lunes, 14 de noviembre de 2011

FRAY SIMPLICIANO, FRANCISCANO LEGO DE TERUEL.

   A propósito del fraile mendicante que visitaba los pueblos del Rincón de Ademuz, 
pidiendo para el convento de san Francisco en Teruel.


El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.
Ludwig van Beethoven (1770-1827), 
compositor y músico alemán.


            En una homilía durante las pasadas Fiestas Patronales de Torrebaja (Valencia), don Antonio –me refiero a don Antonio Villanueva Hernández (Torrebaja, 1947)- hizo referencia a un fraile lego del convento de San Francisco en Teruel. Hacía mucho tiempo que nadie mencionaba a aquel humilde franciscano, y muy pocos entre los asistentes le reconocerían; sin embargo, cuando el cura preguntó por su nombre varias voces entre la feligresía le nombraron: “Fray Simpliciano, le llamaban fray Simpliciano...” –imposible haber encontrado nombre más apropiado para él, pues su traza e indumentaria reflejaban su mansa condición como hijo del divino santo de Asís.

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Representación de San Francisco en "La Maestá", obra de Giovanni Cimabue (1240-1302) en Asís (Italia).
            El motivo de aludir al franciscano en la predicación vino motivado por la fractura –léase rompimiento o tensión social- que don Antonio había observando en el pueblo: caras largas, distanciamiento y miradas esquinadas entre grupos y personas tras el cambio electoral ocurrido en las últimas municipales del 22-M, en las que los socialistas ganaron las elecciones tras treinta años de gobierno popular.[1] Demostrando su sólida formación pedagógica, el orador hizo una catequesis magistral, recurriendo a sus recuerdos de infancia, en los que aparecía fray Simpliciano sentado en los peldaños de la escalera de un portal frente al café Los Cesáreos de Torrebaja (Valencia):
  • <... el fraile estaba sentado en unos escalones frente al café, era un día de otoño o invierno, y hacía mucho frío. El hombre calzaba abarcas sin calcetines y tenía los pies enrojecidos y llenos de rozaduras, con sabañones y grietas entre los dedos... Recuerdo que me produjo una fuerte impresión, tanto que se lo comenté a mis padres, que fueron a buscarle y le trajeron a casa... Y mi padre –se refiere a don Antonio Villanueva Garrido (+1959), farmacéutico- allí mismo en la botica le curó las heridas con algún desinfectante y le puso unas tiritas en las rozaduras [Sus padres] incluso le ofrecieron unos calcetines, que en su candor el fraile rechazó, alegando que podría ser pecado, pues la norma de su orden le prohibía llevar ese tipo de prendas... Incluso le puso reparo a las tiritas, pensando que quizá le procuraban demasiado alivio a la fría desnudez de sus pies...>

Los recuerdos del predicador tenían una clara intención catequética, esto es, ilustradora y formativa, aludiendo a que si una tirita –la tirita de fray Simpliciano- no bastaba para unir las desavenencias y tensiones entre los vecinos mal andaban las cosas. Como broche de su explicación, don Antonio regaló a los asistentes una tirita, que los monaguillos fueron repartiendo entre la feligresía. Yo todavía guardo aquella tirita, como recordatorio de que si una tirita no es capaz de curar las heridas producidas por las divergencias ideológicas de los vecinos significa que el daño que sufren es grave; como poco de pronóstico reservado...

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Detalle de San Francisco en "La Maestá", obra de Giovanni Cimabue (1240-1302) en Asís (Italia).

Pero la finalidad de mi artículo no es conciliadora ni intermediaria, tampoco moralista, sólo evocadora e historiográfica; pues creo que la imagen del lego pidiendo por las calles de Torrebaja –y otros pueblos del Rincón de Ademuz- refleja el fin de una época, un momento de transición donde lo pasado tendría poco que ver con el porvenir. Mis recuerdos del franciscano son borrosos, pues yo era entonces muy chico; sin embargo, le evoco con un saco al hombro, el cuerpo menudo, la cara enrojecida por el frío, los ojos acuosos y pequeñitos, la vestimenta de sayal ceñida con cordel y un rosario pendiente: un hábito que le venía corto, dejando al descubierto sus pies lacerados, metidos en rústicas abarcas... No obstante, para quien no le recuerde o desconozca la estampa del lego mendicante le recomiendo contemplar “La Maestá” de Giovanni Cimabue (1240-1302) donde aparece una representación del bienaventurado San Francisco, y las pinturas de Giotto di Bondone (1267-1337) donde se personifica su vida y milagros, y le servirán para imaginárselo mejor. Igualmente, sugiero ver dos interesantes películas sobre el santo de Asís: “Hermano sol, hermana luna” (1972) de Franco Zeffirelli, donde se narra el proceso de conversión de san Francisco con un lenguaje optimista lleno de encanto, colorido y belleza; y “Francesco” (1989) de Liliana Cavani, como contrapunto de la anterior, para complementar esta exégesis cinematográfica y teológica de su vida. Asimismo, hay dos obras literarias sobre la vida de este varón ejemplar que aconsejo: la novela “El pobre de Asís” (1956) de Nikos Kazantzakis (1883-1957) y una biografía “San Francisco de Asís” (1923) de Gilbert K. Chesterton (1874-1936), ésta última de gran calado intelectual: 
  • Los santos viven en la eternidad y en el tiempo, participan de Dios y de la historia, pero la intemporalidad de San Francisco es más evidente porque su lenguaje, que es el del amor y del corazón, llega a lo más profundo del ser humano. La santidad es la plenitud en el amor, pero en la unión con el Amor hay moradas y creemos que el hombre Francisco llegó a la más cercanaChesterton, dixit-.

