martes, 3 de septiembre de 2013

ANTONIO LÓPEZ VILLALBA, VECINO DE TORREBAJA (I).

A propósito del homenaje que le rindió el 
Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia) durante las 
Fiestas Patronales.



“Pienso que siempre me han valorado más de lo que yo merezco,
y no sólo los alcaldes, también los concejales de cada Ayuntamiento...”.



         El señor Antonio López Villalba es un vecino de Torrebaja, natural de Hoya del Peral (Salvacañete), que desde hace años trabaja al servicio del Ayuntamiento como personal de mantenimiento. Con motivo de su próxima jubilación, la Entidad municipal decidió ofrecerle un homenaje en reconocimiento a su labor y buen hacer. Esto fue el último día de las Fiestas Patronales 2013, durante la popular Cena de la Vaca…
            Hace tiempo que tenía pensado hacerle una entrevista, pero el reciente homenaje fue la justificación para solicitarle un encuentro y charlar, y ello con el propósito de componer una entrada en este blog. Cuando se lo propuse se quedó sorprendido, arguyendo no saber qué contarme, pues pensaba que su vida no contenía nada de interés para los demás. El señor López Villalba, más conocido como “López”, es una persona sencilla, no le gusta figurar ni aparecer en primer plano de ningún lugar. Callado, reflexivo, habla lo justo y comedidamente... Entre sus cualidades destacaría su sentido de la responsabilidad, su capacidad de trabajo y ofrecimiento. Tiene sus ideas políticas, pero parece que nunca han supuesto una barrera para el trato con los demás. Siempre tiene a mano una sonrisa que ofrecer en el semblante..., y sabe que no hay que pedirle peras al olmo. Por lo demás es una de esas personas que tiene más valores de los que muestra, y habla menos de lo que sabe.
            Apenas tengo una remembranza del entrevistado en mi infancia, pues cuando él y su familia bajaron de la Hoya del Peral a Torrebaja, yo ya estaba en Barcelona; pero sé que vivían en una casa de la plaza del Ayuntamiento –entonces de Ramón y Cajal-; sus padres se dedicaban al campo, tenían vacas y vendían leche al por menor. Sin embargo, el recuerdo más nítido que tengo de su persona se refiere a una obra de teatro en la que él hacía un personaje muy gracioso, y que representaba con acierto...

El señor Antonio López Villalba (Hoya del Peral, 1949), durante la entrevista.


Contenido de la entrevista.
           La entrevista la concertamos para una tarde después de su trabajo, y a la hora convenida se presentó en mi casa. Le ofrecí algo de beber, café, cerveza, vino... pero él sólo aceptó un vaso de té blanco de Castiel con azúcar moreno, y eso después de insistir. La conversación la mantuvimos sentados ante la mesa de mi estudio, y fue del tenor siguiente.

          Antonio, ¿qué puedes decirme de tu persona, dónde naciste, quienes fueron tus padres, qué recuerdos tienes de tu infancia...?
  • Me llaman Antonio, Antonio López Villalba, y nací el día de san Antón de 1949 en Hoya del Peral, una aldea de Salvacañente, Cuenca... Mis padres fueron Feliciano y Remedios, él era natural de la aldea, pero mi madre procedía de Casas Nuevas, y fuimos dos hermanos, yo y una chica cinco años menor. Hubo otro chico entre medio que murió, por eso decía mi madre que pudo darme poco de mamar, porque entonces los niños mamaban hasta bien mayores... Ahora a los críos les quitan pronto el pecho y tiran adelante con las leches artificiales; pero entonces no había otra cosa que la leche de la madre... Recuerdo el caso de un compañero, quinto mío, al que fui a llamar para ir a la escuela, esto sería en el primer año de clase: Cuando salíamos de su casa se volvió y su madre aún le dio algo de mamar sentada en el rellano de la escalera... Claro, ya tendría los seis años cumplidos, pues era en esa edad cuando se entraba a la escuela entonces. La escuela de Hoya del Peral era un edificio moderno, construido después de la guerra, a concejada, que era como se construían entonces las obras públicas en los pueblos pequeños... El edificio tenía una planta baja, allí estaba la clase, y otra alta donde vivía la maestra. Yo siempre tuve maestras, y la clase era mixta, con niños y niñas juntos... No sé si antes hubo algún maestro, pero yo recuerdo sólo maestras; solían estar un curso sólo, al siguiente cambiaban... Ya te digo, a la entrada había un patio cubierto, con un cuarto para la leña y eso, y una puerta al fondo para la clase. En el piso de arriba vivía la maestra... El edificio estaba en el centro de la aldea, había una placeta enfrente, una era donde jugábamos; no, las calles de la aldea no estaban asfaltadas... 

