martes, 9 de mayo de 2017

ENCUENTRO DE MÚSICA TRADICIONAL EN VALLANCA.


Crónica informal, a propósito del Ier Encuentro de Caja y Pita en Vallanca,
6 de mayo de 2017.



“En Vallanca
 la música tradicional de interpretación popular ha formado parte
 como un elemento festivo imprescindible y solemnizador de múltiples eventos.
Y se sigue haciendo el esfuerzo por mantener este folclore local a toda costa”
-del folleto anunciador del encuentro-.






Palabras previas, a modo de introducción.
Hace un par de semanas recibí una llamada telefónica de Vallanca, la aedl (Mª Victoria Sánchez López, Toya) me anunciaba que desde el Ayuntamiento estaban preparando el I Encuentro de Caja y Pita en la villa, al tiempo que solicitaba mi participación en coloquio con alguna charla o conferencia. Le agradecí la deferencia, aunque tuve que decirle que no, porque –debo reconocerlo- no tengo la menor idea de música tradicional, menos todavía de melodías de caja y pita; nadie es perfecto, diría el clásico. Con todo insistió en que asistiera al encuentro, que incluía pasacalles, actuaciones de distintos grupos y una comida de hermandad.

El día anterior al encuentro recibí un correo-invitación de Toya, con el anuncio formal del I Encuentro de Caja y Pita, allí se detallaba el programa del evento, un tríptico bien presentado con sus partícipes, horarios y demás. El texto del folleto dice en su introducción de la música tradicional valenciana -de su incuestionable relación con el santoral católico (litúrgico y eclesiástico en general)-, hasta el punto de hallarse ambos entrañablemente unidos. Ello se hace todavía más evidente en las celebraciones locales destacadas: el Rosario de la Aurora, los Mayos, la romería a Santerón, las fiestas de San Roque y las Albadas de Nochebuena, constituyéndose en elemento “festivo y solemnizador” de este tipo de acontecimientos. De ahí la necesidad de esforzarse “por mantener este folclore local a toda costa”. Es cierto, sin embargo, que los tiempos están cambiando –ya han cambiado, inevitablemente-, y que el sentido tradicional y religioso de la época de nuestros padres y abuelos poco o nada tiene que ver con el nuestro. De la misma forma que en un monasterio la vida de los religiosos se regía por los horas canónicas, la vida en el mundo rural venía marcada por el reloj de la torre de la iglesia -cuando lo había-, y el santoral.

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Cartel anunciador del I Encuentro de Caja y Pita en Vallanca (Valencia), 6 de mayo de 2017.
A propósito, cuenta Marguerite de Yourcenar (1903-1987), autora de la celebrada novela Memorias de Adriano (1951), que en cierta ocasión encontró en una carta de Gustavo Flaubert (1821-1880) una frase impactante: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. A mi entender este es el paradigma del hombre actual, al menos en Europa –y por ende en el Rincón de Ademuz, pues somos Valencia y España- continente y civilización que aparentemente ha perdido su rumbo: seguimos celebrando las hogueras de san Antón, no obstante haber perdido el sentido profundo de comunicación entre el hombre y la divinidad, labor antaño ejercida en este aspecto por el bienaventurado santo de la Tebaida: encendemos las hogueras a la luna de enero sin saber muy bien su significado, mientras acompañamos a nuestros hijos a bendecir sus mascotas. Ya digo, absurdo y paradigmático. Antaño, la vida de los animales de carga y labor en nuestros pueblos era demasiado valiosa como para dejarla sólo en manos del veterinario, había que recabar además la protección de la divinidad. Pero en espera de ese nuevo tiempo en el que las nuevas tradiciones adquieran pleno sentido en esta avanzada sociedad, no cabe otra actuación que porfiar y mantener las prácticas pretéritas que tan fielmente recoge el folclore local.

