sábado, 5 de noviembre de 2011

VISITA GUIADA A LAS TRINCHERAS DE LA LOMA EN TORREBAJA (VALENCIA).


A propósito del LXXV aniversario del comienzo de la Guerra Civil (1936-39)


Hace algunos años el Ayuntamiento tuvo la feliz idea de abrir el Sendero Botánico de La Loma: un trayecto de pequeño recorrido sobre la ladera norte de este monte, ubicado en la prolongación de la partida de El Montecillo hacia el este, frente a Torrebaja (Valencia). Dicho camino se abrió para valorizar la avifauna que prospera en el entorno, y para hacer posible la visita a los restos de la Guerra Civil (1936-39), consistentes en varias trincheras o nidos de ametralladoras restaurados al efecto.
La Loma es un altozano poblado de una rica flora, con predominio de pinos (carrascos, piñoneros y negrales o laricios), donde también pueden encontrarse algunas sabinas, carrascas y sauces, quejigos, coscojas y madroños, junto a espinos, rosales silvestres y cornejos, que crecen junto al monte bajo -romeros, tomillos, salvia y aliagas-; y variedad de fauna (zorros, ardillas, ratones de campo, tejones, cornejas, urracas, cárabos...), ésta más difícil de observar. La vertiente septentrional de esta montículo se halla por encima de la partida de Los Albares, franja de huerta perteneciente al término de Torrebaja y cuyo nombre alude a la existencia en el lugar de pinos albares (Pinus sylvestris L.) -silvestres o de Valsain- probablemente el bosque primitivo (al menos anterior a la actual reforestación).
Para arribar al lugar pueden utilizarse dos accesos distintos: uno, siguiendo el camino del río Ebrón, atravesando el polideportivo y dirigiéndose luego hacia el molino y ermita de san José –vía Ademuz por el camino de Las Vueltas-; otro, yendo por la avenida de la Presa, para atravesar el río en dirección al Montecillo, zona de montaña que mira el valle del Ebrón.
--De utilizar el primero, veremos que a la altura del merendero y Polideportivo Municipal están las primeras indicaciones, señalando la dirección de la ermita de san José, el molino del Señor (o de Abajo), el Sendero Botánico, los restos de la Guerra Civil y los miradores del río Turia y el Ebrón. Al llegar al molino maquilero, junto a la acequia, veremos otro panel indicador –éste en regular estado de conservación- guiándonos hacia el camino de Los Albares. Cruzando la acequia bordearemos el edificio molinero por detrás, ascendiendo luego por la ladera hasta dar con el indicado sendero: siguiéndolo podremos visitar al comienzo los restos de trincheras y nidos de ametralladoras, para continuar después por el sendero del bosque, hasta salir a la carretera que sube al Montecillo.
--De seguir el segundo, al acabar la zona de huerta que discurre junto a la carreterita que viene de La Presa del Ebrón, nada más iniciar la costanilla, hay tomar el camino que surge a la izquierda, para internarse directamente en la travesía: de esta forma haremos el recorrido inverso, recorriendo el sendero que discurre entre los pinos y visitando luego las trincheras, para salir al molino de san José (o de Arriba) o por detrás de la ermita de san José. Cualquiera de ellos es bueno para conocer y disfrutar del lugar, todo depende del punto de donde se parta para iniciar el recorrido.

