viernes, 28 de octubre de 2011

LA PLAZA DE TORREBAJA (VALENCIA), EN MI INFANCIA.

Recuerdos -evocaciones y remembranzas- de un torrebajense 
nacido en los años cincuenta


El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, 
lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”.
Harold Pinter (1930-2008)
dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político británico.
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La plaza de Torrebaja en mi infancia -esto es, en los años cincuenta y primeros sesenta del pasado siglo- era muy distinta de la actual... Me refiero a la plaza del Ayuntamiento, que entonces era sólo La Plaza y aunque había otras plazas o plazuelas (la Replaceta y la plaza de la Iglesia, donde el rincón del tío Julián) no había posibilidad de confusión, porque nuestra plaza era La Plaza. De siempre ha sido conocida entre los mayores como plaza del Señor, aludiendo a su origen señorial. Sin embargo, su nombre oficial era plaza de Ramón y Cajal, denominación que debía provenir de principios del siglo XX (1906), cuando le concedieron el premio Nóbel de medicina a don Santiago, el célebre investigador aragonés. No sé por qué le pondrían este nombre, probablemente como manifestación del orgullo patrio, al que no quiso sustraerse Torrebaja; y no era para menos... El caso es que dicho nombre lo conservó hasta el advenimiento de la democracia, en que pasó a llamarse plaza del Ayuntamiento, como actualmente la conocemos; y está bien que sea así, pues la Casa Consistorial -bello nombre para la Casa del Lugar- se halla en esta plaza y el Ayuntamiento es el centro administrativo más importante del municipio, aparte del más próximo al contribuyente.
Pero la plaza de Torrebaja tenía entonces otro sabor, otro aspecto y -sobre todo- olía diferente... Olía a vida rural, a lo que huelen los pueblos cuando están vivos, a actividad humana, a la vida de entonces: cualquiera que haya vivido en un pueblo donde la base de su economía fuera la agricultura comprenderá lo que digo, pues sacar el estiércol de los corrales, establos y cochiqueras produce un aroma acre, áspero y picante, no especialmente malo, sólo huele a lo que es; y cuando se acarreaba trigo o cebada olía a mies, a paja seca..., lo mismo que cuando se vendimiaba, momento en que el ambiente se llenaba de aroma a uva y mosto, o cuando se transportaban manzanas, que el aire sabía a fruta madura... Todos los olores de la vida rural pasaban por la plaza, y los niños, principales moradores y señores del lugar, los percibíamos inconscientemente con toda su fragancia e intensidad, sintiéndolos nuestros, interiorizándolos como la vida misma que se desarrollaba en nuestro derredor. Paco Candel -me refiero a Francisco Candel Tortajada (Casasaltas, 1925-Barcelona, 2007)-[1] lo recoge correctamente en su libro -Viaje al Rincón de Ademuz (Barcelona, 1977)- cuando dice que Torrebaja olía a manzanas:
  • Es un olor persistente. No te cansas de respirarlo. Dilatas las narices y ensanchas el pecho. En Torre Baja son todo almacenes de manzanas. Los mulos cruzan arriba y abajo cargados hasta con cinco cajas de fruta...” Y lamenta no ser un poeta lírico, para “poder cantar la manzana de Torre Baja, la manzana del Rincón de Ademuz, la manzana de su pueblo –Casasaltas-, la olorosa y substanciosa manzana [...] la aromática y sazonada manzana, la pintada y azucarada manzana...[2]

Ciertamente, en Torrebaja -y en el Rincón de Ademuz de entonces- olía a manzana. ¿A qué huele Torrebaja y el Rincón de Ademuz hoy...? No sé, quizá ya no huelen, al menos no huelen como antes. Sólo paseando por la orilla del río o por los caminos del campo y el monte se perciben los aromas de antaño, a pino y hierba mojada, a tierra recién labrada, a fango removido cuando el río repunta...
Una de las imágenes más intensas que guardo en mi memoria procede de la plaza de mi infancia... Corresponde a mi primer día de escuela, cuando yo tenía sobre seis años, allá por el otoño del año cincuenta y ocho... Yo iba con mi cartera nueva de cartón, cogido de la mano de mi madre -porque suelen ser las madres las que llevan a sus hijos al colegio los primeros días- y al llegar a la plaza recuerdo que estaba llena de niños de distintas edades, todos juntos, párvulos, medianos y mayores... La plaza de entonces tenía otro aspecto, ya les digo; de entonces permanece la Casa Grande y el torreón de Los Picos (norte). Conserva, no obstante, su disposición rectangular, pero el piso era distinto, sólo estaba cementada la mitad de abajo, la que tocaba con el viejo Ayuntamiento (levante): en la planta baja se hallaba la secretaría, el salón de plenos y el calabozo; y en los pisos altos la escuela de Niños, cuya fachada oriental servía de frontón, con una tela metálica en la parte superior sujeta con palos: para evitar que las pelotas que iban altas fueran al Cantón. El Cantón era una calle (que provenía de la parte baja del pueblo, continuación del viejo camino de Ademuz a Teruel), pero también era un lugar, sito bajo la barbacana de la Replaceta, donde orinábamos los chicos de las escuelas...

Hacia el poniente, la plaza estaba limitada por otras construcciones, entre las que destacaba la Casa Roja, de este nombre por el color de su primitiva fachada: así lo había oído yo de mi padre, agregando que fue la casa del Administrador del señorío; hacia el norte estaba la mencionada Casa Grande y el torreón, pero al sur quedaba libre, separada de la prolongación de la calle de San Roque por una hilera de cuatro bancos de obra y otros tantos árboles... De la plaza parten varias vías: San Roque (hacia arriba), Arboleda (hacia la iglesia y calle del Rosario) y la calle Fuente, entonces de Pedro Arnalte (que se dirige hacia el río Ebrón). En la esquina de la plaza con Arboleda había entonces un solar que también se utilizaba como mingitorio, como el Cantón. Este solar era lo que quedaba de una casa hundida por la aviación durante la guerra: en el bombardeo murieron tres personas, aplastadas bajo los escombros.[3]

Respecto a las acacias de la plaza, se trataba de varios grandes árboles de tronco rugoso, que ya debían ser viejos entonces; eran una variedad de acacias, llamadas “adelantos”, cuyo ramaje sombreaba calle, bancos y plaza. Una plaza parece que no es tal sin árboles de sombra, tampoco sin bancos de asiento ni fuente para beber... Ignoro cuándo talaron estos árboles, debió ser a mediados o finales los años sesenta. Yo estaba entonces estudiando en Barcelona, y una de las veces que regresé al pueblo ya no estaban, habían desparecido, como desaparecieron tantas otras cosas: los preciosos bancos de obra que había en la plaza, los monumentales olmos de la carretera, el viejo cementerio (de Santa Bárbara), los amigos entrañables de la niñez... Sí, muchas cosas cambiaron por entonces, singularmente la infancia, que se tornó adolescencia, y con ella mi propia visión de la vida, de mí mismo y del mundo.

En cuanto a los bancos de obra de la plaza..., sigo pensando que fue un error quitarlos. Los pueblos, como las personas, cometen errores, a veces los errores son históricos, cuando afectan al común y tiene trascendencia, aunque no sea el caso. Imagino que los retiraron para mejorar la estética de la plaza; sin embargo, la empeoraron. De hecho, aunque ya la han cambiado varias veces, las modificaciones no han embellecido su aspecto de antaño, y se equivocará quien piense que se trata sólo de añoranza... Aquellos bancos de obra poseían un diseño especial, que los hacía singularmente anatómicos: poseían un respaldo central y asientos a ambos lados, pues permitían sentarse mirando a la plaza o a la calle. Y tenía un dibujo singular en los bordes y laterales, figurando madera... Su autor fue un artista catalán que pasó por aquí después de la guerra (1943), dejando varias muestras de su arte por la zona. Además de los mencionados asientos de la plaza, en Torrebaja construyó el monumento de la Cruz de los Caídos, algunas lápidas y cruces en el cementerio nuevo (de Los Llanos) y los adornos de la fuente o bomba del molino de Abajo, entre otras cosas.[4] Uno de estos bancos que hubo en la plaza fue colocado después en la calle sobre las Escuelas, aunque bastante deteriorado: los demás, lamentablemente -porque es de lamentar-, desaparecieron o fueron destruidos...

