martes, 1 de abril de 2014

LA PASIÓN DE JESÚS DE NAZARET EN EL RINCÓN DE ADEMUZ (y II).


Una lectura comentada,
a propósito de su representación en Ademuz.




Escena V: La noche de la Pasión.
Cuadro 1º.- Una vez apresado, Jesús es llevado ante el tribunal del Sanedrín, máximo órgano de la jurisdicción religiosa entre los judíos. Allí se hallaban los magistrados y algunos testigos falsos convocados por Caifás: el propósito era condenar a Jesús en un juicio sumario y sin garantías. Pedro y Juan seguían de lejos a Jesús. Como Juan era conocido del Sumo Sacerdote le dejaron entrar en el lugar donde estaba reunido el Tribunal, pero impidieron el paso a Pedro, al que la portera del recinto identificó como uno de los seguidores de Jesús. Pedro lo niega: “No lo soy” –y ante la insistencia de la portera, exclama: “¡Déjame en paz!”. La perícopa de las negaciones de Pedro constituyen una invitación a los cristianos de ayer, de hoy y de siempre a preguntarnos por las veces que negamos a Cristo. A Cristo le negamos cada vez que rechazamos al prójimo, cuando miramos hacia otro lado ante la indigencia espiritual, material o intelectual de los demás, cuando nos falta caridad y escurrimos el bulto argumentando que eso es cosa de las instituciones del Estado...


"Sus heridas te han curado": Jesús es apresado y llevado ante el Sanedrín... (Ademuz, 2013).
  
Cuadro 2º.- La acción tiene lugar en el balcón de la Casa Abadía -antigua casa de los Eced-, que recae sobre la calle de san Vicente y plaza del Ayuntamiento… El juego de luces y la vestimenta de los actores colaboran en dar especial fuerza dramática a su desarrollo. Se trata del juicio de Jesús en el Sanedrín. La sesión la abre Caifás, que expone el motivo de la reunión, juzgar a “un delincuente y un revolucionario peligroso”. La sentencia está dictada de antemano: “Ya sabéis que debe morir”. Nicodemo protesta, sin conocer los cargos “no se puede condenar a nadie” –y pide un juicio adecuado-. Caifás vuelve a la carga, reprochando a Nicodemo que se fíe antes de las palabras de un carpintero que de las suyas: “¿También a ti te ha engañado como a esos ignorantes seguidores suyos?” –pregunta lleno se soberbia-. En relación con su oficio, a Jesús sólo se le nombra una vez todo el Nuevo Testamento como “carpintero”, otra vez como “el hijo del carpintero” y otra como “el hijo de José”. Es razonable pensar que aprendiera el oficio del padre, pero realmente no sabemos con seguridad qué tipo de carpintero era (ebanista, de taller, de armar…), pues como tantas otras cosas referidas al Jesús histórico, la profesión que se le adjudica “pende de un hilo”.[1]

"Sus heridas te han curado": Detalle de Caifás y algunos fariseos durante el juicio de Jesús en el Sanedrín... (Ademuz, 2013).
Siguiendo con la farsa del juicio, José de Arimatea está con Nicodemo: “Somos jueces, no verdugos” –dice convencido-. Sin pruebas antes los razonamientos expuestos, Caifás decide abreviar el juicio: “pasaremos a escuchar a los testigos”. Los falsos testigos declaran ante el tribunal, se contradicen y en cualquier caso lo que dicen “no es motivo para condenar a nadie” –dice el de Arimatea-. Cuando Caifás pregunta a Jesús si Él es el Mesías, “el Hijo de Dios”, Jesús responde: “Tú lo has dicho, Yo soy”. El Sumo Sacerdote no necesita más: ¡Blasfemo! ¡Ha blasfemado! –exclama ufano-. Un fariseo agrega: “Un simple obrero sin estudios. ¡Y se cree Dios! ¡Qué delito! ¡Que muera!” No sabemos qué estudios tenía Jesús, pero alguno tenía, pues leía en la sinagoga los textos sagrados, escritos en hebreo bíblico, lo que indica que debía poseer algún estudio, aunque quizá no los superiores, reservados a los judíos de clase alta…Pero sí, Jesús era un obrero que trabajaba con las manos. Tras las palabras de Caifás la emprendieron con Jesús: “comenzaron a escupirle y a darle golpes y se burlaban de Él tapándole los ojos”. Los servidores del templo se divertían propinándole golpes, guantazos y burlándose…: Jesús “Está ya bebiendo el cáliz que le ha dado a beber su Padre”.

"Sus heridas te han curado": Jesús ante el Sanedrín... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús ante el Sanedrín... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": Detalle de fariseos en el Sanedrín... (Ademuz, 2013).

Cuadro 3º.- Pedro es reconocido como uno de los seguidores de Jesús, lo delata su aspecto -el vestido o la forma de hablar-: Galilea está en la zona norte de Palestina y sus gentes tendrían un acento peculiar, como sucede en la España de hoy con los andaluces, catalanes o gallegos, cuyo dejo descubre su procedencia. Pero Pedro negó hasta tres veces a Jesús: “Pero, ¿qué decís? No sé qué queréis decir con eso. Yo no conozco a ese hombre. Dejadme tranquilo”. Y llegó a jurar por Dios que no le conocía… A todo esto está amaneciendo y Pedro ve acercarse a María, “Refugio de pecadores”: “Pedro, Jesús te ha perdonado. Sí, Yo lo conozco bien, Él te ha perdonado. No pienses más en ello” –le consuela con afecto-. El arrepentimiento implica esperanza, expectativa que nace de la fe… Judas podía haber acudido también a María, pero su falta de fe se lo impidió –como decía William Shakespeare: No confiéis en quien haya perdido la fe-.