Para nuestra visita les propongo el primer acceso, partiendo de Torrebaja por la avenida de la Diputación, camino del río Ebrón y el área recreativa -Merendero, pabellón Cavanilles y Polideportivo Municipal-: como decía arriba, al llegar al molino de san José lo circundamos por detrás, ascendiendo por una trocha irregular hasta media vertiente, donde encontraremos el comienzo de la ruta que pretendemos. Hay que seguirla un trecho, caminando entre pinos por un sendero orlado de piedras y enseguida daremos con los restos de las antiguas trincheras o nidos de ametralladoras del tiempo de la guerra. Se trata de unas simples zanjas abiertas en la ladera que comunican con una cavidad posterior labrada en la roca arcillosa, cuya oquedad se prolonga hacia el fondo con una menuda estancia. En esta parte existen dos excavaciones similares, separadas por una corta distancia, labradas en la cota media-alta de la colina: al parecer, su misión fue la de vigilancia y defensa antiaérea durante los bombardeos nacionales que sufrió la población de Torrebaja. Su empleo no está documentado más que con testimonios recogidos entre los vecinos que vivieron los acontecimientos bélicos; pero no hay registros escritos. En correspondencia con este punto de vigilancia y defensa sabemos que en el alto de Los Molares –frente a Torrebaja- también existió un puesto vigía, desde donde avisaban al Estado Mayor de la proximidad de bombarderos, para prevenir a la población de su presencia y se dirigiera a los refugios.[1]
Las estancias excavadas en la ladera permiten suponer que no cabían más de dos o tres soldados o milicianos, que se irían turnando siguiendo un turno de guardias. Aparentemente en las paredes no hay rastro de hollín –aunque éste podría haberse desprendido- lo que hace pensar que no encendían fuego para calentarse: ello que implica que debían pasar mucho frío en invierno, pues la vertiente encara el cierzo. Por otra parte es razonable pensar que no les permitieran encender fogatas, pues se supone eran lugares ocultos y el fuego o el humo hubiera delatado las posiciones.

Junto a las bocas de los nidos de ametralladoras hay un panel con un poema de Miguel Hernández (1910-42) –Tristes guerras...-, cuyo texto alude al momento histórico:

Tristes guerras/ si no es amor la empresa./ Tristes, tristes.//  
Tristes armas/ si no son las palabras./ Tristes, tristes.//  
Tristes hombres/ si no mueren de amores./ Tristes, tristes.//

Asimismo, desconocemos la fecha exacta de apertura de estas zanjas y resguardos, pero debieron labrarse al comienzo de la guerra, esto es, en el otoño-invierno de 1936 –seguramente cuando se instalaron los militares en la población-, al tiempo que los mencionados refugios antiaéreos. Como es sabido, en Torrebaja se estableció el Estado Mayor del XIX Cuerpo de Ejército republicano de Levante, datando de entonces la apertura de cuatro refugios principales: uno bajo la Iglesia parroquial, con una boca en la calle Arboleda y su confluencia con Rosario, y otra por el Cantón; otro en unos huertos o solares que había al comienzo de la actual avenida de Valencia: éste era de cemento armado, tenía forma piramidal y se hallaba destinado básicamente al personal militar del Estado Mayor, ubicado en varias casas de la calle san Roque. Hubo un tercer refugio frente al Hospital de Sangre –destinado a los pacientes y personal sanitario-: éste ocupaba varios edificios sitos en la carretera, donde se halla instalada la actual entidad bancaria Caja Campo. Y un cuarto en Los Pajares, por debajo la ermita de san Roque, que contaba también con dos accesos.[2]
La ubicación de las zanjas y nidos de ametralladoras en La Loma es privilegiada, pues desde esta parte se controla visualmente la población en su disposición sur oriental, la carretera de Cuenca, vía Los Santos (Castielfabib), y el valle del Ebrón. Asimismo, desde el altozano se representa la vega del Turia, el río y sus accesos, el molino de san José, la ermita de este nombre y el comienzo del camino de las Vueltas, que conduce a Ademuz.
El fallido golpe de estado de los militares derechistas contra el Gobierno de la II República –ya en franca deriva revolucionaria desde las elecciones de febrero de 1936- se transformó en abierta guerra civil, de forma que hacia el 20 de julio la Guardia de Asalto de Teruel y la Guardia Civil se adhirieron a los militares alzados: ello supuso el repliegue de las fuerzas armadas hacia la capital, dejando desamparadas las zonas rurales.[3] De haber estado entonces en nuestra atalaya de La Loma hubiéramos podido ver cómo miembros del Comité Revolucionario de Torrebaja, ayudados por algunos vecinos simpatizantes, talaban varios grandes chopos en La Presa y los arrastraban con caballerías hasta la entrada del pueblo, atravesándolos en la carretera a la altura del jardín de Tomás el Rito, “para que no pasaran los fascistas de Teruel” a Torrebaja.[4]