La plaza era el lugar de cita de todos los niños, donde tenían lugar muchos de los juegos de entonces: se jugaba en los recreos, los mayores a la pelota, utilizando el frontón, y los menores a otros juegos de grupo y competición. Recuerdo con especial claridad el crujido de la pelota contra el frontón, un ruido seco y potente que enardecía a los jugadores en las partidas. Las paredes servían para apoyarse cuando se jugaba a churro, y las zonas más despejadas para jugar a galope... Mientras unos se sentaban en los bancos para hablar, contarse historias y reírse, ¡pobres de los niños que no ríen!; otros jugaban al clavo, o a las perras, poniéndose en la parte alta, que como digo tenía el piso de tierra. Los juegos de los niños variaban con la estación, como las festividades del santoral y la climatología. La parte de arriba de la plaza se utilizaba para hacer la hoguera de San Antón. Las calles estaban también sin cementar y no había problema al encender un buen “sagato” con raigambres, leña de las podas y cañota en todas las esquinas, hogueras que los chicos -y también algunas chicas más aguerridas o machotas- saltábamos en tropel con cañas cortadas de las riberas y bien peladas. En este mismo lugar se plantaba también el chopo de Pascua, una actividad festiva de primavera, propia de los mozos que iban a entrar en quintas, a los que el Ayuntamiento donaba el árbol para sufragar la fiesta. Plantar el chopo es otra actividad que se ha perdido, aunque parece tratan de recuperarla ahora; y no debería perderse, pues, entre otras cosas, simboliza la unión y el esfuerzo de un pueblo en una tarea común...

En la parte alta de la plaza, donde se plantaba el chopo y se encendía la hoguera de San Antón, se colocó años después una estupenda fuente pública que tuvo poco éxito, pues pronto se estropeó y hubo que jubilarla: poseía una planta rectangular con cuatro escalones, toda ella en piedra labrada con bolas en la parte central y en las esquinas del brocal... Fue una verdadera lástima, pues para una vez que Torrebaja tuvo fuente de beber en la plaza hubo que retirarla. Como decía arriba, una plaza pública debe poseer tres elementos básicos: asiento (para descansar, conversar y observar), sombra (para protegerse del sol) y agua (para beber y refrescarse); de lo contrario se trata de una plaza incompleta... Pero en Torrebaja siempre se ha pecado de lo mismo, poniendo fuentes de adorno antes que de bebida o jardines y setos con preferencia a árboles de sombra. Y así nos va, pues luego se estropean por falta de mantenimiento y ahí se quedan, arrumbados y acumulando porquería. ¿Seremos capaces de aprender algún día...?

Como ahora, la plaza de mi infancia servía también de mercadillo... Entre lo vendedores de entonces recuerdo a un tal Santiago (a) Mantecosa, que venía de Los Santos (Castielfabib) con un carro cubierto, tirado por una yegua percherona, con el collerón adornado de cascabeles... Vaya si lo recuerdo, portaba un mostacho impresionante -al menos a mí me lo parecía- y unas cejas muy pobladas; aunque de trato agradable y campechano bajo un aire de gravedad. Aparcaba en la parte de arriba de la plaza, utilizando el primer banco como mostrador... La yegua la metía en la cuadra que me padre tenía frente al lugar de venta, y luego le regalaba un cuarto de olivas negras de Aragón y algunas lata de sardinas, porque esa era su especialidad: abadejo, sardinas saladas de barril, olivas, embutido y variedad de latas de conserva, entre otras cosas que no recuerdo. Entonces el dinero apenas corría, y la compraventa se realizaba, además de con monedas al trueque de huevos, trapos viejos, pieles de conejo, “ferralla”, etc. Los niños de entonces éramos tan golosos como los de ahora, quizá un tanto más, porque pastas y dulces no había todos los días... Para conseguir un pirulí -variedad de caramelo que terminaba en punta- reuníamos hierros viejos, botellas de vidrio, herraduras o lo que pillábamos por ahí..., porque los pirulís de aquel vendedor ambulante eran especiales... Recuerdo una anécdota, ocurrida entre en comerciante y una señora andaluza que se las daba de fina, esposa de un Guardia Civil del puesto: resulta que se dirigió al hombre diciéndole “señor Mantequilla” -porque lo de Mantecosa le debía parecer demasiado rústico, y el vendedor se cogió un buen disgusto: Bien está que me digan Mantecosa, pero por lo de “Mantequilla” no paso... -y no pasó, hasta que la mujer le pidió perdón, toda compungida-. La verdad es que conociendo al tal Salvador, lo de señor Mantequilla era demasiado...

La plaza servía también de escenario para las noches de circo, circos ambulantes al aire libre que traían los gitanos, húngaros o saltimbanquis: cuando venían los titiriteros era fiesta en el pueblo, sobre todo para los niños, y la gente salía a la plaza trayendo sus sillas de casa, para ver el espectáculo bajo la carpa de estrellas... Sin embargo, ningún momento más alegre para la plaza que durante las fiestas, para celebrar a los santos patrones: Santa Marina (ya fuera la Cerecera o la Melonera) y San Roque; porque entonces no se llevaba eso de las fiestas culturales..., ni las músicas y bailes eran tan estridentes, ni se prolongaban hasta el amanecer. Sin embargo, la gente también se divertía, unos mirando y otros bailando o escuchando la música. La relación de la plaza con el baile viene de antiguo, pues ya se celebrarían aquí fiestas y bailes en tiempos del mayorazgo. Consta por testimonios que durante la última “carlistada” (1872-76) pasaron por la zona varias partidas que estuvieron en Torrebaja, al mando de los cabecillas Santés, Merino y Cucala, recaudando impuestos para la guerra: “... todavía las personas ancianas de Torrebaja recordaban haber asistido a los bailes que en la plaza del Señor organizaron los jefes carlistas”. [5] Asimismo, consta por actas del Libro de Sesiones que para las fiestas de septiembre del año 1906, los señores del Ayuntamiento echaron la casa por la ventana, pues acordaron iluminar la plaza con luces del alumbrado público, ordenando que:
  • Con el fin de que se halle alumbrada la plaza pública durante los días de la festividad de los patronos de este pueblo Santa Marina y San Roque, se coloquen cuatro focos de luz eléctrica en la expresada plaza para darle más vista y para que la música pueda ejecutar sus escogidas piezas y al mismo tiempo el público pueda aprovecharlas bailando los más y sirviendo de distracción a los otros; que el gasto de estas luces se pague del capítulo de imprevistos.[6]

Si la empresa Teledinámica Turolense, S.A. comenzó a construir la central hidráulica de Castielfabib (Valencia) en 1913,[7] ¿de dónde provenía la luz eléctrica con que iluminaron los bailes de Torrebaja en septiembre de 1906? Según contaba mi padre –Alfredo Sánchez Esparza (Torrebaja, 1905-83)-, de una pequeña turbina que había en el molino de Abajo, aprovechando el desnivel de la acequia “hondonera” (prolongación de la del Molino hacia Las Vueltas). Ello significa que Torrebaja fue uno de los primeros pueblos que dispuso de luz eléctrica para el alumbrado público, posteriormente extendido a los domicilios.

La plaza de Torrebaja durante las fiestas de mi infancia reunía todos los ingredientes de las festividades rurales: las turroneras de Ademuz (la Loreta y otras) ocupaban los márgenes de la plaza próximos a los bancos de obra con sus tenderetes de golosinas, turrones, alajúes y chupadores. También vendían globos de colores, mazos de petardos (de los que estallaban al golpearlos contra el suelo y de los que había que prender con la mecha) y “pedorretas” de rascar por las paredes... Eran las fiestas de entonces, con los músicos de la orquesta subidos a un tablado mientras los jóvenes y no tan jóvenes bailaban en la plaza. Los niños correteábamos entre los danzantes, asustábamos a las niñas echándolas petardos y fumábamos cigarrillos de anisetes y palos de saúco en la fuente de los Pobres... Los mismos niños, ya de mayorcitos, comprábamos entre varios un paquete de “Tres Carabelas” y los fumábamos a escondidas, jugando a ser mayores. Sin darnos cuenta pasamos de asustar a las niñas a acercarnos a ellas: en los bailes tratábamos de arrimarnos, sin saber muy bien por qué -al menos yo no lo supe hasta mucho después- mientras ellas ponían los codos por delante, para evitar el achuchón...

En suma: la plaza de mi infancia en Torrebaja dejó de ser la que fue hace ya muchos años; y ha ido transformándose sin parar, como si de algo viviente se tratara -porque la plaza era a la vez un tiempo y un espacio activo-: pero yo todavía la recuerdo como el sitio preferido de mis juegos, el punto donde quedar con los amigos por la tarde, después de la escuela, con un buen trozo de torta o pan con sobrasada, longaniza del frito, chocolate o lo que fuera como merienda... Sin duda, cualquier tiempo pasado no fue mejor, excepto en el recuerdo y la imaginación del que lo evoca... Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).




[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Francisco Candel Tortajada, en la hora de las alabanzas, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2008, vol. II, pp. 221-231.
[2] CANDEL, Francisco. Viaje al Rincón de Ademuz, Plaza y Janés, S.A., Barcelona, 1977, p. 141.
[3] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Acerca del bombardeo de Torrebaja de 26 de noviembre de 1938, en: Del paisaje,..., Valencia, 2009, vol. III, pp. 17-48.
[4] BADÍA MARÍN, Vicente y PÉREZ TARÍN, José Antonio. Torrebaja, mi pueblo, Edita Ayuntamiento de Torrebaja, Valencia, 1953, p. 18.
[5] BADÍA MARÍN, Vicente y PÉREZ TARÍN, 1953, p. 83.
[6] Archivo Histórico Municipal de Torrebaja [AHMTb] Libro de Actas del Ayuntamiento, correspondiente a la sesión del 9 de septiembre de 1906.
[7] CARRASQUER ZAMORA, José. Los comienzos de la electricidad en Teruel (1889-1936), Edita Fundación Teruel Siglo XXI, Teruel, 2011, pp. 49-57.


