miércoles, 1 de octubre de 2014

LA NAVA DE CASTIELFABIB (VALENCIA): LUGAR DE INTERÉS ARQUEOLÓGICO Y PAISAJÍSTICO.


A propósito de las necrópolis y el poblado ibérico
descubierto en los años y ochenta.


“A la espera de mejores tiempos para las prospecciones arqueológicas de este tipo,
lo mejor que podemos hacer es proteger nuestros yacimientos,
evitando y denunciando cualquier actuación furtiva.”.



          Los antiguos escritores griegos utilizaron la palabra ibero o íbero para denominar a las gentes y los pueblos que vivían en la zona oriental y meridional de la Península Ibérica, y ello para distinguirlas de las de otros lugares del interior, cuyas costumbres y cultura era distinta. Asimismo, parece que la lengua es el criterio fundamental que desde el punto de vista de griegos y romanos los identificaba como población. De esta forma, conocida la distribución geográfica aproximada de las lenguas paleohispánicas [aquitano, lusitano, ibérico, celtibérico, tartésico], la zona del Rincón de Ademuz se hallaría entre la de uso ibérico y celtibérico.[1]

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Mapa de la Península Ibérica con detalle de la distribución de las Lenguas Paleohispánicas: "Los textos en lengua ibera se saben leer razonablemente bien, aunque en su mayor parte son incomprensibles, pues dicho lenguaje carece de parientes suficientemente cercanos que sean útiles para la traducción" [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].
 
            El propósito de esta entrada es dar a conocer y divulgar la existencia de restos arqueológicos del mundo ibérico en nuestra comarca, puestos de manifiesto en excavaciones llevadas a cabo en distintos momentos históricos y que, dadas sus características de especificidad, apenas han trascendido al conocimiento general. Merece la pena divulgar este tipo de hallazgos, “porque se trata de una zona totalmente desconocida, ya que nunca se han podido realizar en ella investigaciones sistemáticas y continuadas, siendo de gran interés dedicar esfuerzos y medios para ello” –el texto se refiere al paraje de las prospecciones, que hacemos extensivas a la comarca en general-.[2] Pues existen otros lugares con yacimientos arqueológicos ibéricos en los que sólo se ha excavado parcialmente, como La Celadilla en Ademuz,[3] o donde no se ha excavado en absoluto, como en el mal llamado Castillo de los Moros en Sesga (Ademuz), "que no es castillo ni fue de los moros, sino un despoblado ibero", Los Villares en Torrebaja, El Plano en Vallanca, Viña Vinagra o la Villa Vieja en Castielfabib, etc.
Llevar a cabo prospecciones arqueológicas en estos y otros lugares serviría para poner de manifiesto su valor cultural, de cara a una revalorización medio ambiental, paisajística y patrimonial que, junto a otros sectores, sirviera de motor económico para una zona tan deprimida social y económicamente como es el Rincón de Ademuz.

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Vista de La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle de Los Corrales al fondo, desde el cerro de La Morrita (2014).