De inmediato comenzaron a llegar tropas milicianas a la zona, iniciándose la llamada Guerra de Columnas -sin líneas establecidas ni frentes fijos-: antes del 13 de agosto ya había milicianos en Torrebaja y enseguida se produjo la toma de Libros y posteriormente la de Villel, que quedó en manos republicanas hacia el 21 de este mismo mes. Coincidiendo con la llegada de estas tropas se produjeron los primeros actos revolucionarios, entre los que cabe destacar el saqueo de la iglesia parroquial -y ermitas locales-, cuyo contenido litúrgico, ornamental y mueble fue quemado en La Replaceta; algunas imágenes se salvaron de la pira, pero acabaron siendo arrojadas al Cantón desde la barbacana. Unas pocas se preservaron, por haberlas guardado los vecinos en sus casas o en las Eras, escondidas entre la paja...
Asimismo, pronto comenzaron los asesinatos en la zona: Vicente Asensio Monleón (a) el Ferrer, vecino de Castielfabib, fue detenido y muerto en el barranco Hondo, el 13 de agosto;[5] don Blas Mañes Palomar, cura párroco de Ademuz fue muerto en la zona de El Mojón, partida de La Huérguina (Cuenca), el 14 de agosto;[6] don Ramón Fos Adelantado, cura párroco de Corcolilla de Alpuente (Valencia), fue muerto en el camino del rento de Barrachina a Casasbajas el 16 de agosto;[7] el joven Conrado Andrés Sánchez, carnicero de Casasaltas avecinado en Las Minas de Libros fue muerto el 25 de agosto en el barranco de la Virgen (Castielfabib); don Agustín Navarro Zapata, cura párroco de Henarejos (Cuenca), fue muerto en el rento de Benarruel, partida de Santo Domingo de Moya (Cuenca), en la linde con Negrón (Vallanca), el 31 de agosto;[8] Aurelio Cortés Soriano, natural de Libros y residente en las Casas del Campo (Villel), fue muerto en el cementerio de Villel el 8 de septiembre, junto con Ignacio Gómez Gómez y sus yernos -Manuel Gómez Esparza y Tomás Gómez Esparza-: los tres últimos moraban con sus esposas en la masía de Las Ritas, también conocida como Viñuelas Altas, todos ellos eran naturales de Torrebaja;[9] Ángel Tortajada Gea (a) el Cirujano, natural de Torrebaja y residente en el barrio de Las Minas de Libros, fue brutalmente asesinado en el barranco del Esparto, junto a la rambla de Riodeva (Libros), el 20 de octubre;[10] don Francisco Valero Valero, natural de El Cuervo (Teruel) secretario del Ayuntamiento de Torrebaja, donde estaba afincado, fue detenido el 26 de noviembre y conducido a la checa de las Torres de Cuarte (Valencia), desde donde fue sacado el 8 de diciembre para ser ejecutado en Paterna (Valencia).[11] La lista de los asesinados por entonces en Libros y Villel superan la docena... Entre los asesinados en Libros merece la pena destacar uno de los crímenes más crueles de la Guerra Civil, el de la joven Ramona Miguel García, de 24 años, linchada el 6 de febrero de 1938: según los declarantes,  “fue enterrada viva” y previamente le “habían sacado los ojos a la asesinada”; sin embargo, el informe de la Guardia Civil dice que lo de sacarle los ojos fue una vez fusilada.[12]