Vallanca es pueblo antiguo, el primero que se segregó del término de Ademuz, hecho ocurrido a finales del siglo XVII (1695), todavía vigentes las instituciones del Antiguo Régimen. No es de extrañar, pues, que sea Vallanca uno de los municipios más ricos en tradición y patrimonio inmaterial de la comarca, siendo de destacar la sensibilidad –y el esfuerzo- de su Ayuntamiento por recopilar y mantener su memoria. Memoria y patrimonio que la despoblación amenaza con destruir de forma atroz e irrecuperable, y que tanto daño ha hecho –y sigue haciendo- en nuestros pueblos a ambos lados de la Sierra de Santerón, de Cuenca, Valencia y Teruel. A ello cabe añadir la pérdida de la religiosidad popular, tan íntimamente unida como decíamos a las tradiciones del santoral en el mundo rural. La civilidad prevalece sobre la ruralidad, con las consiguientes pérdidas y cambios en todos los ámbitos del acontecer.

Es por ello que resulta laudatorio el propósito del Ayuntamiento de Vallanca con este I Encuentro de Pita y Caja en su municipio, “defender nuestra tradición y con ello añadir un nuevo evento a nuestro calendario cultural, que enriquezca nuestro municipio y comarca”. Dicho con otras palabras, no queda otra opción que recopilar y mantener lo que tenemos –aquello que nos identifica como pueblo y comarca- o desaparecer en la globalización de los mass media.


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Detalle del I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), con la parroquial al fondo (2017).

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Detalle del I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), con la parroquial al fondo (2017).

El encuentro musical, un singular evento festivo.
El sábado por la mañana -6 de mayo de 2017, sobre las 10:00 horas- salí de Torrebaja (Valencia), el día era espléndido, con apenas alguna nubecilla vagando por el cielo abierto. Fui por El Montecillo, pasé las Casas del Soto y Ademuz, sin cruzarme con ningún vehículo. El valle del Turia en completo silencio, una columna de humo ascendía vertical sobre el verde tierno de los campos. En Ademuz tampoco vi a nadie, la avenida de Valencia estaba desierta, sin el habitual tráfico matinal, ni la pesadilla del aparcamiento. Enfilé la carretera de Vallanca a la salida de la villa, dejando atrás el barranco Seco, ascendiendo despacio por la ladera del monte. El paisaje se ensancha conforme subimos, hasta arribar al Mirador de la Hoz, sobre el Boilgues. Poco más arriba está el Canto Gordo, desde donde empiezan a verse las primeras casas de Vallanca. La carretera ha sufrido algunas mejoras, han cementado el arcén por la parte del monte. Al llegar a Vallanca atravesé la zona baja del caserío y aparqué frente a la antigua casa del médico, subiendo a la plaza entrando por la calle Virgen de Santerón, donde la fuente de Los Caños.

Vallanca, pueblo antiguo –decía- se halla sobre la cota baja de un cerro pedregoso, las calles en pendiente, el urbanismo complejo, su único espacio llano es la plaza de España y la franja entorno del Castillo, sobre la Cueva del Hocino. Cavanilles a su paso por el lugar -a principios de septiembre de 1792- ubica a Vallanca “en una cuesta rápida; sus calles y edificios sin gusto, ni mas comodidades que las precisas para el abrigo de 200 vecinos, de las caballerías y frutos”.[1] Mucho ha cambiado la villa desde entonces, el botánico valenciano no dejaría de maravillarse si pudiera admirarla hoy; aunque siguen habiendo cuestas y repechos. El encosteramiento del caserío resulta propicio, sin embargo, para descansar de las continuas costaneras, contemplando de paso las balconadas de madera, solanares y tejaroces de las casas. 

La plaza Mayor es un recinto abierto frente a la fachada occidental de la parroquial, que luce torre-campanario a los pies, lado del evangelio. En el centro de la plaza hay una magnífica fuente de piedra con pilón, obra de mediados los años cincuenta (1954). En la columna central tiene labrado en una de sus caras el yugo y las flechas, símbolo que se ha librado –de momento- de la damnatio memoriae, ya saben, la proscripción y condena de los símbolos de la dictadura franquista.[2] Nuestro país es paradójico –chocante, incongruente y parcial en este sentido-: mientras por un lado se retiran símbolos que aluden o pueden aludir a la pasada guerra y al franquismo, se mantienen otros, como la estatua de Largo Caballero, “el Lenin español” en Nuevos Ministerios (Madrid), o se nombra hijo predilecto de Gijón a Santiago Carrillo, “el héroe de Paracuellos” –salvo mejor opinión, ambos personajes están directamente vinculados a la Revolución de 1936 y Guerra Civil (1936-1939) y resultan de penosa memoria-. 

