martes, 8 de noviembre de 2011

VISITA GUIADA AL CEMENTERIO MUNICIPAL DE TORREBAJA (VALENCIA).

  Breve historiografía del lugar, a propósito de la ampliación
y remodelación del entorno.[1]


                I.- Consideraciones previas.
          Según los datos obrantes en el Archivo Histórico Municipal de Torrebaja (Valencia), el viejo cementerio de Santa Bárbara,[2] ubicado a la mano izquierda del camino que conduce a La Presa (del Ebrón), se había quedado obsoleto, especialmente desde la mortandad habida a mediados de la octava década del siglo XIX, por efecto del cólera que tan gravemente afectó la población (1885), y las posteriores epidemias de gripe de principios del siglo XX.[3]
                Asimismo, conviene tener en cuenta la expansión vecinal del Rincón de Ademuz y de Torrebaja en particular, que a comienzos de los años veinte alcanza su techo poblacional, pues la comarca llegó a censar 11.194 habitantes, de los cuales 1.057 (9,44%) se hallaban en Torrebaja -reflejo y manifestación de la evolución demográfica, en que culmina la denominada fase de expansión agrícola en la zona.[4] Ello fue la causa de que el ayuntamiento solicitara permiso administrativo para la construcción de un nuevo campo santo, el último de los conocidos en la localidad.
         Como era preceptivo, el Consistorio inició las gestiones ante la Diputación Provincial de Valencia (1918), comenzando por la cumplimentación de un expediente, entre cuyos documentos se hallaba un Acuerdo de Ayuntamiento, justificando la necesidad de la obra y un certificado del Juez de Paz, encargado del Registro Civil, donde debían reseñarse los difuntos (adultos y párvulos) habidos cada año, entre 1908 y 1917. Y adquiriendo luego algunas fincas en la partida de Los Llanos, entonces término de Castielfabib (Valencia), ubicadas en la cota baja de la ladera del Carril, al noroeste de la población: mano izquierda de la carretera de Cuenca con dirección Teruel.

                II.- El nuevo cementerio de Los Llanos.
Las gestiones municipales debieron culminar con éxito, pues a finales de la segunda década del pasado siglo se produjo el primer enterramiento, en la persona del vecino Antonio Esparza Esparza, de 83 años, fallecido el día 30 de abril de 1920, siendo Alcalde don Román Sánchez Garrido (1916-20) y secretario don Francisco Valero Valero (1918-36).
La lápida que conmemora dicho enterramiento, además de recoger la efeméride –“EL PRIMERO QUE SE ENTERRÓ EN ESTE CEMENTERIO”- contiene una inscripción a nombre de Blasa Gómez Asensio, fallecida en 1887, a los 53 años: ello significa que la difunta se halla inhumada en el viejo cementerio de Santa Bárbara, pero los hijos quisieron incluir la conmemoración de sus padres en la misma lápida: así, quizá sin proponérselo, lograron un vínculo simbólico entre el antiguo y el nuevo camposanto.
El nuevo cementerio era un espacio cuadrangular delimitado por un muro de tapial cubierto de teja árabe. La fachada principal quedaba hacia levante, donde se abría un portón de hierro forjado -con chapa de zinc en la parte inferior- dando acceso a un pasillo cubierto, con un cuarto a cada lado: uno a la derecha, que servía de almacén para los utensilios propios a la actividad de sepultar (picos, palas, azadas, cuerdas...) y otro a la izquierda, como depósito de cadáveres y sala de autopsias (mesa de hierro y mármol, donde destacaba el “reposacabezas” de metal con forma de morrillo invertido).
     El espacio interior quedaba repartido en cuatro cuarteles, reservando el primero por la derecha para los enterramientos infantiles, como demuestran las pequeñas cruces y lápidas que lo adornan; y todo él enmarcado de cipreses (Cupressus sempervirens), árboles orientales de profundo significado espiritual, ya relacionados con la muerte desde la antigüedad. La zona posterior (occidental) se reservó para los nichos, tumbas que fueron ocupando esa parte conforme avanzaba la centuria. De facto, mediado el siglo dichos enterramientos apenas llegaban al pasillo medio, en cuyo centro se había dispuesto una gran cruz de madera sobre zócalo de obra: allí se consumaba el postrer responso: “echando una paletada de tierra dentro del féretro” -atendiendo la antigua costumbre-. La escasa progresión de los nichos se explica porque la mayoría de las inhumaciones se realizaban en tierra, reservándose este tipo de enterramientos para las economías más pudientes. Desde finales de los cincuenta, principios de los sesenta, sin embargo, la utilización de nichos fue en aumento, hasta constituir la forma corriente de inhumación. En ello ha influido el crecimiento económico y el inconsistente deseo de perdurar “vanita vanitatis” de los torrebajenses, aspiración que puede hacerse extensiva al resto de cementerios de la comarca, con la excepción de las aldeas de Sesga y Val de la Sabina (Ademuz), donde aún no hay nichos. Otra razón para no sepultarse en tierra es que no hay quien cave la fosa...