Desde nuestra atalaya en La Loma –sentados junto a las zanjas y nidos de ametralladoras, al amparo de los pinos- resulta fácil evocar lo que pudieron ser aquellos momentos funestos de la Guerra Civil, singularmente en lo que afecta a Torrebaja. De este periodo quiero destacar dos acontecimientos singularmente trágicos: la toma de Teruel por los republicanos (y la contraofensiva nacional) en el invierno de 1937 y el bombardeo de la localidad por la aviación nacional del 26 de noviembre de 1938. Respecto de la toma de Teruel por los “republicanos”, quiero dejar constancia de lo ya escrito por mí en otro lugar, adonde remito al lector para el cifrado de las citas:[13]
  • <El frente sur de Teruel y toda la zona del Rincón de Ademuz estuvieron prácticamente inactivos hasta noviembre de 1937, con las características de un frente de escasa actividad (pasivo). Sin entrar en el detalle de las consideraciones estratégicas, puede decirse que las divisiones elegidas por el mando del ejército frentepopular para la toma de Teruel quedaron establecidas en tres grandes masas de maniobra y una de reserva: Columna de la derecha (Norte), Columna del Centro, Columna de la Izquierda (Sur) y otra de Reserva. La que afectaba nuestra zona fue la ubicada al sur Columna de la Izquierda y estaba formada por el XVIII Cuerpo de Ejército. Contaba éste con las Divisiones 34 y 64, un batallón de carros (T-26), cuatro grupos de artillería y otros cuatro batallones de Fortificación. Las fuerzas de Reserva de dicha columna, escalonadas hacia el oeste, eran la 70 y 47. El referido Ejército de Levante (Cuerpo de Ejército XIII y XIX) se consideraba una fuerza local (frente pasivo), y sus jefes, junto con los de las citadas Divisiones de Reserva (70 y 47) quedaron directamente subordinadas al Mando supremo del conjunto, para las contingencias que surgiesen>.
  • <Para los efectos de la maniobra táctica de concentración, las fuerzas de la División 34 se hallaban repartidas en tres pueblos del Rincón de Ademuz (Ademuz, Castielfabib y Torrebaja), mientras que las de la División 64 se ubicaron en Alobras y Tormón (Teruel). A la luz de lo expuesto, merece la pena reflexionar al respecto, para imaginar por un momento la distribución de gente armada que supuso la concentración de aquella gran unidad militar en nuestros pueblos, pues entre los tres citados sumaban unos nueve mil soldados. A principios de diciembre ya se conocía el volumen probable de los efectivos que deberían tomar parte en la operación. En total se establecieron unos 77.000 hombres, de los que 15.000 correspondían a la citada Columna de la Izquierda (Sur). Los vehículos a motor dispuestos para la operación reunían unos 3.230, una cantidad considerable para el ejército frentepopular, a los que cabía añadir unas 2.350 caballerías>.
  • <Respecto a la enorme cifra de vehículos dispuestos para la operación, cabe apuntar que los vecinos de Torrebaja recuerdan la ingente cantidad de camiones y coches de todo tipo reunidos en la zona, hasta el punto de formar una larga hilera desde la misma localidad hasta el puente del Ebrón en Los Santos (Castielfabib). Asimismo referente a las caballerías, que se requisaron en gran numero entre los labradores de la comarca. Semejante trasiego de gente, animales y vehículos, no podía pasar desapercibida al mando nacional en Teruel, que recogió dicha información merced a ciertos “pasados” al otro bando. Por dicha razón, enviaron dos espías a Torrebaja, para confirmar la noticia en el mismo cuartel general enemigo. Y volvieron con la confidencia de un ataque inminente de gran envergadura, para el que se contaba con unos cincuenta mil hombres [1937, diciembre 12]>.
  • <Tocante a la estructura militar, mandos y carácter político de los ejércitos, sabemos que el XVIII Cuerpo de Ejército se hallaba a las órdenes del teniente coronel Fernández Heredia. Sus Divisiones (34 y 64) estaban mandadas por el mayor Etelvino Vega y Martínez Cartón respectivamente, ambos comunistas. La primera División (34) pertenecía al XVIII Cuerpo y la segunda (64) al XIX, del Ejército de Levante. Resta decir, referente a las zonas de concentración, que la División 70 (Reserva) se distribuyó entre Tramacastiel y Libros (Teruel). La orden para el comienzo de la operación, la denominada <toma de Teruel> fue dada desde Barracas, donde se ubicaba el cuartel general del coronel Hernández Saravia, quedando establecida para las 7:00 horas del día 15 de diciembre de 1937. Los otros puestos de mando quedaron fijados en Jérica-Barracas (Mando conjunto), Mora de Rubielos (XIII Cuerpo de Ejército), Corbalán (XXII), Cubla (XX), Torrebaja (XIX) y Tormón (XVIII). El mando de la aviación se situó en Jérica y el de la D.E.C.A. en Barracas>.

