lunes, 23 de marzo de 2015

ZARABANDA DE ELECCIONES: MUNICIPALES, AUTONÓMICAS Y GENERALES.


Reflexiones y soliloquios de un lugareño ante el hecho electoral.


“Piensa que, en este país,
Lo que más se parece a un hombre de izquierdas
Es un hombre de derechas. […]
No lo dudes: esta división es inservible”
-Josep Pla (1897-1981), periodista y escritor catalán bilingüe-.




Este va ser un año de elecciones, están previstas municipales, autonómicas y generales; una verdadera zarabanda. Comprendo que en una democracia son necesarios los partidos y las elecciones, pero tantas me aturden. Además, ¡cada comicio debe costar un dineral! Mas la democracia es un sistema político propio de países ricos; no hay, pues, que preocuparse.

Por otro lado pienso que es bueno el tiempo electoral, porque el país precisa cambios urgentes, profundos, en muchos órdenes de la vida política, económica, social. Tengo la impresión de que en los últimos años hemos asistido al agotamiento del gran proyecto histórico de la Transición, cuyos últimos estertores vimos a raíz del desastre del “Prestige”, el 19 de noviembre de 2002; y poco después en la desventura nacional que supuso el atentado terrorista de Atocha, el 11 de marzo de 2004. La nefasta gestión de aquellos acontecimientos y la mezquina respuesta de la oposición puso en evidencia su desencuentro en la empresa nacional. La propia división entre las distintas asociaciones de víctimas del terrorismo manifiesta esta falta de entendimiento. Resultado de todo ello fue la década siguiente, prodigiosa en desaciertos...

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Detalle de ramas de un álamo (Populus alba) en la ribera del Turia en Torrebaja (Valencia), 2015.


El tedioso ejercicio de la elección de un partido al que votar.
Me pasa lo que a un amigo, “que elegir a quién votar me resulta un ejercicio tedioso, agotador, ya que por más vueltas que le doy no consigo decidirme por ninguno”. Porque el voto es para mí asunto serio, no algo intrascendente y baladí. Es más, pienso que a los políticos habría que examinarles con lupa antes de “meterlos” en las listas, y que cada votante debería demostrar previamente su suficiencia. Esta es la grandeza y miseria de la democracia, que pretende que todos los votos sean iguales, cuando las personas no lo son. En el caso de las autonómicas y generales, los partidos nos presentan una lista de nombres desconocidos. ¿Qué sabemos de la mayoría de estas persona?, ¡absolutamente nada! ¿A santo de qué debemos dar nuestra confianza a personas que desconocemos? Además, soy de la opinión de que la Ley electoral debe mejorarse sustancialmente, entre otras cosas para que finalmente haya listas abiertas. Porque como le pasa a este amigo mío, “yo no soy un ciudadano de voto fijo, de esos que, pase lo que pase y hagan lo que hagan, siempre votan a los suyos, a su partido”. ¡Qué más quisiera yo que tener un partido a quien votar! Pero no es mi caso, yo no tengo partido asegurado y tal como están las cosas votar de forma irreflexiva es temerario. Tengo claro, sin embargo, que a algunos partidos no los votaré nunca, jamás. Si ustedes tuvieran dos hijos en paro con tres carreras universitarias comprenderían mi decisión. Cierto, siempre queda la posibilidad de votar al menos malo, aunque no es ésta una solución que me satisfaga. Están también los partidos emergentes, los que tratan de hacerse un lugar en el panorama electoral y necesitan una oportunidad –partidos vírgenes, inmaculados, porque nunca han gobernado-, pero de los que apenas sabemos nada, ni cómo van a resultar. De ahí mi intranquilidad y desconcierto…


La voz de un amigo, eco de la conciencia.
Este amigo mío dice, “hace años tuve un partido que creí me representaba, pero me equivoqué. Un partido puede ser como una novia, que al principio te arrebata; pero que conforme la vas conociendo más te defrauda y asquea”. Hay que reconocer que tiene su parte de verdad, “porque el trato y la intimidad te permiten descubrir datos de su carácter, formas de ser y de comportarse”. En mi caso descarto de entrada los partidos que entablan conversaciones con terroristas, aquellos que los excarcelan o permiten su excarcelación. Al respecto, dice mi amigo que “contra el terrorismo no cabe otra solución que la pena de muerte, quien mata por esa causa, es justo que muera por ella: lo contrario sería una temeridad”. No le falta razón, pero como la pena capital está mal vista entre la progresía y resulta hipócritamente incorrecta, habría que arbitrar, la cadena perpetua no revisable –no revisable al menos en treinta años-. Dice también mi amigo, “no puedo votar tampoco a partidos corruptos, que se han corrompido o consentido en la corrupción. Ni a los que han derrochado, robado y arruinado el país, ni a los que engañan a sus votantes prometiendo lo que saben no pueden cumplir, ni a los que propician la descomposición de la Nación española en aras del presunto derecho a decidir…”. Comparto su sentimiento, así que, por mi parte, ¡al carajo con ellos, que les den…!