            Acerca de la estancia de fray Simpliciano -nuestro singular “poverello” en el Rincón de Ademuz- he podido recoger varios testimonios de personas que le conocieron y trataron. El vecino Juan Herrero Hernández (Ademuz, 1922), recuerda:
  • <Este hombre que dices –se refiere a fray Simpliciano- era un fraile de Teruel que venía a pedir a Torrebaja y otros pueblos del Rincón, pero no sé cómo se llamaba; sí, por aquí venía muy de continuo y lo mandaban del convento de franciscanos a pedir por estos pueblos. Tenía mucha confianza con el tío Jesús el Posadero –se refiere a Jesús Lagunas Cortés- que vivía en Las Eras, junto a la ermita de san Roque; porque cuando venía en invierno el fraile se metía en su casa a calentarse; claro, porque hacía mucho frío... No recuerdo que llevara hábito de fraile, pero sí que iba medio descalzo, con abarcas... De Teruel lo mandaban también a la zona de Valencia donde se cría el arroz y según decían allí recogía cuatro o cinco mil kilos... Aunque parece mucho arroz para ser de limosna. Claro, allí pasaba un par de meses y su destino era pedir: no sé lo que harían después los frailes con el arroz, si lo vendían o lo repartían entre sus conventos, no sé... Pero la faena de este hombre era pedir... Parecía buena persona, bajito de estatura, pelo corto, no sé si llevaba un carrito de mano o un saco para ir por las casas, no recuerdo... Pero sé que era de Orrios, un pueblo de Teruel más allá de Alfambra. Llegaba a las casas y tocaba, y cuando le abrían decía: “Ave María purísima..., una limosna para los franciscanos de Teruel” –y la gente le daba lo que quería o lo que podía-: pan, patatas, manzanas, lo que había..., pero él replegaba todo lo que le daban. También cogía perras, pero le darían pocas... Porque entonces el dinero no corría; claro, eso sería por los años cincuenta, a finales... No sé dónde dejaba lo que le daban, pero aquí estaba varios días y cuando pensaba que ya no le iban a dar más, replegaba todo y se marchaba. No sé si lo cargaría en el coche de línea, no recuerdo, pero aquí recogía bastante...>
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Representación de San Francisco en "La Maestá", obra de Giovanni Cimabue (1240-1302) en Asís (Italia).

            La vecina Aurora Sánchez Fortea (Torrebaja, 1926), dice:
  • <Este hombre –se refiere a fray Simpliciano- venía en invierno a pedir para el convento de San Francisco de Teruel y recogía lo que le daban: patatas, manzanas, judías, dinero... Era un fraile lego y vestía hábito: iba por todas las casas pidiendo y llevaba un garrote con el que golpeaba las puertas: “Ave María Purísima..., una limosnica para san Francisco” –entonces salían las personas y le daban lo que tenían-. Cada mañana mandaba lo que había recogido a Teruel; claro, en el coche de línea. No, no llevaba carro, sino un saco, donde metía lo que le iban dando. Recuerdo que se quejaba de que entonces nadie quería ser portero en el convento, ni salir a pedir por los pueblos, y que cuando él se muriera ya no habría nadie que le sustituyera... No sé de dónde sería, pero era muy aragonés, con un acento muy fuerte... Ya te digo, vestía hábito, con cordón y rosario al cinto, llevaba sandalias o abarcas y venía a cenar en casa, donde también dormía, pues ya sabes que teníamos fonda... Iba también a otros pueblos, pero decía que aquí en Torrebaja era donde más le daban. Por la noche se ponía junto a la estufa a rezar el rosario, pero enseguida se dormía de cansancio... Y yo le decía: “Venga, fray Simpliciano, a dormir a la cama...” –y el hombre se iba-. Sí, era muy hablador, pues durante la cena contaba donde había estado, historias piadosas y otras cosas, del Santo Cáliz de Valencia, que lo había visto... Sí, él comía en el comedor, donde comían también los fruteros, remolacheros y viajantes que teníamos hospedados, pero le poníamos una mesita aparte: antes de comer se santiguaba y hacía sus rezos. Era muy buena persona, y los fruteros le gastaban bromas... Por las mañanas se levantaba muy temprano y salía a pedir: no, no desayunaba, almorzaría algo por ahí.... Recuerdo que don Gabriel -se refiere al párroco, don Gabriel Sancho Marín (1962-73)- decía que el nombre que le habían puesto al fraile le venía "como anillo al dedo", pues era un hombre sencillo y humilde de verdad; pero claro, Simpliciano era su nombre de fraile, no sé cuál sería el de pila... En cierta ocasión -esto ya después de don Gabriel- vino a casa muy alterado y cuando le pregunté qué le pasaba me respondió: "Que el cura me ha echado a cajas destempladas..." -pues parece que había ido a pedir a su casa...> 