III.- El cementerio municipal durante la Guerra Civil (1936-39).
     La Guerra Civil (1936-39) produjo aquí gran cantidad de muertos, procedentes, en su mayoría, del Hospital de Sangre que hubo en Torrebaja (asimismo sede del Estado Mayor del XIXº Cuerpo del Ejército republicano de Levante), adonde llegaban los heridos y pacientes de los frentes próximos (Teruel). Al principio se sepultaban en zanjas dentro del cementerio, abiertas junto a las tapias norte y de levante; cuando aquellas se llenaron se abrió una gran fosa fuera, contigua al muro norte: allí los cadáveres se enterraban, cubriéndoles de cal y tierra conforme los iban trayendo. De esta época existen diversos testimonios:
El vecino Roque Tortajada Gimeno (Torrebaja, 1925), hijo de Roque y Carmen, dueños de las casas donde se instaló el Hospital de Sangre en Torrebaja durante la guerra, recuerda:
  • <Los que se morían (en el hospital) los ponían en un depósito que había en la parte de atrás de la casa, donde nosotros guardábamos antes el trigo; allí los tenían hasta la noche. Y de allí los llevaban en un furgón hasta el cementerio. El chofer del coche de muertos era uno de los hermanos “Mosquito”, Cayetano le decían, que era el pequeño de ellos. Sí, a enterrar los llevaban preferentemente por la noche, para que no se viera tanto.../ Al principio iban los propios vecinos, que los del Ayuntamiento llamaban de concejada –puede que fueran casi todos los del pueblo, cada uno cuando le tocaba-; pero después iban sólo los soldados. Claro, iba el conductor y los ayudantes, para descargar los muertos, porque el chofer no les tocaba./ Recuerdo que alguna vez me fui con Cayetano, montado a su lado, para ver cómo los enterraban. Los camilleros los sacaban por detrás y los echaban en la fosa. Sí, con respeto, claro... Los cogían entre dos y los echaban al hoyo... Pero a veces no ponían mucho cuidado, porque llevaban varios muertos o se les hacía tarde. Los muertos iban envueltos en sábanas, no sé si llevarían ropa interior... Los iban echando y luego los tapaban con tierra. Una de las veces que fui, recuerdo que venían los hijos del <tío Garroso>, los mellizos, uno era sordomudo. No sé bien qué pasó, pero parece le gastaron una broma con un muerto y salió pitando del cementerio, corriendo sin parar hasta el pueblo, y ya no quiso volver más...>.[5]

          El vecino Armando León Valero (Vallanca, 1924), hijo de Justo y Vicenta, recuerda:
  • <No, yo nunca entré ni subí al Hospital, a los niños no les dejaban entrar... Recuerdo, sin embargo, que a los que morían en el centro los llevaban al cementerio en una camioneta que conducía Cayetano “el Mosquito”. Para enterrarlos llamaban a gente del pueblo, [...], todos de derechas. Primero los llamaban de concejada, para hacer la zanja y luego para enterrarlos... Los muchachos íbamos al cementerio, a ver cómo los enterraban. Teníamos la idea de ver si llevaban guantes de piel, para quitárselos... Porque aquí había soldados rusos que vestían de cuero, y los muchachos íbamos a ver si los muertos llevaban guantes, fíjate... Los enterraban envueltos con una sábana, y una vez fuimos a verlos. Al destapar uno comprobé que tenía la cara morada y los ojos abiertos, y me miraba... Me llevé tal impresión que ya no volví por allí, ni quise guantes ni nada... Por entonces habían hecho una zanja a la derecha de la entrada, junto a la tapia, allí los echaban y los cubrían con un palmo de tierra. Después, cuando se llenó, abrieron una fosa mayor en la parte de fuera del cementerio, junto a la tapia del barranco... Los enterraban por la noche, llevarían algún farol de carburo para alumbrase, no sé...>.[6]