Escena -VI: Viernes Santo.
Cuadro 1º.- Amanece sobre Jerusalén, es la mañana de Pascua. Podemos ver a Jesús maniatado, lo conducen ente el prefecto romano, Poncio Pilato, que temporalmente reside en la Torre Antonia -aunque su residencia habitual es Cesarea Marítima-,[2] con jurisdicción en Judea, Samaria e Itumea. Los fariseos solicitan audiencia al funcionario romano, traen a un malhechor, quieren que lo juzgue y manifiestan urgencia. El guardia los invita a pasar, los fariseos se niegan, arguyendo: “Quedaríamos impuros y no podríamos celebrar nuestros ritos sagrados”. Lo que realmente les cubre de impureza es llevar a un hombre íntegro para ser juzgado –“Traman la muerte del Inocente…, pero eso no les remuerde la conciencia”-, quizá porque carecen de ella; para sentirse puros les basta cumplir normas y realizar ceremonias... Los fariseos eran un grupo judío cuyo origen se remonta a la cautividad en Babilonia (siglo V a de C), pero su constitución como partido político data de la rebelión de los Macabeos contra el imperio Seleúcida (siglo II a de C). Fueron coetáneos de otros conocidos grupos judíos, como los saduceos, esenios y zelotes. Tras la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo por los romanos (año 70 d de C), se hicieron con el control del judaismo oficial, llevando el culto a la sinagoga o "casa de reunión". Los rabinos que compusieron los distintos Talmud (tradición oral) tienen su origen en los antiguos fariseos.[3]

"Sus heridas te han curado": Jesús es llevado ante Pilato... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": Jesús ante Poncio Pilato,  prefecto de Judea, Samaria e Itumea... (Ademuz, 2013).
Pilato inquiere por la acusación contra el reo; sin más argumento le dicen que es un malhechor, un delincuente: “Los romanos no juzgamos a nadie si no hay pruebas –indica el prefecto-. Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley”. Pero ellos ya le han juzgado y sentenciado: “Debe morir”. Pilato insiste: “¿De qué lo acusáis?”. Los fariseos continúan con sus imputaciones de amotinamiento, agitación, revolucionarismo… Silverio, asesor de Pilato, contra argumenta que Jesús es persona pacífica: “Hace cinco días entró en la ciudad montado sobre un borrico y la gente se aglutinó a su alrededor… Es verdad que arrastra a las masas. Pero sin importancia…”. Pilato piensa en Jesús como en un “revolucionario moralista”, idea que su asesor le confirma: “Sí, pacifista de esos. No causa problemas”.
Los fariseos contraatacan: “solivianta al pueblo y prohíbe pagar tributos al César” –éste es un punto sensible, que Pilato no puede dejar pasar-: “¿Cómo? ¡Eso es un delito!”. Pero Silverio desbarata el falso testimonio: “Mienten. Tus guardias estaban presentes. Él paga los impuestos y sus discípulos también”, y relata el episodio de la moneda con la efigie de César: “Dad al César lo que es del César...”. Caifás, que debe conocer las preocupaciones políticas del prefecto, arguye: “Se declara Rey. Lo hemos hallado diciendo que Él es el Rey de Israel, el Rey de los judíos”. La pesadez y la insidia de los judíos incomodan a Pilato, no es extraño que le dieran dolor de cabeza.

"Sus heridas te han curado": Detalle de Poncio Pilato y Silverio, su asesor... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han curado": Poncio Pilato y Silverio, su asesor... (Ademuz, 2013).

Pilato es un romano culto, del orden ecuestre, y por su función como prefecto (mantener el orden social, hacer justicia y recaudar impuestos para Roma), debía conocer bien todo lo referente a las expectativas judías, sus leyes y costumbres, y singularmente el fondo político de todo ello. Además, su situación en Roma pendía de un hilo y no quería correr ningún riesgo... Aunque sabía que Jesús no era un revolucionario político, más bien un idealista que predicaba “sobre Dios, el bien y la justicia” –lo que no suponía ninguna amenaza para Pilato-. Aunque con los judíos nunca se sabía...
Ante la autoridad de Pilato, Jesús aparece “hecho una miseria” por los malos tratos que le había dado tras el juicio del Sanedrín. Pilato pregunta a Jesús: “¿Eres Tú el rey de los judíos? No sabemos en qué lengua se dirigió el prefecto al Señor, quizá en griego, pues probablemente era la única lengua que ambos tenían en común. Pilato hablaría latín, su lengua materna, y también griego, la lingua franca del imperio, pero difícilmente hablaría arameo y menos hebreo, la lengua de los libros sagrados de los judíos... Jesús hablaba arameo, leía y entendía el hebreo bíblico, al menos los Tárgumim (=traducciones del hebreo bíblico al arameo), y probablemente algo de griego. A fortiori, podemos imaginar que el interrogatorio debió realizarse por intermedio de un traductor... Jesús le responde: “¿Dices eso por tu cuenta o lo dices por lo que acabas de oír?”. Replica Pilato: “¿Acaso soy yo judío? ¡Yo no entiendo de vuestras cosas! ¿Qué has hecho?”. Aparentemente, Pilato se contradice, dice que no sabe de las cosas de los judíos, pero es obvio que sabía mucho de ellos, quizá no en detalle, pero sí de sus peculiaridades y conflictividad: “Si fueras un agitador se habrían puesto de tu parte..., son los tuyos los que te traicionan... ¿Qué es lo que has hecho?”. El interrogatorio continúa, pero no hay entendimiento entre las partes. Jesús dice que su reino “no es de este mundo” y que es rey, “yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”. No, no había posibilidad de que Pilato y sus asesores pudieran comprender lo que decía, por eso pensaron que era un “lunático”, una persona extravagante y perturbada, ¿qué otra cosa podía ser? En cualquier caso era “un pobre hombre” inofensivo... El sentido común del asesor le aconseja dejarlo libre; Claudia Prócula, esposa del prefecto, interviene también: “No te metas con este justo, no le hagas mal” -pues esa misma noche había soñado con Él y sabía de su inocencia y bondad-. El consejero insiste en que le deje libre: “Este hombre no ha hecho nada grave, no hay rebelión alguna...”, la situación que más podía temer el funcionario romano. 

"Sus heridas te han curado": Detalle de Poncio Pilato y Silverio, durante el juicio de Jesús... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": Detalle de Poncio Pilato y Silverio, con Jesús... (Ademuz, 2013).