            Antecedentes de la investigación.
            El origen de la investigación se remonta a 1970... La historia comienza con ciertas labores agrícolas llevadas a cabo en la partida de La Nava, término de Castielfabib (Valencia),[4] cuando una excavadora que se hallaba en la zona rebajando unos bancales puso al descubierto algunos restos arqueológicos: Parte de los mismos fueron recogidos por vecinos del lugar, entre los que se dispersaron... –dice don José Aparicio Pérez, arqueólogo director de la investigación-.[5] Desconocemos cuáles fueran aquellos restos, pero nunca más se supo de ellos. Es probable que las personas que recogieron los restos actuaran inconscientemente, ignorantes del verdadero valor que pudieran tener para una investigación. Con mejor criterio, otra parte de aquellos restos fue recogida por el entonces director del instituto local, propiamente “Colegio Libre Adoptado” de Ademuz (Valencia), quien consciente de su valor los remitió a un reputado arqueólogo especialista en Prehistoria y Edad Antigua, don Juan Maluquer de Motes (1915-1988).[6] Entre los objetos enviados al estudioso había “fragmentos cerámicos y varios colgantes e idolillos”, cuyo paradero es también desconocido. Basándose en estos materiales, el doctor Maluquer estableció que “la necrópolis (podía datarse) como de alrededor del s. IV a., de C.” (Aparicio, 1990:179).
            Siete años más tarde –esto es, en 1977- la zona del hallazgo fue visitada por el señor Enrique Pla Ballester,[7] a la sazón subdirector del Servicio de Investigación Prehistórica (SIP) de la Diputación de Valencia, acompañado por la profesora Milagros Gil-Mascarell Boscá[8] y el señor Albert Ribera Lacomba,[9] quienes tras un examen ocular en superficie “vaticinaron su destrucción total y su difícil localización”, aunque “todavía pudieron recoger fragmentos cerámicos y dos pellas de escorias férricas” (Aparicio, 1990:179).
           Ocho años más tarde –esto es, a finales de marzo de 1985-, doña Carmen Vilajeliu Serra (PSOE), a la sazón alcaldesa en funciones del Ayuntamiento de Castielfabib, comunicó a la Presidencia de la Diputación de Valencia “la realización de determinados hallazgos de probable interés arqueológico en su término municipal” a la par que solicitaba el envío de personas especializadas para que “dictaminaran” al respecto. La Presidencia de la Entidad Provincial  mandó se investigara el asunto. Los responsables de aquella investigación recabaron previa información telefónica en el Ayuntamiento de Castielfabib, deduciendo “que junto a determinados hallazgos arqueológicos se habían realizado otros de índole geológica y paleontológica”, estableciendo la necesidad de realizar una “exploración urgente y completa”, lo cual llevaron a cabo el día 19 de abril del mismo año de 1985. En aquella visita, el arqueólogo responsable, señor José Aparicio Pérez fue acompañado por don Manuel Nieto, geólogo especialista en Paleontología y por don Fernando Robles, profesor de la Universidad Politécnica de Valencia, “cuya colaboración se solicitó para mayor rigor en el estudio”. Respecto a los presuntos hallazgos paleontológicos, los especialistas establecieron “que se trataba de obras de fortuna producida por la erosión diferencial sobre areniscas rojas de Bundsanstein, a las que el azar había dado forma de reptiles de épocas geológicas pretéritas” (Aparicio, 1990:180).
 
El examen de los hallazgos arqueológicos resultó sin embargo de mayor interés, pues tras visitar el paraje del hallazgo comprobaron la existencia de “restos cerámicos ibéricos, correspondientes con toda seguridad a una necrópolis”, seguramente la misma que puso de manifiesto la remoción de tierras de 1970, visitada también por miembros del Servicio de Investigación Prehistórica en 1977. Con todo y no obstante el tiempo transcurrido, los técnicos aconsejaron una actuación de urgencia, “con el fin de recuperar probables restos ibéricos antes de que el campo volviese a ser desfondado de nuevo”, a la vez que “exploraban los alrededores en busca de otros lugares de enterramiento y, necesariamente, del poblado o lugar de habitación” de los antiguos moradores.

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Relación de Necrópolis ibéricas valencianas: 1. Mas Nou de Bernabé (Tirig); 2. Mas de Capero (Traiguera); 3. El Bolavar (Benicarló); 4. Els Espleters (Salsadella); 5. El Puig (Benicarló); 6. Solivella (Alcalá de Xivert); 7-12. Alcalá de Xivert; 13. Vinyets (Canet lo Roig); 14. Mas d`en Rieres; 15. L`Orleyl (Vall d`Uxó); 16. Les Sitges (Torre d`en Doménech); 17. Torre de Foios (Lucena); 18. Torre la Sal (Cabanes); 19. Torre del Mal Paso (Castelnovo); 20. La Mina (Gátova); 21. El Castell (Almenara); 22. La Nava (Castielfabib); 23. Sinarcas; 24. Cerro del Calvario (Albalat dels Tarongers); 25. Monravana (Lliria); 26. Collado de la Cova del Cabal (Lliria); 27. El Puntalet (Lliria); 28. Ebols (L`Alcudia); 29. Els Terrers (Alcudia de Crespins); 30. Las Peñas (Zarra); 31. Corral de Saus (Mogente); 32. Bastida (Mogente); 33. Camí del Bosquet (Mogente); 34. Camí Vell de Pego (Oliva); 35. Puntal (Salinas); 36. Altea la Vella (Altea); 37. Tossal de la Cala (Benidorm); 38. La Illeta dels Banyets (Campello); 39. Albufereta (Alicante); 40. Novelda; 41. Redován; 42. San Antón (Orihuela); 43. El Molar (San Fulgencio); 44. Collado del Zurdo (Balones); 45. Camp de l´Escultor (Agost); y 46. Cabezo Lucero (Guardamar) [Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 179].
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            En busca de La Nava de Catielfabib.
            Para ir desde el Rincón de Ademuz hasta La Nava de Castielfabib (Valencia), cabe seguir la CN-420 en dirección a Cuenca: hay que dejar atrás la aldea de Los Santos y el valle del Ebrón, subir el repecho de Las Monjas (donde el antiguo caserío) dejar a la derecha el desvío hacia Castielfabib y El Cuervo (que discurre por Los Centenares), y continuar en dirección al paraje de Hoya Hermosa. Superada la Hoya atravesaremos la zona del Colladillo –de Arriba y Abajo-, para entrar en el paraje del Hontanar, un amplio vallejo con cultivos en cuya cabecera se halla la fuente de este nombre.
            Franqueado el paraje de El Hontanar pasaremos frente al Vivero Forestal de la Diputación Provincial y poco más arriba –a la altura de punto kilométrico 428- veremos un desvío a la derecha, que lleva a Arroyo Cerezo, aldea de Castielfabib. En el ángulo izquierdo de la carreterita se hallaba la antigua "Casa Molina", rento cuyas casas desaparecieron con la nueva carretera. Justo al comienzo del desvío nace un camino de tierra a la derecha, es el que deberemos coger para ir a La Nava: a nuestras espaldas queda el pico de El Cabezo (1.448 m), en cuya cima se halla la torre vigía.
           Nada más entrar en el camino veremos que de éste parte otro a la derecha, aunque los dos conducen al mismo lugar: el primero se dirige a la hondonada, donde las zonas de labor mientras que el segundo, que discurre por la ladera, lleva directamente a los corrales de La Nava. Desde cualquier punto de estos caminos podremos observar una magnífica vista del paraje, destacando el cerro de La Morrita, que queda a nuestra izquierda, que es el noroeste y el cerro de La Garita, que queda a nuestra derecha, que es el sureste. A los pies de ambos cerritos se extienden los campos de cultivo. El de Morrita es un montículo de mediana altura, de forma troncocónica, con la ladera oriental abancalada y abundantes manchas de matorral, aliagas y romeros sobre las antiguas zonas de cultivo, mientras que la occidental aparece totalmente cubierta de pinos y otros árboles habituales de esta zona y altitud, enebros, sabinas, etc.