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Detalle de un bosquecillo de álamos (Populus alba) en la ribera del Turia en Torrebaja (Valencia), 2015.

Una regeneración necesaria y urgente.
Por último, respecto a las autonómicas y generales, pienso que el país necesita una substancial regeneración -moral, social, política...-, pero que, lamentablemente, ésta no puede venir de la mano de los grandes partidos nacionales –léase PP y PSOE, que ya sabemos lo que dan de sí- y menos de los nacionalistas. Mi amigo lo dice con otras palabras, “de lo podrido solo puede surgir podredumbre y de lo mórbido, enfermedad”. Seamos serios, ¿cómo vamos a votar a estos grandes partidos que en tres décadas han sido incapaces de pactar las grandes cuestiones nacionales, la educación, la sanidad, un plan hidrológico razonable, la política exterior...? Porque la nación española tiene unos intereses concretos e irrenunciables, independientemente de quien gobierne. Quedan los partidos emergentes, hoy todavía menores, pero cuya proyección veremos en las próximas elecciones. El futuro inmediato de éstos estará en los pactos que establezcan, ése y no otro será su talón de Aquiles...

El panorama ordinario de las elecciones municipales.
Respecto a las municipales, la cuestión es mucho más clara y sencilla, al menos en los pueblos pequeños... Clara, porque aquí nos conocemos todos, no hay engaño posible. Y sencilla, porque el abanico de posibilidades es mucho más reducido. Pero no crean, la cosa tiene también su intríngulis. El busilis está precisamente en la pequeñez e insignificancia de las cosas, en las insidias ancestrales, personales, familiares, ideológicas –que en ocasiones están muy arraigadas-. Hablando con unos y otros, aunque yo soy más bien de escuchar, he llegado a la conclusión de que la solución de los problemas municipales no está en los partidos de derechas ni de izquierdas. Ambos términos están ya superados hace mucho tiempo –al menos desde los años treinta-, pese a que algunos políticos los siguen empleando. Debe ser porque les resulta provechoso para estimular a la feligresía de su parroquia. Mi decisión es concluyente al respecto, cuando oigo a alguien decir ser de una u otra de estas opciones políticas, como hace el antivirus del computador, lo pongo en cuarentena, deja de interesarme, porque sé que nada nuevo me aportará. Digo esto porque uno ya está de vuelta de estas zarandajas. Es como elegir entre el susto mortal o la muerte inminente –ambos te llevan al nicho-. Porque, positivamente, se trata de una clasificación obsoleta, “inservible” –como dice el ampurdanés.

A principios del siglo pasado –en 1918-, escribía Pla que su padre era “un hombre que hubiera querido que la política impulsase a los hombres, que pusiese en marcha las fuentes de riqueza -sobre todo la riqueza agrícola- y acabase con el abandono, la ignorancia, la mezquindad y el contrapeso de dejadez de la vida”. Otros han definido la política como “el arte de hacer posible lo necesario”, una idea notable y positiva. A mi me pasa igual, me identifico profundamente con estas formas de pensar tan sencillas y prácticas. Aquí debo reconocer la influencia de mi propio padre, del que heredé un acentuado amor por la tierra que me vio nacer. Es bueno amar nuestra tierra, cada cual la suya, sin detrimento de las demás. Mi adhesión a la idea de España comienza en el amor al terruño, a su pequeña historia, algo que me incita en el sentimiento de pertenencia a un todo superior y trascendente.


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Detalle de manzanos esperiegos en la huerta de Torrebaja (Valencia), 2015.