En ese momento los fariseos comienzan a pedir el indulto de Barrabás..., pues para la Pascua se liberaba algún condenado. De existir esta tradición, no está claro si era judía o romana, pues no está acreditada fuera del texto evangélico. En cualquier caso Barrabás (=Bar Abba, que en arameo significa "Hijo del Padre"), se nos muestra como una antítesis de Jesús, esto es, un mesías guerrero y violento, quizá un zelote que había participado en una rebelión armada contra los romanos, y que en los Evangelios se define como "preso famoso" (Mateo), "bandolero" (Juan) u "homicida" (Marcos y Lucas). Pilato pregunta por el tal Barrabás y su asesor (Silverio) se lo explica: “Barrabás es el jefe de los rebeldes galileos... Es un bandido peligroso”. El prefecto sabe que este tipo de sediciosos puede complicarle la vida, por eso les ofrece liberar a Jesús en lugar de a Barrabás -a nosotros se nos ofrece también esta disyuntiva en nuestra forma de ser y actuar en la vida: elegir una actuación pacífica (como la de Jesús, que pone la otra mejilla) o violenta (como la de Barrabás, que agrede y mata para reivindicar lo que cree su derecho)-, pero Caifás es tajante: “¿A ése no! ¡A Barrabás! El resto de judíos clama por Barrabás y ante el tumulto que empezaba a formarse, pregunta: “¿Y qué hago con Jesús, llamado Mesías?”. Sin vacilar, Caifás exclama: “¡Crucifícalo!”. Los judíos claman: “¡Crucifícalo!”, ¡Crucifícalo!”, ¡Crucifícalo!”. Pilato todavía no está decido y pregunta: “Pero, ¿qué mal ha hecho? No encuentro en Él delito alguno”. Los judíos insisten: ¡Crucifícalo!”. Pilato sabe que Jesús es inocente, que las acusaciones de los judíos carecen de argumento, de ahí que para conformarles mande azotarlo, “para corregirle” y después liberarlo. Pilato duda, no quiere crucificar a Jesús porque le sabe inocente, pero le hace flagelar, un castigo en absoluto baladí, pues la flagelación romana era terrible, “un suplicio de esclavos” que fácilmente podía conducir a la muerte. En su conjunto, el episodio de Barrabás podría interpretarse como una alegoría, en la cual la liberación del pecador (bandolero, homicida, preso famoso) Barrabás podría representar la liberación de la Humanidad doliente del pecado original (de Adán y Eva) mediante la crucifixión y muerte de Jesús.[4] En su lucha política, el Mahatma Gandhi eligió la forma de actuación propuesta por Jesús, mientras que los terroristas en general eligen la de Barrabás. La pregunta que debemos hacernos es a quién elegiríamos nosotros que liberara Pilato, ¿al pacífico Jesús o al violento Barrabás? Ya que como puede verse elegir a uno u otro tiene sus consecuencias en el quehacer diario...


"Sus heridas te han curado": Detalle de Poncio Pilato y Silverio, su asesor... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": Detalle de Poncio Pilato y Silverio, con Jesús... Claudia Prócula, esposa del prefecto, interviene también: “No te metas con este justo, no le hagas mal” (Ademuz, 2013).

El filósofo judío Filón de Alejandría (siglo I d.C) se refiere a Poncio Pilato como un hombre «de carácter inflexible y duro, sin ninguna consideración». Más aún, según este autor judío, el gobierno de Pilato se caracterizaba por su «corruptibilidad, robos, violencias, ofensas, brutalidades, condenas continuas sin proceso previo, y una crueldad sin límites». Por eso resulta extraño que se compadezca de Jesús y sólo mande azotarle, en vez de crucificarle directamente. 

"La flagelación de Jesús" (1880), obra de William Adolphe Bouguereau (1825-1905) [Tomado de Wikipedia, La enciclopedia libre].
"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús en el Pretorio, tras la flagelación... (Ademuz, 2013).

Los soldados que custodian a Jesús parecen ociosos y con ganas de distraerse... “Trenzan una corona de espinas y le ponen un manto y una caña simulando un cetro regio. Y le escupen, y se burlan de Él doblando la rodilla, saludándolo como rey y dándole golpes...”. Después de flagelarle, Pilato muestra a Jesús a los judíos: “Ecce Homo. Aquí tenéis al hombre”. Pero los judíos no se compadecen del estado de Jesús tras la flagelación, insisten en que lo crucifique. Pilato ya no sabe qué hacer, confundo quizá ante la dureza de corazón de los judíos. Pero tampoco es capaz de liberarle ni de protegerle, cual era su función; prefiere entregarlo a sus apresadores para que lo crucifiquen ellos. Pilato todavía intenta comunicarse con Jesús, quiere saber algo más de Él y le chantajea: “¿No sabes que tengo autoridad para liberarte y autoridad para crucificarte”. Su confusión aumenta antes las respuestas de Jesús: “No tendrías autoridad sobre Mí si no se te hubiera de lo alto” –Pilato entendería que se refería al César-. Por eso cada vez está más liado. Sólo le faltaba la amenaza de los judíos: “Si sueltas a Ése no eres amigo del César. ¡Crucifícale!”. Según Flavio Josefo (siglo I d.C), el prefecto había tenido problemas por culpa de los judíos desde su llegada a Judea -me refiero al asunto de los estandartes colocados en la Torre Antonia, frente al templo, entre otras cuestiones- por eso no quiere nuevos conflictos, de ahí que su insistencia le saque de sus casillas. Finalmente, Pilato cede a la presión de los judíos: “Yo soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!” –y lo entrega para que lo crucifiquen-. Su asesor se queda estupefacto y los judíos responden: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”. Con su cobarde decisión Pilato se constituye en el paradigma intemporal de “la vileza y de la sumisión a los bajos intereses de la política” (Pérez-Rioja, 1971),[5] ya que al consentir en la entrega de un justo para que lo ejecuten, además de perder la inocencia, engaña a la verdad y se cubre de ignominia. La política de ayer, como la de hoy -y probablemente la de mañana- nos ofrece ejemplos semejantes...