Vista parcial del caserío de Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.

Entrada al caserío de Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.
 

Parece que en esa época había muchos escolares en estos municipios...
  • Sí, entonces había aquí muchos escolares, unos quince o veinte entre niños y niñas; además estaban los que venían de otras aldeas próximas, como Fuente la Zarza -este caserío ya ha desaparecido-: De allí subían cuatro alumnos, pues les caía más cerca Hoya del Peral que Salvacañete. También venían de La Hondonada, otro caserío que hay en la cuenca del Cabriel, en la carretera de Cañigral...; de allí venían otros dos hermanos... Esto en la época en que yo iba a la escuela, después los mayores se fueron marchando y ya no hubo reemplazo de niños; además, cuando nosotros dejamos la Hoya ya había comenzado la emigración... La maestra que mejor recuerdo es una que vino de la parte de Alcázar de San Juan, a la que nosotros tuvimos de pupila, pues puso como condición para venir a la aldea que la tuvieran en alguna casa a pensión, pues era una chica joven y no quería estar sola. Pero no había nadie que la pudiera tener, nosotros tampoco; fue mi abuelo paterno quien se empeñó en que teníamos que acoger a la chica, para que tuviera maestra la escuela... Nosotros vivíamos en la casa de mis abuelos, y la única alcoba en la que podía estar la maestra era la del abuelo, y yo dormía con él. Pero el abuelo ofreció su habitación a la maestra y nosotros nos fuimos a dormir a un cuarto que había en la cambra... Recuerdo también a otra maestra a la que llamaban Águeda, ya mayor y muy fuertota... Aquella la recuerdo porque pegaba a los que se portaban mal: Sí, se quitaba la zapatilla y arreaba... –a mí sólo me pegó una vez en que nos arreó a todo, por el alboroto que montamos-. Aquella maestra estaba con otra familia de la aldea. Cuando llegaba la época de tomar la Primera Comunión, para celebrarlo era habitual hacer en las casas magdalenas, pan untado, rolletes. Ella se bajó a la casa donde estaba alojada a ver cómo hacían los preparativos y nos dejó solos a los alumnos, ¡puedes imaginar la que montamos…! Desde la puerta vigilábamos el camino por donde debía subir la maestra, pero ella debió oír el bullicio o sospecharlo y fue por otro lugar, dando algo de vuelta. Total que cuando llegó nos pilló a todos alborotando…, por eso fue lo de pegarnos: Fuimos pasando, y ¡zas, zas! –nos arreó dos zaptillazos a cada uno-. No, yo era buen muchacho, quizá porque me criaba algo debilucho…; pero otros no paraban de recibir.

         Se menciona aquí al padre del entrevistado, señor Feliciano López Marín, natural de Hoya del Peral (Salvacañete), fallecido en Torrebaja (Valencia), el día 11 de noviembre 1990, a los 73 años.

Lápida en el Cementerio Municipal de Torrebaja (Valencia), correspondiente al señor Feliciano López Marín (1917-1990), padre del entrevistado.