Momentos de desmoralización.
Cuando yo comencé en política creí que en el pueblo y la comarca “estaba todo por hacer”, lo que no dejaba de ser una ingenuidad. Hoy, sin embargo, veinticinco años después, tengo que luchar contra el sentimiento de que aquí “no hay nada que hacer”, otra forma de candidez. Ya sé que la idea es penosa, por eso lucho contra ella. Porque no quiero dejarme llevar por el pesimismo y la inercia de los hechos. Cuando me asaltan estos pensamientos los barro de mi mente y me digo: Ni la historia ni el futuro están escritos... Decía que mi padre estimaba profundamente su tierra, y que yo heredé esta misma pasión. Él –mi padre- era un apasionado de la Concentración Parcelaria, lo fue desde el principio, allá por los años setenta, antes que se dictara el Real Decreto que la declaraba “de utilidad pública y urgente ejecución” (1978). No cabe duda que fue un adelantado a su tiempo, porque veía que el campo y la agricultura no tenían otro camino que la unificación de las parcelas fragmentadas por la historia y las herencias, y la explotación conjunta, cooperativa, de las mismas.

Un caso histórico, la concentración parcelaria y su aparente fracaso.
Tengo a gala decir que desde la alcaldía tuve la posibilidad y el honor de trabajar por la consecución de aquel gran proyecto supramuncipal -incluía el término de Torrebaja (y Torrealta) y parte del de Ademuz y Castielfabib-, lo que suponía unas 600 hectáreas. Desde el principio se opuso una parte de los propietarios, además del Ayuntamiento de Ademuz y Castielfabib; aunque la Administración estaba dispuesta a llevarla a cabo, íntegra y gratuitamente. La responsabilidad de los Ayuntamientos comarcanos en el fracaso de aquel extraordinario propósito es evidente; los disculpa, sin embargo, el hecho de que no sabían muy bien de qué se trataba, su ignorancia. Al final se invirtió el proceso, quien se resistía a ejecutar las obras era la propia Consejería de Agricultura; quizá porque ya no tenía dinero o porque veía que el tiempo de las concentraciones había pasado. No en vano había transcurrido un cuarto de siglo entre el Decreto y su realización. Posteriormente, y no sin gran esfuerzo de varias alcaldías, la Concentración tuvo lugar, aunque sólo en una pequeña parte del término de Torrebaja -excluyendo el de Torrealta, Ademuz y Castielfabib-.[1] Hoy la Concentración es un hecho y mi padre estaría profundamente satisfecho viendo las fincas agrupadas, el trazado de los nuevos caminos, las estupendas acequias de cemento. Ello debiera suponer la posibilidad de impulsar esta enorme riqueza local de que escribía arriba... Pero en la misma medida creo que se sentiría apenado, al ver las tierras improductivas o plantadas de chopos... ¡Porque la concentración parcelaria no se concibió para cultivar chopos! En cualquier caso, la plantación de chopos y otras especies arbóreas maderables demuestra el fracaso parcial de aquel gran proyecto agrario, que hubiera debido servir para lanzar definitivamente la agricultura municipal y comarcal con una marca propia. Una verdadera lástima, pero es lo que hay...


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Detalle de fincas resultado de la Concentración Parcelaria en Torrebaja (Valencia), con el caserío al fondo (2005).


En los pueblos pequeños no hay engaño posible, todos nos conocemos.
Decía que el panorama de las elecciones municipales se manifiesta mucho más sencillo y claro en los pueblos comarcanos que en la ciudad, porque aquí todos nos conocemos. El conocimiento de las cosas, de alguien o de algo, facilita considerablemente la elección. Quiero decir que en los lugares pequeños no caben engaños, sabemos la trayectoria personal de los vecinos, y de lo que cada cual es capaz. No obstante los acérrimos, aquí la ideología ocupa un lugar muy secundario. El caso es que a dos meses escasos de las elecciones ya comienza a percibirse en nuestros pueblos ruido de urnas. El ruido es pequeño, un bisbiseo apenas perceptible. Pero parece que ya se están barajando nombres para componer las listas. A uno de mis hijos le han propuesto formar parte de una de éstas, como relleno. No sé si aceptará, lo dudo; porque está muy quemado con este sistema que aparta del mundo laboral a la generación mejor preparada de los últimos cincuenta años. Cabe recordar en este punto a los jóvenes de nuestra comarca que se hallan en el extranjero buscándose la vida, y a sus padres, cuya pesadumbre compartimos.