       El vecino Manuel González Tregón (Torrebaja, 1928), hijo de Daniel y Justa, recuerda:
  • <Los muchachos íbamos a veces al cementerio, a ver cómo enterraban a los soldados muertos... Las tapias eran algo más bajas que las de ahora y nos subíamos uno encima de otro y veíamos cómo los enterraban. Los que los sepultaban nos decían: <¡Chavales, venga, fuera de ahí...!> -y nos tiraban lo que pillaban, una piedra o un terrón-; nosotros nos íbamos, pero volvíamos otra vez... Los enterraban en unas zanjas que habían abierto junto a las tapias de un lado y otro de la entrada. Luego hicieron una fosa mayor detrás, fuera del cementerio; sí, junto a la tapia que mira el polígono y allí los echaban... Los agarraban entre dos, uno de los pies y otro de los hombros y adentro: <¡Vaya, cuánto pesa éste...!> -decían bromeando-. Ponían los muertos y luego les echaban una capa de tierra, como de palmo y volvían a poner otra tongada de muertos.../ Me acuerdo también cuando enterraron al <tío Casto>, uno de los dirigentes socialistas o comunistas de aquí, no sé qué sería. Este hombre era alto y bien parecido; tenía una tienda en un bajo de la calle san Roque, por debajo de la posada de <la Cayetana>. [...] Comentaron que lo habían matado los propios suyos..., por ahí, donde el frente de Cubla y Valacloche, por encima de Villel... Decía la gente: “¡Vamos al cementerio, que han matado al tío Casto y lo van a enterrar...!” -y todos los muchachos fuimos a verlo-. Cuando lo enterraron, en el momento de meter el cajón en el nicho, los soldados hicieron una descarga de honor: “¡Carguen armas, apunten, fuego...!” -y dispararon al aire-. Sí, allí mismo en el cementerio, junto al nicho... Eran unos soldados que llamaban “de Etapas” y estaban acuartelados en Los Picos. Claro, los militares iban uniformados, y los muchachos acudíamos a alcahuetear>.[7]

Las inhumaciones en la guerra se realizaban deficientemente, prueba de ello es que “los perros se acercaban a las fosas, para roer las canillas de algún muerto que asomaba...” -según testimonio del señor Francisco Marco Cañizares (1928-2005), que lo recuerda de su infancia-. De los entierros de mi niñez en Torrebaja –años cincuenta y primeros sesenta- recuerdo perfectamente las misas de difuntos (no en vano era yo un monaguillo adelantado, con muchas misas en mi currículo), y los cantos de la Misa de réquiemMissa pro defunctis o Missa defunctorum-: un ruego apasionado por las almas de los muertos, que el gregoriano hacía doliente y misterioso, a la vez que esperanzador. Con la iglesia llena de feligreses, los familiares compungidos, el féretro sobre el túmulo y el sacerdote, revestido con casulla negra y oro, cantando el Introito en latín: "-Requiem æternam dona eis, Domine –Concédeles el descanso eterno, Señor-; -et lux perpetua luceat eis –y que brille para ellos la luz perpetua". Era un canto impresionante, profundo, sublime..., al igual que el Kyrie eleison o la sencuencia del Dies irae: Dies iræ, dies illa, Solvet sæclum in favilla,- Día de la ira, aquel día en que los siglos se reduzcan a cenizas...
Terminada la misa el sacerdote se ponía la capa pluvial –asimismo en negro orlado de oro- y se procedía a conducir el cadáver al cementerio, portado a hombros por familiares y amigos, rodeados y seguidos del vecindario. En el cementerio se hacía el ultimo responso, con los postreros rezos y aspersiones antes de introducir el féretro en la fosa: casi todos los enterramientos se realizaban en tierra, siendo la forma común de inhumación entonces. Había un enterrador –el señor Abel Gimeno Tortajada (1907-85)-: encargado del mantenimiento del cementerio, con todas las funciones inherentes al cargo: abrir las fosas, sepultar, tapiar los nichos, etc. Me llamaba la atención cuando el sacerdote oficiante echaba una paletada de tierra dentro del ataúd, momento en que los niños nos agachábamos para tratar de ver el cadáver... También me conmovía cuando levantaban la tapa, para que algún familiar besara al muerto. Después de introducirlo en la tumba, los familiares, amigos y vecinos arrojaban un puñado de tierra sobre el féretro; sin embargo, lo que más me impresionaba eran las primeras paletadas de tierra, golpeando el cajón en el hondo de la fosa: el sonido áspero y apagado que provocaban me estremecía...
El enterrador guardaba los aparejos de enterrar en un pequeño cuarto que había a la entrada –cuerdas, una vara para medir el largo de la fosa, azadas, picos y palas, una mesita baja, etc.-: el día de Todos los Santos la mesita la ponía a la entrada, cubierta con un mantel blanco y un platito, donde los visitantes depositaban las propinas. En el cajón de la mesita había una libreta, allí el enterrador anotaba con un lápiz los datos de cada enterramiento. Al final del entierro la familia del difunto se colocaba a la puerta, para recibir el pésame de amigos y familiares. Cuando todos se marchaban, algunos niños nos quedábamos con el sepulturero, para ver como completaba su labor; con la esperanza de ver alguna calavera escondida en el montón de tierra con que colmaba la fosa...