Sigue diciendo:
  • La última o una de las últimas maestras que hubo en Hoya del Peral se llamaba Marisol, Marisol Perales y procedía de Castejón, un pueblo de Cuenca... Yo ya no iba a la escuela entonces, pues esto sería por el año 1964 ó 65, cuando ya tenía 15 ó 16 años. Ella contaba cosas de su familia y decía que tenía un hermano menor que era compositor... Nosotros le preguntábamos qué componía y ella decía que canciones. En cierta ocasión, esto sería en otoño, al comenzar el curso, o en primavera, antes de terminar la escuela, su hermano, al que llamaban José Luis, vino a la aldea y pasó un par de semanas con ella. Ellos vivían en la casa de la escuela. El chico tocaba la guitarra y los chicos y chicas de la aldea íbamos allí y bailoteábamos lo que él tocaba... Este chico después se hizo muy conocido, escribiendo y cantando canciones, pues era José Luis Perales. Durante su estancia en Hoya del Peral su hermana hizo mucha amistad con la familia de una de las alumnas mayores, y cuando ésta se casó, Marisol y su hermano José Luis vinieron a la boda. La boda se celebró en Salvacañete y nosotros, aunque ya estábamos en Torrebaja, fuimos también, y allí estuvimos todos... Sí, José Luis entonces ya era famoso.


Se nombra aquí a José Luis Perales (Castejón, 1945), acreditado cantautor y compositor conquense, que estuvo un par de semanas en Hoya del Peral, donde su hermana Marisol ejercía como maestra.[1]

            Entonces, ¿ésa era tu vida de niño en la aldea?
  • Sí, esta era mi vida en la aldea, como la de los demás chicos… Cuando salía de la escuela, a ayudar al padre; cuando no había escuela, a ayudar al padre… A veces, en tiempo de escuela también había que perder algún día para ayudar en el campo… Mis padres tenían tierras y algo de ganado, unas pocas ovejas; sólo se tenían las que podían mantenerse en invierno; porque en verano los animales pacen por el monte, pero en invierno había que darles pienso… Y no era rentable traer paja de Arroyo Cerezo, por ejemplo, que era el lugar más cercano: Claro, ahora es fácil encargar un camión de balas de paja, pero entonces no era posible… Había algunos que se iban “de extremo” con los animales, a la trashumancia por tierras de levante… No sé si en tiempos de mis abuelos irían mi padre o su hermano, pero nosotros no fuimos nunca. La familia de mi madre, que era de Casas Nuevas, sí iba “a extremo”; esto hasta que murió un tío mío… Mi madre tenía dos hermanos más, un chico y una chica. El hermano murió en la posguerra. Fue de estos jóvenes que llamaron en la última quinta, “la del biberón” le decían, y parece que estando en el frente de Teruel se pasó con los nacionales. Yo no sé cómo sucedería, pero al terminar la guerra estaba con el otro bando, aunque después todavía tuvo que hacer tres años de mili… Y estando en Lorca, Murcia, falleció; dijeron si de apendicitis; al menos esa fue la notificación oficial… Cuando se enteraron, mis abuelos intentaron ir al entierro, o ver dónde estaba enterrado. Pero en algún trasbordo de trenes se encontraron con uno de Salvacañete que había estado destinado donde mi tío, les traía las pertenencias del hijo fallecido y parece les convenció para que no fueran: ¿Para qué quieren ir, si ya no van a ver nada? –les decía el soldado-: Él ya está enterrado… -el caso fue que les convenció y regresaron al pueblo-. Y nunca hemos ido a ver dónde estaba enterrado… Al principio por falta de medios, luego por no poder. El tiempo pasó y los abuelos se fueron haciendo mayores... Pero mis abuelos se quedaron muy afectados, sobre todo la abuela… Yo supe dónde estaba enterrado por casualidad, porque tras un viaje de fin de estudios le dije a mi madre que habíamos pasado por Loca y ella me dijo: ¡En Lorca está enterrado el tío…!

Se hace aquí mención de la actividad ganadera denominada trashumancia, que fue común en la zona de Salvacañete (Cuenca) en otra época.[2]

Vista parcial del caserío de Hoya del Peral (Salvacañete), desde el antiguo transformador (2013).
Vista parcial del caserío de Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.

