domingo, 9 de noviembre de 2014

DESDE EL MIRADOR DEL CASTILLO DE ADEMUZ (VALENCIA) [y II].


A propósito de una visita a las ruinas de la ermita de santa Bárbara.





            Decía que los cronicones afirman que el rey don Jaime I de Aragón reconquistó el castillo de Ademuz en 1259, "después de una gran resistencia y mucha pérdida de gentes, y la mandó poblar de cristianos de su ejército á quienes concedió muchos privilegios” -aunque personalmente no me consta que ello fuera así-: y de haber habido algún tipo de “conquista”, ésta no pudo haber sido hecha a los moros, pues, a tenor de los registros expuestos, desde febrero de 1256 el castillo de Ademuz se hallaba en manos del IV señor de Albarracín, don Álvaro Pérez de Azagra (1246-60).[1] Vistó así, de haber habido lucha ésta debió ser contra el señor de Albarracín... Asimismo, llama la atención el hecho de que "la mandó poblar de cristianos de su ejército", como si los moradores anteriores no lo hubieran sido.

Pero Jaime I el Conquistador estuvo ciertamente en el pre-Rincón de Ademuz en la fecha de la supuesta conquista (1259): procedía de Archos (de las Salinas) y se dirigía a Teruel –quizá la noche le cogió en la zona y pernoctó en Castielfabib-. En cualquier caso, ¡mal camino para venir con una hueste! Si procedía de Arcos debió seguir factiblemente el antiguo camino de Valencia a Aragón y Castilla por esta parte, que pasaba por Hoya de la Carrasca y Puebla de San Miguel. De esta última población pudo bajar hasta el valle del Turia por Torrealta, ascendiendo después a Castielfabib por el valle del Ebrón, siguiendo el Camino de los Callejones. No parece que pasara por Ademuz, adonde obviamente le hubiera sido más fácil llegar. ¿Por qué no fue don Jaime a Ademuz, acaso su villa y castillo no pertenecían ya al reino cristiano de Valencia o cuando menos a la Corona de Aragón? Según lo dicho, el castillo de Ademuz podía encontrarse todavía en manos del señor de Albarracín, siendo quizá ésta la razón de que don Jaime no pasara por Ademuz. En cuanto a si Ademuz pertenecía al reino de Valencia hemos de decir que no, pues no fue hasta 1261, data de los Fueros romanceados, cuando Ademuz y Castielfabib se incorporaron de pleno derecho al nuevo reino cristiano. Lo cierto, sin embargo, es que no sabemos exactamente por qué subió don Jaime hasta Castielfabib, tal vez quiso conocer la villa y ver el estado de la fortaleza o fue por la simple razón arriba apuntada, que el día venció y no halló otro lugar seguro donde pernoctar, lo que le llevó a usar del derecho de cena de presencia... En Castiel estuvo sólo una noche, pues en la siguiente jornada ya le hallamos signando en Teruel, donde permaneció varios días. De su estancia en Castiel tenemos constancia por cierto documento que firmó –Datum apud Castrum fabib VI nonas octubris anno Domini MCCL nono- concediendo derechos y posesiones en Valencia al militar Arnaldo de Romaní –esto fue el 2 de octubre de 1259-.[2] Como vemos, se trata más bien de un viaje administrativo o diplomático, no guerrero ni de asedio, batalla y ocupación.


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Retrato idealizado de Jaime I el Conquistador (1208-76), rey de Aragón (1213-76), por Manuel Aguirre y Monsalbe, en la Diputación Provincial de Zaragona [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].
            Diez años después de la estancia en Castielfabib –en 1269-, don Jaime pasó por Ademuz: en esta ocasión procedía de Toledo (de donde había salido en la primera semana de enero) y se dirigía a Valencia (adonde llegó a mediados del mismo mes), e iba en compañía de su yerno el rey de Castilla, don Alfonso X el Sabio (1252-84), que al parecer iba cazando (Llibre dels feyts, apartado 479). En su crónica, Zurita estableció la dirección de Toledo a Uclés y Moya, quizá no pensó que al decir “e veniem nosen a Daymus” se estaba refiriendo al topónimo Ademuz (=Daymus). En todo caso, el itinerario seguido puede afirmarse que fue el siguiente: Toledo, Illescas, Uclés, Ademuz, Santa Cruz de Moya, Alpuente, Chelva y Valencia -según demuestra la propia crónica y los documentos signados por el monarca en Alpuente y Chelva-.[3] A la fecha de 1269 las villas y castillos de Ademuz y Castielfabib ya se hallaban incluidas de pleno derecho entre las fronteras del reino cristiano de Valencia. El día 7 de junio de este mismo año tuvo lugar un hecho aparentemente sin importancia, cual fue la cesión real de la villa de Arcos (de las Salinas) al Consejo de Teruel, para que formase parte de su Comunidad de Aldeas. Ello significó, sin embargo, la separación definitiva de las tierras de Ademuz y Castielfabib del territorio valenciano, quedando entre la actual provincia de Teruel, por Aragón y la de Cuenca, por Castilla.[4]

Durante el siglo XIII y XIV existen multitud de documentos que aluden a las villas, castillos, universidad y hombres de Ademuz y Castielfabib... Sin embargo, el mayor aprieto en que se vieron envueltas las villas y castillos de Ademuz y Castielfabib fue durante la Guerra de los Dos Pedros (1356-69): durante la fase inicial de la contienda se produjeron incursiones militares por parte de ambos reinos en el vecino, singularmente en las zonas fronterizas, aunque lo más notable fue el ataque castellano al puerto de Barcelona (1359), que contó con la colaboración de los genoveses. Esta primera fase de la contienda concluyó con la Paz de Deza-Terrer (1361), mediante la que los contendientes se restituyeron las plazas conquistadas e intercambiaron prisioneros. La segunda fase de la guerra (1362-63) se cerró con la Paz de Murviedro y la tercera (1363-69) concluyó con la Paz de Almazán (1375). Las dos últimas fases afectaron intensamente al Rincón de Ademuz, pues sus dos villas señeras –Ademuz y Castielfabib- fueron asediadas y tomadas por los castellanos, pero finalmente liberadas, aunque con muchos daños.[5]
         En la fase final de la guerra castellano-aragonesa, durante el asedio de Castielfabib por los castellanos, el rey de Aragón, don Pedro IV el Ceremonioso (1336-87), estando en Teruel, con fecha 1 de noviembre de 1364, escribe al Maestre de Montesa, don Pedro de Thous (1327-74), reprochándole que no hubiera acudido como le mandaba a socorrer el castillo de Castiel, “en peril de perdres por los forts combatiments que en dona lo Rey de Castellla de dia e de nit” (ACA, Reg. 1.202, fol. 109r). Cuatro años después, estando en Barcelona, con fecha 3 de abril de 1368, el rey de Aragón concede a los habitantes de Ademuz una franquicia por diez años, como premio por el sacrificio de aguantar el cerco castellano (ACA, Reg. 739, fol. 6v-7r).[6]