Sin embargo, Vallanca es el único municipio del Rincón de Ademuz que tiene una plaza mayor en honor de nuestro país –me refiero a España-, hecho que la honra. Poner nombres de personas a las calles y plazas es una lamentable costumbre mediterránea -al menos, eso decía Josep Pla-, en especial cuando se dedican a políticos. En Casasaltas dedicaron una calle al escritor Francisco Candel –Paco Candel nunca hubiera querido una calle en su pueblo, o tal vez si-: el caso es que se la pusieron y algunos vecinos protestaron, quizá por su significación política, que no literaria.[3] Mejor poner nombres de flores, árboles, parajes, pueblos, ciudades o ríos... En la propia Vallanca tenemos el mejor ejemplo de ello: a la antigua “calle Caudillo” le han puesto calle Vallejo, rebautizando la de “Calvo Sotelo” como cuesta la Plaza. Otros tiempos, nuevas denominaciones para viejas calles; cuanto menos, los nombres actuales resultan francos y descriptivos.

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Detalle del I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), con la parroquial al fondo (2017).

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Detalle del I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), con la parroquial al fondo (2017).

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Detalle del I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), con la parroquial al fondo (2017).

Cuando llegué a la plaza de España de Vallanca ya había movimiento de gente, ambiente relajado y festivo. Colocado un tablado frente a la fachada del Ayuntamiento, y para probar el sonido tocaban algunos instrumentos, un tabal (tambor) y una dulzaina (flauta), aquí nombrados como “caja y pita”. El sonido de estos populares artefactos musicales resulta en extremo chispeante, alegra el alma como el vino el espíritu. Poca gente al principio, aunque poco a poco la plaza fue llenándose. Muchos forasteros –los de los grupos musicales y sus familiares-; no obstante, enseguida encontré gente conocida. Me precio de tener amigos y conocidos en todos los pueblos y aldeas del Rincón de Ademuz, desde Mas de Jacinto a Casasbajas, desde Arroyo Cerezo a Puebla de San Miguel y Sesga. Es agradable que la gente nos salude -y saludar a la gente-, que te conozcan y pregunten por la familia. Yo comencé a conocer a los de Vallanca en mi primera subida a la Ermita de Santerón, en Algarra (Cuenca), esto fue en el XL Septenario (1998).[4] Aquella romería me atrapó para siempre, tanto por su contenido festivo y mundano como por el religioso –también por la cordialidad de los santerones o santeroneros: así llamo yo a los peregrinos de Santerón-: desde entonces no me he perdido un septenario, y pienso hacer todos los que pueda mientras viva, pues soy devoto ferviente de la Virgen de Santerón (también de Virgen de Tejeda, no vaya a coger celos). Alicia Monleón, presidenta de la Cofradía de Santerón, siempre que nos vemos me saluda: ¡Viva la Virgen de Santerón! –quizá porque vive y siente esta devoción que compartimos. Aunque en cuestión de ideas y creencias procuro ser prudente; esto es, no creerme más listo –ni mejor- que los demás.

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Doña Ruth Sánchez Férriz, alcaldesa de Vallanca (Valencia), acompañada de algunos concejales durante la inauguración del I Encuentro de Música Tradicional (2017).