          ¿Después de dejar la escuela, cómo fue tu vida en la aldea?
  • Bueno, pues como la de los demás muchachos de mi edad… Ayudar al padre en las faenas del campo y llevar el ganado al monte… Aquello es zona de secano, pero casi todos los vecinos tenían huerta en la vega de Salvacañete. Todavía tenemos nosotros algo de tierra por allí… La Hoya del Peral está en un montículo rodeado de montañas; hay por allí un peral, pero no creo que se deba el nombre a ese árbol, pues éste lo plantaron en guerra y la aldea se llama así de toda la vida… Aquello era de secano, aunque una parte se regaba con balsas. Había trigo, ganado, animales de corral, pollos gallinas, conejos y el gorrino; así se subsistía. Sí, nosotros teníamos cerdos y nunca comprábamos en la carnicería, además de que en la aldea no había tienda: Si comprábamos era cosa de latas de conserva, pescado salado y tocino… No sé de dónde vendría aquel tocino, pero la gente lo intercambiaba por los jamones enteros al peso: Un kilo de jamón por tres de tocino… Del tocino se sacaba la grasa para guisar y daba para mucho, porque el jamón estaba muy bueno, pero duraba poco. Todo ha cambiado, porque ahora van por las aldeas a vender con camionetas, pero entonces era impensable, lo primero porque los caminos eran de herradura y no podía pasar un carro. Los que venían a vender entonces lo hacían con un burro…

Detalle de un curioso abrevadero para el ganado en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.

            Sigue comentando:
  • No, allí no había horno comunal, porque cada casa tenía el suyo… A veces se reunían varias vecinas, dos o tres, y horneaban juntas… Pero casi todas las casas tenían su horno. El nuestro estaba frente a la casa… La casa daba a una era y al otro lado de la era estaba el corral, con las gorrineras y el horno encima. Las construcciones eran todas de piedra, muy rústicas pero prácticas para el uso que se les daba. Del horno se encargaba mi abuelo… El día que horneaban se levantaba temprano y comenzaba a calentarlo con aliagas, después iban echando leña, madera de pino, enebro, sabina… para mantenerlo. Cuando alcanzaba la temperatura adecuada había que retirar brasas y cenizas a un lado, esto lo hacían con un badil, que era un hierro en ángulo… Cuando tenían la ceniza retirada, con otro palo que llevaba una prenda de lana o lo que fuera en la punta, barrían el piso del horno, y como el trapo se calentaba mucho, para que no ardiera lo metían en un cubo de agua..., así hasta dejar bien limpias las losas del piso del horno. Luego ponían cada pieza de masa en una pala, que no era más que una plancha de hierro con un palo en el extremo, para hornearla: Esparcían un poco de harina en la base para que no se pegara la masa y así la introducían, y con un movimiento del extremo de la pala iban soltando cada pieza en la parte del horno que deseaban. Para sacar los panes utilizaban la misma pala: Sacarlos era más fácil, porque cuando estaban bien cocidos se desprendían bien... Para iluminar el horno por dentro se utilizaban maderas de pino albar, pues las de negral tienen mucha resina: Los palos se partían en cuatro trozos y cuando se terminaba cada cocción se metían en el horno, para quitarles el agua. En la siguiente hornada se utilizaban como “lumbreras”, para alumbrar el horno...
Vista de Salvacañete (Cuenca)
[Fotografía de Alfredo Montero Martínez].

            ¿Recuerdas cómo hacían el pan en Hoya del Peral?
  • Claro que me acuerdo... Y ya te digo que el mejor pan que he comido en mi vida es el que hacía mi madre, ya no he vuelto a comer pan como aquel… Hacer el pan es una labor delicada y lleva su proceso, el que salga bueno depende de muchas cosas: de la masa, del calor, de los tiempos… Primero cernían la harina, aunque algunas no la cernerían, para separar la harina del salvado. Le echaban levadura de la amasadura anterior…, aunque al final de nuestra estancia allí ya se compraba la levadura de cerveza, que aumentaba mucho el volumen. La masa se tenía que trabajar a mano hasta que adquiría la consistencia adecuada, luego se dejaba reposar en el escriño, tapada, para que fermentase. Eso necesita su tiempo, y calor. Si hacía mucho frío ponían el escriño con la masa junto del fuego. Luego lo sacaban de nuevo y lo troceaban, cortándolo, para darle la forma de panes, y se colocaban entre los mandiles para que se terminara de hacer; cada paso requiere su tiempo. Finalmente se metían al horno… Primero metían uno, para ver si el horno estaba en su punto o pasado. Si estaba pasado de calor, el pan se quemaba por fuera y la masa quedaba cruda. Por eso hacían una prueba. Para ver si estaba bien cocido, cogían el pan y lo golpeaban por la base, para escucharlo; porque el pan cocido tiene un sonido y el crudo otro, como los melones...
Detalle de abrevadero en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.