No cabe duda que debió ser un momento dramático para Torrebaja, por la gran cantidad de gente civil desplazada y tropas estacionadas en la zona; pero donde se hizo más evidente –según el testimonio de Roque Tortajada Gimeno (Torrebaja, 1924)- fue en el Hospital de Sangre:[14]
  • <Del frente, a los enfermos y heridos los traían en unas ambulancias Ford que había entonces. Pintada del color verde que gastaba el ejército... Se abrían por detrás, y llevaban una cruz roja en los lados y arriba. Los camilleros bajaban a los heridos y los practicantes los iban distribuyendo, según lo que tenían: para curar, para operar o lo que fuera>.
  • <Los que se morían los ponían en un depósito que había en la parte de atrás de la casa, donde nosotros guardábamos antes el trigo; allí los tenían hasta la noche. Y de allí los llevaban en un furgón hasta el cementerio. El chofer del coche de muertos era uno de los hermanos <Mosquito>, Cayetano le decían, que era el pequeño de ellos. Sí, a enterrar los llevaban preferentemente por la noche, para que no se viera tanto...>
  • <Cuando la toma de Teruel por “los rojos”, que fue en el invierno del 37, llegaban muchos soldados con dedos y orejas heladas, porque hizo mucho frío. Aquí les amputaban los miembros helados... Detrás de la casa de Enrique [Sánchez Hernández] había una fosa donde enterraban los dedos, brazos y piernas que amputaban... Porque amputaron bastantes, no te diré una barbaridad, pero bastantes. Aquella parte era todo huerto, propiedad del tío Justo León, padre de Armando [León Valero]. Si escarbaran un poco seguro que aparecerían los huesos. Alguna vez se lo he dicho a Enrique...>.
Asimismo, nuestro mirador de La Loma –junto a las trincheras y nidos de ametralladoras- debió constituir un lugar excepcional para contemplar el bombardeo de Torrebaja por la aviación nacionalista, de 26 de noviembre de 1938 –para cuya descripción contamos con una docena larga de testimonios, lo que contribuye a darnos una visión global del acontecimiento-:[15] el bombardeo se produjo en las primeras horas de la tarde de un día de finales de noviembre, con el cielo completamente despejado. Vinieron nueve aviones, situados de tres en fondo, que volaban río Turia abajo... Enseguida comenzaron a sonar las campanas de la vieja iglesia y las sirenas a ulular. La gente corrió hacia los distintos refugios de la localidad, algunos escaparon hacia el campo, mientras que otros se quedaron en su casa, o no les dio tiempo de salir... Los aviones comenzaron a soltar bombas a partir del Cardenchal y el Reguero, desde el puente de La Palanca en adelante, siguiendo por todo el Rento abajo. Una parte de la escuadrilla sobrevoló la población, dejando caer varias bombas en distintos puntos –calle Arboleda y placeta del Rincón, Replaceta y calle Fuentecillas y Cantón, confluencia del Rosario con Herrería, tras los Huertos de la Porcal, en el camino del río Ebrón (actual avenida de la Diputación) y junto al puente que entonces estaban construyendo, y siguieron por el camino del molino, lanzando bombas hasta Encima del Camino... A tenor de los testimonios recogidos, el espectáculo debió ser tremendo –recuerda Armando León Valero (Vallanca, 1924)-:
  • <La tarde del bombardeo me hallaba yo en la parte de Guerrero, donde me habían mandado por hierba con un par de mulos. Sí, por allí teníamos una finca... Pero mi padre estaba en la guerra, por la parte de Bétera, era de la <quinta del saco> que decían, de los que llamaron a última hora... Por entonces ya nos habían despachado de nuestra casa y estábamos viviendo en un pajar. Yo estaba por allí y los animales pastando, cuando comencé a oír el ruido de los aviones. Eran las primeras horas de la tarde... El murmullo de los motores de los aviones era inconfundible, pues ya habían pasado por aquí otras veces, y todos conocíamos su ronroneo: eran las <pavas> y venían a bombardear... Enseguida comenzaron a sonar las sirenas y las campanas de la iglesia, anunciando el bombardeo, pues los puestos de vigilancia que había en Los Molares y otros puntos ya los habían detectado. Imagino que la gente dejaría sus quehaceres e iría a esconderse, unos hacia los huertos y otros hacia los refugios que había en el pueblo...>
  • <A continuación comenzaron a oírse los estruendos de las bombas... Enseguida vi venir la escuadrilla de bombarderos, pasaron por encima de La Loma y dieron la vuelta... Volaban en grupos de tres, bajo un cielo claro y despejado. Después apareció una columna de humo que salía por detrás de La Loma. Yo dejé los animales y me fui hacia el pueblo, a ver lo que había pasado, porque el ruido venía de allí y también una gran humareda que salía del centro... No recuerdo que tuviera miedo, porque no me escondí; al contrario, miraba directamente los aviones, viéndolos pasar, mientras seguía andando hacia el pueblo, cada vez más rápido>.
  • <Al parecer las bombas empezaron a caer por el Cardenchal y la parte del Reguero, frente al puente de la Palanca; continuaron por detrás de las casas de la Venta y sobre el Rento, hasta Sangrandonero. Pero otros aviones se dirigieron hacia la parte suroeste del pueblo, atravesándolo en dirección al valle del Ebrón, y tiraron bombas por Encima del Camino, hasta La Loma. Cuando yo llegué al río de Castiel ya había terminado el bombardeo, pero allí comencé a ver sus efectos. Había muchos cuerpos por el suelo; unos heridos y otros muertos y destrozados. Los soldados y camilleros cargaban en las camillas a los heridos y recogían los muertos. En medio del camino había vehículos volcados, entre ellos un “Ford Galgo” que conducía Cayetano Gómez, el de la posada de la Cayetana. No, el coche era de la guerra, él sólo lo guiaba... Los vecinos también ayudaban en lo que podían, levantando a unos y confortando a otros... Me tropecé con un pie descalzo, descuajado de la pierna por el tobillo, que yacía en el suelo. Entonces avisé a un soldado de los que había por allí, recogiendo heridos y muertos, y el soldado lo replegó con un plato y lo echó en una camilla, donde llevaba otros trozos de muertos...>
Aviador de la famosa patrulla Azul, del bando nacional