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Vista del cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), desde el camino que parte de la CN-420, con detalle de una sabina a la derecha (2014).

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Vista del cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), desde el camino que parte de la CN-420, con detalle del cerro Jabalón (1.692 m), al fondo izquierda (2014).


            Respecto de la situación y características orográficas de la zona.
            En el apartado Situación y Características del trabajo objeto de exposición se dice de la partida que “La Nava es una reducida zona endorreica, [...], situada al oeste de Castielfabib, a unos 1.200 m.s.n.m., rodeada de cerros calizos, entre los que destacan (los mencionados de) La Garita y La Morrita por contener restos antiguos”. Aunque vinculado al Rincón de Ademuz, “el yacimiento se encuentra muy próximo y equidistante de las provincias de Cuenca y Teruel”, zonas geográficas pertenecientes a la cuenca hidrográfica del Turia.
            La parte sita en la hondonada corresponde a antiguas fincas de cultivo, siendo la tierra “de color negruzco por la intensa materia orgánica, producto de la descomposición vegetal, abundante como consecuencia de la intensa humedad”, pues como se dice arriba se trata de una zona endorreica, de ahí los manifiestos “problemas de drenaje por las dificultades de escorrentía de las aguas”. Situándonos en perspectiva aérea veríamos que en la partida de La Nava destacan dos cerros -el de Morrita, sito al noroeste y el de Garita, sito al sureste-, estando la zona ceñida al noreste por sendos barrancos -el de la Palomareja y el de la Canaleja-: las zonas de cultivo se hallan entre ambos cerros y barrancos, mientras que los restos del viejo caserío, que fueron casas de ocupación temporal, utilizadas algunas de ellas como corrales, se hallan al este. Sumariamente, “nos encontramos en zona montañosa y agreste, con escasos recursos agrícolas, ganaderos y forestales, que aún presenta graves dificultades de comunicación” –lo cierto, sin embargo, es que los problemas de comunicación se han resuelto desde entonces, pues la antigua CN-420 se ha mejorado enormemente hasta Los Santos-.

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Vista de La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle de las zonas de cultivo en el centro: a la izquierda queda el cerro de La Morrita y a la derecha el cerro de La Garita (2014).
 
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Detalle de poste indicador en la zona de los Corrales de la Nava de Castielfabib (Valencia), altitud 1.225 m (2014).