Vista parcial de Torrebaja (Valencia), desde el puente del Ebrón, con detalle del antiguo camino de acceso al pueblo, correspondiente al actual Paseo de la Diputación (años sesenta, mediados).

            ¿Cómo fue que tu familia bajara a Torrebaja, qué circunstancias concurrieron?
  • Recuerdo que bajamos a Torrebaja el día 31 de diciembre de 1966, lo recuerdo porque es una fecha peculiar... -justamente el último día del año, san Silvestre-. Yo tenía 17 años, me faltaban unos días para cumplir los 18, pues ya te digo que nací el 17 de enero, día de san Antón,... En los años sesenta, cuando nosotros nos fuimos de Hoya del Peral fue cuando todo el mundo comenzó a mover de los pueblos y aldeas de la zona, camino de las ciudades. Hasta esa época en las ciudades tampoco andaban tan sobrados, y en el pueblo se sobrevivía… Por entonces mis padres tenían la carga nuestra, la mía y la de mi hermana, cinco años menor que yo, también tenían a mi abuelo paterno, que ya era mayor: Los maternos vivían en Casas Nuevas, de donde era mi madre, pero éstos todavía se mundiaban..., quiero decir que se valían solos. La mayoría de la gente de la Hoya del Peral se marcharon a Barcelona y Valencia, esto la mayoría. Pero se marchaban los hijos mayores, así la casa no se deshacía. Y si les iba mal, siempre podían volver a casa de los padres... En nuestro caso mi padre no se atrevió a mover a toda la familia -me refiero a marcharnos a Valencia sin tener allí nada-; lo veía muy arriesgado... Claro, teníamos que haber vendido lo poco que teníamos en el pueblo y marchar a la capital a ver lo que salía... La verdad es que todos o casi todos los que se marcharon tuvieron suerte, al menos volvieron en mejores condiciones que se habían ido. El venir aquí lo pensaron porque surgió la oportunidad... Nosotros teníamos unos familiares, primos de mis padres, en Torrealta, que estaban de medieros con el tío Enrique Sánchez padre, en la Rambla de Riodeva: Sí, el tío Martín y su hijo José, que luego fue guardia civil... Por aquella época Rafael Lillo de Torrebaja tuvo necesidad de alguien que le llevara las tierras, y por intermedio del tío Enrique le hizo saber a sus medieros de la Rambla, que eran estos primos de mis padres que te digo... El tío Martín se lo dijo a otros primos de Casas Nuevas, pero ellos no estaban interesados, y nos mandaron razón a nosotros; así fue como nos enteramos de que esta familia de Torrebaja necesitaba un mediero.

            Sigue diciendo:
  • Nosotros estábamos en Hoya del Peral subsistiendo, que dicen... Ni teníamos mucha tierra, ni mucho ganado, lo justo para ir tirando... Y considerando todo esto mis padres decidieron emprender esta aventura, que les pareció menos arriesgada que marchar directamente a Valencia. Iríamos a Torrebaja y probaríamos –esto sin vender la casa, ni las tierras de la Hoya, ni los animales, machos y ovejas que teníamos-: Y si no funcionaba lo de Torrebaja, pues siempre podríamos volver a nuestra casa... –eso fue lo que pensaron-. Mis padres me lo comentaron, y a mí me pareció bien... Al que no se lo consultaron fue a mi abuelo Pantaleón, que ya tenía ochenta años cumplidos. Para mi abuelo debió ser más doloroso salir de su casa y de su pueblo a esta edad –quizá fuimos injustos con él en aquel momento-, pero se adaptó bien; aunque falleció a los dos años de estar en Torrebaja; está enterrado en el cementerio de aquí...