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Retrato idealizado de Pedro IV el Ceremonioso (1319-89), rey de Aragón (1336-87) [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].

        La historia de la villa y castillo de Ademuz -otro tanto podría decirse de la villa y castillo de Castielfabib, pues su acontecer fue parejo- pudo ser más o menos memorable durante toda la baja Edad Media, aunque nada podría deducirse por los restos materiales que quedan de su fortaleza: torreones desmochados y lienzos de muralla muy perdidos. La importancia de estos castillos y sus baluartes está vinculada a su estratégica situación, en la raya de la Corona de Aragón y el reino de Valencia con Castilla. Su momento de mayor gloria y desgracia pudo ser con motivo de las mencionadas guerras castellano-aragonesas de la segunda mitad del siglo XIV: desde la unión de los reinos hispanos en el siglo XV-XVI y la desaparición de las fronteras interiores, la importancia geopolítica de nuestras villas y castillos fue decayendo, hasta desaparecer. Antes de la unión de los reinos peninsulares hubo, no obstante, otros momentos de conflicto entre Aragón y Castilla, como la denominada Guerra con Castilla (1429-30), durante la cual el Rincón de Ademuz, en tanto parte de la frontera castellano-aragonesa por esta parte, fue escenario de luchas, con graves efectos sobre el territorio, la población y su economía:
  • <Las disensiones entre los infantes de Aragón [hermanos de Alfonso el Magnánimo (1416-58)] y don Álvaro de Luna [valido de Juan II de Castilla (1406-54)] acabaron transformándose en una guerra abierta entre Castilla y Aragón, siendo la causa inmediata la expulsión del rey de Navarra, el infante don Juan. Aunque don Álvaro trató de presentar su golpe político como una querella entre hermanos, Alfonso V (el Magnánimo) no estaba dispuesto a tolerar la afrenta, y de las conversaciones en Chelva a principios de 1429 entre los tres hermanos -Alfonso, Juan y Enrique- salió la Liga familiar y la voluntad de recurrir a la guerra como medio de evitar el despojo de los hermanos>[7]


Durante aquella guerra, las localidades del noroeste valenciano -Rincón de Ademuz y Los Serranos- fueron las más afectadas:
  • <A principios de 1430 sabemos que la población de la frontera había disminuido mucho "aixi per mortaldats com per la guerra de Castella", a lo que se sumó la excesiva presión fiscal sobre los vecinos de Ademuz por los gastos bélicos. Ante el peligro en que estaba la villa (de Ademuz) de ser atacada por gentes de Moya, el rey dispuso el rápido envío de 50 ballesteros para su defensa.>[8]

Respecto a los aspectos tácticos de la contienda:
  • <La característica básica de esta guerra en tierras valencianas fue la cabalgada, la escaramuza. No hubo grandes batallas entre ejércitos numerosos, sino golpes de mano sobre las vecinas tierras enemigas, en los que el factor sorpresa era esencial, y el botín en forma de ganado, ropa u otros bienes, así como los prisioneros -por los que luego se cobraría un rescate-, el principal objetivo. [...] En cuanto al armamento, sería el habitual en infantes y caballeros de la época, jugando la ballesta un destacado papel en los combates. La artillería estaba representada por las bombardas, de diverso tamaño, y fue la pieza clave en la defensa de fortalezas. [...] Precisamente, la puesta a punto de los castillos del reino, susceptibles de recibir un ataque castellano, fue una preocupación constante para sus autoridades. Ya en 1425, y ante el peligro de una posible confrontación en las comarcas del Rincón de Ademuz y de los Serranos el rey, a través del baile general, ordenó que se repararan y mantuvieran a puntos los castillos fronterizos, citándose en concreto al de Castielfabib, algunas partes del cual amenazaban ruina y necesitaba urgentes arreglos>[9]

Respecto a las consecuencias de aquella guerra:
  • <Desde un punto de vista territorial no se produjeron cambios en las fronteras entre ambos Estados. [...] Más grave fue la emigración y despoblación de muchos lugares fronterizos, en ocasiones agravados por la opresión fiscal, como en Castielfabib, en el Rincón de Ademuz, cuyas gentes, al no poder sembrar, se marchaban, lo que tuvo que prohibir el rey bajo pena de 1.000 florines y pérdida de bienes. Los que se quedaran verían canceladas sus deudas, amén de otras mercedes>.[10]
  •  
La guerra concluyó con las Treguas de Majano (1430), establecidas por cinco años y que supusieron la victoria del Condestable de Castilla, don Álvaro de Luna (1390-1453) y la expulsión de los infantes de Aragón de Castilla: éstos se vieron privados de sus bienes, que fueron repartidos entre los nobles castellanos que habían participado en la contienda.