"Sus heridas te han sanado": Detalle de Jesús en el Pretorio: después de mandar azotar a Jesús, Pilato se lava las manos... (Ademuz, 2013).

Cuadro 2º.- Un narrador explica que tras el juicio de Pilato cogieron a Jesús, “le cargaron a cuestas la cruz y salieron hacia el Calvario”, el monte de las calaveras o Gólgota, donde solían tener lugar los ajusticiamientos de este tipo. Entre los romanos había distintos tipos de crucifixión, como colgar al reo o “cruciarius” de un árbol, atarlo o clavarlo a un madero, etc. Resulta difícil pensar que Jesús pudiera cargar con una cruz de crucificar tras haber sido brutalmente azotado..., pues el flagelo dejaba al reo totalmente desmadejado, lo que hace improbable que pudiera con tanto peso. Lo natural es que le hicieran llevar sólo el palo horizontal (patibulum), pues el vertical (stipes o palus) estaría ya clavado en el lugar de la ejecución. Camino del Calvario vemos como una mujer se abre paso entre la multitud, “intenta acercarse lo más posible a Jesús”, se trata de María, su madre. Lo que María debió sentir al ver a su Hijo en aquel trance sólo puede comprenderlo una mujer que haya llevado un hijo en las entrañas, y parido... Jesús camina entre los empujones y gritos de la gente, cargado con el madero, aturdido, coronado de espinas, unas espinas punzantes que le atraviesan el cuero cabelludo y le llegan hasta los huesos del cráneo, chorreando sangre... María se acerca a la escena para que Jesús la vea, quiere mostrarle “que está junto a Él, que le acompañará hasta el final”, para ayudarle a sobrellevar lo que está sucediendo, “el dolor, la humillación y la actitud de entrega profunda de todo su ser”. Pues de alguna manera María sabe o intuye que todo lo que está sucediendo tiene que ocurrir “para que se cumpla el plan de Dios: nuestra salvación”. Es el momento del grito silencioso de María que la desgarra por dentro: “¡Jesús, Hijo mío!, ¡Ojalá pudiera morir Yo y no Tú!, ¡Jesús, Hijo mío!”. 

"Sus heridas te han sanado": Detalle de Jesús en el Pretorio: después de mandar azotar a Jesús, Pilato lo entrega para que lo crucifiquen... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han sanado": Jesús es cargado con la cruz... (Ademuz, 2013).

Aquí entra en escena un tal Simón de Cirene, alguien que pasaba por allí o venía de alguna parte camino de su casa. Un soldado lo “requisó”, haciéndole cargar con el madero de Jesús, pues Jesús está a punto de desfallecer y no quieren que muera antes de tiempo... Lo habitual era que el “cruciarius” fuera conducido al lugar de la ejecución por cuatro “milites” o soldados al mando de un centurión: al reo lo llevaban por los lugares más concurridos del lugar, para ejemplaridad del vecindario. Durante el trayecto unos sayones lo solían azotar y delante iba un heraldo manifestando los motivos de la sentencia. Asimismo, era obligado que el reo portara su “proclamación” o “títulus”, una tablilla con el motivo de la condena –lo que denominamos INRI/Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum/ Jesús Nazareno Rey de los Judíos-: los juicios no escritos eran considerados nulos.

"Sus heridas te han sanado": Detalle de Jesús coronado de espinas... (Ademuz, 2013).
Simón de Cirene no tiene nada que ver con aquello, se resiste, quiere que le dejen, clama a los “milites”: “¡Yo no he hecho nada! ¡Dejadme en paz! La escena parece intrascendente, pero como cada detalle de la Pasión posee un elevado simbolismo, pues es algo que nos sucede todos los días a los seres humanos, que sin comerlo ni beberlo nos vemos implicados en asuntos desagradables, “como nos ocurre siempre que en nuestra vida aparece la negra cruz del dolor”, de la enfermedad y tantas otras cosas a las que estamos expuestos. Claro, “es una injusticia que le obliguen a cargar aquello”; además, “él tenía otros planes” ese día, asuntos que debía resolver ineludiblemente. Por otra parte, ¿quién es ese pobre hombre que lleva la cruz camino del Calvario?, ¿Qué tiene él que ver con el Reo? -pensaría para sus adentros-. Quizá hubo un momento en que la mirada de Simón y de Jesús se encontró..., no sabemos lo que pudo ver o sentir el de Cirene en los ojos del Señor, acaso “una invitación “a coger sin temor la cruz”, lo mismo que sigue diciendo hoy a la humanidad doliente: “Si quieres venir Conmigo, carga con tu cruz cada día y sígueme”. Cruces son todas las situaciones o circunstancias desagradables a las que diariamente y a lo largo de toda la vida nos enfrentamos los humanos: personales, familiares, sociales, laborales y de toda índole...

 
"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús con la cruz a cuestas, camino del Calvario... (Ademuz, 2013).