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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), con el piso de la plaza y la calle todavía de tierra.
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), detalle de la antigua fuente pública.
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), detalle de los bancos de obra y árboles que tuvo, y el piso de tierra.
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), detalle de los bancos y árboles que tuvo, con varios vecinos sentados.
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Calle san Roque y plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), detalle del piso de tierra y un vecino -el señor Cayetano Manzano Camañas (1895-1971)- con su mulo.
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Calle san Roque y plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), detalle de bancos, árboles y piso de tierra.
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), durante la renovación del piso.
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), durante la renovación del piso.
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), detalle del tablado de fiestas, con la fachada de la antigua Casa Consistorial como frontón.

miércoles, 26 de octubre de 2011

LA CASA GRANDE Y EL TORREÓN DE LOS PICOS DE TORREBAJA (VALENCIA).

 A propósito de los edificios civiles más emblemáticos 
de la localidad.


Sin la menor duda, el edificio civil más emblemático de Torrebaja (Valencia) es la Casa Grande y el anexo torreón de Los Picos, de este nombre por los adornos (piramidales y bolados) que lo coronan, típicos de la arquitectura del Seiscientos, hasta el punto de servir de referencia para citar el lugar: propiamente llamado Torrebaja del Villar de Orchet... –como el señor del mayorazgo -don Diego Ruiz de Castellblanque- lo denomina en su testamento (1638).[1] El mismo don Diego se dice hijo legítimo de don Diego Ruiz de Castellblanque y de doña Ana Muñoz de Castellblanque, a los que reconoce como sus “padres y señores que fueron de este dicho lugar...”. Según parece, los progenitories de don Diego fueron los fundadores del mayorazgo de Torrebaja, pero el territorio tuvo antes otros dueños, entre los que conocemos a los Ruiz de Lihori (en tiempos de la conquista o inmediatamente posteriores) y los Heredia (en el último tercio del siglo XIV), procediendo, sin embargo, de una donación real cuando la conquista cristiana de estos lugares, en tiempos de Pedro II de Aragón (1210). Asimismo, sabemos que los Ruiz de Castellblanque poseyeron los castillos de Tormón, Tramacastiel y Valacloche (Teruel), de quienes pasaron a sus sucesores, los mencionados Heredia de Mora de Rubielos (Teruel),[2] los cuales tuvieron el lugar de Torrebaja con anterioridad a los Ruiz de Castellblanque.

La Casa Grande se halla en la plaza del Ayuntamiento, anteriormente plaza de Ramón y Cajal (seguramente a partir de 1906, cuando le concedieron el premio Nóbel de Medicina al investigador aragonés), aunque antaño era más conocida como plaza del Señor, aludiendo a su origen señorial. Se trata de un edificio situado en la parte baja del pueblo, ubicado en la margen norte de la mencionada plaza, orientado de este a oeste, planta rectangular con tres alturas (baja, piso y cambra), fábrica con gruesos muros mamposteros y cubierta de teja árabe a tres aguas. La fachada principal de la casa solar mira a la plaza (sur), mientras que por detrás (norte) se abre a corrales, descubiertos y huertas. En la fachada principal posee las entradas propias a la planta baja, con balcones en la primera y ventanas horizontales en la alta, bajo el alero, vertiendo éste directamente sobre la plaza, pues carece de canalones.
El torreón de Los Picos se adosa a la Casa Grande por levante, en línea con la fachada principal, posee base cuadrangular, paramentos de mampostería y esquinales de piedra tallada y cuatro alturas (baja, dos pisos y terraza), la última con cornisa labrada, donde lucen los citados adornos barrocos (bolados en las esquinas y piramidales en el centro). La fachada del torreón muestra cuatro aberturas, una de acceso (en la planta baja), dos balcones con baranda de hierro (primera y segunda planta) y una pequeña ventana para el piso alto: todas han sido modificadas y ampliadas, excepto la del balcón de la primera planta, que conserva su aspecto abocinado. Por el contrario del torreón de Torrealta (de claro origen defensivo), el de Torrebaja fue concebido más como alarde señorial que para la defensa. Propiamente, sin embargo, dicho torreón no es el que dio origen al nombre del pueblo, pues debió existir otro con anterioridad, en el mismo lugar o cerca de él: de hecho, cuando el obispo de Segorbe, don Gaspar Jofre de Borja (1530-56) giró la Santa Visita Pastoral a las parroquias del Rincón de Ademuz (1534), pasó por Torrebaja, a la cual se la denomina en el dietario de visita Torre Hondonera, aludiendo ya a la existencia en el Lugar de una torre, atalaya o fortificación que evidentemente no corresponde físicamente a la actual.[3]
El conjunto arquitectónico se hallaba originariamente exento, limitando al norte por los citados corrales y descubiertos, al sur por la plaza del Señor, al este por el camino viejo de Ademuz a Teruel, y al oeste por un cerrado, al que se accedía mediante un portón: en dicho solar se construyó una vivienda a comienzos-mediados los años setenta del pasado siglo. Contiguo al torreón por su equina sureste se halla la actual Casa Consistorial, que se alza en el mismo solar donde estuvo el antiguo Ayuntamiento (planta baja) y las Escuelas de los niños (pisos altos), cuya fachada occidental servía de frontón para el juego de pelota.

Hasta el presente desconocemos la fecha de construcción del primitivo edificio –Casa Grande y torreón de Los Picos-, pudiéndonos guiar sólo por el estilo de su fábrica para datarlo en su aspecto actual: ello significa que pudo ser erigido o remodelado entre los siglos XVII-XVIII: un amplio margen de tiempo, sin que pueda precisarse más por el momento. Sin embargo, habremos de reconocer que en tiempo de los Heredia de Mora de Rubielos ya habría alguna edificación en el Lugar, como predecesora de la actual. En el citado testamento de don Diego se alude, sin embargo, a los bienes que heredó en Torrebaja de su hermano don Juan (que murió sin descendencia, siendo esta la razón de su herencia y sucesión en el vínculo de su mayorazgo), diciendo de “las casas de su habitación, y fuera de ellas... [...] (y me) quedaron por bienes libres heredados del dicho mi hermano, el menaje de la casa ordinario que dicho mi hermano tenía al fin de su vida y una cama dorada con la colgadura de damasco con lamares de oro, rodapiés colcha y carpetas del mismo damasco...”. Ello no significa que se esté refiriendo al mismo edificio; pues, como se dice arriba, éste ha podido sufrir añadidos y remodelaciones desde su cimentación. Asimismo, en el libro de los arriendos (datado a finales de la primera mitad del siglo XIX), donde se alude a las partidas del término, se dice de la existente “Tras de Casa”, refiriéndose sin duda a la actual Casa Grande, sin que tengamos más referencias de la edificación.[4]

A tenor de lo que conocemos, el siglo XVII debió constituir una época difícil para el mayorazgo de Torrebaja, en especial tras la muerte del citado don Diego Ruiz de Castellblanque (ca.1643), que tuvo cuatro hijos y una hija: don Jaime, don Francisco, don Fernando, don Cristóbal y doña Margarita Ruiz de Castellblanque. Según el citado testamento, el heredero del mayorazgo fue don Jaime, el cual debía ayudar a sus hermanos en lo que necesitaren, pues parece que don Francisco y don Fernando “han tratado y tratan de entrar en religión y caballería de la orden de San Juan”, indicando que si alguno de ellos “se inclinara a ser religioso monacal o mendicante” hiciera previamente renuncia de su herencia a favor de los demás. En cuanto a la hija, en el momento de abrir el testamento se hallaba viuda de don Francisco de Espejo Ressa, vecino de Castielfabib. Sin embargo, los planes de don Diego para con sus hijos estaban muy lejos de cumplirse, pues don Jaime Ruiz de Castellblanque, heredero de su padre y titular del mayorazgo de Torrebaja (Castielfabib), junto con sus hermanos menores, don Francisco y don Cristóbal fueron miembros de la partida del célebre bandolero de Algemesí, Manuel Alapont, hasta que formaron su propia cuadrilla, siendo tal su ferocidad que acabó siendo ajusticiado en Madrid por bandolerismo (1672).[5]