Tumba-cruz en el Cementerio Municipal de Torrebaja (Valencia), correspondiente al señor Pantaleón López García (1885-1968), abuelo paterno del entrevistado.

         Se nombra aquí al abuelo del entrevistado, señor Pantaleón López García, natural de Hoya del Peral (Cuenca), que falleció en Torrebaja (Valencia), el 30 de octubre de 1968, a los 83 años. Continúa comentando:
  • El abuelo Pantaleón es el que te contaba que cedió su alcoba a la maestra para que pudiera estar en la aldea... Era un hombre abierto y muy buena persona. A mi abuela paterna, a la que llamaban Petra Marín apenas la recuerdo, porque murió siendo yo muy niño; aunque me crió ella, pues mis padres tenían que ir a trabajar y yo me quedaba con ella... Ya te digo que apenas la conocí, pero recuerdo una vez que mi padre le puso una inyección intravenosa... No, mi padre no era practicante ni tenía estudios, pero hacía de barbero y eso conllevaba entonces la función de practicante, era quien ponía las inyecciones en la aldea. También tenía la barbería... Sí, cortaba el pelo y afeitaba. No, no iba por las casas, la barbería estaba en la casa de mi abuelo, en un rincón de la cocina: Allí tenía un sillón de barbero y acudían los hombres a cortarse el pelo y pelarse la barba, y la cocina servía de mentidero: En la cocina estaba el fuego bajo, donde se guisaba, la mesa de comer... y la silla de afeitar, que recuerdo tenía un respaldo para la cabeza. No sé de dónde la sacaría, quizá la mandó hacer. A mí me gustaba escuchar lo que hablaban los hombres, porque contaban cosas de la guerra y otras historias... Parece que mi padre aprendió de un tío mío que iba de aprendiz con un barbero. Pero al marcharse mi tío a la Guardia Civil, mi padre se quedó con el oficio...

            ¿Qué más recuerdas de tus abuelos?
  • Ya te digo que poca cosa..., porque a la abuela Petra apenas la conocí, aunque yo ya tenía más de cinco años cuando murió, te lo digo porque mi hermana ya había nacido. La recuerdo a trozos... y de cuerpo presente. Cuando falleció la pusieron en su alcoba, allí la velaron. Como el cajón no podían subirlo hasta la habitación, porque la escalera era estrecha, entre cuatro la bajaron a ella en una colcha hasta la entrada y la pusieron en el cajón. El cajón lo trajeron de Salvacañete, y como en Hoya del Peral no había cementerio, hubo que llevarla con un macho hasta el cementerio; así es como llevaban a todos los que morían en la aldea, la caballería aparejada con la albarda y las samugas, como cuando se acarreaba, pues los caminos eran entonces de herradura, y no podían pasar carros... Claro, de Hoya del Peral a Salvacañete bajaban a los difuntos con una caballería hasta la iglesia, y de allí al cementerio imagino que a hombros.... De joven mi padre vivía con los abuelos, pero cuando se casó con mi madre alquilaron una casa en la aldea y se pusieron a vivir solos, y fue en esta casa donde nacimos yo y mi hermana. Pero al morir la abuela nos fuimos a vivir con el abuelo, porque él no quiso venirse a nuestra casa: No, yo de mi casa no salgo... –decía; por eso fue de irnos nosotros a la suya-. Aunque después tuvo que salir de su casa y de la aldea para venirse con nosotros a Torrebaja... -por eso te decía que quizá fuimos injustos con él-. Cuando mi padre y mi tío partieron lo de los abuelos, a mi tío le tocó la casa y a nosotros los corrales de enfrente. Pero mi tío acabó vendiendo la casa, y nosotros le vendimos al mismo comprador los corrales. Por eso ya no tenemos ningún edificio en Hoya del Peral, sólo las tierras y unas parideras en el monte...
Detalle de una antigua casona en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.
Detalle de una antigua casona en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.
Detalle de fuente pública en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.
Detalle de fuente con abrevadero y lavadero público en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.
Detalle de la entrada a una antigua casa de Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.
Detalle de ropa tendida en Hoya del Peral (Salvacañete), 2013.