Cuadro 3º.- Mientras Jesús camina hacia el Calvario, Judas siente el remordimiento de su traición..., “las treinta monedas tan apreciadas hacia poco, ahora son una tortura en su corazón”. Su alma angustiada se ve asaltada por el Maligno, que entre exclamaciones y propuestas consuman su desesperación, invitándole al suicidio: “Él no te va a perdonar. Sólo queda una salida. ¡Mátate!” –y se mató colgándose de un árbol, aunque una vez ahorcado y descompuesto, también puedo caer de la cuerda y reventarse-. Sea como fuere, murió atormentado por su mala acción, aunque no parece que hubiera en él verdadero arrepentimiento; de haberlo habido hubiera vuelto con el Señor a solicitar su perdón, o acudido a María, su madre, como hizo Pedro. Pero no pudo ser, pues Satanás ya había entrado en él... Obviamente, se trata de una forma de hablar, ya que Satanás representa al mal, pero el Mal no es algo o alguien opuesto a Dios -entonces estaríamos hablando de Dualismo (Maniqueismo), que sitúa a Dios y a Satanás en el mismo plano: uno principio y origen del bien y otro del mal-, sino más bien de su ausencia o negación. Porque el Maligno, esto es, Satanás y todos sus nombres, no es una entidad positiva (creada), ya que todo lo creado fue hecho por Dios y Dios no pudo crear el mal: de facto "Dios miró todas las cosas que había creado y vio que eran buenas" (Génesis), luego la materia, lo creado, la creación en sí es buena. La misma materia y el propio cuerpo humano se revalorizan con la Encarnación, pues mediante Ésta el Hijo de Dios, el Logos (=Verbo o Palabra) se hizo carne, dignificando a la Humanidad (entendiendo ésta como el conjunto de lo humano: lo que ha sido, lo que es y lo que será). De ahí que la visión platónica del cuerpo como "cárcel del alma" sea una metáfora negativa e inexacta, ya que el alma (espíritu) no vive aprisionada en el cuerpo (materia), sino que se hace uno con él, y a su través se expresa mediante las ideas y la corporeidad. Siguiendo esta lógica, rechazar, martirizar, destruir el cuerpo o la vida del individuo humano es como impugnar o contestar la obra de Dios. El Mal tiene pues naturaleza espiritual, y se introduce en el mundo por la soberbia del hombre (criatura inteligente y libre) cuando éste niega a Dios o se aleja de Él por el pecado... -esta es la creencia cristiana, de la que yo participo-.

"Sus heridas te han curado": Detalle de Judas, presa de remordimientos por su traición... (Ademuz, 2013).

Cuadro 4º.- De la multitud surge una mujer del pueblo, “seguramente agradecida por algún milagro” de Jesús, o simplemente compadecida por el sufrimiento del Reo, se acercó hasta Él y con gestó seguro le enjugó el rostro ensangrentado..., se trata de Verónica: “Mi Señor, permite que con este paño limpie tu noble rostro” –le dice respetuosamente-. Muchas veces ante la injusticia y el dolor ajenos permanecemos impasibles, ya sea por insensibilidad o falta de caridad, o por simple temor a complicarnos la vida, a lo que puedan decir los demás si rompemos las normas sociales de lo políticamente correcto. La imagen “del rostro sufriente de Cristo quedó marcado" en el lienzo ofrecido por aquella mujer compasiva, “y nada pudo borrarlo”, como si quisiera que tuviéramos siempre presente el rostro de los que sufren. Al paso del Reo cargado con el madero las mujeres de Jerusalén “se dolían y lamentaban por los sufrimientos de Jesús”. Las mujeres suelen ser más compasivas que los hombres, al menos en aquella ocasión lo fueron. No acababan de creer que aquello le estuviera pasando a un “gran Profeta”, quizá porque no conocían las Escrituras, ya que la historia de Israel está repleta de hechos semejantes y del rechazo de sus enviados. Ante las muestras de dolor de aquellas mujeres compasivas, Jesús se detuvo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque si esto hacen con el leño verde, con el seco, ¿qué se hará” –les dijo, aunque es probable que no entendieran sus palabras-. Los soldados debieron percibir que Jesús se había recuperado, razón por la que despacharon al de Cirene, cargando de nuevo el madero sobre los hombros del Reo. La experiencia sufrida por Simón no debió caer en saco roto, probablemente cambió su vida... -como nos suele suceder a los humanos tras experiencias vitales intensas-.

"Sus heridas te han sanado": Detalle de una caída Jesús, camino del Calvario... (Ademuz, 2013).
 
Cuadro 5º.- Jesús, cargado con su madero, llega al Calvario... Los guardias “le quitan los vestidos con violencia”, lo que le ocasiona no poco dolor, pues “las llagas de la flagelación” han hecho que se le peguen al cuerpo ensangrentado. Obediente, se tumba sobre la cruz como le mandan, al tiempo que desde “su corazón se eleva una oración” al Padre. Parece que Jesús fue clavado en una “cruz immissa” (capitata) alta, en la que el “stipes” sobresalía del madero horizontal (patibulum), permitiendo la colocación de la proclamación o “titulus”. Aunque lo habitual era hacerlo en una cruz baja, con el reo casi a ras del suelo, para que no sólo las aves, también los perros y otras alimañas pudieran destrozar el cadáver. Otro tipo de cruz era la “cruz commissa” (patibulata), aquella en la que el “patibulum” quedaba al nivel más alto de “stipes”; en este caso no era posible poner la proclamación por encima de la cabeza del crucificado. Pero por alguna razón la de Jesús parece que fue una cruz “capitata” alta, lo demuestra el hecho de que el soldado que le dio de beber lo hizo con una esponja atada a una jabalina, y el que llevara el “titulus” por encima de la cabeza... Aunque pudo ser “patibulata” alta, y al ponerle la proclamación la iconografía la convirtió en immissa (capitata). Cuando Jesús manifiesta sed le dieron a beber “vino mezclado con hiel”, bebida amarga que quizá calmaba la sed, aunque lo habitual era ofrecer “vino mirrado”, una sustancia con efectos presuntamente narcotizantes, para aliviar el dolor. Dicho brebaje se daba antes de la crucifixión, lo proporcionaban (en Jerusalén) las familias pudientes, y en su defecto la comunidad. Pero al probarla, Jesús rechazó la bebida: quería estar consciente y despejado hasta el final...

"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús con la cruz a cuestas, camino del Calvario... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús con la cruz a cuestas, camino del Calvario... (Ademuz, 2013).