Pérez Llorca (1998) recoge el caso de don Jaime Ruiz de Castellblach, del estudio sobre el bandolerismo (de los siglos XVI-XVII) que hizo Sebastián García Martínez (1991), el cual dice que el señor de Torrebaja “fue uno de los más patéticos, aunque, a la vez, más característico del turbulento discurrir del barroco valenciano”. Según parece, “don Jaime ya figuraba entre los bandoleros más buscados en una crida preconizada por el arzobispo-virrey Urbina en 1650 –esto es, pocos años después de recibir la herencia de su padre-. En aquellos días acababa de unirse, junto con sus hermanos [Francisco y Cristóbal] a la partida de Manuel Alapont, pero no tardaría en independizarse y en actuar por su cuenta”. Su lista de fechorías es larga, pues “tras casi veinte años de andaduras y con más de ciento ochenta muertes a sus espaldas, don Jaime trató de conseguir el perdón del rey poniendo en manos de la justicia a don Manuel de Córdoba, implicado –al parecer- en un atentado fallido contra don Juan José de Austria” –a la sazón bastardo de Felipe IV (1621-65), y por ende hermanastro del rey don Carlos II el Hechizado (1661-1700)-. Pensó que la denuncia le serviría de garantía, razón por la que se presentó en la Corte, pero “fue prendido y procesado”. La sentencia se cumplió mediante degollamiento, “que tuvo lugar el 14 de febrero de 1672 en la Plaza Mayor de la villa y Corte” (Madrid). Según el mismo texto, cuando fue ajusticiado don Diego tenía 76 años, luego había nacido en 1596, pero “su ancianidad y decrepitud” no le valieron... Su muerte adquiere el valor simbólico de un final de época, pues con él acabó la “criminalidad nobiliaria” que tan intensamente afectó a la violenta sociedad de su tiempo; en especial durante la mitad del siglo.
Ante lo expuesto cabe preguntarse por las causas o razones que llevaron a don Diego y sus hermanos a convertirse en bandoleros, siendo como era titular del mayorazgo de Torrebaja y habiendo pensado sus hermanos entrar en religión. Aparte de la inclinación personal que pudieran sentir por el tipo de vida que eligieron, o al que se vieron empujados, y desconociendo en principio las circunstancias concretas que les llevaron a ello, hemos de pensar que el mayorazgo de Torrebaja no debía ser muy productivo, pues, de haberlo sido, tal vez no se hubieran hecho malhechores. De hecho, el lugarcillo de Torrebaja, sito en la jurisdicción de Castielfabib, según el censo de población de la diócesis de Segorbe, durante todo el siglo XVII no tuvo más de 30 casas, equivalente a unos 150 habitantes (contando 5 moradores por vivienda).[6]
Sin embargo, rastreando en la bibliografía hemos hallado las causas probables que indujeron al señor de Torrebaja hacia la vida delictiva. Según García Martínez (1991), don Diego despeñó “por una sima a un clérigo llamado mosén Ignacio, que había raptado a la criada de un tío suyo y robado las alhajas familiares”; por este recurso a la violencia y la tendencia a tomarse la justicia por su mano en las ofensas personales o familiares, tan propio en la mentalidad de la nobleza de entonces, y por haber cobijado a unos bandoleros, “la justicia arrasó su casa en 1648, tras lo cual se lanzó al monte”. [7] Y añade una cita de Maura Gamazo (1911-15), que dice: “... y como todos los de su profesión –se refiere a los delincuentes y bandoleros- en aquella época fue a veces perseguido y a veces tolerado y aun utilizado por las autoridades” –hecho que explica la situación socio-política del momento histórico, a mediados del Seiscientos-.[8]

Con todo y haber hallado una probable explicación al caso concreto de la actuación delictiva de don Jaime Ruiz de Castellbalnque, no debemos descuidar el estudio de las causas generales que impulsaron las bandas de “roders” en el reino de Valencia por entonces: inundaciones, escasez de grano, hambruna y pordiosería, marginación social y revueltas campesinas contra los impuestos, facilidad para llevar armas blancas y de “chispa”, la escasez de guardias para enfrentarse a los malhechores, la falta de leyes adecuadas y la pugna de las distintas justicias, en especial durante la primera mitad, tras la superación de la llamada “crisis (general) del siglo XVII”. Pero el bandolerismo no afectó sólo a las clases menos favorecidas, como fuera de pensar: pues, la propia nobleza campesina y grandes terratenientes tuvieron, fomentaron o protegieron a bandas armadas con fines personales, para agredir o defenderse de otras familias (venganzas, ofensas de honor, banderías con carácter de vendettas mafiosas, etc.), hasta el punto de que la propia justicia, pese al endurecimiento de las penas y la voluntad de los virreyes (alguno de los cuales también estuvo implicado en estas partidas), no podía con ellos: visto así, “el primer tercio del siglo debe considerarse como un periodo preparatorio de la gran agitación delictiva y bandolera de los años centrales de la centuria” (Pérez Llorca, 1998).

Volviendo a la edificación, cabe decir que aunque casa y torre constituye una unidad arquitectónica, en la actualidad se halla dividida entre cuatro propietarios, que la adquirieron de otros compradores, tras la venta de los Ruiz de Castellblanque: la última titular de este nombre fue doña Juana Casaus de Castilblanque, que en la segunda mitad del siglo XIX vendió tierras y casas a los colonos del lugar.[9]

La bibliografía tampoco se prodiga en informar sobre la Casa Grande y torreón de Los Picos, señalándose que no obstante que (1953):
  • Tiene torre y un lienzo de muralla con almenas. El escudo de piedra que surmontaba la puerta principal se desprendió o fue destruido. Hasta hace poco tiempo, todavía quedaba del escudo la corona de barón, pero hoy no queda rastro alguno”. Y se añade que “En el techo de la escalera se halla pintado a la cola un gran escudo cuartelado [...] Dicho escudo [...] Se halla dividido en cuatro cuarteles en cruz y representan: cinco torres, la del centro entre dos lises; un leopardo que apoya su garra derecha sobre un mundo; un caballo ensillado y, [...] las cuatro barras amarillas sobre campo encarnado [...]”. Y continua: “En las paredes de la escalera hay cuatro grandes dibujos a lápiz, [...], que se refieren, uno de ellos al sitio de Barcelona en 1713. Los otros tres son pasajes del Viejo y Nuevo Testamento.[10]

Dichas pinturas y dibujos fueron conocidos por mí, y las recuerdo de niño: eran cuatro grandes paneles, ocupando casi la totalidad de los muros internos, hallándose por encima de la escalera, que discurría bordeando el interior de la casona hasta la segunda planta. Recuerdo también el escudo, singularmente un caballo blanco ensillado y el leopardo con una bola en la garra, pintados con vivos colores sobre el techo alto, que formaban parte del escudo del señorío, similar al que puede verse en la ermita de San Roque (barrio de Los Pajares).[11]

En la época en que se escribieron estos textos (1953), “todas estas pinturas fueron renovadas”, lamentándose el autor, pues “ello equivale a sacrificar su misma esencia, esto es, su sabor histórico”, manifestando que “Las pinturas deben quedar como fueron hechas, con lo que se evita que manos caprichosas añadan o quiten a placer”.[12] Lo cierto, sin embargo, es que estas pinturas y dibujos no fueron renovados, sino destruidos, pues de ellos no queda más que el recuerdo. Se hallaban en la Casa Grande, exactamente en lo que hoy es la tercera vivienda, según contamos desde la parte baja.
El mismo autor dice que “Cuando los señores de Torre Baja vendieron el pueblo a los colonos, la Casa Señorial quedó en poder de los administradores”; de hecho, “la familia de don Francisco Valero adquirió de los últimos señores de Torrebaja grandes propiedades, entre ellas el Castillo o Palacio señorial”,[13] añadiendo que a principios del siglo XX (1910), el conjunto “fue adquirido por don José Sánchez a los herederos de don Joaquín Valero”.[14]

Referente a los administradores de los últimos señores de Torrebaja, el mismo autor dice, aun sin poder confirmarlo, “que un hijo de éstos, don Francisco Valero, pereció en la torre víctima de los azares de la (última) guerra carlista” (1872–1876).[15] En correspondencia con lo anterior, en un documento que recoge la relación de los prisioneros carlistas que se rindieron en el Castillo del Collado (Alpuente), en el que se reseña la clase, edad y pueblo de naturaleza, tomada del Boletín oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, el miércoles 11 y viernes 13 de agosto de 1875 (números 18 y 19), aparece el Capitán don Juan Valero Arnau, de 40 años, natural de Castielfabib, provincia de Valencia, propietario. En el mismo listado figura don José Esparza Esparza, de 24 años, natural de Torrebaja, provincia de Valencia, jornalero. Un una nota final se dice: “El capitán carlista D. Juan Valero (Arnau), comprendido en esta relación, murió en Liria (Valencia) hoy día de la fecha”.[16] El mismo autor, en capítulo previo, donde se relata la toma del fuerte del Collado (Alpuente), recoge una nota que dice:
  • <<Algunos de los defensores debieron intentar huir, por cuanto sabemos –dice Melchor Ferrer- que el capitán D. Juan Valero Arnau murió asesinado en Silla (Valencia), cuando su caballo cayó muerto, en desesperada carrera. El capitán Valero pertenecía a la compañía fija de El Collado>>. Y en una nota, añade que “el capitán Valero nació en Castielfabib y sirvió en el ejército del Centro, mandando la compañía fija del Collado, en 1875”.[17]

Con anterioridad a la Guerra Civil española (1936-39), el torreón de Los Picos fue cuartel de la Guardia Civil, y durante la guerra sirvió de acantonamiento para los Guardias de Etapas.