Pero es bueno que los propios vecinos se preocupen del devenir municipal, ya que alguien debe estar al mando de las cosas del común, y los jóvenes no deben ser ajenos a este suceder. Alguien con ilusión, capaz y con dos dedos de frente. No hace falta mucho más para llevar adelante la administración local. El fundador del estado alemán moderno, Otto von Bismark (1815-98), decía que "La política no es una ciencia exacta, sino un arte", a lo que cabría añadir, no obstante, que para todo arte hay que estar dotado. Mas ello no constituye un problema en los pequeños municipios, donde la política se reduce o debiera reducirse a una buena gestión. En muchos casos bastaría con mantener lo que hay, en espera de tiempos mejores. Suele suceder, sin embargo, que una alcaldía debe dedicar una parte considerable de sus energías -y recursos- a arreglar lo que ha descompuesto la anterior. Los daños, a veces, se arrastran durante legislaturas. El avance resulta así más lento y gravoso, aunque incontenible. Porque ni el tiempo ni la historia pueden detenerse. Como he escrito en alguna otra ocasión, lo peor que le puede ocurrir a un alcalde es creer que la historia municipal comienza con él... Porque el Ayuntamiento es un totum continuum, una continuidad sin fisura que viene de lejos, y cada presidente de corporación, cada consistorio debe hacer lo que en cada momento le corresponda. La cuestión está en descubrir lo que debe hacer y en llevarlo a cabo con eficiencia.


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Detalle de chopos maderables en el camino del Rento de Torrebaja (Valencia), junto a la antigua ribera del Ebrón (2015).

La despoblación, un problema fenomenal.
La dificultad más importante con la que se enfrentan los pueblos del Rincón de Ademuz es el mismo que afecta a la denominada “Serranía Celtíberica”: triángulo geográficamente delimitado por Soria, Teruel y Cuenca, la despoblación.[2] Se trata de un problema enorme, morrocotudo, que nadie sabe muy bien cómo afrontar, ni sus consecuencias a medio y largo plazo. Con los pueblos vacíos no hay nada que hacer. Todas las políticas que no estén enfocadas a la resolución de esta fenomenal cuestión carecen de sentido, son inútiles, están irremisiblemente condenadas al fracaso. Podremos tener pueblos limpios, ordenados, bellísimos..., pero si están vacíos de gente, nada importará. Y si alguien no lo remedia esto lo veremos antes de que concluya el tiempo de nuestra generación... Ya me dirán ustedes qué pasará cuando desparezca la vecindad octogenaria, que es una porción considerable de la población actual. No sé ustedes, pero yo prefiero no pensarlo...

La enjundiosa cuestión de los impuestos locales.
Otra cuestión que debiera aflorar a la hora de las elecciones es la de los impuestos, asunto ciertamente preocupante... Parece que la falta de ingresos de nuestros Ayuntamientos se trate de paliar aumentando la presión fiscal sobre el sufrido vecindario. Bien está que tengamos que pagar una tasa por el mantenimiento de un servicio, pero no más. Valga un botón como muestra. Hace tiempo tuve que compulsar tres documentos que precisaba para cierta gestión, así que me dirigí a la secretaría del Ayuntamiento. La compulsa duró lo que cuesta estampar un sello, poner una fecha y un garabato de firma. Cuando me entregaron las compulsas pregunté –por educación-, si tenía que pagar algo. Mi sorpresa fue que me pidieron tres euros, digo tres euros, quinientas pesetas de las antiguas. Me pareció una barbaridad, y pedí un recibo. No me lo querían dar, pero finalmente me lo dieron. Si alguien lo pone en duda, puedo mostrárselo. La compulsa de documentos es un servicio que el Ayuntamiento debe prestar inexcusablemente al vecindario, el cual supone una tasa que debe valer lo que cueste el mantenimiento del servicio, esto es, céntimos, nada. Porque con lo que me cobraron a mí ya amortizaron el precio del sello, la almohadilla y la tinta incluida. Pongo este ejemplo extremo de lo que me sucedió con la compulsa, pero este es un dato menor... Lo que quiero decir en última instancia es que el Ayuntamiento está para servir a sus vecinos, no para sangrarlos.