Otros aspectos técnicos respecto de las cruces de crucificar son que el palo del “stipes” poseía a modo de clavija (cornu o sedile), sobre la que el reo podía ponerse a horcajadas, descargando su propio peso. La falta de este elemento suponía que el peso del cuerpo dependiera exclusivamente de los brazos, lo que  hacía muy dificultosos los movimientos respiratorios del tórax y del propio diafragma, favoreciendo la asfixia. Asimismo, la crucifixión habitual era atar al reo por los brazos, aunque también cabía la posibilidad de clavarlo a la cruz a la altura de las muñecas, y atarle también los brazos al “patibulum”. La iconografía clásica acostumbra a mostrar a Jesús clavado al madero por las palmas, lo cual resulta poco probable, ya que anatómicamente dicha estructura no puede soportar el peso del cuerpo, razón por la que habría que atarle también los brazos: lo más factible, sin embargo es que lo clavaran por las muñecas. De la misma forma, algunas pinturas muestran a Jesús clavado en la cruz con los pies apoyados en una especie de cuña (suppedaneum), pero este arreglo no se utilizaba en la antigüedad... Otra cuestión llamativa es la referente a la posición relajada, casi hierática con la que se acostumbra a mostrar a Jesús crucificado y muerto en la cruz; lo cierto, sin embargo, es que las lesiones en los tendones, músculos y nervios producidas por los clavos harían que el cuerpo quedara en una posición retorcida, tan absolutamente contrahecha y penosa que la iconografía raramente se ha atrevido a describir por desagradable. Con todo, los evangelistas no dan este tipo de detalles de la crucifixión, lo cual es entendible, pues los Evangelios no son libros históricos, siendo otra su misión.


"Sus heridas te han curado": Una vez clavado, Jesús es izado en la cruz... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": María llora la muerte de su Hijo, acompañada de los más íntimos... (Ademuz, 2013).
Caifás provoca a Jesús ya clavado a la cruz: “¡Anda! Tú, que destruías el Templo y lo reconstruías en tres días, ¡Sálvate a Ti mismo!”. Los fariseos continúan la burla: “¿Y éste es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos”. “Baja de la cruz, utiliza tu poder”. “Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora”. “¿No decía que era el Hijo de dios?”. Pero como se ha dicho aquella “era la hora de la Redención, por eso (Jesús) no podía bajar de la cruz”.
Entretanto, Jesús ruega al Padre: “¡Perdónalos porque no saben lo que hacen!”. ¿Sabían realmente los judíos lo que estaban haciendo? Ellos no creían en absoluto que aquel Jesús de Nazaret colgado de la cruz fuera Hijo de Dios, ni Mesías, aunque algo había en Él que inducía a pensar que no era un hombre corriente. De lo que sí eran conscientes los saduceos, escribas y fariseos es que con sus artimañas se habían librado de alguien molesto, que perjudicaba sus intereses.
Al pie de la cruz están María y Juan: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Juan, ahí tienes a tu Madre”. Jesús tiene sed, pero su sed no es de agua, sino del amor del hombre, de su entrega confiada, tiene sed de entrar en nosotros, en cada uno de los hombres y mujeres de todos los tiempos, tiene sed de darse a cualquiera que desee recibirle, sed de nuestra salvación... Cuando todo estuvo cumplido, Jesús encomendó su espíritu al Padre y agonizó. Pero antes, con voz tronante exclamó en arameo las terribles palabras del evangelio marcano: Eloi, Eloi, ¿lema sabactani? -que quiere decir- Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Se sintió Jesús abandonado del Padre en aquellos dramáticos momentos? ¿Fueron sus palabras un reproche al Eterno por haberle hecho pasar aquel trago? Jesús era Hijo de Dios, pero también era hombre, y como tal se agarra a la vida, teme el dolor, la enfermedad y la muerte. Un narrador explica: “Nos cuesta entenderlo porque nos parece que la Salvación tiene que ser a través del triunfo, del aplauso, de la victoria, de la aclamación del mundo”. Pero la Salvación sólo puede venir de la entrega del Hijo a la muerte, “para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia”. María y Juan permanecieron al pie de la cruz, testimoniándole su amor y fidelidad; pero los demás seguidores, temerosos y confundidos, desaparecieron... Jesús aparece frecuentemente rodeado de mujeres: de María, su madre amantísima y de sus hermanas, cuyos nombres desconocemos;  también de sus amigas de Betania, Marta y María; de María la de Magdala, "de la que habían salido siete demonios"; de Juana, mujer del despensero de Herodes; de "Susana y otras muchas que le servían con sus bienes" y de las que le seguína agradecidas por haberlas curado de enfermedades o librado de espírtus malignos; de la adúltera a quien nadie se atrevió a apedrear; de la samaritana del pozo de Jacob a quien el Señor pidió agua; de María, la madre de Santiago el Menor y de José; de la madre de los hijos del Zebedeo; de la conocida como Verónica, que le enjugó el rostro, de las mujeres de Jerusalén que lloraban a su paso camino del Calvario... Sin duda, Jesús debía ser un hombre atractivo para las mujeres -aunque los Evangelios no dicen de su aspecto físico: de su altura, color de su cabello o de sus ojos, del tono o timbre de su voz, de sus gestos-. Su atractivo debía estar en otros aspectos de su persona, además de en lo que decía y hacía. María, "refugio de pecadores", representa a la Iglesia, la propia Iglesia es femenina, acogedora y maternal como sólo ellas pueden serlo... Paradójicamente, sin embargo, el judaísmo es una religión de hombres, cuya influencia se extiende a la tradición judeo-cristiana (y musulmana). Prueba de ello es que las tres grandes religiones monoteístas están regidas mayoritariamente por varones. Pero, ¿qué sería de la Iglesia católica sin las mujeres?

"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús clavado en la cruz... (Ademuz, 2013).
Nicodemo y José de Arimatea reconocieron en aquellos hechos lo que profetizaron las Escrituras: no había otra manera de salvar al hombre, pues sólo con sus heridas podíamos curarnos. Antes de que se les ocurriera a los sumos sacerdotes, ambos fueron a pedir el cuerpo muerto de Jesús a Pilato –para darle sepultura en una tumba nueva labrada en piedra, cedida por el de Arimatea-. La costumbre era dejar “que los crucificados colgaran (un tiempo) de la cruz después de morir”, como escarmiento de malhechores. Pero era viernes y dada la proximidad de la Pascua los judíos tenían prisa, así que “pidieron que fueran enterrados el mismo día”. Jesús ya estaba muerto, pero no los que fueron crucificados con Él, de ahí la necesidad “de acelerar la muerte rompiéndoles las piernas”. La fractura de los huesos largos provoca el paso de tejido graso del interior del hueso al torrente circulatorio de retorno, que al llegar al pulmón ocasiona embolias grasas y muerte fulminante por ahogo. Como Jesús ya estaba muerto optaron por atravesarle el costado derecho de un lanzazo, por la herida “brotó sangre y agua”, lo cual era esperable, pues la tortura a que fue sometido le provocaría una hemorragia pleural (hemotórax), de ahí la sangre y el agua (humor seroso) al perforarle las membranas que envuelven los pulmones.