            Noticia de la excavación y las exploraciones.
            De todo lo anterior -visita y hallazgos-, se elevó informe al Servicio de Investigación Prehistórica (SIP), siendo remitido por ésta al Servicio de Arqueología de la Consejería de Cultura de la Generalidad Valenciana. Fue de esta forma como “se solicitó permiso de excavación de urgencia y fondos para realizarla”; ambos fueron concedidos, razón por la que “se procedió a la realización de los trabajos de excavación correspondientes”, que se desarrollaron durante los días 14, 15 y 16 del mes de mayo de 1985: en los trabajos colaboraron don José V. Martínez Perona[10] y don Francisco Martínez Cabrera[11], arqueólogos licenciados en Historia. Para el trabajo manual, “se contrató a seis obreros de Castielfabib” (Aparicio, 1990:180).

 
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Plano de la zona con detalle de la situación de los yacimientos que se citan: Despoblado ibérico de La Morrita, Necrópolis de Los Corrales y Necrópolis de La Umbría en La Nava de Castielfabib (Valencia) [Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 180].
            A] Necrópolis de La Umbría.
            La denominada Necrópolis de La Umbría se describe como “situada en la ladera norte del cerro conocido como La Garita, en cuya cúspide existen los restos de un poblado medieval”. En dicha parte se practicaron tres sondeos, denominados Sectores -con unas dimensiones de 4 metros de longitud por 2 metros de anchura cada uno-:
          --Sector A: Orientación: 310º Norte. Existían allí dos huecos superficiales y equidistantes, que “hacían sospechar la existencia de sendas oquedades subterráneas, en relación con hipotéticas estructuras funerarias”. Según pudo comprobarse, dichas estructuras correspondían a un drenaje, tipo “encaño”, no a “estructuras funerarias”.
            --Sector B: abierto en una zona próxima a la anterior. Orientación: 315º Norte. Se profundizó hasta los 0,80 metros: los restos arqueológicos sólo llegaban hasta los 0,30 m., siendo los restantes estériles. En la capa productiva se hallaron, “numerosos fragmentos cerámicos de pequeño tamaño, cuatro fusayolas y diminutos trozos de huesos humanos calcinados”, todo muy diseminado entre la tierra que formaba esta capa superficial: Era evidente, pues, que aquello era testigo de la existencia de una necrópolis ibérica, aunque por desgracia, totalmente destruida por las labores agrícolas... –dice el investigador-. Esto es, “al rebajar el terreno y dejar las urnas cinerarias al alcance de los aperos agrícolas, (se había producido) la disgregación y dispersión de todos los conjuntos y de sus respectivos ajuares”.
            --Sector C: establecido a 52 metros al Este del Sector B. Orientación: 220º Norte. Aquí sólo se hallaron “diminutos y pequeños fragmentos de cerámica hecha a mano de difícil interpretación, dada su misma escasez y su aislamiento, y un único fragmento ibérico decorado, procedente de la vecina necrópolis ibérica”.

            Material del Sector B:
            --Cuatro fusayolas bitroncocónicas alargadas, tres completas y la una incompleta: “Solamente una de ellas presenta decoración de línea continua quebrada circunvalar sobre la línea misma de carena en el cuerpo mayor y series de líneas pareadas en la base y en el cuerpo menor. La de mayores dimensiones es de color marrón y las otras tres negras” [figura 2 y 3]. “Fusayola/s” es un término arqueológico, para referirse a piezas circulares de barro cocido u otro material (piedra tallada, cerámica reutilizada...) con una perforación central. Usadas para encajar el huso que servía para formar el hilo de tejer, además de tope: aparecen en lugares arqueológicos que fueron habitados y en tumbas de inhumación o incineración, y constituyen una prueba de actividad textil.[12]
            --Pieza de cobre o bronce, de sección cuadrada y extremos apuntados: “se presenta incurvada con los extremos próximos y enfrentados”.

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Figura 2-3.- Detalle de "fusayolas" halladas en el Sector B de la Necrópolis de La Umbría en La Nava de Castielfabib (Valencia)
[Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 181].