IV.- El cementerio municipal en la actualidad.
        Durante los años setenta y ochenta se añadieron nuevos nichos, construidos sobre las antiguas “fosas comunes” que hubo en los muros de levante, ambos lados de la entrada. A principios de los noventa -siendo alcalde don Alfredo Sánchez Garzón (1991-95)- se remodeló la fachada, disponiendo un atrio interior soportado mediante columnas y se construyó el nuevo depósito, el almacén y un osario; se amplió el recinto hacia el sur, derribando la pared de ese lado y construyendo una nueva hilera meridional de nichos, que se unían en la esquina occidental con el osario, dándole al cementerio el aspecto actual.

Tras encalar el tapial se colocó un cartel de cerámica turolense en el frontis y una estela funeraria en la pared derecha del atrio interior, In Memoriam de los civiles y militares anónimos enterrados allí durante la contienda. Antes de finalizar la primera década del siglo XXI aquella nueva línea de nichos ya estaba poblada por los nuevos enterramientos. Vista la rápida ocupación del cementerio, el proyecto del Ayuntamiento de entonces era ampliarlo hacia septentrión, derribando la tapia de ese lado y ensanchando el espacio hasta el barranco, con el propósito de incluir la gran fosa de la guerra dentro del ámbito sagrado. Con este plan el Ayuntamiento adquirió varios bancales de la zona. Sin embargo, agotado el tiempo de la legislatura, aquellas obras no llegaron a ejecutarse.

El anterior alcalde de Torrebaja -don Francisco-J Varela Tortajada (2003-11)- en su primera legislatura me pidió le hiciera una memoria sobre los antecedentes históricos del cementerio municipal, donde se incluían los datos arriba expuesto, pues pensaba iniciar un proyecto para la remodelación del recinto. El nuevo plan, encargado a un arquitecto acreditado, suponía la ampliación del campo santo hacia occidente, construyendo una fila de sepulcros prefabricados, paralelos a la tapia de ese lado, con un pasillo entre ambos (nichos nuevos y viejo tapial), al que se accedería por una portilla practicada en la parte del osar, pasando por encima del mismo e inhabilitándolo. Asimismo, el proyecto incluía la recuperación del entorno, basado en un espacio verde circundando el cementerio, con valla vegetal que ornara (escondiera o disimulara) el lugar, frontero al recinto fabril (Parque Artesanal vs. Polígono Industrial).