Valga el punto para decir que en ocasiones el Ayuntamiento se ve obligado a asumir competencias que no son de su incunvencia, verbi gracia, el mantenimiento y la limpieza de las acequias. Como es sabido, dicho asunto corresponde en exclusiva a las Comunidades de Regantes de cada municipio, o intermunicipales, cuando aquellas atraviesan varios términos. En el caso de Torrebaja es proverbial el secular abandono de estas cuestiones por parte de sus responsables, y que viene de antiguo. Durante la legislatura municipal de 1991-95 se trató de dar esta competencia a quien compete -que como digo son las mencionadas Comunidades de Regantes-; pero en vista del desastre ocasionado, durante la siguiente legislatura, el Consistorio decidio volver a asumir la gestión de las acequias. Cuestión comprensible, ya que, lamentablemente, no hay agricultores ni nadie que se arrogue la responsabilidad de este negocio. Propiamente, si el Ayuntamiento tiene que adjudicarse esta labor, que la asuma. Pero antes cabría hacer un censo de propietarios con la extensión de tierras que posee cada uno y poder explicar así, de forma cuantitativa, razonada y numérica, lo que paga o debe pagar cada uno por el enojoso mantenimiento del azud, de las canales y conducciones. ¿Dónde está ese censo, cuándo ha estado expuesto al público...? Quiero decir que, cuanto más claro y transparente un asunto, mejor...

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Detalle de ramas de nogal (Juglans regia) en una finca del Cau, junto a la acequia y el camino que lleva a la Canal en Torrebaja (Valencia), 2015.


Un caso concreto de abuso generalizado.
Hace poco, hablando con mi amigo de estos temas me contó el caso de un joven del Rincón de Ademuz, enfermero de profesión, al que le había salido un trabajo en una residencia de ancianos en una población próxima. El enfermero de marras, diplomado hace dos años, tenía un contrato de media jornada, para hacer un trabajo que antes realizaba una enfermera a jornada completa. Por su trabajo percibía unos 600 euros al mes. Para poder realizar su trabajo precisaba un vehículo, así que se compró un cochecito de segunda mano. Además del mantenimiento del vehículo, la ITV, el seguro obligatorio y la gasolina, hace poco le llegó el recibo del impuesto municipal de vehículos de tracción mecánica del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), cuyo importe asciende a unos 73 euros anuales. A mi amigo le parecía que esto era una inmoralidad. Si este joven enfermero no viviera con sus padres se moría de hambre, porque con su sueldo no podría llevar a la novia ni a tomar un refresco, mucho menos soñar con un futuro. Este es el resultado de la reforma laboral, el trabajo real que se está creando hoy en España. Pienso que mi amigo es muy comprensivo a la hora de calificar el hecho como “inmoralidad”; a mi me parece más bien que lo que está ocurriendo en este país es una indecencia, una desvergüenza. Lo que se está provocando con esto es crear una juventud resentida, sometida, quejosa, que tarde o temprano nos lo hará pagar.

            Yo comprendo que vivir en el pueblo puede ser el sueño de muchas personas de ciudad que desearían tener una vida más sencilla y en contacto con la naturaleza, algo con lo que imagino sueñan muchos futuros jubilados. Pero vivir en el pueblo comienza a resultar caro, más costoso de lo que parece, además de carecer de los servicios y comodidades de la ciudad. Por el contrario, sin embargo, los arbitrios municipales –agua potable, alcantarillado y basuras-, que no dejan de ser tasas, son muy elevados. No digamos el impuesto de bienes inmuebles, este es sencillamente escandaloso. Hay casas en Torrebaja que proporcionalmente pagan más por este impuesto que una vivienda en la Ciudad de las Ciencias de Valencia. Además está la tasa de Transferencia y Valorización de Residuos, el nuevo impuesto por derechos de aguas de riego, las licencias de obras..., y no sé si me dejo alguno. Todos ellos por las nubes, salidos de madre. Con lo recaudado por estos conceptos no se resolverán los problemas económicos de nuestros ayuntamientos, pero se grava considerablemente la economía vecinal. Estos temas debieran debatirse y tener su lugar en los programas electorales...


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Detalle de manzanos esperiegos en la partida del Rento en Torrebaja (Valencia), 2015.