            B] Necrópolis de los Corrales.
            Los trabajos no se limitaron a la excavación de la zona arqueológica descubierta con motivo de actividades agrarias, ya que se practicaron también exploraciones sistemáticas por los alrededores, que permitieron “el descubrimiento del poblado ibérico al que, casi con total seguridad corresponden la necrópolis (de la Umbría), y otra necrópolis o núcleo de incineraciones” (Aparicio, 1990:182).
            Esta segunda necrópolis –localizada por José V. Martínez Perona- se hallaba “al Este de la descrita, junto a los llamados Corrales, antigua concentración de construcciones rurales de habitación estacional hoy abandonadas como vivienda, aunque utilizadas algunas para guardar ganado ovino”: Junto a la más septentrional de dichas construcciones y al pie mismo del llamado Cerro se localizó, pues, el otro conjunto, formado por diversas tumbas... Las tumbas poseían estructura rectangular, “con paredes de piedra regularmente labradas, aunque se desconoce el número total por cuanto la mayor parte permanecen cubiertas de tierra y piedras”. Entre las existentes, sólo una fue objeto de excavación:
            Tumba número I: por la erosión se hallaba totalmente al descubierto, tanto su estructura como las urnas cinerarias, razón por la que “consideramos necesaria su inmediata excavación”, ya que se hallaba totalmente expuesta al hallarse en medio de un camino abierto “entre tierras desfondadas para la repoblación forestal”:
  • <Se trata de una tumba de incineración típica del mundo ibérico, colocándose las cenizas del difunto, previamente incinerado en la pira funeraria o “ustrinum”, en sendas urnas panzudas de borde vuelto, las cuales fueron colocadas en una oquedad existente en la roca caliza basal, parcialmente rellena por sedimentos correspondientes a un antiguo hábitat de la Edad del Bronce valenciano, en el que ahondó lo suficiente para la colocación de las mismas. La protección de las urnas y su delimitación se realizó mediante la construcción de un recinto rectangular de 2,40 m. de longitud en el lado conservado en su totalidad, el del N(norte)>[13]

            Sigue exponiendo:
  • <La construcción se realizó con cuidado, cavándose las piedras con regularidad y asentándolas sobre los sedimentos apelmazados de la Edad del Bronce, siguiendo la inclinación propia del terreno. Únicamente subsiste una sola hilada de piedras, la de la base, pudiendo existir otras, hoy totalmente desaparecidas, así como la cubierta tumular protectora de piedras, totalmente desmantelada como hemos indicado>.[14]

Respecto a las incineraciones, se sabe que fue bajo la influencia de los Campos de Urnas cuando se rompió la tradición de las inhumaciones que se venía siguiendo, para pasar al rito de la incineración, que sólo se ve en el período de la primera Edad del Hierro y la época ibérica. El cambio de la inhumación a la incineración sería progresivo, no casual, probablemente “unido a la adopción de nuevos conceptos religiosos que tendrían una difusión más rápida en núcleos de poblamiento más grandes” –aunque se desconoce cómo, cuándo y el por qué de semejante cambio en las costumbres funerarias-.[15]


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Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): detalle de la tumba nº I antes de su excavación (mayo de 1985)
[Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 182].

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Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): detalle de la tumba nº I una vez excavada (mayo de 1985)
[Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 182].
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Figura 5.- Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): plano de la tumba nº I con las urnas cinerarias en su posición
[Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 182].


            Respecto a los Materiales.
           --Urna bitroncocónica de borde recto, ligeramente rehundido y pie cóncavo: “Pasta y superficie interior de color marrón rojiza y exterior ocre amarillo”. Su reconstrucción resultó imposible, “por lo deleznable de la pasta” y “encontrarla fragmentada”. Dice de la decoración:
  • <Presentaba sencilla decoración lineal (basándose en) bandas horizontales de color rojo vinoso. La primera recorre toda la zona rehundida del labio, la segunda el estrecho cuello y las otras tres se distinguen por el cuerpo; son estrechas excepto una que es ancha y se presenta enmarcada por otras dos más estrechas y de tonalidad más oscura (figura 6)>.

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Figura 6.- Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): detalle de la urna grande de la tumba nº I [Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 183].


            --Pequeña urna de base cóncava. “Pasta y superficie rojiza y exterior rojizo-amarillento, de mala calidad, deleznable”, lo que ha imposibilitado su reconstrucción y estabilidad. Sólo conservaba “la base y parte del cuerpo, panzudo, reconstruido a partir de 26 fragmentos que unen”; otros fragmentos diminutos, hasta cincuenta, no pudieron ser unidos. Esta urna se hallaba “a mayor altura que la urna contigua, lo que favoreció el arrastre y destrucción consiguiente”. La tierra que la llenaba se cribó, “recogiéndose numerosos trozos y esquirlas óseas humanas, así como numerosos aritos de cobre” (figura 7).


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Figura 7.- Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): detalle de la urna pequeña de la tumba nº I [Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 183].


            Otros materiales.
     --Conjunto de aritos: veintisiete de cobre o bronce, veintitrés de ellos unidos casualmente, “pertenecientes a alguna pieza de vestido o del tocado, bien a unos lambrequines o collares” (figura 8).
           --Trozo de una barrita de cobre o bronce: “incurvada en su estado actual” (figura 8).
           --Fragmento de cerámica ibérica en superficie, de los llamados de borde “en pico de pato”, “de color rosado la pasta y la superficie interior y ocre amarillo la exterior, correspondiente a algún borde de urna sepulcral de alguna sepultura contigua desmantelada por las labores forestales reseñadas” (figura 4).
           --Trozos de sílex, en las tierras basales de la tumba, “correspondientes a un posible asentamiento de la Edad del Bronce Valenciano en esta zona” (figura 8).