La presentación del I Encuentro de Caja y Pita corrió a cargo de la señora alcaldesa de Vallanca, doña Ruth Sánchez Férriz, que leyó desde el tablado un texto relativo al evento, explicando los motivos y objetivos del acontecimiento, y deseando continuidad al Encuentro. Inaugurado el programa nos dirigimos al Centro BTT Santerón -en la calle Cruces-: allí tuvo lugar el coloquio. Dos charlas a cargo de eruditos locales, actuando como moderador el periodista Álvaro Sánchez Férriz, redactor de Informativos en Aragón TV. Álvaro Sánchez hizo las presentaciones de rigor, en primer lugar intervino el señor Fermín Pardo Pardo (Hortunas, Requena, 1945), profesor jubilado y musicólogo folclorista con un tema de su especialidad: Recopilación de la música tradicional en Vallanca, disertación con la que señaló la rica tradición musical del municipio, y el proceso recopilatorio llevado a cabo en la zona; propiamente, “los expertos gaiteros vallanquenses eran reclamados antaño en todos las fiestas de la comarca y alrededores, para animar bailes, solemnizar procesiones e intervenir en cualquier acto festivo”. Aquella rica tradición musical fue acopiada durante varios años (1976, 1986 y 1999) y publicada –en CD-: Música de la romería de la Virgen de Santerón y canciones populares de Vallanca (2000). El señor Pardo, con extrema sencillez hizo gala de sus conocimientos en música tradicional valenciana; posee un amplio currículo como recopilador del folclore en el ámbito provincial, habiéndose interesado también en la indumentaria, las fiestas de la tradición religiosa y popular, incluso en la arquitectura vernacular. Tuve oportunidad de saludarle y charlar con él después del coloquio, manifestándole mi admiración y simpatía. Me llamó la atención que en la romería de Santerón cada momento tenga su música -la subida, el almuerzo, el prado...-, algo por lo demás enteramente natural de lo que yo –en mi ignorancia musical- no me había apercibido. Sucede lo que con otras músicas populares -la jota, la sardana-, que al lego todas le parecen la misma pieza.


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Detalle de la presentación del coloquio del I Encuentro de Música Tradicional en Vallanca (Valencia): el señor Fermín Pardo Pardo (izquierda) y el señor Mariano López Marín (derecha), con el moderador (señor Álvaro Sánchez Férriz) en el centro.


En segundo lugar intervino el señor Mariano López Marín (Salvacañete, 1954), maestro jubilado, cronista oficial de Salvacañete (Cuenca) y viejo conocido mío, hombre generoso y prudente que atesora un ingente conocimiento sobre la zona: no en vano ha investigado durante años en distintos ámbitos: históricos, culturales, etnográficos. Su charla versó sobre “Aspectos etnológicos y costumbristas de las relaciones entre Salvacañete y Vallanca a través de los dulzaineros”. Con datos, anécdotas y experiencias personales nos ilustró acerca de las amplias relaciones que históricamente han mantenido las gentes valencianas del Rincón de Ademuz –y muy especialmente Vallanca- con las conquenses del otro lado del Santerón. Resulta curioso –y de gran interés- oírle nombrar personas, parajes y lugares de ambas vertientes de la Serranía, teniendo como hilo conductor las actividades comerciales, las costumbres y tradiciones festivas que secularmente les han unido, en particular a través de los dulzaineros. Entrevisté a Mariano López Marín con motivo de la publicación de su último libro –Etnología y costumbres populares en Salvacañete (2016), edición en gran formato y larga trayectoria investigadora, con la que evidencia su profundo conocimiento. Contra el decir popular, su magna obra demuestra que el saber ocupa tiempo -y lugar-, además de pesar lo suyo. Lo que me sedujo del personaje, sin embargo, fue su humildad y buen hacer, alejado de toda prepotencia.[5]


Marcha por las calles de Vallanca.
Tras el coloquio nos dirigimos de nuevo a la plaza de España, desde allí se organizaron los distintos grupos musicales para hacer un pasacalle -recorriendo el callejero de Vallanca-:

Dolçainers i tabaleters el Cudol (Valencia).
Germans Caballer (Sagunto).
La Brama dolçaines i tabals (Bonrepos y Mirambell).
La Propera (Tavernes Blanques).
Som de Traca (Chiva).