Decía que dado lo perdido de sus ruinas, sin las adecuadas prospecciones arqueológicas, difícilmente conoceremos el aspecto real que tuvo el castillo y la fortaleza de Ademuz; pero dada su ubicación debió ser imponente. También señalaba que las referencias a los castillos del Rincón de Ademuz son muy abundantes en la diplomática bajomedieval. Propiamente, los castillos de la Edad Media eran estructuras militares -“instrumentos” para la guerra defensiva, ubicados en lugares altos y valiosamente situados- para proteger un territorio. Como se dice arriba, los castillos de Ademuz y Castielfabib fueron originariamente musulmanes, tomados por los cristianos y utilizados tras la conquista sin aparentes cambios en su estructura. Ambos poseían una base irregular, adaptada al terreno, al estilo de los castillos roquedos y se hallaban en zonas fronterizas lo que serviría para clasificarlos como fortalezas estratégicas, con todas las consideraciones de este tipo de construcciones.[11]
           Estructuralmente, el castillo de Ademuz reunía las características peculiares del castillo musulmán, con espacios bien diferenciados, según lo describe J. Rueda (2002) siguiendo a Pierre Guichard (2001):
--1)   Una parte habitada en la ladera, rodeada de muralla (correspondiente a la villa cristiana).
--2)  Un recinto superior fortificado, formado por dos elementos: el denominado albacar (zona relativamente amplia, incluyendo aljibes, establos, almacenes y mezquita), con función defensiva temporal para los moradores de la villa, donde se refugiaban con sus rebaños y otras posesiones materiales en momentos puntuales de peligro), y la saluqiya (nivel más elevando de la fortaleza y con mejores fortificaciones, que los cristianos conservaron con el nombre de celoquia).

Desde una óptica funcional, en la época musulmana el “albacar” era administrado por los propios habitantes del lugar, mientras que la “saluqiya” quedaba bajo responsabilidad directa del alcaide, jefe militar nombrado directamente por el poder central. Según Guichard (2001), tras la conquista cristiana la función social del castillo cambia, razón por la que se deja el “albacar”, conservándose sólo la “celoquia”. Para López Elum (2000), sin embargo, la totalidad del castillo musulmán dependía del poder militar –lo que parece razonable que sucediera en momentos de peligro-, sin considerar ese espacio gestionado por la comunidad rural. Según el mismo autor, muchos castillos musulmanes fueron abandonados tras la conquista cristiana, dejando que se deterioraran, lo que a la larga sería lesivo para los territorios que se vieron afectados por las guerras del Trescientos que tuvieron lugar entre los reinos de Aragón y Castilla; sin embargo, no fue el caso de nuestros castillos, pues el de Castielfabib se mantuvo activo hasta principios del siglo XVI, en tiempos de Fernando II el Católico (1479-1516).[12]

Las obras de reparación llevadas a cabo en nuestros castillos ha permitido a los estudiosos conocer muchos aspectos acerca de la estructura y materiales de construcción (tapial para edificaciones internas, piedra para murallas y torreones, vigas de madera para edificios...), incluso los nombres de los maestros canteros que las llevaron a cabo. En la memoria de unas obras que se llevaron a cabo en la celoquia del castillo de Ademuz (1462-70), se dice: “Fue principiado a hobrar en la çaloquia del castillo, de la qual obra fueron maestros Juancho et Pedro Durxurbi vizchaínos, maestros de villa (...), toda la obra (...) de sus manos tansolament que havia de fazer el portal (...) de pedra picada con hun torregon en medio et todo el dito muro de piedra sacada todo d`argamasa”.[13]

Tanto Ademuz como Castielfabib fueron villas reales y los alcaides de sus castillos eran nombrados y dependían de la autoridad real, asimismo que su administración. De ahí que las obras fueran siempre hechas a instancias del monarca, a cuyo Baile General en Valencia debía darse cuenta; dichas obras, sin embargo, eran realizadas con cargo a los municipios, utilizando para ello financiación de distinta procedencia. Además, en ocasiones debían trabajar los propios moradores, aportando su trabajo personal como peones, precedente de las tradicionales “concejadas” municipales.[14]

            Por lo demás, sería estupendo poder recomponer, aunque ilusoriamente, la estructura y el aspecto de nuestros castillos... El obispo de Segorbe, fray Francisco Gavaldá Guach (1652-1660) visitó la zona en dos ocasiones: la primera al tomar posesión de la sede en 1653, la segunda en 1656, tras el terremoto que devastó la villa y fortaleza de Ademuz, incluida la primitiva iglesia parroquial intramuros de San Pedro. En su relación ad limina de 1656, anota el prelado –la traducción del latín al castellano es de Luis Miguel Ruíz Almodóvar-:
  • <[...] tanto este pueblo como todo el trazado de la diócesis que se extiende junto a las riberas del Turia y se erigen por muchas millas y altos y escarpados montes, fue sacudido y destruido por un enorme terremoto que ha dejado en estado lamentable tanto los edificios profanos como los religiosos de muchos pueblos y que estuvo en vigor el 7 de junio del presente año, y por todas partes los montes se transformaron en valles y los valles en montes elevados./ Por lo cual no sólo la mitad de este pueblo fue completamente arrasada sino que la otra mitad amenaza la misma ruina; también la antigua parroquial, el cementerio y la fortaleza regia que habían sido construidas con mucha magnificencia en la amplia pendiente del monte, como si nunca hubieran existido han sido completamente sepultados al caer ese monte en la profundidad del valle en una funesta y ruinosa catástrofe, una ruina demoledora y en pendiente; un espectáculo digno de ser llorado, admirado y visto con horror, formado por un cúmulo inaccesible de huesos de los fieles difuntos. Para recoger los cuales piadosa y religiosamente sólo la audacia de la caridad, ignorando peligros, pudo reunir los huesos dispersos para inhumarlos en el novísimo templo>.[15]

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Vista de la fachada oriental del templo parroquial de Ademuz (Valencia), con detalle de Las Gradas, escalinata de doble vertiente por la que se accede desde la plaza (2014).

            Cuando dice del “novísimo templo” se refiere al actual templo extramuros de San Pedro y San Pablo, construido en la somera explanada del Rabal, frente al portal de San Vicente: a mediados del siglo XVII se hallaba a medio labrar y resultó afectado por el terremoto. El relato del obispo Gavaldá puede resultar barroco, incluso exagerado, pero colabora en dar idea de lo catastrófico que resultó el seísmo para el conjunto de la villa, aunque parece que también afectó a construcciones civiles y religiosas de otros pueblos de la zona. Al respecto, dice Madoz (1845): “El día 7 de junio de 1656 esperimentó esta villa un gran terremoto que derribó la iglesia y más de 40 casas; hubo muchos heridos, y solo murió un niño”. Del texto de la Relación ad limina deducimos que el terremoto de marras constituyó la ruina definitiva del castillo de Ademuz. Asimismo, respecto de los últimos momentos del castillo de Ademuz, señala el estadista que con motivo de la primera carlistada (1833-40), “se fortificó la villa [...]; pero que terminada esta, se volvió à quedar como antes”.