       Entonces, ¿cómo fueron los primeros tiempos de tu estancia en Torrebaja, qué te pareció el pueblo al llegar de Hoya del Peral?
  • Cuando llegamos a Torrebaja –el 31 de diciembre de 1966-, esto me pareció una capital... Ten en cuenta que yo estaba acostumbrado a la aldea, a estar en el monte con las ovejas, porque los últimos años antes de venirnos aquí yo estaba de pastor, y a veces tenía que dormir sólo en el monte con el ganado... Claro, yo ya había dejado la escuela al cumplir los 14 años, y desde ese momento me dediqué a ayudar a mi padre en las faenas del campo, y como pastor. Nosotros vivíamos en la plaza de Torrebaja, en la planta baja de la casa de Rafael Lillo..., y las ovejas las teníamos en Las Eras. También nos trajimos un perro, que se llamaba Mora. Torrebaja me pareció otro mundo, nada que ver con la aldea... Por las mañanas, cuando emprendía la faena, me iba por la calle san Roque arriba y atravesaba la carretera... Cuando llegaba a las escaleras de san Roque, que entonces todavía estaban de piedra y tierra, me parecía que sólo entonces estaba en mi medio, porque esta parte de Los Pajares era más parecido a lo que yo había conocido en la aldea... Aquí seguimos con las ovejas y las tierras que llevábamos a medias, aunque continuábamos con las nuestras de Hoya del Peral.
Plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia), con el piso de la plaza y la calle todavía sin cementar.

            ¿Cómo ha sido vuestra estancia en Torrebaja, habéis estado a gusto?
  • En Torrebaja hemos estado siempre muy a gusto... Aunque al principio fue duro, porque yo no conocía a nadie, y cuando iba al cine de la carretera me ponía solo... Esto fue los primeros meses, y tampoco me suponía ningún problema, porque yo estaba acostumbrado a la soledad del monte. No, yo no añoré nunca la aldea, pero mi madre decía alguna vez: ¿Cómo hubiéramos estado de habernos quedado en Hoya del Peral, estaríamos mejor...? –lo decía como pensando lo que hubiera podido ser, pero sin verdadera añoranza-. Yo le decía que eso nunca lo sabríamos, pero que aquí no habíamos estado tan mal... Mi padre era de otro pensar: ¡Si nos hubiéramos quedado allí yo ya me habría muerto...! –decía él, porque aquello era muy duro, todo había que hacerlo a mano, siempre peleando con los animales..., labrar, sembrar, segar...-. La poca huerta que teníamos estaba a una hora de camino... Por eso teníamos que echar el día, y llevarnos la comida... En la huerta de Salvacañete estaban los cultivos de hortaliza, como aquí. Allí teníamos dos añadas, en una sembrábamos cebada, para descansar y en la otra patatas, remolacha y las hortalizas que te digo, judías, tomates... Al año siguiente se cambiaba el cultivo. La remolacha forrajera era para los animales en invierno; también cultivábamos esparceta o pipirigallo que llamaban allí..., que es como el alfalfe pero más rústico, porque se cultivaba en secano. En las fincas más cercanas a las casas sembrábamos mielgas, así teníamos algo verde para los cerdos... Las tierras eran flojas, pero de abonarlas con el estiércol de los animales acababan haciéndose buenas.

            ¿Cómo fue el recibimiento de los torrebajeros, os sentisteis acogidos?
  • Sí, no tuvimos ningún problema... Aquí en Torrebaja nos conocían como "los medieros de Lillo", para diferenciarnos de otros que había... También nos decían "los medieros de la plaza". No, aquí no nos pusieron ningún mote. A mi abuelo materno, el de Casas Nuevas, le llamaban el Billoto... Porque mi bisabuelo casó con una moza de El Cubillo: Cuando bajaba a festear iba andando o con un macho, y cuando la gente le preguntaba dónde iba, contestaba: ¡Voy a ver a las billotas...! –porque en ese pueblo hay muchas carrascas, y debía referirse a las bellotas-. De ahí le vino lo de Billoto... A mis tíos no les importaba el apodo, pero a mi abuelo no le gustaba nada. Al padre de mi abuela Petra, que también descendía de Casas Nuevas, le llamaban Morrazos... Y a mi abuelo paterno le decían Pantaleoncillo, porque había en la aldea otro Pantaleón que era de mayor estatura, auque él no era bajito.
El señor Antonio López Villalba (Hoya del Peral, 1949), durante la entrevista.