Cada grupo iba precedido por un menor portando un cartel con el nombre pintado. El pasacalle partió de la plaza de España, bajando por la avenida del Cid, siguiendo por la calle Aduana, de nuevo la avenida del Cid, la calle de la Luna, la placeta de Luis Corominas (tras la parroquial, donde el Pósito), la calle Cruces. Aquí me llamaron la atención los plafones del Vía Crucis, ladrillos de cerámica enmarcados en hierro, recientemente repuestos, y que continúan hasta la Ermita de San Roque, faltando tres pilones por colocar. Resulta admirable comprobar como se han recuperado los ladrillos, cuando en otros lugares –mezquinamente- los han dejado perder: tal el caso de Torrebaja, donde ya no se repusieron tras su devastación en la guerra civil (1936-39). Una lástima, pues al fin se trata de un sencillo patrimonio local que merece la pena preservar. De los antiguos ladrillos, en Vallanca sólo quedaba la Estación IV, situada en dicha calle Cruces, puestos en una hornacina de pared enmarcada en madera con verja metálica.


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Detalle del comienzo del pasacalle en I Encuentro de Música Tradicional en Vallanca (Valencia), 2017.


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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.
La comitiva musical continuó por la calle Nueva, calle Larga, subiendo a la plaza Mayor por la cuesta la Plaza (antigua Calvo Sotelo). No sabría definir la impresión que me produjo en el ánimo oír los sones de aquellas músicas tradicionales, al tiempo que recorríamos las estrechas calles de Vallanca, admirando los antiguos edificios, las balconadas y solanares de los viejas casonas y portales. De tener memoria los edificios, seguro que oír aquellos acordes les evocarían otros tiempos. Hay muchas viviendas con las fachadas rehabilitadas, el pueblo impresiona -en general- por su orden y limpieza. Al llegar a la cuesta la Plaza no pude evitar evocar aquella vieja fotografía del Arxiu Mas (Fundació Institut Amatller d´Art Hispànic) realizada por el señor Adolf Mas Ginesta (1860-1936) a principios del siglo XX (1917), en la que puede verse un entierro, con la comitiva subiendo la cuesta con el féretro, camino de la parroquial. ¿Quién era el difunto –me pregunto-; sería varón o mujer, joven, viejo, de qué murió...? En realidad, poco importa ya...

De nuevo en la plaza de España los distintos grupos dieron muestras de sus habilidades musicales tocando varias piezas, algunas de ellas con acordes de gaita. El sonido de gaita tiene la especial cualidad de remover sentimientos -emociones profundas-, su sonido es visceral, hondo y cálido. Como decía arriba, no entiendo nada de música –tampoco de vinos-; pero como cada cual tengo mi sensibilidad musical y mi paladar, y aún sin entender de acordes reconozco la música y el vino que me gusta. Porque –justo es reconocerlo- el mejor vino es el que a uno le agrada, y a nadie le gusta un caldo picado.

Durante la actuación conocí a Cristina, “la pitera de Negrón”; alguien la había nombrado durante el coloquio y me incitó la curiosidad por conocerla. Me imaginaba a una anciana, cuanto menos una persona mayor; cuál fue mi sorpresa al ver que se trataba de una chica joven, y guapa. Creo recordar que tocaba en el grupo “Gemans Caballer Folk” de Sagunto. Apenas pude hablar un momento con ella, tenía que actuar de inmediato, aunque quedamos para más adelante. Desconozco su conexión con el Rincón de Ademuz, pero sus padres tienen casa en Negrón, pedanía de Vallanca. Resulta esperanzador comprobar cómo la gente joven se entusiasma con la práctica de estos instrumentos musicales tradicionales, cuya música alegra y arrebata, acaso porque estimula fibras que nos conectan con lo que el sociólogo francés Maurice Halbwachs (1877-1945) llama la memoria colectiva propia de cada sociedad.

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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.

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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.


Palabras finales, a modo de epílogo.
Lamentablemente no pude quedarme a la comida de hermandad, pero seguro que los manjares fueron buenos y el ambiente agradable. Según programa, a media tarde debió tener lugar un Concierto de clausura -a cargo de Germans Caballer Folk-; y tras el concierto, una entrega de regalos.