En suma: la Casa Grande y el torreón de Los Picos constituyen un emblema del pasado señorial de Torrebaja (Valencia), que fue desde sus inicios un pequeño lugar o caserío en la jurisdicción de Castielfabib. Aunque muy retocada, la casona solariega resulta el paradigma de lo que fue la pequeña nobleza terrateniente en el Rincón de Ademuz, además de una buena muestra de la arquitectura tradicional en la zona. Por lo demás, resulta indudable que la sencilla torre actual no es la originaria que diera nombre al pueblo –Torrebaja (Torre Hondonera), por confrontación a Torrealta (Torre Somera)- pues debió haber otra anterior, cuya hechura tendría mas carácter defensivo que de orgullo señorial. Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).


[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Análisis del testamento de don Diego Ruiz de Castellblanque, señor de la Torre Baja del Villar de Orchet, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2007, vol. I, pp. 341-351.
[2] GUITART APARICIO, Cristóbal. Los castillos turolenses, Edita el Instituto de Estudios Turolenses (CSIC), Zaragoza, 1987, pp. 70-71.
[3] AGUILAR Y SERRAT, Francisco de Asís. Noticias de Segorbe y su obispado..., Segorbe, 1890, tomo I, párrafo 222, pp. 216-217. SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Iglesias y ermitas del Rincón de Ademuz, origen y desarrollo histórico, en: Del paisaje,..., Valencia, 2007, vol. I, p. 147.
[4] Ibídem, p. 359.
[5] PÉREZ LLORCA, Pablo. Reflejos en la cultura del seiscientos. La violenta agonía del héroe, en: Espills de Justicia, Valencia, Edita Fundació General de la Universidat de València, Valencia, 1998, pp. 171-172.
[6] CÁRCEL ORTÍ, Mª Milagros. Relaciones sobre el estado de las diócesis valencianas, Edita Generalidad Valenciana, Valencia, 1989, vol. I, pp. 246-247.
[7] GARCÍA MARTÍNEZ, Sebastiá. Valencia bajo Carlos II: bandolerismo, reivindicaciones agrarias y servicios a la monarquía, Ayuntamiento de Villena, 1991, p. 166.
[8] MAURA GAMAZO, Gabriel. Carlos II y su corte, Librería de F. Beltrán, Madrid, 1911-15, p. 100.
[9] ID. Estudio de la aparcería en la Torrebaja señorial, en: Del paisaje,..., Valencia, 2007, vol. I, pp. 355-359.
[10] BADÍA MARÍN, Vicente y PÉREZ TARÍN, José Alejandro. Torrebaja, mi pueblo, Edita Ayuntamiento de Torrebaja, Valencia, 1953, p. 25.
[11] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Rehabilitación del mural de la ermita de san Roque en Torrebaja, en: Del paisaje,..., Valencia, 2007, vol. I, pp. 375-379.
[12] BADÍA MARÍN, Ibídem, p. 25.
[13] Ibídem, p. 84.
[14] Ibídem, p. 24.
[15] Ibídem, 25 y 83.
[16] HERRERO HERRERO, Valeriano. La villa de Alpuente, aportación al conocimiento de un pueblo con historia, Castellón, 1993, 2ª ed., Apéndice IV, pp. 437-444.
[17] Ibídem, p. 219.

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Vista parcial de Torrebaja (Valencia), desde La Palanca.



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Vista parcial de la Casa Grande y torreón de Los Picos de Torrebaja (Valencia).
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Vista parcial de la Casa Grande y torreón de Los Picos de Torrebaja (Valencia).
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Detalle ornamental bolado en el esquinal suroriental del torreón de Los Picos de Torrebaja (Valencia).
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Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), con detalle de la Casa Grande y torreón de Los Picos al fondo (años sesenta).
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Casa Grande de Torrebaja (Valencia), con detalle del torreón de Los Picos, antes de su última restauración.

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Vista parcial de la Casa Grande y torreón de Los Picos de Torrebaja (Valencia), en los años cincuenta (1953).

lunes, 24 de octubre de 2011

EL CENSO ECLESIÁSTICO DE 1878 EN EL LUGAR DE TORREBAJA (VALENCIA).

Torrebaja, una localidad del Rincón de Ademuz 
en la segunda mitad del "Ochocientos".


I.- Amodo de introducción.

A finales de los años setenta del siglo XIX el lugar de Torrebaja ya se hallaba constituido como municipio independiente de Castielfabib (Valencia), gozando de Ayuntamiento propio y un ajustado territorio, basando su término en los límites del antiguo mayorazgo de los Ruiz de Castellblanque. Por entonces ya se la había agregado también el escueto término de Torrealta, territorio limítrofe por el norte, asimismo de origen señorial, éste en la jurisdicción de Ademuz y que había pertenecido a los Garcés de Marcilla turolenses. El pequeño lugar de Torrebaja también disfrutaba de templo -Santa Marina de Jerusalén-, cuya parroquia se hallaba separada de la de Torrealta –Santa Ana-, siendo ambas de fundación patronal, a las que consta la visita de los obispos de Segorbe desde los años treinta del siglo XVI, cuando Torrealta era conocida como Torre somera y Torrebaja como Torre hondonera, en tiempos del obispo don Gaspar Jofre de Borja (1534).[1]


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Vista parcial de Torrebaja (Valencia), desde el antiguo puente del Ebrón (años 60, principios).

El propósito del presente trabajo es examinar el censo eclesiástico del lugar de Torrebaja, parroquia de la diócesis de Segorbe, según la memoria del párroco don José Aznar (1878), compuesta con motivo de la visita del obispo, don Mariano Miguel Gómez (1876-1880).[2] El informe posee múltiples puntos de interés, singularmente el poblacional, permitiéndonos observar además el protocolo que se seguía con motivo de este tipo de inspecciones pastorales. Según veremos, el párroco, los señores del Ayuntamiento y la casi totalidad de los vecinos acudieron a recibir al prelado “al otro lado del río, Blanco o Turia donde (el río) divide término” con Ademuz. Allí le dieron la bienvenida y ofreciéndole sus respetos regresaron al pueblo, “acompañándole hasta la puerta de la Iglesia Parroquial”. Es de suponer que el obispo vendría montado a lomos de alguna caballería, pues se trataba de un camino de herradura, siendo ésta la forma más común de transporte entonces. Una vez en la iglesia, el señor obispo “adoró, besó é incensó un crucifijo de plata que había preparado al efecto en una mesa altar”. Asimismo, veremos al párroco cantar una antífona, en tanto el obispo se reviste de pontifical –anillo, mitra y báculo-: la entrada en el templo tuvo la solemnidad acostumbrada, con el prelado bajo palio, portado éste por los señores del Ayuntamiento, mientras se entonaba un Te-Deum en acción de gracias. A continuación, el prelado hizo un recorrido por el tempo: visitó el Santísimo Sacramento, que se hallaba reservado en el viril y copón, con el que dio la bendición –more episcopali- al Pueblo. La visita continuó con la “absolución de los difuntos” y la inspección de la “pila bautismal, los santos óleos y crisma, los altares y Sacristía”. Posteriormente predicó “un notable sermón […] que el Párroco leyó en la función del mes de María”.


Al día siguiente por la tarde, administró el “Santo Sacramento de la confirmación a los niños y niñas”. Lo habitual era hacerlo por la mañana, pero no lo hizo “porque predicó en la misa conventual sobre el misterio de la Ascensión del Señor que la Iglesia celebraba en ese día”. Otros puntos de interés fueron los propiamente burocráticos, como la inspección del “Estado personal y cumplimiento de Parroquia”, el examen de la contabilidad del “Curato”, la “Administración de almas”, la “Celebración cantada y rezada”, las “Misas testamentarias”, los “Oficios”, “Hermitas” y el análisis de “Cuenta de los derechos de Defunción y Nuncio de los adultos fallecidos”, con el que concluye la Santa Visita.


Los obispos de Segorbe o sus vicarios giraban visitas pastorales por la diócesis con cierta regularidad, de esta forma la autoridad diocesana tomaba contacto con las parroquias de su circunscripción, con el objeto de recabar la información precisa para cumplimentar las Relaciones de las visitas ad limina Petri el Pauli Apostolorum que cada cinco años debían hacer obligatoriamente a Roma, para informar al Papa del estado espiritual y material de la diócesis, a la vez que venerar las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo.[3] A los efectos del trabajo propuesto, conviene saber que según el censo del año anterior (1877) poblaban entonces el lugar de Torrebaja unas 769 almas (incluida Torrealta), cuando el Rincón de Ademuz se hallaba habitado por unos 9.524 habitantes, lo que suponía el 8,07 % del cómputo comarcal.