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Figura 8.- Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): detalle de piezas metálicas halladas en la urna pequeña de la tumba nº I y sílex de las tierras basales y contiguas a la tumba [Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 183].
 
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Figura 4.- Necrópolis de Los Corrales en La Nava de Castielfabib (Valencia): detalle del borde "en pico de pato" de una urna ibérica  encontrada superficialmente en la tumba nº I [Tomado de José APARICIO PÉREZ, 1990: 183].

            Respecto del poblado.
            Según argumenta el investigador, “la existencia de ambas necrópolis (ciudades de los muertos) presuponía la existencia de una ciudad de los vivos, ciudad o poblado en las cercanías”, es por ello que intensificaron las búsquedas por la zona, “lo que dio como resultado la localización del poblado”, el cual se hallaba “en el cerro conocido como la Morrita”, sito “a unos 500 metros al norte de la Necrópolis de la Umbría y a unos 300 al Oeste de la de Los Corrales”.
            Propiamente, resulta el lugar más adecuado para el asentamiento, en lo alto de un cerro fácilmente defendible:
  • <[No obstante] “Distinguimos dos asentamientos distintos, aunque coetáneos al parecer, uno ocupando la cumbre del cerro en disposición alargada y rodeado de potente aparato defensivo con ancha y alta muralla circunvalar, intuyéndose la existencia de un poblado ibérico con disposición longitudinal, vertebrándose a ambos lados de una calle central y única, a la que dan las puertas de las casas adosadas a las murallas; y otro (asentamiento) en la ladera, al parecer sin defensas apreciables>[16]

            El hallazgo de distinto material de superficie -basado en “abundantes cerámicas a mano de la I Edad del Hierro”, “y la cerámica propiamente ibérica”-, permitió a los arqueólogos “darle una datación antigua, desde el siglo VII hasta el IV a.C”.

            No obstante los datos proporcionados por la investigación, la ubicación exacta de las necrópolis descritas resulta en la práctica imposible de localizar, por haber desaparecido. Por el contrario, el cerro de La Morrita es visible desde cualquier punto de La Nava, razón por la que decidimos ascender hasta la cumbre. Emprendemos la escalada por la vertiente oriental, frente al despoblado de los Corrales –sito a 1.225 metros de altitud-, pues resulta ser la más accesible. Hay que atravesar primero una serie de bancales de aspecto alargado y tierra arenosa, que se extienden en disposición este-oeste, desde los Corrales hasta la misma base del monte. En las fincas de labor más próximas ya comienzan a verse pequeños fragmentos de cerámica, que se hacen más frecuentes sobre la ladera del montículo. La cara oriental se halla totalmente abancalada, en cuyas antiguas zonas de cultivo prosperan ahora los quejigos, las encinas, carrascas y sabinas, además del monte bajo, aliagas y romeros.

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Vista del cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), desde Los Corrales (1.225 m), 2014.
 
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Panorámica oriental desde el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle de las fincas de cultivo a nuestros pies y Los Corrales al fondo (2014).



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Panorámica oriental desde el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle de las fincas de cultivo a nuestros pies y Los Corrales al fondo (2014).

            Tras atravesar una última parada arribamos a la cumbre del cerro de La Morrita, desde donde puede admirarse un espléndido panorama. Mirando hacia el este vemos a nuestros pies las alargadas fincas que hemos atravesado en la subida, unas cultivadas y otras en barbecho. En el centro y márgenes de algunas de ellas prosperan frondosas nogueras, y también chopos, sitos éstos en las zonas más próximas al cerro. Entre las casas de los Corrales y las zonas de cultivo discurre el camino que procede de la CN-420 por donde decíamos que hemos bajado a La Nava, y que llega hasta los mismos apriscos. Por detrás de los corrales discurre la rambla de la Canaleja, que hace de divisoria entre Aragón y Valencia por esta parte. El horizonte lejano lo cierran las cumbres de Javalambre y la Sierra de Tortajada. Hacia el oeste vemos el barranco de Arroyo Cerezo, cuyo caserío adivinamos hacia el suroeste, a los pies de la Muela del Royo, que cierra el horizonte al occidente. Hacia el norte vemos la profunda quebradura de la rambla de la Palomareja discurriendo a nuestros pies, mientras el horizonte más lejano lo cierran los montes del Rodeno y la inconfundible mole del Jabalón (1.692 m), que con su forma de naveta invertida aparece hacia el noroeste. Hacia el sur se extiende la zona de cultivos por donde pasa el camino por donde hemos bajado desde la carretera de Cuenca, un terreno en declive con las fincas de cultivo también abancaladas, pero en disposición perpendicular al vallejo –entre el cerro de la derecha, por donde pasa la antigua carretera de Arroyo Cerezo y el del Frontón, que queda la izquierda-. En la hondonada hay plantaciones de chopos maderables, y de nogueras, por allí discurre un ramal del camino que conduce hacia La Vacariza. Por esta parte meridional, el horizonte más lejano lo cierra el pico del Cabezo (1.448 m) y la sierra de Santerón, con su cima el Talayón (1.602 m), cuyas lomas descienden en suave declive hacia el sureste.