Aunque me reconozco poco sociable y solitario -sin llegar a la misantropía-, me encantan este tipo de eventos, en los que puede conocerse gente nueva y saludar a viejos conocidos. A veces me entra la morriña y me acerco hasta la Ermita de Santerón, voy con una moto de montaña que tengo, por el camino nuevo, siguiendo los viejos descansaderos de la Virgen, vía el pozo del Herrero y el rento de Vallongo. El paraje es espléndido, rodeado de densos pinares. Al pasar por estos parajes siempre me acuerdo de mi primera travesía del Santerón, en el XL Septenario (1998). Durante la bajada coincidí un trecho con un señor ya mayor –sobrepasada la séptima década-. Hablando de la romería recuerdo que me dijo: En mi casa no somos de misa, pero a la Virgen de Santerón que no nos la toquen... –dando a entender, quizá, que siendo poco religiosos tenían gran querencia por aquella Virgen-. Rememoro aquella anécdota porque dice mucho -a mi particular entender- de la religiosidad popular de las gentes de estos lugares, sencilla pero arraigada en lo profundo de sus vidas. Porque al fin la religiosidad –como la espiritualidad- no son cosas de la teología y los refinamientos intelectuales, sino de sentimientos y percepciones que nos ayudan a entender y sobrellevar la vida. Y la vida en estos lugares -en otro tiempo- fue muy dura...

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Detalle de fachada con arco de medio punto en una casa antigua de Vallanca (Valencia), 2017.

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Ladrillo cerámico con inscripción alusiva al pueblo de Vallanca, partido judicial de Chelva, provincia de Valencia (2017).

Durante el concierto en la plaza, tras el pasacalles, estuve conversando con Mariano López Marín, uno de los ponentes del coloquio. Hablando de la despoblación en estos pueblos, nombrando el abandono de los campos de cultivo, evocó lo que ya le decía su padre: Sirvieron mientras sirvieron; si ahora no sirven es porque se vive mejor... Tal vez tenga razón. Los campos -y la forma de vida en otro tiempo- es poco probable que puedan recuperarse, pero sí su espíritu y el sentir profundo que une la gente al paisaje, cuyo hálito palpita muy especialmente en la música de caja y pita, y en las tradiciones que acompañan y enaltecen.

En suma: sería estupendo que estos encuentros de música tradicional pudieran tener su continuidad en años próximos -y profundizarse-, pues su traída constituye todo un acierto. Vale.






[1] CAVANILLES, Antonio Josef (1797). Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reino de Valencia, Madrid, tomo II, párrafo 101, pp. 73-74.
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. La ley de Memoria Histórica en el Rincón de Ademuz, del lunes 30 de enero de 2012.
[3] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Casasaltas homenajea a Francisco Candel, del viernes 5 de junio de 2015.
[4] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Los Santerones de Vallanca, en Desde el Rincón de Ademuz, Valencia, 2000, pp. 232-236. ID. La Virgen de Santerón en la memoria (I y II), del lunes 8 de octubre de 2012. 
[5] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Mariano López Marín, cronista oficial de Salvacañete (Cuenca), del viernes 19 de agosto de 2016.


--- ARCHIVO FOTOGRÁFICO ---
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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.
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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.
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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.
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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de Vallanca (Valencia), 2017.

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Detalle del pasacalle en I Encuentro de Música Tradicional en  Vallanca (Valencia), 2017.
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Detalle del pasacalle en I Encuentro de Música Tradicional en  Vallanca (Valencia), 2017.

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Detalle del pasacalle en I Encuentro de Música Tradicional en  Vallanca (Valencia), 2017.

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I Encuentro de Música Tradicional en  Vallanca (Valencia), de regreso a la plaza de España, tras el pasacalle (2017).

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Detalle de actuación en el I Encuentro de Música Tradicional en la plaza de España de  Vallanca (Valencia), 2017.

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