El padrón diocesano de 1852, pontificando en Segorbe el obispo don Domingo Canubio y Alberto (1847-1864), se hizo por parroquias, Torrebaja censó 140 vecinos (unos 700 hab.) y Torrealta 25 vecinos (unos 125 hab.). Para tener un punto de referencia posterior reseñamos el censo de población de las parroquias de Segorbe de 1885, que se hizo por casas, lo que plantea el mismo problema metodológico que cuando se hace por vecinos. En este registro Torrebaja censó 205 casas (unos 820 hab.) y Torrealta 40 casas (unos 160 hab.).


torre-torrebaja-iglesia
Iglesia parroquial de Torrebaja (Valencia), fachada de levante (2009).

II.- Trascripción documental, análisis y comentario.

El manuscrito base del estudio es un cuadernillo compuesto de 8 folios (recto y vuelto) más las tapas y cosido con hilo, en el que sólo están escritos las cinco primeros. Concluye con la firma y rúbrica del párroco [José Azar, Pbro.], datado en Torrebaja a 29 de mayo de 1978. Posee una nota del secretario y la firma y rúbrica del señor obispo [Mariano, Obispo de Segorbe] junto al sello episcopal, y dice lo que sigue:
  • En el día veintinueve de Mayo de mil/ ochocientos setenta y ocho, haciendo la Santa Visita/ de toda la Diócesis el Ilustrísimo y Revmo. Sor. Dr/ D. Mariano Miguel Gómez, Obispo de Segorbe, lle-/ gó á este Pueblo, entre seis y siete de la tarde, acom-/ pañado del Párroco, Señores de Ayuntamiento y de/ casi todos los vecinos que salieron a recibirle al otro/ lado del río Blanco ó Turia donde divide el término:/ y, presentándole los honores correspondientes, continuaron/ acompañándole hasta la puerta de la Iglesia Parroql./ en donde, flexis génibus, adoró, besó é incensó un cruci-/fijo de plata que había preparado al efecto en una/ mesa altar. Habiéndose revestido con los ornamentos pon-/ tificales, mientras el Párroco, revestido con capa blan-/ ca, cantó la antífona Sacerdos et Pontifex&., entró/ S.S. Ilma., en la Iglesia bajo de palio que llevaban/ los Sres., de Ayuntamiento cantándose al mismo tiempo/ el Te= Deum. Hizo la visita del Santísimo Sacramen-/ to reservado en el viril y copón y dio la bendición al/ Pueblo con Aquel, more episcopali. Acto continuo hizo/ la absolución de los difuntos, pasando luego á visitar la/ pila bautismal, los santos óleos y crisma, los altares y/ Sacristía. Después de haber tomado un corto descanso,/ predicó S.S. Ilma., un notable sermón sobre el único pun-// (fol. 1v) to de meditación que el Párroco leyó en la funcón del/ mes de María. Por último, al día siguiente, día treinta/ administró por la tarde el Santo Sacramento de la Con-/ firmación á los niños y niñas, no habiéndolo hecho por la/ mañana porque predicó en la misa conventual sobre el/ misterio de la Ascensión del Señor que la Iglesia ce-/ lebraba ese día.


1) Respecto al “Estado personal y cumplimiento de Parroquia”: Para una mejor comprensión del análisis cualitativo debemos explicar que:
Cuando se dice de “Vecinos” se está refiriendo a los individuos que son “cabeza de familia y pagan impuestos”, concepto equivalente al más antiguo de “chimeneas”, “fuegos” o “casas” de los censos pretéritos. De esta forma, un vecino implica uno o más habitantes, el padre, la madre y varios hijos, incluso criados. En este caso, la relación Almas/Vecinos [637:193= 3,3] equivale a 3,3 almas por casa o vecindad, lo que supone una tasa aparentemente baja para la época.
Cuando se dice de “Almas” se está refiriendo a personas, esto es, habitantes de hecho.
Cuando se dice de almas de “no-comunión” se está refiriendo a personas/ habitantes que todavía no han hecho la primera comunión, versus que no han alcanzado la edad de la razón. El establecimiento de dicha edad resulta comprometido, por haber variado entre los 9-14 y más años, según las épocas, lugares y responsables religiosos.
Cuando se dice de almas de “comunión” se está refiriendo a personas/ habitantes que ya han hecho la primera comunión. Cuando se dice que “han cumplido” se refiere a que “han cumplido con parroquia”, esto es, que han cumplido con los preceptos pascuales de la Santa Madre Iglesia, lo que supone haber confesado y comulgado al menos una vez al año.


parroquia-torrebaja-valencia
Copia de la primera página del Manuscrito del informe para la Santa Visita Pastoral a Torrebaja (1878), realizado por don José Aznar (1869-1895), parroco del Lugar.

El análisis cuantitativo de las cifras expuestas permite ver que el “Número de Almas” es de 637, cifra equivalente a la suma de almas de “no-comunión” y almas de “comunión” [217 + 420= 637], cuyo monto supone el total de habitantes del Lugar. Del mismo modo, si admitimos como cierta la hipótesis propuesta para las almas de “no-comunión”, aceptaremos que más de la mitad de los habitantes tenía menos de 9-14 años.
Según el registro, el año 1878 “cumplieron” con parroquia 340 almas, cifra que debe deducirse de las almas de “comunión” [420-340= 80], de donde obtenemos el número de almas/personas/habitantes que han dejado de cumplir con parroquia.
Asimismo, resulta del mayor interés la relación y cómputo de los que “han dejado de cumplir” con parroquia por estar ausentes, viendo que:
  •  “por motivos de milicia” hay 12 personas.
  •  “por motivos de estudio” hay 2 personas.
  •  “Por ganarse el sustento conduciendo maderas por los ríos” hay 24 personas, diciéndonos de una arriesgada actividad que fue muy común entre la gente del Rincón de Ademuz en otro tiempo, transportando maderas por el río Turia, hasta Valencia.[4]
  • Por hacer largas salidas á pedir limosna” hay 4 personas, informándonos de la existencia de individuos a los que podría calificarse de “pobres de necesidad”, gente menesterosa que debía salir de la localidad para buscar el sustento pidiendo.
  • Dementes” hay 2 personas, concepto bajo el que podría englobarse a los individuos trastornados (perturbados, desequilibrados y locos en general), empleado aquí de forma inexacta, pues la demencia no es propiamente “locura”. [5] ¿Por qué coloca el párroco a los “dementes” entre los que han dejado de cumplir con parroquia? Sencillamente, porque las personas en esta situación difícilmente podían confesar y por consiguiente comulgar.
  • Sordo-muda” hay 1 persona, situación o estado personal que también impedía substancialmente la confesión y la comunión.
  • privados de conocimiento” hay 3 ancianos, a los que su situación mental impedía la confesión y la comunión. Dicha expresión correspondería al sujeto específicamente “demente” arriba comentado.


Observamos que de los 80 individuos incumplidores hay 48 que han justificado su falta de cumplimiento por ausencia o impedimento mayor (enfermedad), de donde surgen 32 personas que “Han dejado de cumplir sin causa justificada”: [80 – 48= 32].


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Sello episcopal del obispo de Segorbe -don Mariano Miguel Gómez (1878)- en los libros sacramentales de Torrebaja (Valencia).


2) Respecto a la contabilidad del “Curato”, dice el registro:
  • Hay  en esta Parroquia un curato perpetuo que poseyó D. Anto-/ nio Valero y Soriano desde el 9 de Noviembre de 1816 hasta el 29 de Marzo de 1867 en que pasó á mejor vida. Le sucedió/ el Pbro. D. Dionisio Tortajada ahora difunto: el cual estuvo en calidad de Regente desde el 1º de Abril de dicho año 1867 hasta/ el 30 de Marzo de 1868, en que reemplazado por D. Benito Boné, actual Ecónomo de Santa Cruz, que estuvo de Regente/ hasta el 8 de Febrero de 1869 en que le sucedió el Pbro. D./ José Aznar que posee en la actualidad dicho curato con ins-/ tución canónica; colación y posesión.// Tuvo el Cura de esta Parroquia, entre las demás obligaciones, la general y comun de aplicar la misa pro pópulo en/ todos los domingos y fiestas del año, incluso las suprimidad/ y en el día 18 de Junio en que se celebra la fiesta de la Titular/ y Patrona Santa Marina V.// En los años que se visitan que son doce próximamente, á/ saber; desde el 4 de Julio de 1866 hasta el 29 de Mayo de/ 1878, han debido celebrar los Curas y Regentes 1021 misa/ distribuidas en la forma siguiente:


Relación de misas "pro populo" en la iglesia de Torrebaja (4 de julio 1866-29 de mayo 1879).
Curas y Regentes
Misas
Sr. Cura difunto [don Antonio Valero y Soriano]
60
Ecónomo D. Dionisio Tortajada
85
Idem. D. Benito Boné
77
Actual Cura Párroco [don José Aznar]
799
Total de misas pro pópulo
1.021
Elaboración propia (2011).