      Antonio, ¿recuerdas aquel teatrillo que formasteis en el cine, tú hacías un personaje muy gracioso?
  • Claro que me acuerdo..., aquello surgió a raíz de los “Planteles” de Extensión Agraria. En la Oficina que había en la plaza decidieron hacer grupos de gente joven que quisieran estudiar agricultura... Y el mismo día que hacían la primera reunión, como yo vivía en la plaza, pues me apunté... Fue gracias a Teodoro Gómez el de Ceferino, que me invitó a ir con él para registrarme. Y de ahí fue que me hice del Plantel, y de ahí surgió lo del teatrillo que montamos... La primera obra se llamaba: ¿Por qué te casas, Perico? Tuvo tanto éxito que después montamos otra: Las víctimas de Chevalier, o algo así, que trataba de un mono que no salía a escena... Ambas eran comedias para reírse... La primera trataba de un joven con novia llamado Perico, pero que se lió con una francesa... Yo hacia de criado, al que llamaban Bartolo, pero la francesa me llamaba Bartolomé, y a mí me molestaba que me llamara así... Bueno, eran obras sencillas pero la gente se reía a carcajadas... Las obras salieron bien, pero ensayamos mucho. Como te digo, lo del teatro se hizo a través de estos grupos de Extensión Agraria: Aquí había dos agentes, el jefe y otro al que llamaban Juan José... Éste era muy aficionado al teatro, y escogió estas obras de una colección que tenía... Todo esto me sirvió para integrarme en el pueblo y con la gente...

         Una vez instalados en Torrebaja, ¿cómo evoluciona tu vida en esos años?
  • Bueno, todo transcurrió con normalidad... Ya te digo que nos bajamos a probar, a ver cómo nos iba, y como estábamos bien continuamos. Yo ayudaba a mi padre en el campo y con los animales, así estuve hasta que me llamaron para el servicio militar. La mili la hice en Valencia, en Marines... fui en el primer reemplazo de mi quinta, la de 1970-71. Marines entonces era un campamento nuevo, no sé si estrenamos nosotros los cuarteles... Después me destinaron a la Unidad de Veterinaria, estuve en un destacamento en Bétera, donde los jefes tenían unos terneros que había que cuidar. Debió de mediar alguna influencia, porque allí había tres soldados destinados, uno de ellos siempre estaba de permiso en casa, y los otros dos en el destacamento; por eso podría decirse que sólo hice un tercio de mili... El caso es que mi padre necesitaba ayuda, y yo le vine muy bien.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).




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[1] José Luis Perales. (2013, 29 de septiembre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 11:19, octubre 8, 2013 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Jos%C3%A9_Luis_Perales&oldid=69918304.
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. “Tiempo de trashumancia”, último libro de Mariano López Marín, en: http://alfredosanchezgarzon.blogspot.com.es/2012/11/tiempo-de-trashumancia-ultimo-libro-de.html, del miércoles 28 de noviembre de 2012.

1 comentario:

  1. Gran trabajo amigo Alfredo el que has dedicado a mi paisano y amigo Antonio López Villaba.Era vecino de mis abuelos paternos Francisco y Juliana en la Hoya del Peral.He convivido con él y con sus padres Feliciano y Remedios cuando iba a la aldea a realizar trabajos del campo y a ver a mis abuelos. La descripción de la vida en la aldea y de la escuela de la misma me ha traido muchos recuerdos de infancia.Recuerdo perfectamente cuando se bajaron a vivir a Torrebaja de medieros. Me lleva cinco años pero conviví mucho con él.Gracias por dedicarle este precioso artículo en tu blog. Con tu permiso lo comparto en mi perfil de Facebok.
    ¡Enhorabuena!

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