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Detalle de la placeta cementada -antigua era y pajar anexo- por la que se accede a las ruinas del castillo de Ademuz (Valencia), y ermita de Santa Bárbara, con el camino que baja desde el cementerio (2014).


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Lienzos de muralla o torreón tomados con calicanto correspondientes al castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), con detalle de una fuente al pie de los estratos horizontales calizos a modo de cimientos (2014).
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Lienzos de muralla o torreón tomados con calicanto correspondientes al castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), con detalle de los estratos horizontales calizos a modo de cimientos (2014).

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Lienzos de muralla o torreón tomados con calicanto correspondientes al castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), con detalle de los estratos horizontales calizos a modo de cimientos recientemente desprendidos (2014).

            En nuestro recorrido por las ruinas del castillo de Ademuz hemos arribado a una placeta a la que se accede desde la fuente de hierro situada al pie de una zona rocosa basada en estratos horizontales calizos... Desde este punto observamos los desprendimientos habidos en la base de los restos de muralla o torreón que todavía perviven en la parte alta, muros de piedra tomados con cal y canto muy deteriorados. En la parte superior del muro o torreón hay una caseta con tejadito a dos aguas que mira a poniente, cuyo significado se me escapa. La zona aparece cercada por una verja metálica a ambos manos. Desde esta parte ascendemos a un plano más elevado por una escalerita que aparece a nuestras espaldas. La vista desde esta altura es magnífica, permitiéndonos observar el panorama en la orientación de los cuatro puntos cardinales. Mirando hacia el sureste vemos que a nuestros pies se halla la placeta desde la que hemos ascendido, y que tras los restos de muralla o torreón arriba descritos asoma una parte del depósito del agua potable que abastece a la población. En un plano medio se abre el valle del Turia con el puente de la carretera nueva cruzando el valle a la altura de Los Arenales, detrás del cual se alza el pico de La Muela. El horizonte lejano lo cierran las estribaciones de la sierra de Tortajada... La novedad de esta nueva atalaya está en que nos permite ver el vallejo del barranco Seco, sito al suroeste, por donde discurre la carretera de Vallanca, y parte del caserío de Ademuz, eras y pajares correspondientes a La Solana, así como el tramo final del río Boilgues. La carretera de Vallanca pasa en llano a nuestros pies, por la ribera izquierda del barranco, pero llegada a un punto atraviesa la rambla y comienza a ascender por la vertiente opuesta, en dirección al Mirador de la Hoz. A nuestras espaldas queda la parte más elevada del cerro de los Zafranares, en cuya base se halla el cementerio local... A mediados de los años cincuenta -abril de 1956-, el escritor y periodista valenciano Luis B. Lluch Garín visitó las ruinas del castillo y la ermita de Santa Bárbara; según sus palabras, quedó "esclavo de la belleza del paisaje":
  • <A mi espalda, a vista de pájaro, se extendía la cuenca del río Boilgues y la carretera que zigzagueando iba a Vallanca. A mi frente se tendía sobre la falda de la colina todo el caserío desparramado [...]: la huerta dormida en un sueño cromático entre las paralelas montañas, los manzanos en los campos como un bosque pelado de hojas, pero prieto de ramas; el río de plata, con escamas azules y tornasoladas entre los muros verdinegros y verde claros de los chopos, olmos, juncos y zarzamoras, salpicado el terreno de la vega por los rodales blanquecinos de los pueblos y caseríos tumbados voluptuosamente sobre el frescor de la perfumada huerta>[16]
 
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Vista del barranco Seco, con detalle de la carretera de Vallanca (Valencia), desde el castillo de Ademuz (Valencia), 2014.
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Detalle del depósito que abastece el agua potable a Ademuz (Valencia), en el camino que lleva del castillo a las ruinas de la ermita de Santa Bárbara (2014).

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Camino que conduce a las ruinas de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), desde el castillo, con detalle de cerro de Horca al fondo (2014).
            Dejamos la atalaya y bajamos hasta el nivel de la fuente de hierro, para encarar un caminejo de tierra que nos conducirá hasta las ruinas de la ermita de santa Bárbara, que se halla en la parte anterior del promontorio del castillo y fue declarada Bien de Relevancia Local (BRL).[17] A nuestra derecha queda el depósito del agua potable, en el centro de un recinto protegido por una verja. Dicho llana y claramente, la construcción del depósito constituyó el mayor atentado sufrido por el recinto arqueológico después del terremoto del Seiscientos y las guerras carlistas del siglo XIX. Sin duda debió ser el lugar más favorable para el abastecimiento, pero también el más inadecuado. Las ruinas de la ermita se hallan al fondo del camino que vamos siguiendo, un nivel por debajo del depósito del agua potable, dispuesto a nuestra derecha. Grandes piedras a modo de pretil protegen el camino por la izquierda, a cuya vera queda un banco de asiento sin respaldo. Bordeamos el depósito de agua por la parte inferior, para colocarnos junto al mismo, lugar desde donde puede apreciarse una singular perspectiva de las ruinas de la ermita.

 
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Vista de la vega del Turia frente a Ademuz (Valencia), con detalle del acceso al castillo y ruinas de la ermita de Santa Bárbara, puente de la variante de la CN-330 sobre Los Arenales y Pico de la Muela (905 m), al fondo (2014).


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Vista parcial del caserío de Ademuz (Valencia), desde el acceso al castillo y ruinas de la ermita de Santa Bárbara, con detalle del Pico Castro (897 m), al fondo (2014).

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Vista general de las ruinas de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), 2014.

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Vista del muro meridional de la ruinosa ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), con detalle de los sillares que lo conforman, y del alero labrado y contrafuerte, este último de fábrica posterior (2014).
 
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Vista del Pico Castro (897 m), desde las ruinas de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), 2014.


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Vista del depósito de agua potable que abastece la población, desde las ruinas de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), 2014.

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Detalle de la fachada principal de la ruinosa ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), 2014.

