (1889-1936), Edita Fundación Teruel Siglo XXI, Teruel, 2011, pp. 49-57.
[3] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 341-351.
[4] Ibídem, p. 342.
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Fachada principal del convento de San Guillermo (Castielfabib), con detalle de la hornacina avenerada en la parte alta.
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Portada del libro del autor que se cita (2001), con detalle de las arcadas laterales de la iglesia conventual.
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Contraportada del libro del autor que se cita (2001), con detalle de la cistena y lavadero del convento.
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Planta del Convento de San Guillermo en Castielfabib (Valencia), por gentileza de Álvaro Vázquez Esparza.