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Panorámica septentrional desde el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle de la rambla de la Palomareja a nuestros pies y los montes del Rodeno al fondo (2014).

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Panorámica noroccidental desde el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle del cerro Jabalón (1.692 m) al fondo izquierda (2014).
 
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Panorámica occidental desde el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle del barranco de Arroyo Cerezo a nuestros pies y La Muela del Royo al fondo (2014).

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Panorámica meridional desde el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle de las zonas de cultivo a nuestros pies y la sierra de Santerón y el Talayón (1.602 m) al fondo (2014).

          Recorriendo la cima del cerro Morrita observamos que posee forma alargada e irregular, con la parte oriental más elevada que la occidental. Asimismo, podemos comprobar la existencia de los restos del “potente aparato defensivo” que circundaba la zona, cuyo acceso debía estar por la ladera septentrional. No sin esfuerzo de imaginación intuimos “la existencia de un poblado ibérico con disposición longitudinal, vertebrándose a ambos lados de una calle central y única, a la que dan las puertas de las casas adosadas a las murallas” -como dice el arqueólogo-.
La ladera meridional resulta más accesible y despejada, con abundantes piedras desperdigadas por la vertiente, procedentes del derrumbe de la antigua fortificación, siendo también en este punto donde son más abundantes los restos cerámicos de superficie. Los fragmentos hallados en nuestro deambular los dejamos sobre una piedra plana que hay en la cima -junto a una joven sabina-, donde vemos que alguien que nos ha precedido en la excursión ha dejado varias pellas de hierro y pequeños trozos de cerámica, algunos de ellos decorados.

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Detalle de cerámica ibérica de superficie -incluyendo varias pellas de hierro- hallada en la cima y laderas del cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), 2014.
            
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Detalle de fragmento de cerámica ibérica de superficie hallado en el cerro de La Morrita en La Nava de Castielfabib (Valencia), decorado con franjas horizontales y motivos circulares concéntricos (2014).
     

    A modo de epílogo.
         En sus Conclusiones, el ponente reconoce hallarse “ante un complejo arqueológico de singular interés por un doble motivo”: de una parte “por la existencia de un hábitat localizado, denso y continuado en relación con una necrópolis”; y de otra, “porque se trata de una zona totalmente desconocida, ya que nunca se han podido realizar en ella investigaciones sistemáticas y continuadas, siendo de gran interés dedicar esfuerzos y medios para ello” –habida cuenta la información que sobre el mundo ibérico podrían proporcionar: características del medio, organización económica, relaciones sociales, comerciales, culturales, etc.-.
           Respecto de la Necrópolis de los Corrales, destaca “su estructura tumular sobre base cuadrangular”, poco frecuente en la Comunidad Valenciana -aunque no extraña si recordamos las tumbas ibéricas del Corral de Saus en Mogente (Valencia),[17] entre otras-. En cuanto a la datación, se establece el siglo IV a.C., pues las urnas de la tumba estudiada posen semejanzas con las de La Solivella en Alcalá de Chivert (Castellón).[18]

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Vista de La Nava de Castielfabib (Valencia), con detalle del cerro de La Morrita, donde se halla el despoblado ibero, desde las laderas septentrionales del cerro de La Garita (2014).