            La ermita de Santa Bárbara se halla dentro del recinto del antiguo castillo de Ademuz, al borde del cantil de La Solana. Su planta es alargada, orientada en posición este (cabecera) oeste (pies), con la fachada principal mirando a poniente. Posee muros de piedra tallada en todo su perímetro, con un saledizo en la cabecera, lado del evangelio y un machón de fábrica posterior en la fachada meridional. En el saledizo de la cabecera, fachada de levante, puede verse todavía un hueco con arco de medio punto que aprovechaba como espadaña para la campana, y una ventana alargada, tipo arpillera en el muro lateral. Dicho cuerpo saliente albergaba probablemente la sacristía, a la que se accedía desde el interior de la ermita por una puertita abierta en el muro de ese lado. Poseía también una abertura en el de poniente que le comunicaba con otro recinto anexo a la ermita por delante, que servía de vivienda a los ermitaños o santeros que cuidaban del lugar. La puerta principal y única del santuario se halla en la fachada de poniente, posee un arco recto y dos aberturas, una a cada lado. El interior del ermitorio aparece cubierto de piedras calizas, muchas labradas. Sus paredes todavía conservan restos del revoco de yeso. En el muro del evangelio puede verse un hueco a modo de hornacina, junto a la abertura que comunicaba la nave de la ermita con el cuerpo saledizo descrito, presumiblemente la sacristía.

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Vista del interior de la ruinosa ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), con detalle del revoco y acceso al recinto de la sacristía (2014).

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Vista noroccidental de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), obra del siglo XVII-XVIII, con detalle del pórtico, vivienda del ermitaño y espadaña, con el recinto saledizo correspondiente a la sacristía en la cabecera, datada en los años veinte-treinta del siglo XX [Tomada de RUBIO HERRERO (2001), p. 107].
            Viendo una fotografía antigua de la ermita, años veinte-treinta de siglo pasado (XX), observamos que la cobertura era de teja árabe, en disposición de canal y cobija, vertiendo a dos aguas. Por la parte del evangelio el tejado se extendía hasta cubrir la vivienda del santero (cuya mampostería evidencia ser obra posterior), a cuyo recinto se accedía por una portilla abierta en la fachada de poniente, la cual se hallaba en línea con la fachada de la ermita. El habitáculo del cuidador tenía una cocina o fuego bajo en el muro septentrional, evidente por las chimeneas que emergen del tejado. El cuerpo saliente del lado del evangelio poseía una cobertura a un agua, sobrepasando en un par de palmos el tejado del cuerpo central del ermitorio, con una ventana a modo de arpillera en el muro externo. Lo más característico, sin embargo, de esta fotografía es el porche que había en la fachada principal, con tejadillo a dos aguas, soportado por una estructura de obra abierta. En la parte superior de la fachada principal, justo por debajo del hastial, se observa una abertura vertical.

 
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Vista noroccidental de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), en la que ya ha desaparecido el pórtico de la entrada y la techumbre de los recintos anexos al muro del evangelio, datada a mediados de los años cincuenta (1956): cabe observar un dato curioso, y es que a la fecha los montes del fondo izquierda, correspondientes a La Muela (905 m), se hallaban todavía por reforestar [Foto tomada de LLUCH GARÍN (1980), p. 531].
       En otra fotografía de mediados los años cincuenta del pasado siglo (1956), el porche ya ha desaparecido, así como la cobertura del saledizo y de la vivienda del ermitaño. Junto a la entrada puede verse una figura humana vestida de oscuro apacentando unos corderos... En fotografías posteriores, años noventa en adelante, la cobertura de la ermita ha desaparecido en su totalidad, con los muros de poniente arrasados hasta por debajo del alero.
          Según la serie de fotografías comentadas, antes de la guerra civil (1936-39) la ermita se hallaba todavía en buen estado. Mediados los cincuenta, sin embargo, el recinto impresiona ya de abandonado, siendo en los años noventa cuando aparece ya totalmente arruinado. La cronología del deterioro del ermitorio ha corrido pareja a la evolución demográfica de la villa, pues la despoblación no ha sido ajena a la marcha social y económica de la localidad, y de sus edificios.
            Es probable que las piedras de la ermita de Santa Bárbara procedan en parte de las que formaron la primitiva iglesia de San Pedro, derruida durante el terremoto de 1656: el seísmo derrumbó el templo y cementerio anexo, haciéndolos caer por la pendiente, hacia el barranco Seco; pero cabe la posibilidad de que no cayera en su totalidad, lo que justificaría la reutilización de sus piedras para construir el ermitorio, cuya fábrica podría datarse en el intersiglo XVII-XVIII, esto es, finales del Seiscientos o principios del Setecientos. Un texto de la época dice:
  • <En una hermita que hai donde estuvo el castillo, se conserva y venera una pequeña cruz de hierro, que acercándose alguna tempestad, silva, suda, arroja a larga distancia chispas y se corona de una especie de estrellas; de todo lo qual y de algunas otras particularidades informó al Papa el obispo de Segorbe don Francisco Gavaldá a mitad del siglo pasado (XVII) en su vista ad limina. Esto mismo se observa al presente con la dicha Cruz; sus naturales lo tienen por un singular milagro, puede bajaran mucho de este concepto si tubieran los correspondientes conocimientos de la electricidad y sus fenómenos, los que ha caracterizado la ignorancia por milagros>[18]