A tenor de la descripción expuesta podemos imaginar lo que sucedía en el pueblo, el zumbido de los motores de los aviones y el estallido de las bombas, el humo y el polvo mezclados ascendiendo desde la población, la gente corriendo despavorida... De entre los vecinos, fallecieron nueve censados, además de un número desconocido de soldados y refugiados, cuyos nombres no nos ha llegado. El más joven de los fallecidos fue Blanquita Álvaro Arnalte, de 18 meses (por causa del aplastamiento y metralla de aviación) y el más anciano Francisco Muñoz Sánchez, de 88 años (a consecuencia de herida de metralla penetrante en cráneo, con salida de masa encefálica).

La Guerra Civil (1936-39) fue el acontecimiento trágico más significativo del siglo XX para los españoles: su origen se halla en la nefasta gestión de la II República, cuyos políticos no supieron o no pudieron enfrentar adecuadamente los problemas que se les plantearon. Vista en perspectiva, la guerra puede entenderse como una lucha entre una o varias revoluciones (porque cada grupo de la izquierda tenía la suya) y una contrarrevolución (representada por la derecha conservadora): lo que no puede admitirse es afirmar que la guerra fue una lucha entre democracia y fascismo, porque ni la izquierda era demócrata, ni tampoco la derecha: justamente, el mayor peligro para la República fue la revolución, no el “fascio” –como se ha supuesto y todavía se pretende desde algunos sectores-.

En todo caso, cualquiera puede opinar sobre lo que fue la guerra, pero –como aconsejaba José Ortega y Gasset en el epílogo para ingleses de una de las ultimas ediciones de La Rebelión de las masas-, “ese derecho en una injuria si no acepta una obligación correspondiente: la de estar bien informado sobre la realidad de la guerra civil..., cuyo primer y más sustancial capítulo es su origen” -pues la clave está en la consunción de la República y las causas que la propiciaron.
Hay otra cuestión sobre la que merece la pena meditar, me refiero a lo que aconteció tras la guerra -la dictadura militar y represión franquista-: al respecto me gusta destacar una frase de Indalecio Prieto, uno de los más célebres dirigentes socialistas de entonces. Al día siguiente del magnicidio de Calvo Sotelo, escribió Prieto en El Liberal un artículo donde exhortaba a la unión de la izquierda, amenazando a la derecha con la destrucción total, pues sabía que el asesinato del diputado monárquico suponía la guerra: “Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel...” –palabras proféticas, que finalmente se cumplieron-.[16] Dos años después, ya en plena guerra, Manuel Azaña, por entonces presidente de la República, consciente y sabedor del resultado de la contienda, y de su responsabilidad en la misma, hizo su célebre discurso de las tres –P, reclamando “Paz, Piedad y Perdón...” –palabras que figuran en el monolito erigido tras las tapias del Cementerio Municipal de Torrebaja, en homenaje a los que allí yacen, víctimas de la guerra- pero ya era tarde...