      En suma: los legos en arqueología no podemos menos que maravillarnos ante los hallazgos y conclusiones de los especialistas, cuando nos descubren la existencia de necrópolis (ciudades de los muertos) y castros o despoblados (ciudades de los vivos), correspondientes a una cultura tan antigua y fascinante como fue la ibérica, que se desarrolló hace tantos siglos sobre esta misma tierra que los rinconademucenses y circunvecinos actuales tenemos como nuestro paisaje. Cabe lamentar, no obstante, la ausencia de recursos para llevar a cabo investigaciones sistemáticas, pues habitualmente éstas sólo suelen tener lugar como consecuencia de hallazgos accidentales o fortuitos: actividades agrarias diversas, infraestructuras públicas o privadas, etc. A la espera de mejores tiempos para las prospecciones arqueológicas de este tipo, lo mejor que podemos hacer es proteger nuestros yacimientos, evitando y denunciando cualquier actuación furtiva. Vale.




[1] <Las inscripciones más antiguas de esta lengua se datan a finales del siglo V a.C. y las más modernas a finales del siglo I a.C., o principios del siglo I d.C. Los textos en lengua ibera se saben leer razonablemente bien, aunque en su mayor parte son incomprensibles, pues dicho lenguaje carece de parientes suficientemente cercanos que sean útiles para la traducción>. Iberos. (2014, 8 de septiembre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 08:47, septiembre 29, 2014.
[2] APARICIO PÉREZ, José. La Nava (Castielfabib. Rincón de Ademuz. Valencia): Poblado Ibérico, en Verdolay 2 (1990) 179-184.
[3] CASTELLANO CASTILLO, Juan José y SABATER PÉREZ, Ana. El siglo IV a.C. en el Alto Turia: el vertedero y la torre de Los Arenales (La Celadilla, Ademuz-Valencia). SAGVNVM (PLAV), 31:195-204.
[4] Castielfabib. (2014, 29 de septiembre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 10:45, septiembre 30, 2014.
[5] Fundación Dialnet: acerca de José Aparicio Pérez.
[6] Juan Maluquer. (2014, 18 de septiembre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 09:37, septiembre 29, 2014.
[7] Biblioteca Arqueológica Virtual: El anaquel de Spantamicus: acerca de Enrique Pla Ballester.
[8] Necrológica: acerca de Milagros Gil-Mascarell Boscá.
[9] Biblioteca Arqueológica Virtual: El anaquel de Spantamicus: acerca de Albert Ribera Lacomba.
[10] Fundación Dialnet: acerca de José Vicente Martínez Perona.
[11] Fundación Dialnet: acerca de Francisco Martínez Cabrera.
[12] <Las fusayolas que se encuentran en necrópolis de incineración, ya sea tumular o de tumbas planas, no constituyen un rito funerario constante y general en el mundo ibérico. En algunas están ausentes o aparecen en número bajo de sepulturas, aun cuando en los hábitats correspondientes se documentan./ Sería arriesgado asignar a la presencia de fusayolas un carácter ritual como son las ofrendas de comida y libaciones, por la irregularidad de su aparición. Los ejemplares hallados tanto se encuentran asociados a conjuntos de ajuares masculinos como a los femeninos. En algunos contextos se ha atribuido un significado profiláctico a su hallazgo en necrópolis, relacionado con las actividades de las mujeres que hilaban, mito arcaico que tiene sus raíces en Oriente>. Vid CASTRO CUREL, Zaida. Fusayolas ibéricas, antecedentes y empleo, Gerona, 1979: 136.
[13] APARICIO PÉREZ (1990) 182.
[14] Ibídem.
[15] <Es con las primeras influencias de los Campos de Urnas cuando se rompe la línea continua de enterramiento, pasando a un nuevo rito: la incineración, que tan solo se dará en un período concreto, la primera Edad del Hierro y la época ibérica. El cambio de ritual de la inhumación a la incineración, no debió de ser fortuito, sino un proceso lento, que iría unido a la adopción de nuevos conceptos religiosos que tendrían una difusión más rápida en núcleos de poblamiento más grandes. No sabemos cuándo se produce el cambio de la inhumación a la incineración. Debemos pensar que las primeras incineraciones corresponden a gentes de los Campos de Urnas, que se encontraban esporádicamente, en esta zona>. Vid PERIS GARCÉS, Ana (1997). Acerca de la arqueología de la muerte: La necrópolis ibérica de la Solivella, Alcalá de Xivert (Castellón), “Jornades de Foment de la Investigació”, Universitat Jaume I, Castellón, pp. 1-8.
[16] APARICIO PÉREZ (1990) 184.
[17] FLETCHER VALLS, Domingo (1977). La necrópolis Ibérica del Corral de Saus (Mogente, Valencia), Diputación Provincial, Valencia.
[18] ID (1965). La necrópolis de la Solivella (Alcalá de Chivert), Servicio de Investigación Prehistórica de la Diputación Provincial, Serie de trabajos varios Número 32, Valencia.