            Dicho texto se halla en las Relaciones de Vicente Castañeda y Alcover (1921), el cual toma la cita del manuscrito “Descripción del Reino de Valencia por Corregimientos” de Josep Joaquim Castelló (1783), obra de la ilustración valenciana anterior a las Observaciones (1797) de Antonio Josef Cavanilles. Mediado el siglo XVII, el obispo Gavaldá escribió acerca del origen y estado de la cruz silbante de Ademuz –la traducción del latín al castellano es de Luis Miguel Ruíz Almodóvar-:
  • <[...] desde hace setenta años es venerada en este pueblo (Ademuz) una cierta cruz de hierro, menor de un palmo, pero la más venerada de todas, la cual estando oculta bajo las peñas de la colina anexa se dio a conocer con un vehemente silbido largamente repetido. Esta fue colocada con todo el honor junto a la puerta austral de la iglesia parroquial antigua existente en el cúmulo de las rocas y encima de una pequeña columna; y todavía hoy en día cuando el cielo está sereno anuncia las tempestades de rayos y granizo y esas tempestades cuando se están acercando las disipa y ahuyenta totalmente. Ahora con un ruido estridente, ahora silbando, ahora sudando copiosamente y convirtiendo las gotas de sudor en chispas hirvientes, ahora brillando toda ella como gemas del tamaño de una bellota con colores sanguíneos, ruidos estridentes y turgentes, ahora coronándose a sí misma con un conjunto de estrellas silbantes, ahora centelleando como un hierro candente que es golpeado con el martillo y ese centelleo se extiende a unos cien pasos alrededor (de la cruz), o bien finalmente oponiéndose al rayo y al trueno aterrador con serena quietud, coloca en tierra unas relucientes estrellas reducidas en una con un silbido tremebundo, volviendo a cogerlas para ser coronada por ellas>.[19]

            Sigue diciendo:
  • <Consideraría dignas de proponer a Vuestra Beatitud otras cosas de la cruz para otra indagación superior. De esas otras cosas una es que esas estrellas a pesar de ser acuosas y sanguíneas cualquiera puede asirlas con la mano seca y llevarlas por cualquier dirección delante de la cruz pero separadas de ellas súbitamente se van hacia ella con un silbido elevado. Qué se puede decir de las gemas que aparecen hinchadas en las empuñaduras de la cruz, sino que ahuyentan las manos del agresor con mala intención, pareciendo que cuando se tocan con el dedo se esconden en el interior de la cruz con un quejido estridente y si se retira la mano vuelven a salir a las empuñaduras con un musitante silbido. Pero lo que es más admirable de todo es que una pequeña cruz de lignum crucis de Cristo adornada con vainas plateadas que se conserva en esta iglesia, puesta delante de la cruz que venimos hablando en tiempo de tempestad produce n al unísono un silbido mucho más vehemente>[20]

            Cuando dice “Vuestra Beatitud” se está refiriendo al Papa Alejandro VII (1655-1666). Y termina explicando:
  • <Fue destruida con las demás rocas que había debajo la recordada columna, una ruina absoluta del monte, de las rocas, del templo, del cementerio, de la fortaleza, de las torres y muchas casas, una ruina que iba desde la parte posterior de la cruz hasta el valle, sin embargo la misma cruz se mantuvo en pie como levantada en el aire por una fuerza divina. De donde entre amargas y dulces lágrimas pías fue trasladada devotamente a la nueva iglesia y colocada en el altar mayor por mis propias manos con el agrado del pueblo como corona del Santísimo Sacramento. Y de todas estas cosas se ha hecho un informe copioso y con muchos datos de innumerables testigos para perpetua memoria. Empieza pues la Santa Cruz a venerarse muy frecuentemente en las villas remotas de Sesga, Olmo, Casas superiores e inferiores...>[21]

            El texto del crédulo prelado resulta exageradamente recargado, literario y poco creíble. Acerca de la cruz que silba hubo un proceso de la Inquisición Valenciana a mediados del siglo XVII, en el que se descartó la intervención divina en el prodigio.[22] La explicación física del fenómeno la dio Antonio Josef Cavanilles en sus Observaciones a finales del siglo siguiente (1797). En su periplo rinconademucense, arribado a Ademuz dice del pueblo que es de la Encomienda de Montesa,[23] y que en su perímetro viven unos quinientos vecinos, comentando de su ubicación “que está colocado en la cuesta rápida del cerro, que se extiende hasta el rio: á excepcion de algunas casas edificadas con solidez y comodidad, todas anuncian pobreza ó mal gusto, como destinadas á labradores sin luxo. [No obstante] Casi todas gozan la deliciosa vista que el Turia y campos inmediatos les presentan; pero el sitio más ventajoso para disfrutarla es el castillo, situado en la cumbre del cerro”. Según vemos, el botánico no se muerde la lengua, describiendo el caserío ademuceño tal cual lo percibe, pobre y deslucido. Destaca, sin embargo, la belleza del paisaje que puede verse desde la mayoría de las casas... Aún gozando las casas de la agradable vista del Turia, la mayoría de los vecinos no disfrutarían quizá de los encantos del paisaje del valle del Turia, pues la pobreza y tanto más la miseria suele estar reñida con la belleza y su aprecio. Con todo, el botánico subió al cerro del castillo para disfrutar del panorama...
  • <Subí a él (al cerro), y quando admiraba la hermosura de aquel recinto pintoresco, interrumpieron esta sensación agradable lo que me acompañaban, llevándome á ver una columna de piedra, sobre que está una cruz de hierro, alta como medio pie, sus brazos de algo menor extensión, y el uno termina en punta. Es famosa en toda la comarca, y mirada con sumo respeto y confianza del vulgo, que son casi todos los habitantes. Dicen que en tiempos tempestuosos salen penachos de fuego de las partes agudas de la cruz, y que se dexa oir un zumbido particular, lo que atribuyen á virtud milagrosa de ella: creen que ahuyenta las tempestades, y que no puede caer rayo alguno en aquel sitio, como efectivamente no hay memoria de haber caido: y para confirmar sus opiniones traen la de un Señor Obispo que manifestó por escrito ser del mimo dictamen>.[24]

            Sigue explicando:
  • <Una ligera tintura de física, y tal qual instrucción en el artículo de electricidad aclararia el hecho, y disiparia preocupaciones, hijas de la ignorancia. Que la cruz en tiempos tempestuosos se electrice, despida luz, y silve como ellos dicen, nada tiene de milagro, es cosa natural, y que sucede cada dia en el conductor de la máquina eléctrica, y en qualquiera punta metálica que se le adapte. Porque el fluido eléctrico para ponerse en equilibrio pasa de un cuerpo á otro quando se halla con mas abundancia en alguno de ellos: y tal puede ser la copia de dicho fluido, que en algunas tempestades se acumule en la cruz, que en la obscuridad se ve formar penachos, y produzca el zumbido ó silvido que ellos dicen>.[25]