 Y termina diciendo:
  • Consta por los racionales haberse celebrado en los años que/ se visitan 946 (misas), habiendo por tanto un déficit de 85 (misas) que/ son las pertenecientes al Ecónomo D. Dionisio Tortajada, que,/// aunque las celebrara, como es de suponer, no dejó en la Parro-/quia racional ni nota alguna de su descargo.

 Parece haber un desliz en la contabilidad de los libros “racionales”, pues si sumamos las misas del cura difunto (60), las de don Benito Boné (77) más las del actual cura párroco (799), obtenemos 936 misas [60 + 77 + 799 = 936], cuando los racionales dicen de 946, diez más de las realmente celebradas. Si a esta cifra le restamos la totalidad de las misas que han debido celebrarse durante los 12 años que se visitan (1.021), comprobaremos que las misas previsiblemente celebradas por don Dionisio Tortajada son ciertamente 85 [1.021 – 936= 85].
Por lo demás, llama la atención la extensión temporal del curato de don Antonio Valero y Soriano, que regentó la parroquia de Torrebaja durante más de medio siglo (51 años), y la del cura actual, don José Azar, que llevaba casi una década (9 años), en contraste con los dos curas intermedios, que estuvieron alrededor del año (11 y 13 meses, respectivamente).


3) Respecto a la “Administración de almas”: No han llegado hasta nosotros los llamados libros “racionales” de la parroquia de Torrebaja, pero sí los Quinque libri o libros sacramentales (Bautismo, Confirmación, Casamiento, Defunción y Excomunión). La partida más antigua de Bautismos que se conserva data del año 1851; la de Confirmaciones, del año 1865; la de Matrimonios y Defunciones, del año 1852. Está completa la serie de libros de Bautismos, Confirmaciones, Matrimonios y Defunciones desde estas mismas fechas. No existen documentos notables ni libros de valor extraordinario.
4) Respecto a la “Celebración cantada y rezada”: Había en la parroquia la obligación de celebrar 24 misas cantadas, entre “Doblas y Aniversarios” y 70 rezadas, “pero atendidas las vicisitudes por que/ han atravesado los bienes del Clero –se refiere alas desamortizaciones- hace ya años que/ no se descargan estas obligaciones”, quedando a cargo del Estado.
5) Respecto a las “Misas testamentarias”, dicho epígrafe aparece en blanco, indicando la inexistencia de este tipo de misas, tan comunes en tiempos pretéritos.
6) Respecto a los “Oficios”: Vemos que había en la parroquia la costumbre de celebrar un Septenario (Virgen de los Dolores), Misereres (en Cuaresma) además de Salves y Responsos, cuyo coste se cubría con ciertos bienes que por entonces ya se habían vendido.
7) Respecto a las “Hermitas”: Censa dos ermitas en el término parroquial –San José (en Los Villares) y San Roque (en “Los Pajares” de Castielfabib), ubicándose la última, no obstante, fuera del término municipal. Eran ermitas pobres, pues ambas carecían de bienes, incluso los ornamentos de las celebraciones debían llevarse de la parroquia. La costumbre antigua era celebrar en estos santuarios en la onomástica del santo, y en las rogativas.
8) Respecto a la “Cuenta de los derechos de Defunción y Nuncio” de los adultos fallecidos en la Iglesia Parroquial de Torrebaja desde la Santa Visita girada [4 de Julio de 1866]:
Basándonos en la relación de difuntos podemos efectuar un estudio antroponímico, para ver los nombres, apellidos y sexo de los enterraos “amore Dei” en Torrebaja durante el periodo histórico (1869-1878). Para el estudio se excluyen los dos pobres transeúntes, uno de Ademuz y otro de Liria (Valencia).
Acerca de los nombres, por orden alfabético y de frecuencia: Agustina, Ildefonso, Joaquín, José, Juan Antonio, Julián, Ramón, Rosa, Rosalía, Santiago, Valentina y Vicente (1), Antonia, Antonio y Manuel (2), Francisca y Josefa (3), y María (5).
Acerca de los apellidos, por orden alfabético y de frecuencia: Andrés, Eslava, Bea, Bonilla, Calvo, De la Torre, Esparza, Garcés, Gimeno, Lázaro, Lorente, Luis, Muñoz, Pérez, Rodríguez, Romero, Tortajada y Valdecebro (1), Arnalte, Blasco, Cañizares, Gómez, Morales y Pastor (2).
En cuanto al sexo, figuran: 17 mujeres y 12 hombres.


En el periodo de estudio el total de adultos fallecidos fue de 110, cifra de la que se restan los 31 fallecidos y enterrados “amore Dei”, esto es, por caridad y no cobrados. De ahí los 79 adultos fallecidos y cobrados. Dicha cifra la multiplica por el precio estipulado para este tipo de entierros (2 reales + ¾) de donde salen 158 reales + ¾. A esta cifra le suma 59 + ¼ de donde obtiene la cantidad de 217 + ¼, a la le añade 13 + ¾ (del anterior curato), de donde se obtiene un total de 231 reales. Pues 217 + 13= 230 + (¼ + ¾) = 231 reales.
El informe está datado en Torrebaja, a 29 de mayo de 1878, y lo firma José Azar, Presbítero.
Por debajo de la firma del párroco hay una diligencia del secretario de la Visita, junto con la firma del prelado y el sello episcopal, que reza:

+ DR. D. MARIANUS MIGUEL GOMEZ, DEI ET SANCTAE [ASG] EPISCOPUS SEGOBRICENSIS.


El obispo don Mariano fue después designado para la sede de Vitoria (1881) y falleció en Valladolid, siendo arzobispo de esta archidiócesis (1890).

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Firma autógrafa del obispo de Segorbe -don Mariano Miguel Gómez (1878)- en los libros sacrametales de Torrebaja (Valencia).
III.- Acerca de las confirmaciones del año 1878.

La Confirmación es uno de los sacramentos de iniciación en las iglesias cristianas, por el que las personas bautizadas se integran plenamente en la comunidad de los creyentes en Cristo. En el libro de Bautismos de la parroquia de Torrebaja constan los nombres de los confirmandos en el año 1878. Según los documentos fue una administración sacramental multitudinaria e interparroquial, pues se confirmaron niños y niñas de Torrebaja y otros pueblos y aldeas del entorno:
  • En el Lugar de Torrebaja, á los/ treinta días del mes de Mayo de mil ochocientos/ setenta y ocho, haciendo la Santa Visita el Ilmo. Sor./ Dr. D. Mariano Miguel Gómez por la gracia de Dios/ y de la Santa Sede Apostólica Obispo deSegorbe ad-/ ministró en esta Parroquia el Santo Sacramento de/ la confirmación á los siguientes, siendo padrino de/ los niñas D. Francisco Gimeno Martín, Alcalde y/ de las niñas, Engracia Gimeno Esparza, excepto de/ sus dos niñas o hijas./ Y para que así pueda constar lo firmo/ en Torrebaja á primero de Junio de mil ocho-/ cientos setenta y ocho. José Aznar, Pbro. [firma y rúbrica].


Según hemos visto arriba, las confirmaciones tuvieron lugar por la tarde del día siguiente de la llegada del obispo a Torrebaja. En total fueron confirmados 201 jóvenes [108 niños y 93 niñas], la mayoría de la parroquia Torrebaja, pero también los había de otros lugares, como Torrealta, Los Santos (Castielfabib), El Cuervo y Libros (de la diócesis de Teruel) y Val de la Sabina (Ademuz). Como padrinos actuaron don Francisco Gimeno Martín, alcalde de Torrebaja (1877-1879) y su esposa, que lo fueron de todos los confirmandos, menos de sus hijas. La relación se hace por sexos, reseñando el nombre y apellidos de cada uno, seguido del nombre de los padres. Gracias a tan detallada relación podemos ver que entre los niños y niñas que recibieron al Confirmación ese día se hallan muchos de los predecesores de los actuales torrebajenses, cuya relación serviría para un amplio estudio antroponímico.

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Don Mariano Miguel Gómez, obispo de Segorbe (1876-1880).

IV.- A modo de epílogo.