Y continúa diciendo:
  • <Por entonces, en la época de la recolección, venían también a pedir las monjas del asilo de San José de Teruel; sí, las hermanitas de los ancianos desamparados (de la madre Rafols), y la gente les daba también lo que podía: iban por las casas con cestas que les dejábamos, y lo que recogían en el día –manzanas, judías, patatas, membrillos, pues a todo le daban utilidad- lo mandaban a Teruel en paquetes que ponían en el coche de línea... No, los coches de línea no les cobraban a las monjas por enviar los paquetes, porque parece que el fundador de los transportes, el Zuriaga viejo había estado en el hospicio (de niño) y le habían tratado muy bien: y los hijos continuaban haciendo caridad a la institución de esta forma; de vez en cuando daban una comida especial a los asilados por cuenta de esta familia, y también cuando se les casaba algún hijo...>

    Como precedentes de fray Simpliciano, el lego mendicante de Teruel, tenemos a los frailes de la Observancia de Valencia, que ocuparon el convento de san Guillermo de Castielfabib durante dos siglos y medio (1577-ca.1830), y que también eran mendicantes: además de en el pedir por los pueblos –en las viñas, eras y lagares- se parecían en el frío que pasaban: no en vano los de Castiel fueron eximidos del rezo de maitines (a media noche), desde noviembre hasta finales de febrero, por el frío reinante... (1660). Aquellos humildes frailes, además de rezar y laborar, ayudaban a los clérigos de las parroquias locales, auxiliando y confortando a los aldeanos y lugareños de los rentos y masías más alejados... Habían abrazado la “vía estrecha”, buscando exclusivamente el crecimiento interior y la santidad, a través de la renuncia de sí mismos y el servicio a los demás.[2]
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    Representación de San Francisco en "La renuncia de los bienes" obra de Giotto di Bondonne (1267-1337) en Asís (Italia).


    Desde una óptica sociopolítica, la época en que fray Simpliciano comenzó a pedir por Torrebaja y otros pueblos del Rincón de Ademuz –mediados de los años cincuenta y hasta los primeros setenta- coincide con un período de cambio en la mentalidad de la sociedad española, consecuencia de lo que fue el tránsito del Despegue económico (1951-57) a la Tecnocracia (1957-73).[3] En lo demográfico, dicho lapso armoniza con una fase de decrecimiento poblacional en la zona, expresión a su vez de la <crisis agrícola territorial>[4] que propició la emigración del campo a las grandes ciudades y vació estos pueblos. Con todo, sin embargo, la gente por entonces todavía vivía de la agricultura, como lo evidencia el hecho de que la mayor parte de los donativos fuera en especie: patatas, manzanas, judías, membrillos... Asimismo, el fraile acertó en su pronóstico, pues “cuando él se muriera ya no habría nadie que le sustituyera...” –como ciertamente sucedió-.

    En suma: no somos quiénes para conceptuar a tan peculiar personaje; pero, a tenor de lo expuesto y del tiempo que le tocó vivir, su existencia parece responder a los requerimientos de algunas beatitudes: a la pobreza de espíritu, a la mansedumbre y limpieza de corazón, y a la condición de pacífico… Sea como fuere, sirvan estas palabras de recuerdo y como humilde homenaje a fray Simpliciano, lego mendicante, hijo fiel del glorioso san Francisco en el convento de Teruel. Vale.

    © Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.


    [1] SÁNCHEZ GARZON, Alfredo. Acerca del vuelco electoral en Torrebaja (Valencia), en: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com/2011/10/acerca-del-vuelco-electoral-en.html, del lunes 17 de octubre de 2011. ID., La caja de Pandora: acerca del vuelco electoral en Torrebaja (Valencia), en: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com/2011/10/la-caja-de-pandora-acerca-del-vuelto.html, del lunes 17 de octubre de 2011.
    [2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Las piedras del convento de san Guillermo (Castielfabib), en: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com/2011/10/las-piedras-del-convento-de-san_21.html, del viernes 21 de octubre de 2011.
    [3] DE MIGUEL, Amando. Sociología del franquismo, Editorial Euros, S.A., Barcelona, 1975, p. 32.
    [4] RODRIGO ALFONSO, Carles. El Rincón de Ademuz, análisis geográfico comarcal, Edita Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz (ADIRA), Valencia, 1998, p. 53.


    Representación de San Francisco en "La predicación a las aves" obra de Giotto di Bondonne (1267-1337) en Asís (Italia).

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