            Y concluye diciendo:
  • <En quanto á lo de ahuyentar las tempestades debe proceder mayor exâmen, y observarse la circunspección debida ántes de señalar la causa de los fenómenos, que pueden ser puramente naturales. La posición de los cerros, que se prolongan según el curso del rio, y el saber que las nubes siguen la dirección de este, presentan una causa poderosa sin recurrir á milagros, que sabemos no se multiplican sin necesidad. Convendría tambien tener á la mano la historia crítica de lo sucedió allí durante la dominación árabe, y saber por este medio si caian entonces rayos, ó si jamas experimentáron los Moros la menor desgracia. Estos hechos averiguados con juiciosa crítica prestarian luz para la decisión de que ahora me abstengo>[26]

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Vista de "la Cruz que Chilla", con detalle de la basa caliza y columna de piedra compuesta por distintos fragmentos y un medallón labrado, sobre el que se alzaba la célebre cruz de Ademuz (Valencia) [Tomada de Carlos Sarthou Carreres, Geografía General del Reino de Valencia, Valencia (1920-27), vol. II, p. 273].

    Como personaje ilustrado que era, Cavanilles -formado en los refinados ambientes del París pre-revolucionario, donde estuvo como preceptor de los hijos del Duque del Infantado, a la sazón embajador de España ante la corte francesa-, no puede evitar dar una explicación natural, científica, al suceso de la cruz que chillaba, y que presuntamente protegía de las tormentas; cauteloso, se abstiene de emitir otros dictámenes, pues el asunto no dejaba de ser espinoso y resbaladizo. De hecho, el primero que trató libremente el tema en la época contemporánea fue M. Tejado Fernández (1946), al confrontar un fenómeno natural con su exégesis milagrosa.[26] Lamentablemente, el naturalista no dice nada del estado en que se hallaba la fortaleza, castillo y murallas de Ademuz en aquel momento; menciona la ermita de Santa Bárbara, aunque tampoco la describe, quizá porque nada de ella llamó su atención, excepto el asunto de la cruz silbante...

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Detalle del acceso al castillo y ruinas de la ermita de Santa Bárbara en Ademuz (Valencia), desde el Vallado (2014).

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Detalle de estructuras arquitectónicas arqueológicas correspondientes a la muralla del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), vistas desde el Vallado (2014).

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Detalle de estructuras arquitectónicas arqueológicas correspondientes a la muralla del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), vistas desde el Vallado (2014).

            Podríamos pasar horas y horas contemplando el paisaje que desde aquí se muestra, pero hay que dejar el lugar, aunque con el compromiso de volver. Lluch Garín lo dice de otra manera, pero con el mismo sentimiento: "Saciada mi alma con esta contemplación extática que se exteriorizaba en una inmovilidad física casi absoluta, rompimos el encanto y fuimos descendiendo por las calles tortuosas llenas de piedras...". De la misma forma dejamos nosotros el recinto arqueológico, bajando por una empinada escalerita que nos conduce al Vallado: recorriendo la calle que da nombre al barrio observamos los fragmentos de muralla que todavía quedan, inmediatamente por encima de las casas que por su parte inferior se le adosaban. Por el contrario del periodista, nosotros no encontramos calles llenas de piedra, sino bien cementadas, aunque igualmente tortuosas. Valga el punto para anotar que los pueblos del Rincón de Ademuz pecan de haber empleado demasiado cemento en sus calles -cemento que se deteriora y agrieta, o hay que romper continuamente por averías en el abastecimiento del agua potable o el alcantarillado-: digo esto porque me ha llamado la atención la calle Vallado, que dispone de una bonita y práctica franja de ladrillo en el centro. En nuestro devenir hacia la modernidad pasamos de las calles de tierra a las de cemento; pero ciertamente el cemento no es la solución definitiva, cuando existe la alternativa del adoquín o la piedra...

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Detalle de la fachada de una antigua vivienda del Vallado, sita bajo la muralla del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), 2014.

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Vista del Pico Castro (897 m) y caserío de Ademuz (Valencia), desde el Vallado (2014).
            Durante la bajada cabe perderse por las callejas adyacentes, para descubrir rincones escondidos, visitar la Cueva del Castillo, el Cubo del Maroto –que forma parte del Plan de Dinamización Turística del Rincón de Ademuz-, la singular arquitectura y el peculiar urbanismo de la parte alta del caserío. En mi descenso, teniendo siempre como guía la torre de la iglesia, arribé a la calle de san Joaquín, donde se halla la recientemente restaurada capilla del antiguo Hospital de Pobres de la Villa. La de San Joaquín es una calleja empinada de fuerte sabor medieval, con tramos escalonados, que discurre bajo altos solanares y balconadas de madera torneada, hasta la calle Empedrado. Desde este punto podemos bajar hasta la plaza del Ayuntamiento, donde pueden admirarse estupendas balconadas de hierro forjado y madera, y la lonja renacentista, bajo la Casa Consistorial. De allí, por la calle san Vicente y el portal de su nombre cabe retornar a la plaza de la Iglesia, nuestro punto de partida.

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Detalle de banco en un rincón del Vallado, bajo la muralla del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), 2014.

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Detalle de una fuente en un rincón del Vallado, bajo la muralla del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), 2014.

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Detalle de construcciones y viviendas en el Vallado, bajo la muralla y fortaleza de Ademuz (Valencia), 2014.

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Calle Vallado, bajo la muralla y fortaleza de Ademuz (Valencia), con detalle del piso cementado (2014).
 
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Detalle de la torre-campanario de la parroquial de Ademuz (Valencia), desde el Vallado (2014).


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Detalle de calle y viviendas de Ademuz (Valencia), 2014.

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Detalle de calles y viviendas en Ademuz (Valencia), 2014.

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Detalle de calles y viviendas en Ademuz (Valencia), 2014.