"Sus heridas te han sanado": Detalle de una mano de Jesús clavada en la cruz... (Ademuz, 2013).
La ley judía prohibía la ejecución de más de una persona al día; la romana, por el contrario, consentía en las ejecuciones múltiples, incluso masivas. Además de contravenir la ley judía, los romanos crucificaron a Jesús entre dos delincuentes, quizá para más ofensa... Al punto de morir, exclama el Centurión: ¡”Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”. El narrador explica que “El costado de Cristo abierto es la coronación de la Revelación”. Abrirle nuestro pecho, nuestro corazón a alguien es acogerle, ofrecerle lo más íntimo de nosotros, nuestra confianza, calor, amor, compasión... “Viendo ese costado abierto (san Juan) entiende toda la historia de la humanidad, su propia historia”: Cristo se constituye así en el centro de la Historia humana, entendiendo ésta no como una serie de ciclos que se repiten indefinidamente con avances y retrocesos; sino con un principio y un final, segmento de tiempo no necesariamente recto, pero con Cristo Jesús en el centro.

"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús clavado en la cruz, con la corona de espinas ciñéndole la cabeza... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": Apoteosis de la Pasión, Jesús muere clavado en la cruz... (Ademuz, 2013).


"Sus heridas te han curado": María llora la muerte de su Hijo, acompañada de las mujeres... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han curado": Detalle de mujer llorando a los pies de la cruz... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han curado": María y Juan al pie de la cruz... (Ademuz, 2013).
 
"Sus heridas te han curado": Detalle de María a los pies de la cruz... (Ademuz, 2013).


"Sus heridas te han sanado": Detalle de María, y otra María, al pie de la cruz... (Ademuz, 2013).
Cuadro 7º.- Es el momento del descendimiento, Pilato ha consentido en entregar el cuerpo muerto de Jesús, y sus amigos van a desclavarle y bajarle del madero: “No te alarmes, María –dice el de Arimatea-, venimos a desclavar a tu Hijo, nuestro Maestro y a darle sepultura” –pues este José era un discípulo secreto de Jesús-. Nicodemo porta la autorización del pretorio; traían, también todo lo necesario para descolgarle, quizá una escalera y cuerdas, y los elementos para el amortajamiento, “lienzos y bálsamos”. María lo agradece, pues ver a su Hijo pendiente de la cruz le despedaza el alma... María pide por favor que coloquen el cuerpo muerto de Jesús en su regazo, “ya no voy a sufrir más, antes me servirá de alivio”, pues quiere tenerle entre sus brazos, “besarlo y abrazarlo y mecerlo como cuando era niño”. Ya que María era madre, una madre humana..., aunque con la cualidad de que “pone más amor al recoger el cadáver que odio habían puesto los verdugos al maltratarlo”, un amor incondicional “que incluye el perdón de sus enemigos”, sin clamar ni maldecir “contra Dios” ni “contra ningún hombre”. María hace el repaso de su vida con Jesús y recuerda los días felices de su infancia en Nazaret, y en este momento quiere velar su sueño: “Duerme y descansa ahora, todo se ha cumplido”, “Hijo querido, duerme, yo velaré contigo” –se dice mientras piensa en la Resurrección-. Pues sólo con amor puede repararse toda la injusticia y el dolor del mundo... El dolor de María en aquellos momentos es el de tantas madres que han perdido a sus hijos, “cuyos corazones se han roto a fuerza de sufrir por sus hijos de una u otra forma”, por causa de la enfermedad, de accidentes, del terrorismo, de la droga y el desamor, la incomprensión o el abandono. Poco después enterraron a Jesús en la tumba nueva cedida por José de Arimatea...

"Sus heridas te han curado": Nicodemo porta la autorización para descolgarle y José de Arimatea los elementos para el amortajamiento, “lienzos y bálsamos” (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han sanado": Jesús es bajado de la cruz... (Ademuz, 2013).

"Sus heridas te han sanado": Tras bajarle de la cruz, Jesús es colocado en el regazo de María, su madre... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han sanado": Detalle de Jesús muerto en el regazo de María, su madre... (Ademuz, 2013).
"Sus heridas te han curado": Cruz penitencial, tras el descendimiento... (Ademuz, 2013).

Escena VII: Resurrección.
Cuadro 1º.- La resurrección es el suceso más trascendental de la Pasión y muerte de Jesús, pues sin resurrección nada de lo sucedido tiene más valor que una anécdota dramática en un contexto histórico... Un narrador compara el jardín del Paraíso de que dice el Génesis con el huerto de Getsemaní: en el primero se produjo la caída del hombre -la primera ofensa-; mientras que en el segundo tuvo lugar la gran traición del hombre a Dios. Hay otro huerto, el del Calvario donde mataron y enterraron el cuerpo muerto de Jesús, pero éste no es un lugar de muerte, sino de Resurrección... La cruz donde muere Jesús, símbolo de la Pasión, se convierte aquí en emblema de vida y resurgimiento victorioso del sepulcro, porque “el Padre lo ha levantado de la noche de la muerte”. Por el poder del Padre el Cristo resucitado transforma la muerte en vida, “una vida nueva para los hombres”, una esperanza de justicia salvífica suprema más allá del sepulcro o la incineración; esperanza de vida eterna, más allá del memento homo, quia pulvis eris...

"Sus heridas te han curado": Detalle de Jesús resucitado... (Ademuz, 2013).