Palabras finales, a modo de conclusión.
Las elecciones, como el propio sistema partitocrático imperante, suponen un mal necesario, agravado por la tradicional pobreza de las propuestas y la estulticia de los debates. El autor estima que el gran proyecto político español de la Transición comenzó a manifestar su agotamiento a comienzos de la centuria -entre el 2002 y el 2004-, con el accidente del Prestige y los atentados de Atocha, en que ciertos medios de comunicación y la oposición de entonces se desmarcaron del designio inicial: Resultado de todo ello fue la década siguiente, prodigiosa en desaciertos...
Cabe esperar que las confrontaciones electores de los próximos meses supongan cambios positivos en el devenir político y social español, lo que se manifestará en el presumible quebranto del bipartidismo y en la aparición de nuevos partidos no nacionalistas que traigan aire fresco al viciado panorama nacional. El proyecto de los hasta ahora grandes partidos nacionales parece concluido, y la pérdida de las mayorías absolutas no debiera suponer una mayor inestabilidad; en cualquier caso manifestará el hastío de la ciudadanía ante las fechorías cometidas, léase despilfarro, corruptelas, atropello de las instituciones, etcétera.
Los grandes partidos nacionales, los que hasta ahora han gobernado, se han portado miserablemente con las asociaciones de víctimas del terrorismo, su gestión del fenómeno terrorista es incalificable, vergonzoso. Asimismo, el hecho de que no hayan sido capaces de pactar sobre las grandes cuestiones nacionales –educación, sanidad, plan hidrológico, política externa...- los incapacita para seguir gobernando, pues pone en evidencia su partidismo, al que colocan por encima del bien de la Nación. Sólo por ello deberían desaparecer...
El resultado de las últimas elecciones autonómicas en Andalucía -del 22 de marzo de 2015- demuestra que a una parte de los votantes no les preocupa en absoluto la corrupción ni la alta tasa de desempleo que les afecta, pues han votado al partido que ha gobernado la autonomía durante las últimas tres décadas y que les ha llevado donde están. Por decir algo suave, ello me parece un escándalo, además de reflejar cierta desfachatez en esa porción de electores andaluces. Por el contrario, el partido del Gobierno se ha visto enormemente castigado, quizá por las políticas restrictivas a nivel nacional. Al mismo tiempo, los grupos emergentes lo hacen con fuerza, y parece que llegan para permanecer. La coalición de izquierdas pasa al lugar que le corresponde, pues sus políticas resultan extemporáneas.

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Detalle de álamos (Populus alba) en el camino de la ribera del Turia en Torrebaja (Valencia), partida de las Carreteras (2015).


Respecto a las próximas elecciones municipales -del 24 mayo de 2015-, la cuestión resulta mucho más sencilla, al menos en los municipios de nuestra comarca, pues aquí nos conocemos personalmente. El problema principal, con diferencia de cualquier otro, y que deberían abordar prioritariamente los partidos, es la despoblación y el vaciamiento vecinal. Atajar esta cuestión es sustancial y cualquier política -municipal, provincial, autonómica, estatal- que no vaya en este sentido está condenada al fracaso: Podremos tener pueblos limpios, ordenados, bellísimos..., pero si están vacíos de gente, nada importará.
Para comenzar a luchar contra la despoblación, una medida inteligente será revisar a la baja todo tipo de tasas e impuestos municipales. Asimismo, el Gobierno central y autonómico deberá favorecer la permanencia de la población local con medidas concretas, lo que se podría lograr disminuyendo los impuestos generales, la seguridad social a las empresas, el IRPF a los trabajadores, el IVA a los consumidores, etc. Además de todo tipo de prácticas que favorezcan el arraigo de los jóvenes en su tierra, el incremento de las ayudas familiares, el mantenimiento de los servicios escolares, sanitarios y demás prestaciones en el ámbito de la ruralidad. Porque la gente suele querer vivir allí donde ha nacido, donde están los suyos, en el ambiente que conoce, siempre que tenga un modo de vida. Ello no significa que los jóvenes no deban salir a formarse y conocer el mundo..., pero muchos desearían volver y no pueden.

En suma: más que por ver las listas electorales de los partidos locales que concurran a las próximas municipales, estoy ansioso por ver los programas que nos vayan a presentar. De un vistazo podremos comprobar si atienden a la realidad o son la palabrería de siempre, papel mojado. Vale.




[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Referente a la concentración parcelaria de Torrebaja (I y II), en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2007, vol. I, pp. 363-365 y 367-368.
[2] ID. El Rincón de Ademuz y la “Serranía Celtibérica” de España, en http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com.es/2015/01/el-rincon-de-ademuz-y-la-serrania.html, del lunes 5 de enero de 2015.

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