La visita del obispo de Segorbe -don Mariano Miguel Gómez (1876-1880)- al Lugar de Torrebaja en mayo de 1878 se produjo en el contexto de la Santa Visita que el prelado giró por la Diócesis en su corto pontificado, cuya estancia quedó registrada en los libros sacramentales (Quinque libri) de la parroquia.[6] Del protocolo de la visita cabe destacar el recibimiento del vecindario -párroco, señores del Ayuntamiento y feligresía- que acudió a recibir al prelado “al otro lado del río Blanco o Turia”, el regreso de la comitiva al pueblo y la llegada a las puertas del templo, así como las ceremonias propias de la Visita. Resultan de interés los cánticos entonados: una antífona –Sacerdos et Pontifex- forma musical y litúrgica propia de la tradición cristiana, en este caso entonada por el párroco, y un Te-Deum, uno de los himnos cristianos más antiguos, utilizado para dar gracias a Dios, utilizado en momentos de celebración especial, como era el caso. Finalmente, el prelado “hizo la absolución de los difuntos”, y visitó la pila bautismal, santos óleos y crisma, altares y sacristía, para comprobar su estado.
Las cifras poblacionales del censo parroquial resultan de gran interés, pues este tipo de vecindario carece del margen de ocultación propio de los llevados a cabo por las autoridades civiles con finalidad fiscal. Sin embargo, plantean diversos problemas metodológicos, como el establecimiento de la edad “de comunión” y “no comunión” (lo que sirve para establecer el segmento de población infantil, habitualmente numeroso), y el concepto de “Alma” y “Vecino”, más sencillos de dilucidar.
De los epígrafes del “Estado personal de cumplimento de Parroquia” destaca la existencia de 24 personas, que se hallaban fuera de la localidad “Por ganarse el sustento conduciendo maderas en los ríos”, aludiendo a los “gancheros” actividad frecuente en las gentes del Rincón de Ademuz durante siglos; y la de 4 personas, asimismo ausentes “Por hacer largas salidas a pedir limosna”, lo que nos dice del estado de necesidad de algunos paisanos. Y los 32 que “Han dejado de cumplir sin causa justificada”, digamos los “alejados” de la Iglesia o bautizados no practicantes, que suponen el 7,61% de las almas “de comunión” y el 5,02% del censo.
Entre los párrafos del “Curato” destaca el que dice de las obligaciones del cura de la parroquia de Torrebaja que, además de las habituales tiene la “general y común de aplicar la misa pro populo en todos los domingos y fiestas del año, incluso las suprimidas y en el día 18 de Junio en que se celebra la fiesta de la Titular (del templo) y Patrona (de Torrebaja) Santa Marina V”. En el mismo apartado se informa de los curas habidos en la localidad, cuyos curatos abarcan desde mitad de la segunda década del siglo (1816) hasta la segunda mitad de los años setenta de la misma centuria (1878), llamando la atención el de don Pedro Antonio Valero y Soriano (1816-1867), “que pasó a mejor vida” el 29 de marzo de 1867, a la edad de 82 años, siendo inhumado en el antiguo cementerio de “Santa Bárbara”.
Resulta de interés la “Cuenta de los derechos de Defunción”, que se refiere a los adultos fallecidos en la iglesia parroquial de Torrebaja en el periodo visitado (1866-1878). Según vemos, en dichas cuentas no entran los niños o párvulos (menores de cinco años). Durante los 12 años que se visitan hubo 164 fallecimientos (unos 13,7 adultos por año), de los que 36 fueron enterrados “amore Dei”, por amor de Dios o por caridad, esto es, sin cobrar el cura estipendio alguno por ellos. La contabilidad parroquial lo deja bien claro, pues, dada la precariedad de los tiempos, ello iba en perjuicio del párroco, que veía limitadas sus ya escasas rentas. Por la “Administración de almas” vemos que el párroco completaba su sustento “de lo que la caridad de los fieles (daba) en las calles, hornos y cepillo”, y de lo percibido por las misas de encargo. Además, el párroco tenía obligación de celebrar cierto número de misas al año: 24 cantadas, “entre Doblas y Aniversarios” y 70 rezadas. Pero dadas “las vicisitudes por qué han atravesado los bienes del Clero (refiriéndose a las desamortizaciones), hace ya años que no se descargan estas obligaciones”, expresando que por esta razón deben quedar “á cargo del Estado”.
Referente a las ermitas que censaban en la parroquia –San José y San Roque-, vemos que ya entonces eran pobres, pues “Ninguna de ellas tiene alhajas ni ornamentos. Todo tiene que llevarse de la Parroquia en los días de Rogaciones” y otros en que era tradición celebrar, como también sucede en la actualidad. En cuanto al estudio antroponímico de los fallecidos y enterrados “amore Dei” en Torrebaja durante el periodo objeto de estudio vemos que hubo 17 mujeres y 12 hombres. Los nombres más frecuentes entre las mujeres fallecidas fueron: María (5), Francisca y Josefa (3), y entre los hombres: Manuel (2). Respecto a los apellidos, los más abundantes fueron: Arnalte, Blasco, Cañizares, Gómez, Morales y Pastor (2). La mayoría de los nombres y apellidos todavía siguen vigentes entre la población. Por frecuencia, según mes del año: octubre y diciembre (5), mayo (4), enero, abril y junio (3), marzo y agosto (2), febrero, julio, septiembre y noviembre (1). De donde vemos que la estación en que más fallecidos (y enterrados “amore Dei”) hubo fue otoño e invierno, seguida de la primavera, lo que podría servir para relacionar la climatología con el estado de necesidad y condiciones de vida de estas personas.
Referente al monetario, vemos que para la contabilidad se utilizan los reales y su fracción, aunque la peseta ya era oficial desde la década anterior (1868). Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).



NOTAS:
[1] AGUILAR, Francisco de Asís. Noticias de Segorbe y de su obispado por un sacerdote de la diócesis. Segorbe, 1890/Valencia, 1975, vol. I, párrafo 222, Pp. 216-217. SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. “Iglesias y ermitas del Rincón de Ademuz, origen y desarrollo histórico”. Ababol 35 (2003) 30-35 y Ababol 36 (2003) 21-27. Id., “Iglesias y ermitas del Rincón de Ademuz,...”. En Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2007, vol. I, pp. 145-152.
[2] Don Mariano Miguel Gómez era natural de Cervera de Pisuerga (Palencia). Estudió derecho y teología en Valladolid, donde fue rector del Seminario. Consagrado obispo de Segorbe (1876). En cuanto a su pastoral, fomentó la enseñanza de la doctrina cristiana los domingos y festivos, el rezo del Santo Rosario, la frecuencia del sacramento de la penitencia, las conferencias morales y litúrgicas para los sacerdotes, el cuidado del traje talar, la limpieza de las iglesias y el arreglo de las Casas Abadías. Insistió en la importancia del mantenimiento del orden y la pulcritud en los libros parroquiales, los Quinque libri (Bautismo, Confirmación, Matrimonio, Excomunión y Defunción), y revisó los estatutos capitulares. Fue trasladado a la diócesis de Vitoria (1881). Aguilar, Op. Cit., vol. II, Pp. 911-939.
[3] CÁRCEL ORTÍ, María Milagros. Relaciones sobre el estado de las diócesis valencianas, Valencia, 1989, tomo I [Orihuela], p. 15.
[4] ANTÓN ANDRÉS, Ángel. “Ir a la madera”. Ababol 21 (2000) 18-20; Rueda, José. “Documentos del Aureum Opus”. Ababol 22 (2000) 14-20; Blasco Álvaro, Bienvenido. “Los gancheros del Rincón de Ademuz”. Ababol 23 (2000) 10-17. Martínez Alabau, Luciano. “Mi abuelo paterno, ganchero”. Ababol 24 (2000) 11-15; Antón Andrés, Ángel. “Ir a la madera”. Ababol 26 (2001) 11-15; Rubio Herrero, Samuel. Montes y gancheros de la comarca del Rincón de Ademuz, Valencia, 2006.
[5] Conceptualmente, el término “Demente” (Del latín, demens/ -tis), alude a un proceso degenerativo, normalmente progresivo e irreversible de las facultades mentales del ser humano, manifestado por trastornos de la memoria y la atención, empobrecimiento del lenguaje y de la capacidad de cálculo, además de la pérdida de los criterios éticos y sociales del comportamiento.
[6] Concluida al Santa Visita Pastoral, el prelado dio auto general, con los siguientes mandatos: “Que los párrocos ó ecónomos expliquen la doctrina cristiana todos los días festivos antes ó después del rosario, pues la ignorancia es grande; Que fomenten las cofradías, recomendando expresamente la Corte de María; Que se sienten en el confesonario sin necesidad de que los fieles les avisen; Que tengan dos veces al mes conferencias morales y litúrgicas; Que al principio del año se lea desde el púlpito una lista de los bautizados, de los casados y de los fallecidos en el año anterior, para advertir y corregir las omisiones; Que los curas rurales gasten cada año de dos á tres duros en reparar la casa abadía, cuatro los de entrada, y de seis á ocho los restantes, enviando recibo justificativo de haberlo hecho, á secretaría; Que no se fume en las sacristías”. El texto incluye otros preceptos, relativos al traje talar, la limpieza de las iglesias, los inventarios, etc. AGUILAR, Op. Cit., vol. II, pp. 934-935, párrafo 757.