De esta forma, Jesús se nos propone como norma de vida, en fuente de discernimiento y “criterio (del) que podemos fiarnos”. Jesús llama todos los días a nuestro corazón, unas veces con suavidad, otras de forma apremiante, pero siempre con amor... Si le abrimos, Él entrará en nuestro interior y transformará nuestra vida y “el horizonte de nuestra existencia”, colmando “de sentido y de alegría” nuestra vida, permitiéndonos ver la realidad de forma distinta, más amable y esperanzada. La Resurrección es un insondable misterio de Amor al que sólo podemos asomarnos por la fe; no una fe filosófica o existencial, sino una fe real y palpable, similar a la confianza absoluta que los niños pequeños depositan en sus padres; porque el Señor ofrece a los que confían en Él una amistad incondicional.
Se nos invita a dejarnos conquistar por quien tanto nos ama... Vivamos con seriedad y confianza la Semana Santa -desde el Domingo de Ramos hasta la Vigilia Pascual, en la que el Señor resucita para todos los que deseen acogerle-: “¡Ven! ¡Cristo te espera!”.


Palabras finales.
La entrada se plantea como un amplio comentario al texto del libreto de “Sus heridas te han curado”, obra que próximamente se presentará en la plaza de la villa de Ademuz. No debe verse, pues, como una crítica formal de la representación propiamente dicha, ya que ésta todavía no ha tenido lugar.
La intención primera del autor, sin embargo, era entrevistar a los actores que encarnan los principales personajes, para conocer sus impresiones -de la obra en general y del personaje que representan en particular-, sus motivos y emociones, e incorporarlas a la glosa. Pero el texto es amplio y denso, y conforme lo iba leyendo surgían en mí sentimientos e ideas que creí conveniente añadir al comentario. En cualquier caso, la representación de la obra -como el Vía Crucis-, constituyen un camino interior, personal e intransferible que todo cristiano debería recorrer.

En el drama de la Pasión de Cristo cada actor tiene su papel y todos son necesarios, para que se cumpla el plan de Dios: la salvación de los hombres. Cristo ofrece a la Humanidad la posibilidad de redimirse; pero se trata de una salvación individual, que hay buscar y merecer. Aunque hay quien piensa que al final habrá "aprobado general" y todos seremos salvados, incluso los absolutamente malos, lo cual sería injunto en términos humanos. Pero nosotros no podemos ni debemos juzgar a nadie, ya que sólo Dios sabe las circunstancias de cada cuál y su vara de medir es generosa... La condición humana, sin embargo, se salva por actitudes como la de María de Betania, que unge al Señor agradecida; la de Nicodemo o José de Arimatea, generosos defensores del Justo; la de Pedro, que niega al Maestro, pero es capaz de reconocerlo y de pedir perdón; la de Claudia Prócula y de Silverio, que protegen al Inocente; la de Verónica o las mujeres de Jerusalén, que se compadecen del Sufriente camino del Calvario; del mismo Simón de Cirene, que carga con los problemas del Prójimo, aunque al principio no le viene bien... La condición humana se pierde, no obstante, con actitudes como la de Judas Iscariote, que traiciona la confianza del Amigo; la de Caifás y los fariseos que acusan, juzgan y condenan injustamente; la de los falsos testigos que encausan al Íntegro; la de Poncio Pilato, que no busca la verdad y hace dejación de su función de hacer Justicia y proteger al Reo; la de los esbirros y soldados que se complacen con el sufrimiento del Procesado, de los cobardes que se burlan del Penado que no puede defenderse...

"Sus heridas te han curado": Cruz penitencial, tras el descendimiento... (Ademuz, 2013).


Hay en Jesús de Nazaret al menos tres Cristos, el Cristo real (de carne y hueso, que vivió y murió en la Palestina del primer tercio del siglo I d.C), el Cristo histórico (investigable en los Evangelios y otros escritos de su época) y el Cristo de la fe... La mente crítica del hombre contemporáneo busca distinguirlos, y es lícito que así se haga, como se viene haciendo desde el siglo de las Luces, aplicando el método histórico-crítico al análisis de los Evangelios canónicos y apócrifos, y otros textos de aquel tiempo, tanto cristianos como paganos. El propósito es comprender mejor el misterio del hombre-Dios que muere por redimir a los hombres de sus pecados, del orgullo y la desesperación, ofreciendo un mensaje de amor, perdón y esperanza. Pero, ¿por qué se empeña Dios en redimirnos..., en salvarnos? -podríamos preguntarnos-. Debe ser porque nos ama, esto es, porque somos sus hijos, la parte más consciente de su creación -no porque nos lo merezcamos-. La representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret en Ademuz puede acercarnos a la comprensión de su entresijo -basta contemplar la obra con el corazón sereno y la mente abierta-. Vale.


© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).



[1] MEIER (2004), pp. 290-297.
[2] De la existencia de Poncio Pilato como procurador de Judea existen pruebas epigráficas: el arqueólogo italiano Antoni Frova (1914-2007) halló en Cesarea Marítima –en 1961- una inscripción en una piedra caliza que hipotéticamente dice: [Dis Augusti] S TIBERIEUM/ [Po] NTIUS PILATUS/ [Praef] ECTUS IUDA [ea] E/ [fecit d] E [edicavit], cuya traducción sería: Al divino augusto Tiberio/ Poncio Pilato/ Prefecto de Judea/ le dedica esto/. En las ruinas del teatro romano de Cesarea Marítima, capital de Judea entonces, hay una réplica del hallazgo, el original puede verse en el Israel Museum de Jerusalén. Vid De la inscripción hallada en Cesarea Marítima que certifica la existencia de Poncio Pilato, en: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=30112&mes=2&ano=2013, del 8 de julio de 2013. Alicia M. Canto. Textos históricos sobre Jesús de Nazaret, en: http://terraeantiqvaefotos.zoomblog.com/archivo/2006/01/05/, del 5 de enero de 2006.
[3]  Fariseos. (2014, 24 de febrero). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 12:08, abril 15, 2014 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Fariseos&oldid=72802750.
[4] Barrabás. (2014, 13 de abril). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 17:42, abril 15, 2014 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Barrab%C3%A1s&oldid=73786601.
[5] PÉREZ-RIOJA, José Antonio. Diccionario de Símbolos y Mitos. Editorial Tecnos, Madrid, 1971, p. 353.

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