            Palabras finales, a modo de epílogo.
          La subida hasta el cementerio de Ademuz y la visita al Mirador del Castillo constituye una excusa para descubrirnos el estupendo paisaje que desde allí puede admirarse –el mismo paisaje que dos siglos atrás Cavanilles calificó con toda propiedad de hermoso y pintoresco-. La excursión constituye también un motivo para dar un somero repaso a la historia local, algo conveniente si pretendemos entender la idiosincrasia del paisanaje.
         Últimamente ha aparecido en las redes sociales cierto impulso de cara a “salvar” el castillo de Ademuz; ello a raíz de los desprendimientos habidos en la base de un fragmento de muralla o torreón de lo que pudo ser la entrada al recinto de la fortaleza. El arrebato no deja de ser loable, aunque tardío, pues en el castillo de Ademuz queda poco que salvar. Como si dice arriba, el mayor atentado sufrido por el recinto arqueológico fue la construcción del depósito del agua potable que abastece a la población. Por parte del municipio, faltó sensibilidad; y por parte de la Generalidad, control. Pues aunque cómodo de instalar, el depósito se puso en el lugar menos adecuado. 

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Vista de la cueva del castillo en la Solana, bajo la muralla del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia), 2014.

En los últimos años, sin embargo, se ha tratado de enmendar el error, adecentando y protegiendo la zona como lugar de interés paisajístico. ¡Enhorabuena a los promotores! Este es el aspecto que  realmente debe preservarse a mi entender, pues la belleza del paisaje que se admira desde el cerro del castillo y fortaleza de Ademuz (Valencia) resulta de un valor inconmensurable. ¡Pero para valorar y estimar algo, lo primero es conocerlo! Lo que hace falta ahora para salvaguardar el encanto del paraje es optimizarlo y darlo a conocer. Cabe también mejorar el acceso por el Vallado; pues, pese a las evidentes mejoras, el barrio sigue siendo uno de los más degradados de la villa. Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.



[1] ALMAGRO BASCH, Martín. El Señorío de Albarracín, desde su fundación hasta la muerte de Don Fernando Ruiz de Azagra, Teruel 14 (1955), 5-146.
[2] Archivo de la Corona de Aragón [ACA], Reg. 10, fol. 120. Vid MIRET Y SANS, J. Itinerari de Jaime I el Conqueridor, Barcelona, 1908, pp. 292-293. SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Acerco historiográfico comarcal: reyes aragoneses y castellanos en el Rincón de Ademuz, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2008, vol. II, p. 18.
[3] MIRET Y SANS (1908), pp. 418-419.
[4] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Casasbajas, en el Rincón de Ademuz, en: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com.es/2013/06/casasbajas-en-el-rincon-de-ademuz-i.html, del miércoles 5 de junio de 2013.
[5] ID. El sínodo de Castielfabib de 1358, en: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com.es/2012/11/el-sinodo-de-castielfabib-de-1358.html, del domingo 11 de noviembre de 2012.
[6] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Aportación al conocimiento de La Encomienda de Montesa en el Rincón de Ademuz, Valencia, 2002, p. 204.
[7] Luis SUÁREZ FERNÁNDEZ, Ángel CANELLAS LÓPEZ y Jaime VICENS VIVES: Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV, tomo XV de la Historia de España, dirigida por Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1970, p. 106. Citado por José HINOJOSA MONTALVO en Las fronteras valencianas durante la Guerra con Castilla (1429-30), Saitabi 37 (1987), p. 150.
[8] Archivo del Reino de Valencia, [ARV], Real 40, fol. 81v-83r. Citado por HINOJOSA MONTALVO (1987), 151.
[9] HINOJOSA MONTALVO (1987), 153-155.
[10] [ARV], Real 40, fol. 104v. Citado por HINOJOSA MONTALVO, p 156-157.
[11] GUITART APARICIO, C., Los castillos turolenses, Zaragoza, 1987, pp. 7-16. LÓPEZ ELUM, P., Los castillos valencianos en la Edad Media, materiales y técnicas constructivas, Valencia, 2000. Vid SÁNCHEZ GARZÓN (2009), p. 297.
[12] Archivo Reino de Valencia [ARV], Bailía, L. 1163, fol. 216r. Vid SÁNCHEZ GARZÓN (2009), p. 297.
[13] [ARV], Maestre Racional, L. 9160.
[14] RUEDA, J., Dos castillos medievales: Ademuz y Castielfabib (I y II), en: Scripta Manent, Ababol 31 (2002) 27-32 y Ababol 32 (2002) 22-27.
[15] Archivo Secreto Vaticano [ASV], S. Congr. Concilii, Relationes ad limina. Segobricens, 731 A., 1656. CÁRCEL ORTÍ, Mª M., Relaciones sobre el estado de las diócesis valencianas, Edita Generalidad Valenciana, Valencia, 1989, tomo III [Segorbe], pp. 1.519-1.523. Vid SÁNCHEZ GARZÓN, A., De paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, vol. I, 2007, pp. 455-456 y Del Paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 295-296.
[16]  LLUCH GARÍN, Luis B. Ermitas y paisajes de Valencia, Edita Caja de Ahorros de Valencia, Valencia, 1980, vol. I, p. 531.
[17] Bien de Relevancia Local según la Disposición Adicional Quinta de la Ley 5/2007, de 9 de febrero, de la Generalitat, de modificación de la Ley 4/1998, de 11 de junio, del Patrimonio Cultural Valenciano (DOCV Núm. 5.449 / 13/02/2007).
[18] Relaciones Geográficas, Topográficas e Históricas del Reino de Valencia hechas en el siglo XVIII a ruego de don Tomás López. Las publica, con notas, aumentos y comentarios Vicente Castañeda y Alcover de la Real Academia de la Historia, Provincia de Valencia, Madrid, 1921, pp. 1-2.
[18] CÁRCER ORTÍ, Mª Milagros. Relaciones sobre el estado de las diócesis valencianas, Valencia, 1989, tomo III [Segorbe], pp. 1.521-1.522.
[19] Ibídem.
[20] Ibídem.
[21] SÁNCHEZ GARZÓN (2002).
[22] RUBIO HERRERO, Samuel. Historia verdadera de la cruz que chilla y fundación del hospital de San Joaquín, Edita Ayuntamiento de Ademuz, Valencia, 2001.
[23] CAVANILLES, Antonio Josef. Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia, Madrid, 1797, vol. II, párrafo 107, pp. 77-78.
[24] Ibídem.
[25] Ibídem.
[26] TEJADO FERNÁNDEZ, M. De Inquisición valenciana. Interpretación milagrosa de un fenómeno natural, en Saitabi IV (1946) 235-246.