Apesadumbrados por el acontecer histórico, dejamos nuestro mirador de La Loma, para internarnos en el pinar y disfrutar de la fragancia del monte, caminando sin prisas por el ameno sendero, que -arriba y abajo- serpea entre pinos y monte bajo, en dirección a El Montecillo. Vale la pena ascender a lo más alto del collado, para contemplar el espléndido panorama que se ofrece desde los distintos miradores sobre el Turia y el Ebrón. Cuando visité el lugar para hacer las fotos que acompañan el texto era un día de otoño, lluvioso y triste, como los recuerdos despertados. Pero no por ello debemos dejar de evocarlos, porque pertenecen a nuestra historia. Y ya se sabe: «Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo». –George Santayana (1863-1952), dixit-. Vale.

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).


[1] Dice el testimonio: <Durante la guerra vivimos en unas casas que teníamos en Guerrero, pues mi padre –se refiere a Francisco Valentín Lozano (1909-82)- estaba destinado en Intendencia y tenía su servicio en el Puntal del Mediero, desde donde avisaban a Torrebaja cuando bajaban “las pavas”, que así llamaban a los aviones que venían a bombardear estos pueblos...> -según manifiesta Bárbara Valentín Pastor (Ademuz, 1934)-.
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2008, vol. II, pp. 329-338.
[3] TUÑÓN DE LARA, Manuel. La batalla de Teruel, Edita Instituto de Estudios Turolenses, Zaragoza, 1986, p. 4.
[4] SÁNCHEZ GARZÓN (2009), Op. Cit., vol. III, p. 179.
[5] ID., Op. Cit., 2011, vol. IV, pp. 159-166.
[6] Ibídem, pp. 83-90.
[7] Ibídem, pp. 105-124.
[8] Ibídem, pp. 69-80.
[9] Ibídem, pp. 463-475.
[10] Ibídem, 2009, vol III, pp. 451-463.
[11] Ibídem, 2011, vol. IV:, pp. 93-101.
[12] Ibídem, pp. 481-501.
[13] Ibídem, 2008, vol. II, pp. 334-335.
[14] Ibídem, 2009, vol. III, pp. 85-95.
[15] Ibídem, pp. 17-33.
[16] PAYNE, Stanley G., El colapso de la República. Los orígenes de la guerra civil (1933-36), Edita La esfera de los libros, 5ª edición, Madrid, 2005, pp. 491-492.


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Cartel indicador del "Sendero Botánico" de la Loma en Torrebaja (Valencia).
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Carteles indicadores del "Sendero Botánico" y restos de la Guerra Civil (1936-39) en Torrebaja (Valencia).
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Camino de la ermita de san Roque en Torrebaja (Valencia).

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Molino de san José (1887) en Torrebaja (Valencia)
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Panel explicativo del "Sendero Botánico" y restos de la Guerra Civil de La Loma en Torrebaja (Valencia).
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Molino de san José (1887), visto por detras, yendo por el camino de La Loma en Torrebaja (Valencia)
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Entrada a las trincheras de la Guerra Civil en La Loma de Torrebaja (Valencia).
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Entrada a un nido de ametralladoras, restos de la Guerra Civil (1936-39) en Torrebaja (Valencia)
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Panel con el poema "Tristes guerras..." de Miguel Hernández (1910-42).
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Vista parcial de Torrebaja (Valencia), desde La Loma.
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Vista parcial de Torrebaja (Valencia), desde La Loma.
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Sendero Botánico de La Loma en Torrebaja (Valencia).
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Sendero Botánico de La Loma en Torrebaja (Valencia).
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Sendero Botánico de La Loma en Torrebaja (Valencia), con panel de fauna.

1 comentario:

ixxmael dijo...

Entrada muy interesante sobre la Guerra Civil en Torrebaja y el Rincón de Ademuz. En muchos pueblos de mi comarca La Serranía sigue siendo un tema poco tratado o tabú, pero poco a poco se van conociendo más datos y se están publicando libros. Aprovecho para darte la enhorabuena por tu blog.