Junto a la fachada septentrional, sobre la antigua fosa de guerra, se dispuso un espacio abierto en ángulo, con una escultura innominada (pieza metálica con forma geométrica roja, crema y negra con una hendidura en medio) sobre rústico monolito en piedra y una inscripción, con unas sentidas palabras: “En memoria de los que yacen aquí/ y de todas las víctimas de la guerra civil española”, que termina con aquellas otras tan célebres pronunciadas por el presidente de la República –don Manuel Azaña Díaz (1880-1940)-[8] en su discurso “Las tres -P” (1938, julio) solicitando a los que ya tenía por vencedores en la guerra: Paz, Piedad, Perdón... Hermosas e insólitas palabras en boca del mismo personaje que años antes había dicho: “Si sale la Guardia Civil dimito, pues todos los conventos juntos de Madrid no valen la vida de un republicano...” –que hacen referencia a la pasividad de las fuerzas de orden público mientras se quemaban iglesias, bibliotecas y conventos en varias ciudades españolas y en la capital, el día 11 de mayo de 1931, recién estrenado el régimen democrático-.
         No estimo conveniente prejuzgar el valor artístico y simbólico de la obra escultórica, pues, seguramente encontraríamos tantas opiniones como personas. Sin embargo, no hubiera estado de más ofrecer primero la obra al escultor local José Lucas Carrión Vázquez (Torrebaja, 1951) -alias Lucas Karrvaz-,[9] que seguramente hubiera sabido expresar de forma más lacerante y convulsa el desgarramiento que supuso la contienda civil, junto a una propuesta para la reconciliación... Ensalzaré, sin embargo, el espacio creado en el entorno, aunque resulta fútil esa pretensión de querer “ocultar la muerte” -tan propia de esta sociedad mediocre y hedonista en la que vivimos-. La muerte existe, forma parte de la vida y de nada sirve encubrirla a los ojos gozadores y concupiscentes. Lo que resulta incomprensible, aunque debe tener su explicación, es el alcance de la ampliación del cementerio, creando un espacio externo, casi ajeno al mismo, evocando los antiguos “enterramientos malditos”, tal las áreas que se dejaban en los cementerios medievales y hasta el Ochocientos para suicidas o los que morían sin cristianar...


V.- Palabras finales, a modo de conclusión.
      Respecto a la última actuación, mejor hubiera sido ampliar el cementerio hacia en norte, derribando la vieja tapia (cuyo valor arquitectónico resulta cuestionable y que finalmente habrá que demoler), prolongando la línea de fachada y llevándola hasta el borde del barranco. El espacio cementerial se hubiera prolongado, material y visualmente, ampliándolo luego hacia el suroeste –abriendo una entrada por la parte central de nichos- y manteniendo así su unidad y ordenación. Incluyendo en su perímetro la antigua fosa común de guerra, como estaba previsto por consistorios precedentes. Pero no ha sido así -¡qué le vamos a hacer!- despreciando la juiciosa propuesta de los lugareños más entendidos. Una vez más se demuestra cierto el proverbio: “Sabe más el necio en su casa que un sabio en la ajena...”. Recientemente, sin embargo, se ha favorecido el acceso al cementerio desde la carretera, cementando la costanilla y deslindando el camino con una bella pared de piedra en seco.
En cualquier caso, merece la pena conservar el cementerio municipal en las mejores condiciones, no en vano es la última morada y casa común donde descansan los restos mortales de nuestros predecesores, y donde muchos esperan su dies irae..., cuando los siglos se reduzcan a cenizas. Vale.


© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).


[1] El presente artículo constituye una revisión y ampliación de otro previo del autor, publicado en Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2008, vol. II, pp. 305-307.
[3] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Estudio epidemiológico del cólera de 1885 en el Rincón de Ademuz, en: Del paisaje,..., Valencia, 2007, pp. 123-135.
[4] RODRIGO ALFONSO, Carles. El Rincón de Ademuz, análisis geográfico comarcal, Edita Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz (ADIRA), Valencia, 1998, p. 54.
[5] SÁNCHEZ GARZÓN (2009), Op. Cit., vol. III, p. 87.
[6] Ibídem, p. 161.
[7] Ibídem, p. 181.
[8] Intelectual español, representante de la izquierda burguesa, ministro de Defensa, Jefe de Gobierno y polémico presidente de la IIª República tras la victoria electoral del Frente Popular, en febrero de 1936.
[9] SÁNCHEZ GARZÓN, A., Lucas Karrvaz, el arte de la chatarra, en: Desde el Rincón..., Valencia, 2000, pp. 25-27.

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Cancela del cementerio de Los Llanos en Torrebaja (Valencia).
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Estela funeria IN MEMORIAM de los inhumados en este cementerio, víctimas de la Guerra Civil (1936-39).
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Vista parcial del cementerio de Los Llanos en Torrebaja (Valencia).
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Tapia norte del cementerio de Los Llanos en Torrebaja (Valencia).
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Vista parcial del cementerio de Los Llanos en Torrebaja (Valencia).
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Monumento a las víctimas de la Guerra Civil (1936-39) en el cementerio de Los Llanos en Torrebaja (Valencia).
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Detalle del monumento a las víctimas de la Guerra Civil (1936-39) en el cementerio de Los Llanos en Torrebaja (Valencia).

1 comentario:

  1. Muy buen artículo, y totalmente de acuerdo con tu opinión sobre la última remodelación del cementerio.
    Un saludo

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